Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

El alba apenas empezaba a despejar la noche, miré a Ilya, que dormía plácidamente, me separé de ella con cuidado, y le di un beso en la frente.

Noté como el calor subía por mis mejillas dando me cuenta de que había sido un gesto involuntario, me retiré más bruscamente de lo que debía, golpeando un zapato en el suelo, Ilya reaccionó con una mueca, y me sentí como un ladrón a punto de ser cazado, salí a hurtadillas lo más rápido que pude conteniendo la respiración hasta que llegue al salón y me apoye en la mesa.

Me encontraba torpe, no solía necesitar mucho descanso gracias al elixir, pero tres días apenas sin dormir se empezaban a notar.

—Madrugas mucho —escuché detrás de mí.

Dí un respingo dándome la vuelta sobre mí mismo con la cabeza ligeramente hacia atrás.

—Me vas a matar de un susto un día de estos, mujer —dije entre jadeos.

—Perdón, no era mi intención —dijo poniendo sus manos juntas.

Saqué algo para desayunar. Y lo puse sobre la mesa. Mientras engullíamos decidí probar algo que a mí me había ayudado con mis propias pesadillas.

—He estado pensando… —dije, apoyando la cuchara en el cuenco—. Quizá te vendría bien entrenar conmigo. Aprender a usar la espada.

Ilya levantó la vista, sorprendida, con un trozo de pan a medio camino hacia su boca.

—¿Entrenar? —repitió, como si necesitara confirmar que había escuchado bien.

Asentí despacio. —Sí. Hace muchos años, aprendí, era una forma de superar... de no aburrirme. Me perseguían cosas que prefería olvidar… y entrenar me ayudó a callarlas. Me dio algo en lo que volcar lo que llevaba dentro. Quizá a ti también te sirva.

Dejó el pan en el plato, pensativa, y sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa temblorosa. —¿De verdad crees que podría hacerlo?

—Creo que ya has mostrado interés —recordé, arqueando una ceja—. Me mirabas con bastante atención la otra mañana mientras entrenaba.

Ilya se sonrojó, inclinando un poco la cabeza, y murmuró algo apenas audible, tragándose su vergüenza. Yo decidí no presionarla.

—Puedes pensártelo en el camino a la aldea.

—Añadí. —Necesitarás algo de ropa de uso diario de todas formas y para dormir también, ya de paso.

Y si cuando lleguemos has decidido que sí, compraremos también ropa adecuada para entrenar, algo con lo que moverte con comodidad.

Y ya Mañana por la mañana, si quieres comenzaremos a entrenar.

Sus ojos brillaron, entre nervios y expectación. Y aunque no dijo nada de inmediato, la manera en que se mordió el labio y asintió con energía me bastó como respuesta.

El ambiente de la aldea era acogedor, hogareño, familiar. Había el mismo movimiento que en cualquier pueblo o ciudad pequeña.

Entramos en una tienda al final de la calle principal que tenía un letrero llamativo decorado con telas y pieles que decía «Artesanos de maravillas».

Los rollos de lino estaban apilados en estantes que llegaban casi hasta el techo, y el sonido rítmico de una aguja al golpear la mesa acompañaba el murmullo del dueño, un hombre delgado con gafas al borde de la nariz.

Ilya se detuvo en la entrada mirando los vestidos expuestos en el centro de la tienda.

Acabamos encontrando un par de prendas cómodas, además de unas botas resistentes. Ilya no dejaba de tocarlas, parecía temer que se deshicieran en sus manos de lo nuevas que eran para ella.

—¿De verdad crees que podré entrenar contigo vestida así? —preguntó, observando el conjunto con una mezcla de inseguridad y curiosidad.

—¿Te has decidido entonces? —respondí con una sonrisa, ella asintió —. Bueno, pues claro, sí. Aunque necesitarás algo más que eso si no quieres acabar con los codos en carne viva.

A un lado de la tienda en una mesa se mostraba piezas de cuero curtido: protecciones ligeras, brazales, correas.

Ilya se quedó mirando una especie de peto de cuero blando, corto, diseñado solo para cubrir lo esencial sin entorpecer el movimiento.

Dudó un momento, pero acabó asintiendo con determinación.

—Supongo que… esto servirá. —Su voz sonó más baja de lo habitual mientras se encaminó a probárselo tras una cortina.

No pude evitar mirar hacia el probador, no se podía ver nada detrás, pero mi imaginación voló brevemente por unos segundos, hasta que carraspeé con incomodidad, el dueño de la tienda me miro por el rabillo de las gafas, pero no dijo nada. Luego miré hacia ella de nuevo cuando se movió la cortina.

—Servirá —dije al verla cuando salió, intentando mantenerme serio mientras el cuero resaltaba las líneas de su figura. Carraspeé de nuevo, disimulando el calor que me subía por la nuca.

Ella notó mi expresión, por supuesto que la notó. Giró hacia mí con las mejillas ligeramente ruborizadas.

—¿Demasiado? —preguntó, tirando del borde del peto, que apenas llegaba a su cintura.

—Eh… —busqué una respuesta inteligente, pero solo conseguí decir—: Para entrenar… está bien. Práctico. Muy práctico.

Ilya soltó una risita nerviosa, apartando la mirada. El sastre, tosió fingiendo discreción.

—También tengo capas y túnicas más… recatadas, si la señorita prefiere no distraer tanto al compañero.

—¡No distraigo a nadie! —replicó Ilya, colorada como una manzana.

Me limité a sonreír, rascándome la nuca.

—Tranquilo, buen hombre, nos llevaremos también una capa de esas —le respondí finalmente.

Compré sin miramientos, no quería que le faltara nada: el conjunto de cuero, algunas prendas más sencillas para el día a día, un par de camisas de lino y ropa de dormir que Ilya eligió sin mirarme directamente, aunque noté cómo de vez en cuando se sonrojaba solo con sostener algunas de las prendas más… interesantes.

Cuando salimos de la tienda, el aire fresco del exterior pareció aliviar un poco la tensión. Caminamos unos metros en silencio hasta que no pude evitar bromear:

—Si el entrenamiento no me deja sin aliento, te aseguro que tus elecciones de vestuario sí que lo harán.

Ilya me miró de reojo y conteniendo una sonrisa me respondió:

—Entonces será un buen entrenamiento para los dos.

Y siguió caminando, con ese tono entre divertida y orgullosa que me dejaba sin saber si reírme o rendirme por completo a ella.

El regreso fue tranquilo. Para ella, el morral con ropa parecía un tesoro. Para mí, verla ilusionada era suficiente recompensa.

Llegamos a la casa al anochecer, después de cenar algo ligero y ordenar lo comprado, la acompañé hasta la puerta de su habitación. Se detuvo en el umbral, me dedicó una sonrisa cansada pero llena de gratitud.

—Gracias…de nuevo —susurró.

Se quedó mirándome, sus ojos siguiéndome mientras se giraba para entrar en su habitación. Deslizó la mano por el marco de la puerta con una dulzura que me dejó hipnotizado.

Noté como el calor subía por mis mejillas y se mantuvo ahí hasta que desapareció junto a ella al cruzar la puerta. Me quedé un momento más en el pasillo, antes de retirarme a mi propia habitación.

En mitad de la noche me despertó de nuevo las pesadillas de Ilya, enterré mi cara en las manos, definitivamente tendré que ir a por algún remedio a la capital, pero ¿cómo podría dárselo sin decirle que es para las pesadillas?

Fui a su habitación, y en cuanto me senté con cuidado a su lado sus brazos buscaron mi calor, le aparté un mechón sudoroso de la frente y le acaricié la mejilla.

—Estoy aquí… —susurré.

El amanecer apenas había teñido de dorado las copas de los árboles, me levanté separándome de ella de nuevo intentando no despertarla, bajé al salón y dejé preparado el desayuno.

Después subí y la vi retrepada sobre la cama durmiendo a sus anchas, esbocé una pequeña sonrisa y golpeé fuerte en el marco de la puerta.

—Arriba, soldado. —canturreé con tono burlón—. El campo de batalla no espera a los dormilones.

Un gruñido ahogado me respondió, seguido de su voz apagada:

—¿Por qué…? ¿Por qué dije que sí…?

Solté una risa baja y crucé los brazos.

—Porque eres valiente —repliqué mientras salía de la habitación para dejarle intimidad.

Al poco, bajó al salón arrastrando los pies, despeinada, con una mueca que intentaba ser seria, pero no lograba borrar lo adorable que se veía.

En la mesa del salón ya tenía preparado un desayuno sencillo: pan, algo de queso, fruta.

Se lanzó con rapidez hacia él, pero en cuanto alargó la mano le di un suave golpe con la palma en su dorso.

—Después —le dije con seriedad fingida—. Con el estómago lleno, lo único que ganarías es marearte.

Me fulminó con los ojos entrecerrados.

—No me caes bien ahora mismo.

—Eso se cura con un poco de ejercicio —respondí, guiñándole un ojo.

La llevé al claro frente a la casa, donde la brisa fresca de la montaña ayudaba a despejar cualquier resto de sueño. Le entregué un palo firme, recto.

—Lo primero no es blandir una espada como un molino —le expliqué mientras me colocaba frente a ella—. Si no aguantas de pie, da igual lo afilado que sea el acero.

Le mostré cómo separar un poco los pies, mantener el equilibrio firme. Después pasamos a movimientos básicos: levantar peso desde el suelo, girar la cadera, mantener la espalda recta. Ejercicios que parecían sencillos, pero que endurecerían brazos y piernas poco a poco.

Ilya, al principio torpe, resoplaba a cada intento.

—No puedo con esto… —se quejó, con el palo a medio levantar.

Me acerqué y coloqué mis manos sobre las suyas para corregir la posición. Noté cómo se tensaba de golpe, el calor subiendo en sus mejillas. Yo, por mi parte, tuve que obligarme a mantener el tono serio.

—Claro que puedes. —Le bajé suavemente los hombros con una leve presión de mis dedos; su respiración se agitó—. No es fuerza bruta, es aprender a usar tu cuerpo. Hazlo fluir contigo, no contra ti.

Asintió con el ceño fruncido, intentando concentrarse, aunque el rubor no desaparecía. Esta vez logró sostener mejor el peso. No había nada de combate aún, pero en sus ojos vi un pequeño destello: una chispa de orgullo al ver que podía hacerlo.

—¿Ves? —dije con media sonrisa—. No es tan difícil como pensabas.

Bufó, intentando ocultar la sonrisa que se le escapaba.

—Solo un poco.

—Un poco es suficiente para empezar. —le respondí. Notando aún el leve calor de su piel en mis manos.

Tras un buen rato de repeticiones, Ilya terminó acercándose al borde del claro, dejándose caer de espaldas al bosque, apoyando su espada de madera en el tronco.

—Me rindo… —murmuró jadeando—. Esto es inhumano.

No pude evitar soltar una carcajada.

—Y eso que aún no hemos tocado la espada de verdad —comenté mientras me agachaba a su lado.

Giró la cabeza hacia mí, despeinada, el rostro enrojecido por el esfuerzo.

—Entonces… definitivamente… no me caes bien. —dijo entre resoplidos.

Me tumbé a su lado, con los brazos bajo la cabeza, mirando el cielo azul claro que se filtraba entre las ramas.

—Pues para no caerte bien, yo creo que has aguantado mucho más de lo que tu misma esperabas.

Ilya soltó una risita, secándose el sudor que le caía por la frente.

—Sí, bueno… supongo que un poco de orgullo tengo.

—Un poco bastante —repliqué, dándole un leve toque con el codo.

Se rió con suavidad y esa risa ligera acabó contagiándome. La tensión del entrenamiento se fue deshaciendo poco a poco.

Cuando giré la cabeza hacia ella, me encontré con algo que me golpeó como una maza: sus mejillas aún encendidas por el esfuerzo, el sudor perlándole la piel, el pelo revuelto cayéndole sobre la frente, los labios entreabiertos, mientras recuperaba el aliento.

Una imagen de belleza alarmante. Y esos ojos… llenos de vida, de confianza.

Sentí un calor recorrerme por dentro, un fuego que llevaba días encendiéndose sin que me atreviera a mirarlo de frente. Y, al mismo tiempo, el miedo se me agarró de nuevo al pecho.

Miedo por ella, que empezaba a vivir y ya estaba bajo la sombra de mis responsabilidades y secretos. Miedo por mí, por volver a sentir algo después de mucho tiempo, algo que podía arder demasiado rápido.

Me incorporé de golpe, casi torpe, limpiándome la hierba de la ropa con manos nerviosas.

—El desayuno está en la mesa —dije, la voz más áspera de lo que pretendía—. Como bien sabes.

Me miró sorprendida, todavía tumbada, sin entender del todo.

—Yo… necesito hacer unas cosas, ya te lo dije, obligaciones. He de ausentarme el resto del día. Hay algo de dinero en un saquito en la estantería encima de la chimenea, por si te apetece acercarte a la aldea.

Sin darle oportunidad a preguntar o responder, recogí mis cosas y eché a andar.

El bosque me envolvió con su frescor, pero no bastaba para apagar el incendio que llevaba dentro. Tomé el sendero, que descendía en curvas suaves entre los árboles, y cada paso me alejaba más del claro, de la casa, de ella.

El sol apenas asomaba entre la maraña de espesas ramas, tiñendo de oro el camino, pero dentro de mí solo había un silencio pesado, una pregunta que no debía o quería responder. Apreté los puños, respiré hondo y seguí adelante.

Quizá solo era una excusa para huir de lo que de verdad me estaba alcanzando.