Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Cuando el alba empezaba a asomarse por la resquebrajada ventana, me desperecé y bajé al salón.

Preparé algo de desayuno desenvolviendo algunas cosas que nos sobraron del viaje.

Me acerqué a la chimenea y metí la cabeza para mirar hacia arriba, estaba obstruida por algunos ladrillos sueltos y ramas, mierda .

El frio no me afectaba como a ella. Quería calentar un poco la habitación para cuando Ilya se levantase, habrá que añadirlo a la lista de cosas que tiene prioridad. Aquí suele hacer bastante frio para personas que no toman el elixir.

—¿Orion? —pegué un sobresalto y me golpeé la cabeza con la parte de arriba de la chimenea —¡Perdón! —dijo Ilya, mientras me rascaba el cogote.

—Tranquila, tranquila. Ha sido mi culpa, me he distraído... —al girarme, viéndola con los pelos revueltos recién levantada, me vino a la cabeza la imagen de ella retorciéndose por la pesadilla. —¿Estas...bien?

—Si, creo que he tenido un sueño raro. Pero estoy bien.

Suspiré ligeramente aliviado.

—Bueno, ¿exploramos un poco?  —dije con una sonrisa pícara. Ella asintió.

Recorrimos juntos las habitaciones: el salón con la chimenea cubierta de hollín, dormitorios con camas intactas pero cubiertas de polvo, un pequeño estudio con estanterías vacías.

Cada rincón guardaba un pedazo de historia para mí, la mayoría tristes, pero para ella era muy distinto, miraba todo con ilusión.

—Bueno, podría ser peor —dije al fin, apoyándome en el marco de la ventana abierta.

Ilya me miró, con una mezcla de incertidumbre y emoción.

—Es genial.

No supe qué responder de inmediato.

—Me alegro de que te guste. —Terminé añadiendo tras unos segundos.

Me giré y vi la habitación que había sido de mi madre. El corazón me golpeo con severidad en el pecho temiendo ver fantasmas. Empujé la puerta con cuidado: dentro, todo estaba tal como lo había dejado el tiempo, cubierto de polvo y demacrado, pero estaba ahí.

En un arcón junto a la ventana encontré una caja de madera pequeña, con el cierre oxidado. Lo abrí despacio. Dentro había un pañuelo blanco bordado con las iniciales N.L. en plata, debajo, una pequeña figura tallada en madera: un lobo, con las fauces abiertas.

Me quedé mirándolo un buen rato. Ilya, se acercó a mi lado y observó por encima de mi hombro.

—¿Era de ella? —preguntó en un susurro.

—Sí —dije asintiendo. —Fue lo último que talló. Decía que los lobos protegen a los suyos hasta el final.

No dijo nada. Solo extendió una mano temblorosa y tocó apenas el borde de la figura con respeto.

—Deberías quedártelo —añadió.

—Supongo que sí. —Dije mientras la guardaba con cuidado en una bolsita del cinto.

Me asomé por la ventana de la habitación y a lo lejos, entre la bruma, distinguí la aldea al pie de la montaña. Sus techos de pizarra y humo saliendo de algunas chimeneas me daban la nostalgia de aquel lugar tranquilo que recordaba.

—Voy a tener que bajar allí —le dije a Ilya, dando un golpecito con la mano al marco de la ventana—. La casa necesita algunas cosas si queremos vivir en ella sin enredarnos con tIlyañas o morir de hambre.

Me crucé de brazos, enumerando:

—Comida fresca, escobas, aceite para las lámparas, clavos y tablas para reparar las ventanas…

mantas nuevas. Madre mía… —La miré de reojo con media sonrisa—.

Y, si encuentro, jabón. No sé tú, pero yo lo agradecería.

Le preguntare a algún aldeano si me puede prestar un carro a cambio de algunas monedas. Para subirlo todo.

Soltó una pequeña risa, la primera en mucho rato y negó con la cabeza.

—¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte aquí, explorando la casa y los alrededores? —pregunté, intentando que sonara casual, aunque en realidad me intrigaba qué decidiría.

Ilya se tensó durante un breve segundo, luego levanto la mirada al techo pensativa, su rostro se ensombreció ligeramente, ¿que estaría pasando por su cabeza? Luego bajó la mirada hacia el suelo polvoriento, jugueteando con la punta de su zapato.

—La casa tiene tantas puertas y rincones… creo que podría entretenerme un rato viéndolo todo, si no te molesta.

La observé unos segundos más, intentando descifrar si lo decía por prudencia o porque realmente quería quedarse. Finalmente asentí.

—No me molesta en absoluto. —Me acerqué a ella, le revolví un poco el cabello con suavidad y añadí en tono serio—. Si escuchas algo extraño, no te preocupes. La casa cruje, es vieja, pero es solo eso. Creo. —Y le guiñé el ojo.

Asintió despacio, aunque noté un leve temblor en sus labios, no parecía ahora que estuviera tan segura de quedarse sola.

Cogí mi capa sonriendo, ajusté la hebilla del cinturón y me dirigí hacia la puerta. Antes de salir, me giré una última vez.

—Vuelvo pronto —le prometí y emprendí el camino hacia la aldea.

La bajada era empinada, pero familiar. Aquel sendero lo había recorrido cientos de veces de niño, aunque los años y la distancia lo habían desdibujado en mi memoria. La aldea al pie de la montaña se presentó casi intacta a como la recordaba.

Al entrar en sus calles empedradas, me crucé con algunos rostros que me observaron con curiosidad.

Nadie me reconoció. Habían pasado demasiados años desde que viví aquí con mi madre, y los niños de entonces ahora serían abuelos con sus propias familias, o tal vez habían fallecido ya.

Para ellos, yo era solo un forastero más.

Me dirigí al mercado. El aire olía a leña quemada por las hogueras que había a lo largo de la aldea para luchar contra el frio.

Compré lo necesario: sacos de harina, algo de carne curada, verduras, aceite, jabón, escobas, clavos, tablas, mantas, una olla decente…

más de lo que podía cargar a la espalda.

Pagué unas monedas de plata a un hombre mayor para que llevase mis cosas en su pequeño carro, me miró sin demasiadas preguntas, solo feliz de sacar unas monedas extra.

Con el carro chirriando y lleno hasta arriba, emprendí el regreso.

Los caballos avanzaban lentos, pero constantes, y mientras las ruedas golpeaban contra las piedras del sendero, no pude evitar sentir cierta paz.

Era como si el pasado y el presente se cruzaran en ese camino, como si volviera a traer vida a un lugar que llevaba demasiado tiempo en silencio.

Cuando por fin llegué al claro frente a la casa, el sol ya se escondía entre los árboles, tiñendo todo de un dorado melancólico.

Cuando el carro se detuvo frente a la entrada, salté de la parte de atrás con un suspiro de alivio, estirazando la espalda adolorida por el traqueteo.

Descargué las cosas, el hombre mayor se ofreció a ayudar, pero le negué la ayuda dándole las gracias, y después se marchó sendero abajo de vuelta a la aldea.

Al levantar la vista hacia la casa, algo llamó mi atención. La puerta estaba entreabierta, y dentro se escuchaba a Ilya tarareando. Entré empujando con cuidado para no asustarla, y allí estaba, de espaldas a mí.

Había encontrado un trapo viejo y, con determinación, estaba limpiando una estantería cubierta de polvo. El haz de luz que entraba por la ventana caía sobre ella, resaltando cada partícula que flotaba en el aire a su alrededor. Parecía brillar en aquella estancia.

Había colocado algunas flores silvestres en un jarrón roto sobre la mesa, y no pude evitar sonreír al verla tan concentrada, con el ceño fruncido y un mechón rebelde pegado a su mejilla.

Apoyé el hombro contra el marco de la puerta y la observé unos instantes antes de hablar.

—Si sigues así, la casa va a terminar pareciendo más tuya que mía.

Ilya dio un respingo, girándose con los ojos muy abiertos. Al verme, soltó el aire entre risas nerviosas.

—No te he oído llegar —murmuró.

Avancé unos pasos, dejando caer las cestas en el suelo.

—No quería interrumpir. Se te veía muy concentrada.

Se enrojeció levemente y esbozó una sonrisa. Me agaché junto a las cestas que había dejado en el suelo y empecé a sacar lo que había traído.

—Mira. Aceite, harina, trapos nuevos… hasta he podido conseguir un martillo y clavos. No pienso dejar que se me caiga el techo encima mientras duermo.

Se inclinó curiosa, observando el contenido.

—Has pensado en todo.

—Seguro que algo se me ha escapado, pero lo básico creo que lo tenemos, al menos —respondí, encogiéndome de hombros.

Tomó uno de los paquetes pequeños, lo abrió y descubrió unos mangos. Sus ojos se iluminaron al instante.

—¿¡Que es esto!? —exclamó, llevándose uno a la boca con impaciencia.

La vi morder con entusiasmo y no pude evitar soltar una carcajada.

—Eh, salvaje —dije entre risas, negando con la cabeza—, primero se le quita la piel.

Ilya me miró, con los labios brillantes de jugo y una expresión entre divertida y avergonzada.

Saqué el cuchillo que llevaba en el cinto y tomé el mango de sus manos. Comencé a cortar con cuidado, dejando que la piel rojiza y verdosa cayera en espirales mientras ella me observaba.

—Paciencia —le dije, sonriendo sin levantar la vista—. Las cosas requieren su tiempo.

Cuando terminé, le tendí el mango limpio y reluciente. Lo cogió, le dio un bocado y cerró los ojos al instante, dejando escapar un pequeño suspiro.

—¡Que bueno esta! —dijo sonriendo de oreja a oreja.

—¿Ves? —respondí, divertido.

Se sonrojó y siguió comiendo, mirando de reojo por la ventana hacia el bosque.

La tarde se despidió entre tonos rojizos cuando decidimos concentrarnos en mi antigua habitación.

Las ventanas apenas se sostenían sobre sus goznes oxidados, y el polvo había tejido su propio reino en cada esquina.

Entre los dos conseguimos limpiarlas, forzar un poco los marcos y dejar que entrara el aire fresco del bosque para disipar el olor viciado.

Luego me acerqué a la pared, donde el muro seguía medio derruido. Recordaba haberlo levantado con Neik y mi madre cuando era niño. Tomé un viejo cubo, mezclé arena, cal y un poco de ceniza de la chimenea hasta formar una pasta densa, el mortero quedo áspero y terroso.