Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Durante un buen rato trabajamos en silencio. Al cabo de un rato, Ilya se cubrió la nariz con el antebrazo, sacudiendo la cabeza.

—Este polvo va a acabar conmigo… debe de ser alguna maldición.

—Puede ser. ¿Crees que serás capaz de purificarla, héroe?

—Tal vez, si tiene una recompensa adecuada —contestó, fingiendo orgullo.

Le lancé una sonrisa y seguí trabajando, disfrutando de cómo aquel ambiente destartalado se iba transformando poco a poco en algo habitable.

A media mañana ya habíamos conseguido que la sala principal dejara de parecer un nido de arañas abandonado. Se veía la madera del suelo, el polvo no levantaba nubes con cada paso y hasta la luz entraba más franca por las ventanas, ahora limpias.

También limpié y arreglé la chimenea por dentro. Cuando terminamos, nos sentamos en dos sillas que resistieron la limpieza, y compartimos algo de carne seca y verduras para el almuerzo.

—Como te habrás dado cuenta, por la noche refresca bastante aquí arriba —le comenté mientras me limpiaba las manos con un trapo—. Mejor aseguramos la puerta de tu habitación si no quieres congelarte.

Asintió con energía, dispuesta a seguir. La tarde nos tuvo entretenidos con las bisagras, tablillas nuevas y clavos que parecían tener vida propia al torcerse siempre en el peor momento.

Una vez terminamos, mientras Ilya organizaba sus cosas en la habitación, aproveché para preparar su «recompensa».

En el cobertizo que se utilizaba como almacén, al lado de la casa, había encontrado una vieja tina de madera reforzada que había aguantado bien el paso de los años.

La coloqué cerca de la chimenea tras encender un buen fuego y calenté agua en varios calderos, vertiéndola dentro hasta que empezó a humear suavemente.

Después coloqué una jarra de vino y unos dulces al lado en una pequeña mesita y puse unas lilas que había comprado a una muchacha de la aldea.

Añadí el jabón que había traído de la aldea y sonreí satisfecho.

Cuando ya el cielo se había teñido de tonos anaranjados y morados, la busqué. Estaba revisando unas telas con gesto cansado. Me acerqué despacio y toqué su hombro.

—Ven —le dije, con una sonrisa satisfactoria.

Me siguió con cierta curiosidad hasta el salón. Cuando llegamos le señale hacia la bañera haciendo una pequeña reverencia, su sorpresa fue inmediata: abrió los ojos de par en par y se llevó una mano a los labios.

—¿Es para mí?

Asentí, extendiéndole el jabón.

—Después de un día como este, no hay nada mejor que un baño caliente. Tu recompensa. Aunque no es gran cosa.

Se quedó quieta un instante, como si no supiera si reír o sonrojarse, y luego me miró con esos ojos brillantes que parecían mezclar gratitud y timidez.

—Esta genial… —murmuró, pero no terminó la frase.

Yo simplemente sonreí, haciéndome a un lado para dejarle espacio. La ví quedarse callada, con esa mezcla de rubor y sorpresa. Levanté las manos en gesto de rendición.

—Tranquila, no pienso quedarme a mirar. —Le guiñé un ojo—. Estaré fuera, preparando algo de cenar mientras tanto. Así tendrás toda la intimidad que quieras.

Ilya apretó el jabón contra su pecho, todavía dudando, pero sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña.

—Gracias… de verdad.

Asentí y me di media vuelta, dejándola allí con la tina humeante. Mientras me alejaba hacia la puerta principal, pude sentir su mirada siguiéndome un instante.

Junté un buen puñado de piedras en el centro del claro y armé un círculo sólido, luego encendí una hoguera dentro con unos troncos y ramas secas. Encima clavé unos hierros que había en el cobertizo y colgué un pequeño caldero de ellos por encima del fuego. Era tosco, pero habría que conformarse.

Eché agua y esperé hasta que empezó a hervir.

Luego eché algunas verduras que había conseguido en el mercado y un par de trozos de pescado que todavía olían fresco.

Coloqué dos tocones frente a la hoguera, uno para ella y otro para mí, y al ver que todo estaba en marcha, me tumbé al lado mirando el cielo.

El fuego lanzaba pequeñas chispas al aire, coloqué los brazos bajo la nuca, mirando cómo las estrellas comenzaban a brillar una a una. El olor del pescado y las verduras empezaba a mezclarse con el humo, un perfume hogareño que hacía la noche más acogedora.

Sin embargo, dentro de mí, nada estaba en calma.

Seguía pensando en ella. Demasiado. Esa sonrisa, esa forma de sorprenderse por lo más simple.

Y claro, para ella la mayoría de todo lo que ocurría probablemente era nuevo. Debía de haber pasado toda su vida encadenada, y ahora estaba probando la libertad, igual que quien saborea un mango por primera vez.

O al menos eso parecía. No había tenido una conversación sobre su esclavitud, pero no iba a ser yo quien sacara ese tema. Cuando ella quisiera hablar, yo pondría el oído sin reproche.

Ella estaba empezando su vida. Yo en cambio… había existido más años de los que podría contar en voz alta, había cruzado campos bañados en sangre, ciudades en ruinas, banquetes, traiciones, aventuras que se pierden ya en mi memoria. Miles de amaneceres, miles de noches.

Yo no envejezco. Ella sí.

Esa verdad me golpeó igual que si la casa se hubiese derrumbado conmigo dentro. ¿Qué derecho tenía yo a permitir que sus pasos se acercaran tanto a los míos? ¿Qué podía ofrecerle alguien como yo, marcado por la eternidad y la carga de responsabilidades con su pueblo, que jamás desaparecen?

Ella apenas empieza a caminar su propio sendero… y yo ya llevo más de un siglo recorriendo el mío. La diferencia se aparecía en imágenes en mi mente.

Y sin embargo… cuando me miraba, cuando me hablaba con esa voz dulce y sincera, el abismo que en mi cabeza nos separaba, se estremecía. Como si ella, sin saberlo, tendiera un puente hecho de ternura.

Cerré los ojos un momento, apretando los dientes. Me daba miedo. Miedo de sentir que la quería cerca. Miedo de que ella se perdiera en mí, o que yo me perdiera en ella.

El viento nocturno trajo consigo un murmullo de agua desde la tina sacándome de nuevo de mis divagaciones.

Supuse que estaría terminando. Me incorporé despacio, pasando una mano lenta por mi rostro, intentando dejar mi mente en blanco.

Pero no lo conseguí. La pregunta más importante estaba ahí, clavada como una espina.

¿Sentiría ella algo parecido? O solo era yo el que se enfrascaba en su cabeza debatiéndose por cosas que ni siquiera algún día podrían ocurrir.

Dejé salir un largo suspiro.

El viento frío seguía jugando meciendo hojas por el suelo, cuando la oí acercarse. Sus pasos eran ligeros, casi tímidos, descalzos sobre la hierba. No me giré de inmediato; no sabía si en mis ojos se reflejaba todo lo que había en mi mente. Mi miedo. Mis dudas.

Se acomodó frente a la hoguera, envuelta en una manta mullida. Su cabello aún húmedo brillaba con el resplandor del fuego, y sus ojos, serenos, se clavaron en las llamas sin parecer percatarse de nada más.

Me limité a mover la sopa del caldero con la cuchara, fingiendo que controlaba el hervor del guiso, cuando en realidad solo necesitaba algo con qué ocupar las manos.

No dije nada. Ella tampoco. Sentí una tensión que me atravesaba como un filo invisible.

Respiré hondo, dejando que el perfume de la sopa me anclara al presente, ocultando el tumulto que hervía dentro de mí.

—Huele bien… —dijo con voz suave, rompiendo el silencio —Aunque no sé si es la sopa o el jabón que has comprado.

—¿Estas insinuando que el jabón que he comprado huele a pescado? —le respondí.

—No, no —negó efusivamente con las manos—. Solo me refería a…nada, mejor déjalo —dijo resignándose mientras se sentaba con un suspiro.

Me reí por lo bajo, negando con la cabeza, agradecido de que hubiera deshecho la maraña de pensamientos que me había dejado atrapado. Seguramente sea ella la que huele bien . Aunque no me llegó el olor a su perfume, quedándole tan poco, seria un desperdicio usarlo para un rato antes de ir a dormir.

—Estoy de broma, tranquila —dije incorporándome hacia el caldero—. Lo que si espero es que la sopa sea de tu agrado. ¿Te gusta el pescado?

Ella sonrió, cálida, asintiendo y el nudo en mi pecho se aflojó un poco más.

Cenamos sin demasiadas palabras, solo el chisporroteo del fuego y el aroma de la sopa llenando el aire. Comía tranquila, con ese gesto agradecido que parecía dar más valor del real a las cosas. Yo asentía de vez en cuando, dejando que el silencio hiciera de compañía.

Cuando terminamos, recogí los cuencos y apagué la hoguera hasta dejar apenas un resplandor rojizo. Nos deseamos las buenas noches con un intercambio breve de sonrisas y cada uno se retiró a su cuarto.

Estaba agotado, me quité la camisa dejándola en el suelo con el mismo movimiento con el que me tiraba a la cama, llevaba... ¿dos noches apenas sin dormir?, no terminé el pensamiento antes de caer rendido.

Pero…

El grito me despertó de nuevo, me estremecí ligeramente ante el susto de no saber si era el primero o llevaba un rato, me levanté entre grandes esfuerzos y me encaminé a su habitación, estaba ligeramente agitada, su cara era un poema de dolor, mi rostro se torció en un gesto sufrido, ¿cómo podría ayudarla?

, ya era su tercera noche con pesadillas. La magia no parecía ser suficiente.

Recordé como a mi madre solo le bastó usarla una vez en mi para aliviar las pesadillas durante semanas. Sentí la impotencia frente a mi limitada magia.

¿Debería ir a la capital a ver si encuentro algún remedio más efectivo? No quería ir tan pronto a Rayala, pero podría aprovechar para varias cosas pendientes.

Me acerqué a ella, despacio, con ternura, y realicé de nuevo el hechizo de mi madre.

Tal y como esperaba, el efecto fue menor incluso que la noche anterior.

Me senté en el borde de la cama y puse una mano suave sobre su hombro, temiendo asustarla más. Ella se agitó, atrapada en el recuerdo de algo que yo no podía ver.

—Tranquila, estoy aquí… —murmuré, acercándome un poco más—. Nadie va a hacerte daño.

Al contacto de mis palabras, se aferró a mi brazo, como si fuese lo único real a lo que podía sujetarse. La abracé despacio, con cuidado, acunándola contra mi pecho. Sentí sus sollozos breves, rotos, hasta que poco a poco el ritmo de su respiración fue calmándose.

Me quedé allí, murmurando que se tranquilizase, intentando cargar cada palabra con calma y ternura, acariciando su cabello húmedo de sudor. No me importaba perder la noche entera si con eso ella encontraba un poco de paz.

No se despertó, pero sus dedos se cerraron con fuerza en mi camisa, como si temiera que, al soltarme, el mundo volviera a derrumbarse sobre ella. Su respiración se fue acompasando, el temblor de su cuerpo cediendo poco a poco hasta que volvió a hundirse en un sueño tranquilo.

No tuve valor para soltarla. Me quedé sentado en el borde de su cama, con su frente apoyada en mi pecho y mi brazo rodeándola, velando en silencio.

La miré un largo rato, con esa calma rota solo por el crujir ocasional de la madera ajustándose al cambio de temperatura o el murmullo lejano del viento en los árboles.

El peso de los años me cayó encima de nuevo, la certeza de que yo podía soportar mil noches como esa, pero ella apenas empezaba a vivir, liberada de la esclavitud.

Aun así, en ese instante no me importaba nada más que protegerla.

Era el único sentimiento que tenía en mí.

Le acaricie la cara con suavidad. Si el precio de su descanso era mi desvelo, lo pagaría encantado.

Y así pasé la noche: quieto, en vela, cuidando de ella.