Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

El día siguiente amaneció claro, con una brisa fresca que bajaba desde la montaña. Me separé de ella con cuidado y la desperté temprano para el entrenamiento igual que el día anterior.

Esta vez, Ilya no protestó tanto: simplemente rodó los ojos y se levantó, aunque arrastró los pies hasta el claro.

Cada movimiento la hacía tensarse un poco y no tardó en soltar un quejido bajo mientras se tocaba las piernas con una mueca de dolor.

—Por todos los dioses… ¿Qué es este dolor? —gruñó, cojeando un poco.

Reprimí una sonrisa al verla andar con torpeza, intentando no parecer divertido.

—Bueno, es la falta de costumbre —dije, cruzándome de brazos—. El primer día siempre pasa factura.

—Sí, pues yo me arrepiento de haberte hecho caso —replicó, lanzándome una mirada acusadora.

—Pero te gusta, lo noto en esa sonrisa que intentas ocultarme —insistí.

—Solo si consigo sentarme esta noche sin gritar —masculló.

El palo de práctica ya la esperaba apoyado en una roca y lo tomó con un gesto de rendición, suspirando antes de colocarse en posición, aún dolorida, pero decidida.

La rutina se había vuelto más fluida; sus golpes, aunque aún torpes, mostraban más fuerza y decisión. Cada vez que lograba tocar mi guardia, sus labios se curvaban en una sonrisa triunfante que me hacía contener la risa.

Tras un rato, ambos estábamos sudados y jadeando, así que di por terminada la sesión.

—Has mejorado —le dije, ofreciéndole la mano para ayudarla a incorporarse después de un traspié.

—¿De verdad? —preguntó con una mezcla de orgullo y duda.

—De verdad —asentí—. Y ahora... a desayunar.

Ya dentro de la casa, sobre la mesa aguardaban pan, un poco de queso y fruta que había comprado el día anterior. Ilya se sentó de inmediato, aún con las mejillas encendidas por el esfuerzo, y me lanzó una mirada pícara.

—Creo que al final voy a cogerle gusto a esto del entrenamiento.

Terminamos de desayunar entre comentarios y sonrisas. Cuando el silencio volvió a instalarse en la mesa, carraspeé y me puse en pie.

—Tengo que hacer unos recados de nuevo —dije, ajustándome el cinturón de la espada—. No tardaré mucho hoy.

Me miró con un atisbo de decepción que intentó disimular mordiendo un trozo de pan. Aunque asintió sin protestar, sus ojos brillaban con cierta curiosidad.

Le dediqué una sonrisa que pretendía tranquilizar, aunque dentro de mí reinaba la duda y salí de la casa rumbo a la capital de nuevo.

El mercado de Rayala se extendió ante mí con su típico hervidero de voces, carros y colores. Bullicio, mercaderes que ofrecían sus hierbas milagrosas, hedor de pescado mezclado con especias.

Me abrí paso entre la multitud hasta alcanzar la zona de los herbolarios y alquimistas menores.

No buscaba nada grandioso, esta vez mi objetivo era solo Ilya y sus pesadillas.

Pasé de largo los puestos que prometían pociones de amor y fortunas instantáneas, hasta que encontré a una anciana que vendía raíces y aceites de olor intenso.

—¿Algo contra las pesadillas? —pregunté, bajando un poco la voz.

La mujer alzó una ceja, como si no fuese la primera vez que le hacían esa consulta. Revolvió entre los frascos y me enseñó una bolsita con hojas secas y un pequeño vial de vidrio.

—Infusión de lirio nocturno. El aroma calma el espíritu antes de dormir. Y este ungüento… —alzó el frasquito—, frótalo en las sienes, esta imbuido con magia de Ithania, ahuyenta los malos sueños.

Pagué sin regatear. Tal vez no fuesen soluciones definitivas, pero cualquier cosa que ayudara a Ilya y de paso, a mí, a descansar merecía la pena. Guardé los remedios en el petate y me alejé.

Me noté realmente agotado. Apenas había dormido estos días, velando a Ilya entre sus sobresaltos.

Cuando pasé junto a «El encanto de tía Sally» recordé la cómoda cama que tenía allí alquilada. Quizás… unas horas de sueño en una cama mullida, solo para despejar la mente, no estaría mal.

Me quedé en la puerta, indeciso, con la mano rozando el pomo. Pero una voz conocida, clara y firme, cortó mis pensamientos como un filo.

—No esperaba verte en la ciudad, Señor bastardo.

Llevaba tiempo sin ver a Nyx, y aun así, el simple recuerdo de su voz seguía provocándome el mismo rechazo de siempre. Había cosas que no cambiaban.

Cerré los ojos un instante antes de girarme. Allí estaba, apoyado con desgana contra un poste, vestido con la misma seguridad arrogante de siempre, observándome.

—El mundo es más pequeño de lo que parece —respondí, sin entusiasmo—. Y tú sigues apareciendo donde menos apetece.

Nyx sonrió, divertido, y se incorporó despacio.

—Te ofendes, pero admítelo… siempre acabo encontrándote cuando las cosas se empiezan a poner interesantes, quedando unos días para la reunión, ya sabes.

Suspiré, retirando la mano de la puerta. Por mucho que me desagradara, sabía que su presencia rara vez era casual.

—Dux Umbrae —dije, con una inclinación breve de cabeza, como si quisiera dejarlo en un simple cruce de caminos.

Pero no era de los que dejaban escapar a nadie tan fácilmente. Dio un par de pasos hacia mí, los ojos brillándole con una chispa entre diversión y reproche.

—¿Eso es todo? ¿Un saludo seco? —arqueó una ceja, cruzándose de brazos—. Vamos, tomemos algo. Yo invito.

—Estoy ocupado —respondí, encogiéndome de hombros, esperando que eso bastara.

—Entonces lo solucionamos rápido. Entra conmigo —me señaló la posada —. Un trago, y me cuentas lo que tengas entre manos.

Suspiré, con la tentación de seguir de largo, pero al final cedí.

Nos sentamos frente a frente en una mesa apartada, con dos jarras de hidromiel entre nosotros. El murmullo de la posada nos envolvía, risas y conversaciones mezclándose con el olor dulce del alcohol.

—¿Cómo estás? —dijo en voz baja—. No te había visto nunca con semejantes ojeras.

Asentí. —Lo sé. Me cuesta dormir últimamente.

Sonrió y se recostó en la silla. Sus ojos me decían que sabia más de lo que dejaba ver.

—Quedan siete días para la reunión de la mesa. Ya están empezando a llegar los fundadores, consejeros y legatus.

—Lo imaginaba —me limité a decir dándole un sorbo al vaso con hidromiel.

—¿Que tal te ha ido por Nialis?

—Estoy cansado. ¿No lo podemos dejar para otro día? —Sonreí intentando que sonase lo más real posible.

—¿Por qué te desagrado tanto? —preguntó sin querer dejar el tema.

—¿Cuantas razones quieres que te dé? —miré hacia afuera por la ventana —se me ocurren una decena así a voz de pronto.

Soltó una carcajada que hizo que un par de cabezas se giraran hacia nosotros durante unos segundos. Luego dio un trago largo a su hidromiel.

—Eres muy desagradable —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Con alguien a quien vienes corriendo siempre que quieres información.

Lo miré con los ojos entrecerrados, sin dignarme a sonreír.

—Gracias por darme otra razón más.

Nyx se encogió de hombros, sin perder el buen humor.

—Está bien, está bien. —Me observó con atención un segundo más—. Te noto cansado. Así que no te molestare más. Pero haz el favor de visitarme en los próximos días. Tenemos cosas que hablar… algunas pendientes, otras —hizo una pausa deliberada— de cara al futuro.

La forma en que lo dijo me picó la curiosidad, como siempre. Nyx tenía ese don irritante de hacerte sentir que, mientras hablaba, te estaba robando algo: tiempo, paciencia o quizá un poco de calma.

Aun así, dejaba lo justo sobre la mesa para que quisieras más. Porque siempre sabía más de lo que mostraba, y lo que decidía mostrar solía ser útil. Muy útil.

Además, tenía que reconocerlo, a su manera retorcida, siempre cumplía.

Di un sorbo al hidromiel y asentí al fin.

—Pronto, entonces.

Nyx sonrió, satisfecho, como si la conversación hubiera ido exactamente por donde él quería desde el principio.

—Perfecto. Marcho pues, no quisiera este humilde servidor consumir más de su tiempo. —se levantó con exagerada teatralidad y me dirigió una última mirada —Señor bastardo.

Se marchó después de pagar las bebidas. Me sentí como un idiota. Solo sé una cosa con seguridad, y es que estoy cansado. Muy cansado. Un dolor palpitante en la cabeza me hacía sentir entumecido. Me rasqué las sienes y viendo que el atardecer asomaba, me encaminé de nuevo a la casa de mi madre.

El aire frío de la cima me recibió cuando alcancé la puerta.

La casa despedía un resplandor cálido por las rendijas y un olor delicioso a comida fresca me hizo cosquillas en el estómago.

Podría entrar, podría verla allí dentro, quizá sonriendo…

pero la cabeza me hervía demasiado, y no solo por el camino.

Tenía que enfriarme primero. Cuerpo y mente.

Así que, en vez de cruzar el umbral, tomé el sendero que llevaba a la poza.

Nada más llegar me quité la ropa y me metí sin pensarlo dos veces. El chapuzón fue un golpe helado que me arrancó hasta el último pensamiento. Me sumergí entero, dejándome hundir unos segundos antes de emerger de nuevo con un resoplido. El agua me corría por la cara, despejándome.

Y entonces, mientras apartaba el pelo mojado de mis ojos, la vi.

Allí, al otro lado, medio escondida tras una roca junto a la cascada, con las manos aferradas al borde con el pelo brillando en tonos cobrizos, que la delataba incluso a la distancia. Sus ojos brillaban, sorprendidos de que la hubiese descubierto.

Me quedé helado, más por la imagen de sus curvas desnudas que por el agua.

—¿Ilya? —mi voz sonó incrédula, casi torpe—. Pero… ¿no estabas en la casa? Había luz, y olía a comida recién hecha…

Ilya, con la voz apenas por encima del murmullo del agua, respondió:

—Tenía calor y estaba dolorida por el entrenamiento. Quería refrescarme un poco. Para calmar el dolor.

Sus mejillas, incluso bajo la tenue luz de la luna, parecían encendidas de un color rojo intenso. No sabía si por el frío o por la vergüenza.

Al darme cuenta de lo expuesta que estaba, aparté la mirada de inmediato. La timidez que se le escapaba en cada gesto me desarmaba. Fijé mis ojos en la corriente que bajaba desde la cascada, como si de pronto fuese lo más interesante del mundo.

—Lo siento —dije, aclarando la garganta y frotándome la nuca con torpeza—. El agua fría ayuda… eso es cierto.

Idiota. ¿El agua ayuda? Negué con la cabeza. El silencio se hizo más denso, roto solo por el chapoteo del agua y el batir lejano de algún ave nocturna.

Giré lentamente dándole la espalda, dejándole todo el espacio que necesitara. El murmullo del agua y sus movimientos leves a mi espalda me mantenían en vilo, cada gota parecía que golpeara dentro de mí.

—Ya había terminado de todas formas —dijo.

No dije nada más, ni me moví hasta escuchar el sonido del agua cambiar, estaba saliendo, mis ojos se movieron sin querer al escuchar un pie pisando la hierba, miré de reojo inconsciente y vi sus curvas, madre de todos los fundadores, ayúdame .

Solo entonces respiré hondo, consciente de que había estado conteniendo el aire y rápidamente volví a apartar la vista.

Se vistió con calma detrás de una roca. Luego se acercó al borde de la poza, con el cabello todavía húmedo pegado a sus mejillas, me atreví a mirarla un instante y sonreí.

—Lo siento —repetí. —No era mi intención estropearte tu baño.

Negó con la cabeza —No, no hace falta que pidas perdón. No has estropeado nada. No sabias que estaba aquí. Es solo que…—negó de nuevo con la cabeza. —Te veo en casa.

Y se fue. Me hundí lentamente en el agua con frustración, y después me dejé flotar sin resistencia al ritmo de la poza.

Miré al cielo, a ese manto oscuro tachonado de estrellas, dejando que el agua fría me calase hasta los huesos.

No duró demasiado: cada recuerdo de ella, cada gesto, volvía una y otra vez como un imán, haciéndome resoplar en silencio.

Frustrado por aquella situación que había creado de manera involuntaria, pero sumamente incomoda.

Cuando por fin regresé a la casa Ilya me esperaba, con aire tranquilo. Apenas cruzamos unas palabras durante la cena, comentarios cortos, más sonrisas que frases.

Después de recoger los platos, cada uno se retiró a su cuarto. Me tumbé en la cama y dejé que el cansancio me venciera poco a poco, aunque mi mente siguiera girando en torno a ella.

El sonido seco de un quejido me arrancó del sueño ligero que tenía. Tardé apenas un segundo en reconocerlo. Me levanté tambaleando, arrastrando los pies hasta su cuarto.

Ilya se revolvía entre las sábanas otra vez, sudor frío pegándole el cabello a la frente, la respiración agitada.

Me senté en el borde de la cama y la tomé suavemente por los hombros.

Sus ojos se movían debajo de sus parpados de un lado a otro, todavía perdidos entre el miedo, se aferró a mí con fuerza.

Podía sentir el temblor recorriéndole los brazos mientras escondía la cara contra mi pecho.

—Tranquila, ya ha pasado —murmuré, acariciando con una mano por su espalda en un movimiento lento y constante, intentando así borrar su malestar.

El cansancio me pesaba como una losa. Su calor, la manera en que su respiración poco a poco se acompasaba con la mía, me arrastraron sin darme cuenta. Cuando lo pensé, ya estaba tumbado junto a ella, abrazándola con suavidad, temiendo que si la soltaba significaría que la pesadilla regresaría.

El silencio de la habitación nos envolvió, y yo, agotado, terminé por ceder al sueño, con Ilya dormida entre mis brazos.