Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

El amanecer trajo consigo el aire fresco de costumbre, cargado con el olor de los pinos que rodeaban la casa.

Me levanté con calma, y me acerqué a la habitación de Ilya. Abrí la puerta con cuidado de no despertarla, me detuve en el umbral y la miré, acurrucada entre las mantas, respirando tranquila, completamente ajena al mundo.

Aquella imagen me arrancó una sonrisa involuntaria. Se veía tan en paz… y por un momento me permití sentirme feliz, simplemente feliz, de no estar solo allí, en una casa llena de recuerdos dolorosos.

Salí al claro frente a la casa y empecé mi rutina. Primero estiramientos, algo de trabajo de brazos y piernas para desentumecer el cuerpo.

Después, entrené con la espada y el escudo. Practiqué movimientos básicos, giros, embestidas y bloqueos, marcando el ritmo contra el aire. El choque metálico de la espada contra el escudo resonaba en el silencio de la mañana, despertando en mí recuerdos de entrenamientos de hace años.

Al terminar, el sudor me corría por la espalda y la frente. Cogí un trapo y lo pasé por mi cuello, respirando hondo. Entonces, de reojo, vi la puerta abrirse con un leve chirrido.

Ilya apareció desperezándose, con el cabello revuelto y los ojos aún pesados de sueño. Caminó un par de pasos sin darse cuenta de mi presencia, hasta que alzó la vista. Nuestros ojos se encontraron.

—¡Ah! Hola. —exclamó con voz entrecortada.

No pude evitar reírme, Ilya se quedó un instante en el umbral, con la mano sobre el pecho. Yo, con el trapo en el hombro y la espada aún en la mano, arqueé una ceja.

—¿Tan horrible estoy al amanecer? —dije con una sonrisa.

Ella parpadeó, todavía sorprendida y sus mejillas tomaron un leve rubor.

—No… es solo que no esperaba encontrarte… así —hizo un gesto vago con la mano hacia mi torso desnudo.

Solté una breve carcajada.

—¿Entrenando? ¿O medio desnudo?

Apartó la vista de golpe, fingiendo examinar el claro, pero la sonrisa traicionó el gesto.

—Ambas. No parece muy justo que algunos se levanten con esa energía mientras otros… —señaló su propio cabello cobrizo alborotado, torciendo la boca en un gesto cómico— parecen haber peleado con un oso en sueños.

Me eché a reír, dejando la espada clavada en la tierra.

—¿Necesitas ayuda contra ese oso?

Ilya chasqueó la lengua y negó suavemente, aunque no consiguió ocultar la risa. Dio unos pasos hacia mí, rodeando con curiosidad la espada y el escudo en el suelo.

—Siempre pensé que luchar debía ser un acto… serio. Y tú lo haces parecer… divertido, casi un juego.

—Créeme, no tiene nada de juego cuando es de verdad —respondí, bajando un poco la voz. —Tengo buenos recuerdos de empuñar la espada, mis entrenamientos, mis maestros. Me genera paz recordar los movimientos de todos los que han pasado por mi existencia.

Me miró y por un momento se quedó callada, como si fuera a decir algo más… pero se limitó a sacudir la cabeza con una sonrisa suave.

—Bueno… —murmuró—, supongo que después de asustarme recién levantada, al menos podrías invitarme a desayunar.

—Invitarte a desayunar… —repetí, alzando una ceja—. ¿Y qué me ofreces tú a cambio?

Ilya abrió mucho los ojos, con expresión entre indignada y divertida.

—¡Vaya desfachatez! ¿Encima que casi me matas del susto?

Me encogí de hombros, reprimiendo una sonrisa traviesa.

—Exagerada. Está bien, está bien. Trato hecho: yo pongo el desayuno, tú pones la buena compañía.

Rodó los ojos, aunque la curva de su sonrisa no engañaba.

—De todas formas, no esperes un banquete recién hecho —añadí mientras recogía la espada—. Compré unas hogazas y embutidos ayer en el pueblo, los dejé envueltos en unos trapos sobre la mesa. Solo hay que desenvolveros.

Ilya inclinó la cabeza.

—Cuando viajas mucho, aprendes a prever lo que más duele: levantarse con hambre. —Le dediqué media sonrisa y luego me pasé el trapo otra vez por el cuello—. Ve sirviendo, si quieres. Yo iré a darme un chapuzón… y esta vez con jabón.

Arqueó una ceja, divertida.

—¿Con jabón? Qué lujo.

—Uno de los mercaderes tenia de varios olores —expliqué, levantando el pequeño saquito que había dejado junto a mi petate—. No es gran cosa, pero… siempre es mejor oler a bosque que a bestia.

Ilya rio con suavidad y se encaminó hacia la casa, mientras yo me ajustaba los pantalones y me dirigía hacia una poza cercana que conocía muy bien.

De camino hacia la poza, me encontré sonriendo, repasando la escena que acababa de vivir con Ilya, jamás habría pensado que un par de días de libertad la iban a cambiar tanto, siendo tan divertida…

juguetona, traviesa, o ¿lo había sido yo?

Mierda, no lo sé, ¿los dos? Voy a perder la cabeza.

Y dice que yo soy el que tiene energía por la mañana.

Me noté nervioso, tanto durante la conversación con ella, aunque lo pude controlar, como ahora. Suspiré intentando relajar el calor que me subía desde abajo.

El agua de la poza estaba helada, pero me zambullí igual, apartándome el sudor y la suciedad de encima.

Me pasé el jabón con rapidez, sin entretenerme demasiado, aunque no pude evitar que me vinieran imágenes de otro tiempo, mucho más joven, corriendo hasta aquí con mi madre detrás gritándome que no me metiera tan pronto, y yo tirándome de cabeza entre risas.

Cuando regresé a la casa, con el pelo todavía húmedo y la camisa colgada al hombro, Ilya ya me esperaba en la mesa, había pan y embutido sobre los trapos. Apenas crucé la puerta, levantó la mirada y sonrió.

—Hueles… bien —dijo, casi sorprendida de sus propias palabras.

Me dejé caer en el banco frente a ella, Madre de los fundadores que quieres de mí, pensé intentando disimular el nerviosismo que me había provocado aquella afirmación.

—Ah, ¿sí? —respondí, mirándola con picardía—. Pues a mí me gusta más cómo hueles tú. Ese olor a lilas y jazmín. No me lo quito de la cabeza desde el primer día que te acercaste a mí en aquella jaula.

Ilya parpadeó, sonrojándose, y fingió concentrarse en cortar el pan, aunque sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, imposible de ocultar.

Luego alzó la mirada un segundo, y fue a su pequeño petate, rebuscó y sacó un frasquito de cristal casi vacío, con un tapón de corcho gastado. Lo dejó sobre la mesa con cuidado, como si fuese un tesoro.

—Es esto —dijo, con una risa baja—. Me lo dio un mercader ambulante hace mucho, cuando… cuando aún estaba en el campamento. Es mágica. Decía que venía de Palamia, de la torre de uno de los archimagos.

Tomé el frasco con suavidad y lo acerqué a mi nariz. El aroma era suave, con un fondo dulce. Lo dejé de nuevo delante de ella y sonreí.

—Puede estar hecho donde quieras, ser mágico o no. Pero este olor, solo me recuerda a ti.

Ella bajó la mirada, jugueteando con el borde del pan entre los dedos.

Me eché a reír y tomé un trozo de pan del plato.

—Queda poco —dijo perdiendo ligeramente su sonrisa —Aunque, si te gusta tanto, quizá lo guarde solo para los días en que me apetezca sorprenderte.

Casi me atraganté con el trozo de pan que estaba mascando, ella soltó una risita y siguió comiendo con naturalidad.

La miré con una pequeña sonrisa en mi cara, sintiéndome más ligero de lo que me había sentido en mucho tiempo, me golpeó con dureza reconocer, que me encantaba verla sonreír.

Esa sonrisa me cautivaba, destruía todos los muros que había creado a mi alrededor durante años, y algo surgió dentro de mí al reconocer eso. Algo que llevaba mucho tiempo sin relucir. Algo que había tenido pocas veces a lo largo de mi existencia y siempre había terminado mal.

Negué con la cabeza intentando sacudir aquellos pensamientos. Dentro de la capital no tenía tiempo para esas cosas. En Rayala tenía que actuar conforme a mi papel del hijo bastardo.

Me serví un poco de queso de manera inconsciente.

Y fuera de la capital, como miembro de Atra Vallis, siempre estaba ocupado con Neik en misiones alrededor del continente, ya sea por el o por mí.

Rara vez pasábamos el suficiente tiempo en el mismo sitio para desarrollar algo duradero con una mujer. ¿Cuánto había pasado desde la última vez? El roce de una noche siempre me ha dejado una sensación vacía, eso era más del estilo de Neik.

Yo siempre he buscado más, una conexión, algo escondido en las acciones cotidianas del día a día, de compartir el camino junto a esa persona.

Mientras mordía el queso, me descubrí mirando el frasco diminuto que había dejado entre nosotros.

El aroma aún flotaba en el aire. De repente los pensamientos se entrecruzaron en mi mente: La reunión de la mesa, en once días…

lo fácil que sería dejarme llevar por aquella calma junto a ella, olvidándolo todo.

—¿Pasa algo? —dijo Ilya de pronto, inclinándose un poco hacia mí.

Sus ojos buscaron los míos con esa mezcla de sinceridad que ya empezaba a reconocer en ella. Parpadeé, regresando al presente, y forcé una sonrisa.

—Lo siento… estaba pensando en demasiadas cosas a la vez.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Cosas malas?

Negué con la cabeza, apoyando los codos sobre la mesa.

—No todas. Algunas… solo… complicadas. De esas que no consigues apartar por más que lo intentes.

Me observó unos segundos en silencio, luego bajó la vista al frasco casi vacío y lo giró con los dedos.

—No sé qué es lo que te preocupa —dijo en voz baja—, pero ojalá no cargues con ello siempre solo.

Me sorprendió lo directa que había sido. Tragué saliva y para suavizar, le sonreí ladeando la cabeza.

—¿Sabes? Has cumplido tu parte del trato, buena compañía.

Sonrió de vuelta, un poco cohibida, y se encogió de hombros.

—Tal vez… el perfume si sea mágico después de todo.

La risa me salió sola, rompiendo el aire cargado, y al verla reír también, el peso de mis pensamientos se alivió un poco.

El resto del desayuno transcurrió entre pequeñas sonrisas y silencios cómodos, aquel intercambio había bastado para llenar el aire de complicidad.

Hasta que ambos, casi al mismo tiempo, miramos alrededor y vimos el estado de la casa.

Había polvo acumulado en cada rincón, tablones flojos en el suelo, y las ventanas apenas dejaban pasar la luz.

—Si queremos dormir aquí más de unas noches sin hacernos daño en los pulmones —dije poniéndome de pie—, habrá que limpiar todo este polvo.

Ilya se levantó enseguida, alisando su vestido con las manos.

—Entonces, ¿por dónde empezamos?

La miré de arriba abajo, divertido.

—¿Seguro? Podría asignarte la tarea más peligrosa de todas.

—¿Peligrosa? —sus ojos se agrandaron un instante, pero enseguida arqueó una ceja con una sonrisa juguetona—. No me asustó con facilidad.

—Me he dado cuenta. Pero creo que podemos dejar las reformas por hoy, voy a pasar a limpiar un poco —respondí, señalando las escobas que había comprado ayer, apoyadas contra la pared—. ¿Te animas? El polvo no tiene piedad, créeme.

Soltó una risa y fue a tomar una de las escobas, mientras yo cogía la otra.