Capítulo 20 #2
Con unas piedras que apilé junto al muro, comencé a reparar los huecos más abiertos, encajándolas con firmeza y cubriéndolas con la mezcla. De vez en cuando, al girarme, notaba la mirada de Ilya. Tenía una sonrisa tranquila. Empeñada en ayudarme, me acercaba piedras con gran esfuerzo.
Cuando terminé de ajustar la última piedra, me pasé el antebrazo por la frente, cubierto de polvo y sudor. Ilya tenía la mirada fija en mí, con esa expresión curiosa y suave.
La vi revisando la cama, inclinada sobre el marco de madera carcomida que crujía con solo rozarlo.
—Quien se tumbe ahí, se va al suelo —dijo, arqueando una ceja con media sonrisa.
—No si la reforzamos un poco —respondí, tomando el martillo y un puñado de clavos.
Entre los dos volteamos la estructura. Ella sostenía las tablas mientras yo alineaba los travesaños y golpeaba con firmeza, haciendo retumbar el metal en la madera. A veces, el martillo fallaba su objetivo y Ilya reía suavemente cuando se me escapaba una maldición.
—Dame eso —dijo al cabo de un rato, arrebatándome el martillo con decisión. Le observé clavar uno de los soportes, concentrada. Le sentaba bien usar la fuerza, aunque el martillo pesaba más de lo que se esperaba. Cuando terminó, me miró con orgullo, casi desafiante.
—Nada mal —admití, sonriendo—. Pero creo que con esos golpes hemos despertado a todos los espíritus de la casa.
Se rió, encogiéndose de hombros. Seguimos un rato más, ajustando listones y reforzando las esquinas hasta que la cama dejó de tambalearse. Cuando por fin la enderezamos y volvió a quedar firme, ambos la observamos satisfechos.
—Ahora sí —dijo ella, limpiándose las manos con un trapo—. Ya no nos mata al primer sueño.
—Eso espero —respondí, con una sonrisa cansada—. Sería una muerte muy poco heroica.
Ilya soltó una risita suave.
—Esta era mi habitación, úsala tu —le dije, apartándole un mechón de pelo que había caído sobre su cara.
Se limitó a asentir, aunque pude ver cómo el cansancio se mezclaba con una satisfacción tranquila en sus ojos. Me estiré y miré hacia el pasillo.
—Yo buscaré otra para mí. Supongo que aún habrá alguna que no se caiga a pedazos.
Avancé un par de pasos, pero la escuché carraspear tras de mí.
—Podrías… —dijo en voz baja— usar la que está al lado.
Me giré y la vi con las mejillas encendidas, intentando aparentar indiferencia mientras recogía el trapo del suelo.
—¿La de al lado? —pregunté.
—Sí. Ya que me dejas la tuya, podrías quedarte al lado. ¿De quién era?
Me quedé en silencio un instante, sorprendido. Al final asentí despacio.
—Vale. Me quedaré. Era una habitación de invitados, la usaba mucho una amiga cuando se quedaba a dormir. Sus padres peleaban mucho, así que se venía aquí a menudo.
Esbozó una ligera sonrisa y, sin darme tiempo a replicar más, entró conmigo en la habitación vecina. Los cristales estaban cubiertos de polvo y la cama medio deshecha, pero al menos las paredes seguían en pie.
—No hace falta que me ayudes con esta —le dije, habiendo notado el cansancio en sus ojos—. Ya es tarde y estás cansada.
Negó con la cabeza, obstinada.
—Si vas a dormir aquí, quiero que al menos no se te caiga nada encima.
Solté una pequeña risa y acepté su ayuda. Juntos retiramos las telas viejas y abrimos la ventana, dejando que la luna iluminara el cuarto.
Cuando terminamos de adecentar la habitación, nos quedamos de pie frente a la ventana abierta. El aire frío entraba con suavidad, arrastrando el olor de humedad y musgo.
—No está tan mal —dije, dejando caer el trapo en un rincón.
—No —repitió ella, mirando hacia el bosque iluminado por la luna—. Tiene algo… acogedor.
Guardamos silencio un momento. El único sonido era el crujido de la madera al asentarse con el cambio de temperatura. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos y yo instintivamente agarré una manta fina y se la eché sobre los hombros.
Me miró sorprendida, sostuvo la mirada hacia mí durante unos segundos, pero no dijo nada. Luego sonrió y se dio la vuelta.
—Buenas noches —le dije entonces, con una sonrisa leve, al tiempo que se dirigía a la puerta.
Ella dudó apenas un instante antes de responder:
—Buenas noches…
Salió y no pude evitar quedarme un segundo apoyado contra la pared, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal hasta que la oí acomodarse en la habitación contigua.
Me quité la camisa y me tiré a la cama, hundiéndome con pesadez, cansancio acumulado y dejando que aquella calidez extraña me acompañara hasta que el sueño me venció.
Algo me sacó del estupor del sueño, un grito ahogado, fui corriendo a la habitación de Ilya, y allí estaba otra vez, retorciéndose en pesadillas.
Me acerqué a ella y le palpé la frente despacio. Estaba algo caliente, cogí uno de los trapos nuevos, lo humedecí en un poco de agua y se lo puse, después volví a usar la magia para calmarla.
—Tranquila, estoy aquí —le dije susurrando —No dejare que te pase nada.
Se fue calmando poco a poco, le quite el paño cuando ya había perdido la temperatura y dejé que durmiera.
Esta vez la magia no parecía haber surtido el mismo efecto que la noche anterior. De vez en cuando se removía aferrándose a las sábanas y su rostro se torcía frunciendo el ceño.
Me senté en la silla frente al escritorio, a un metro de la cama. Velé por su sueño hasta que se mantuvo calmada durante un rato lo suficiente largo como para convencerme de que se mantendría el resto de la noche en paz y solo entonces, marché a mi habitación.