Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

El bullicio de Rayala siempre me había parecido distinto al de cualquier otra ciudad: más desordenado, más vibrante, aquel lugar latía con un ritmo propio y único.

Tras cruzar las calles empedradas, acabé frente a la puerta doble de roble negro, con símbolos alquímicos grabados que chisporroteaban apenas rozados por la luz.

Empujé las hojas, y el olor acre de hierbas, metales, humo y azufre me golpeó de lleno.

El laboratorio era enorme. Una sala circular, con estantes altísimos cargados de frascos de todos los colores, pergaminos amontonados en esquinas y un sinfín de artefactos chirriando o soltando vapor.

Calderos burbujeaban, ruedas dentadas giraban sin sentido aparente, y en el techo colgaban cristales que refractaban la luz en destellos verdes y azules, bañando todo con un aspecto casi irreal.

—¡Cierra, cierra, cierra la puerta, que se me escapan las esencias! —chilló una voz desde algún rincón.

Lo vi aparecer entre columnas de humo. Dast. Un hombre delgado, con la túnica manchada de mil sustancias, el cabello oscuro desordenado y los dedos amarillos de tanto manipular metales.

Sus ojos oscuros, con el borde alrededor de la pupila típico del elixir, pero más grueso que de lo normal, estaban brillantes y chispeantes, me estudiaron con la intensidad de alguien que siempre estaba a medio paso de perderse en su propio mundo.

—Tú... tú... ¡Ah, sí, tú! —dijo con nerviosismo, señalándome con un dedo ennegrecido por la tinta—. No, espera, ¿o eras tu padre? Da igual, da igual… —chasqueó la lengua y se pasó las manos por el pelo, que se quedó de punta como si estuviera cargado de electricidad.

Le saludé con una sonrisa ligera, acostumbrado ya a esos arrebatos.

Charlamos un instante de las cosas que a él le gustaba hablar, para entrar en calor, la rareza de un eclipse reciente, de un gato callejero que se había colado en su laboratorio y se había vuelto azul, de lo mal que funcionaban los burócratas de la ciudad.

Hasta que, aprovechando una pausa en su murmullo incesante.

—Necesito tu ayuda —inicié.

Le expliqué lo ocurrido con Lacerta y Caelum, describiendo lo esencial: cómo aquel monstruo los había marcado, cómo algo extraño parecía haberse incrustado en su vida desde entonces.

El alquimista, al principio, apenas prestó atención.

Murmuraba cosas sobre la proporción exacta de raíces de mandrágora, tarareaba una canción sin ritmo alguno y hasta interrumpió para golpear un caldero y mirar el sonido con gesto de satisfacción.

Resoplé, conteniendo la impaciencia y empecé a describir la criatura: su forma antinatural de oso, el humo oscuro que lo envolvía, la sensación asfixiante que me había descrito Lacerta, la violencia con la que había atacado.

Entonces Dast se quedó quieto, los dedos que sujetaban una probeta temblaron lo suficiente como para derramar unas gotas violetas en el suelo, que chisporrotearon al instante. Sus ojos, hasta entonces juguetones y dispersos, se enfocaron en mí con una gravedad que casi no parecía suya.

—Interesante —susurró.

Tragó saliva y soltó con un murmullo apenas audible:

—Hacía… hacía muchísimos años que no oía hablar de ellos. Creí que habían desaparecido. —Alzó la vista, la chispa de locura habitual apagada por algo más oscuro—. Eso que describes, se parece mucho, chico, a un drelmuth.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Un drelmuth? —repetí incrédulo—. Pero… ese es el nombre de las bestias de los cuentos. Los monstruos con los que las madres asustan a los niños para que se porten bien.

Él me señaló con un dedo manchado de hollín, su voz cargada de certeza:

—Oh, no, chico. —Sacudió la cabeza con brusquedad—. Esos cuentos… son lo que queda de la memoria de los pueblos antiguos. Los drelmuth fueron muy, muy reales. Y si han vuelto… significa que algo mucho más grande se mueve en las sombras.

—¿Qué son exactamente? —pregunté, incapaz de ocultar la intriga.

El alquimista empezó a caminar en círculos por el laboratorio, con las manos enlazadas tras la espalda, parecía ordenar pensamientos que llevaban siglos enredados.

—Los drelmuth… —murmuró—. No son simples bestias.

No, no, no… son ecos de hace siglos. Algunos en Trizandia dicen que son hijos de los errores de los dioses, antes de que los humanos existieran.

Otros, sobre todo los que no creen en dioses, dicen que son criaturas nacidas de las entrañas del planeta mismo.

—Se interrumpió para sacar un frasco con líquido azulado, lo agitó, lo olió, lo hizo brillar frente a la luz de una lámpara y lo dejó caer sobre la mesa sin más—.

Pero solo hay una cosa que es segura. Allí donde aparecen, dejan cicatrices que no se borran.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Él continuó, aunque parecía hablar tanto para mí como para sí mismo:

—Se alimentan de los fragmentos del alma… de la esencia que nos hace… nosotros. Por eso las heridas que sanan. Por eso nada común funciona. —Su voz se volvió un susurro quebrado, antes de desviarse hacia una mesa y coger un objeto de hierro —Hay que afilar estas cucharas, ¡nadie me hace caso!

Di un paso hacia él, apretando los puños.

—Entonces… ¿hay alguna forma de curarlos? —pregunté, intentando que no se perdiera de nuevo en su locura—. A mis amigos el elixir está dejando de hacerle efecto.

Dast se quedó quieto. Luego empezó a mover la cabeza de un lado a otro, negando.

—Ah… claro, claro, claro. Una herida de drelmuth no es una herida. Es una marca. Un vínculo. —Alzó un dedo, ahora manchado de tinta verde—. El elixir chico, si les hace efecto todavía.

Se giró de repente, mirándome fijamente.

—Necesitas derrotar a los drelmuth que los marcaron. Buscarlos y acabar con ellos. Y si no los encuentras… la sombra en ellos crecerá. Y tarde o temprano, los devorará desde dentro. El elixir es lo que los mantiene aun siendo ellos.

Fruncí el ceño, adelantando un paso hacia él.

—¿A qué te refieres con eso de devorarlos desde dentro? —pregunté con un nudo en la garganta.

Dejó escapar una risita breve, nerviosa, que se apagó en un silencio espeso. Caminó hasta un estante, acarició con los dedos un tomo viejo cubierto de polvo y lo abrió con torpeza, las páginas se le escapaban de las manos.

—Cuando los drelmuth caminaron por este mundo por primera vez, se contaban historias. Historias de los que sobrevivían a sus mordiscos y garras. —Su voz descendió a un susurro áspero—. Su destino era morir o.… cambiar.

Sentí cómo la sangre me golpeaba en los oídos.

—¿Cambiar? ¿Cómo? —dije algo desesperado por la conversación, aunque ya intuía que no quería escuchar la respuesta.

Cerró el libro de golpe, asustando a un cuervo disecado encima de la estantería que cayó al suelo.

—En el peor sentido. —Sus ojos, que solían bailar con locura, de pronto se clavaron en mí con sobriedad—.

Con el tiempo, esas marcas se corrompen.

Y el portador deja de ser humano. Deja de ser sí mismo.

Hasta que, al final… se convierte en un drelmuth.

Diría que les queda de tiempo lo que tarde el elixir en dejar de hacer efecto completamente.

El periodo de transformación es relativamente corto, pero tomar el elixir parece ralentizar la transformación.

El silencio que siguió fue insoportable. Me descubrí apretando la empuñadura de mi espada.

—No… —susurré, casi para mí mismo—. Solo eran cuentos de miedo para niños.

—Ojalá, chico. —El alquimista sonrió con amargura, sacudiendo la cabeza—. Ojalá lo fueran. Yo mismo los vi durante la segunda invasión. Antes se enseñaba en las escuelas sobre la primera y la segunda invasión de los drelmuth. Ahora solo unos pocos recuerdan ya aquellos días. Los fundadores tal vez.

Tragué saliva, intentando acallar el vacío que se me estaba abriendo en el pecho.

—Entonces dime… —mi voz salió más ronca de lo que esperaba—, ¿cómo encuentro algo que hasta hace unos minutos no sabía ni que existía en mis ciento trece años? ¿Cómo hallo al drelmuth que les hizo esto?

Me observó en silencio, tamborileando los dedos manchados de tinta contra la mesa. Después soltó una risita corta, casi infantil, que se quebró en un suspiro resignado.

—Ah, muchacho, no necesitas buscarlos. Ellos mismos se delatan.

—¿Qué quieres decir?

—Tu amiga… —se inclinó hacia mí, bajando la voz hasta casi un murmullo—, seguramente te ha contado de sueños. Pesadillas, visiones.

Asentí despacio, recordando el rostro tembloroso de Lacerta.

—Pues no son sueños —continuó él, con los ojos abiertos como platos—. Lo que ella ve, es real. Está mirando a través de los ojos del drelmuth que la marcó.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Quieres decir que… cada vez que se duerme…?

—Exacto. —El alquimista sonrió, nervioso, como si disfrutara de la gravedad de sus propias palabras—. Es un vínculo. La maldición funciona en ambas direcciones. Si aprendes a leer esas visiones, chico… podrás seguirlo. Podrás encontrarlo.

Me quedé quieto, con un nudo en el estómago.

Saqué del petate un pequeño estuche de madera, lo abrí con cuidado y dejé a la vista un frasquito con un polvo cristalino de tonos dorados. Lo coloqué sobre la mesa desordenada de Dast.

Él se quedó mirándolo un instante, ladeando la cabeza como un cuervo curioso. Luego soltó una carcajada nerviosa.

—Ah… ahora sí que me acuerdo de ti. —Alzó un dedo huesudo hacia mí—. El hijo de Nissa, Izzarian, siempre equitativo: vienes, buscas información, y al final me dejas un regalito. ¡Un intercambio justo diría yo! Un feliz intercambio.

Me retorcí ligeramente en una mueca de dolor al escuchar el nombre de mi madre.

—Muchas gracias Dast —murmuré.

Pero ya no me escuchaba. Había tomado el frasquito y lo agitaba frente a una lámpara, murmurando sobre reacciones, catalizadores y fórmulas que parecían no tener fin.

Poco a poco fue girándose, arrastrando los pies, hasta perderse entre estantes repletos de frascos oscuros, sumido en un mar de susurros y divagaciones.

Las sombras del laboratorio lo devoraron por completo, y me quedé solo con el eco de su voz y un frío incómodo en el estómago.

Cuando salí del laboratorio, el aire de Rayala me golpeó aliviándome de forma áspera. El bullicio de la ciudad se sentía extraño después de tanta penumbra y susurros alquímicos. Inspiré hondo, queriendo limpiar de mis pulmones el olor a azufre y hierbas muertas.

No tardé en encaminarme a la torre de mensajeros. Un edificio sobrio de piedra, donde un par de escribas y aprendices se afanaban en organizar sacas y sellos con disciplina. El lugar era un hervidero constante, cargado con el olor a cera y a tinta.

Pedí papel y pluma en el mostrador. Las palabras tardaron en salir, pero cuando lo hicieron, la carta se llenó rápido: describí todo lo que me había contado Dast a grandes rasgos y añadí que por favor antes de ir a su encuentro intentasen contactar conmigo para ayudarles, y si no podían, que tuvieran mucho cuidado.

Sabía que tarde o temprano pasarían por el pequeño pueblo de Selco. Los Atra Vallis teníamos varios puntos de paso obligatorio durante nuestros viajes, por si había que comunicarse entre nosotros a pesar de la distancia que nos separaba.

Sellé la carta con un toque firme, escribí su nombre con calma y la entregué al escriba encargado.

—Que parta en la próxima ruta hacia el este, a Selco—le pedí.

El hombre asintió con solemnidad, guardándola en una de las sacas de cuero con destino marcado.

Al verla desaparecer entre papeles y cordeles, sentí una mezcla de alivio y desasosiego. Había hecho lo que podía por ahora… pero todo lo demás quedaba en manos del destino.

Con un suspiro, me volví hacia la calle. El sol ya declinaba, tiñendo los tejados de rojo.

Mientras me alejaba de la torre de mensajeros, con el murmullo de la ciudad tragándose mis pasos, la sentí en mi pecho. Ese tirón invisible, un imán clavado en lo más hondo, empujándome de vuelta hacia la montaña.

Cuando llegué a la casa, Ilya ya estaba en su cuarto durmiendo, y me entonces me acordé.

Seré idiota , se me ha olvidado comprar el maldito remedio para las pesadillas .

Suspiré.

Al pasar por delante de su habitación, me descubrí preguntándome si era correcto ceder a esa fuerza que tiraba de mí, si debía dejarme arrastrar por algo que podía ser tan frágil como peligroso.

¿Qué veía ella en mí? ¿Un refugio temporal, un compañero de viaje, o algo más?

Y si era más… ¿acaso sentía lo mismo que yo, o solo era mi mente la que empezaba a jugarme malas pasadas tras demasiados años de soledad?

Noté que había dejado la puerta ligeramente abierta, no quería fisgonear, así que continué hacia mi habitación, me encontraba realmente cansado.

Me tiré a la cama sin cambiarme y caí rendido enseguida.

Me despertó un leve grito, me acerqué a comprobar cómo estaba Ilya, estaba vez su pesadilla pareció ser menos agresiva, sonreí ligeramente, con la esperanza de que sea gracias al cansancio que produce en el cuerpo entrenar físicamente.

Cuando vi que no le hacía falta, me encaminé hacia mi habitación, pero pareció como si ella lo hubiese notado, y empezó a moverse algo más bruscamente, al final me pudo la necesidad de estar cerca de ella, de intentar ser su escudo, tal vez ya no solo buscaba ese contacto por ella, sentirla abrazada a mí era reconfortante, pero a la vez me sentía como un timador, ya que solo yo me daba cuenta de ello, tal vez ella no hubiese querido ese contacto, ¿debería despertarla?

¿hablarle sobre sus pesadillas?, tal vez mañana.