Capítulo 19
Al amanecer, reanudamos el camino. Fue una jornada tranquila, sin incidentes. Ilya caminaba a mi lado en silencio la mayor parte del tiempo, a ratos tocando con la yema de los dedos las flores silvestres que colgaban junto al sendero. A mí me bastaba con verla sonreír.
Pasó otro día igual: lento y sin sorpresas.
Con Neik los viajes eran más rápidos, estábamos acostumbrados, pero no quería sobrecargar a Ilya más de la cuenta.
Decidí hacer el viaje tranquilo, como si fuera un paseo.
Dormimos bajo un cielo despejado y frío, las estrellas tan cercanas que parecía que podías tocarlas.
Al día siguiente el camino fue algo más ligero, forcé un poco la marcha viendo que Ilya se había adaptado a caminar durante ratos largos, además no quería añadir otro día más de acampar en la intemperie, no suele ser peligroso tan cerca de la capital, pero prefería evitarlo.
La montaña de Yala comenzó a imponerse contra el cielo al caer la tarde.
Cuando llegamos a su falda, desde allí, el camino se bifurcaba: uno de los senderos ascendía hacia la casa de mi madre, entre la maleza y las raíces que se retorcían sobre la tierra, mientras el otro descendía suavemente hacia una pequeña aldea visible a unos pocos metros, con el humo de las chimeneas elevándose en la distancia.
—Perfecto —dije, observando cómo el sol empezaba a hundirse tras las cumbres—. Si seguimos el sendero hacia arriba, llegaremos justo cuando se ponga el sol.
Y emprendimos la subida, con el cielo tiñéndose de tonos anaranjados sobre nuestras cabezas.
Cuando llegamos a la cima, el bosque que poblaba la montaña se abrió en un claro.
Allí estaba, a un lado de aquel espacio se levantaba la vieja casa de mi madre.
En su día había sido hermosa, de una piedra marrón, con tejados decorados con tejas de un color rojizo, aunque ahora el musgo trepaba por los muros y las ventanas parecían ojos cansados.
El otro lado del claro terminaba en un acantilado que caía abrupto hacia el vacío.
Me detuve un instante en el borde del acantilado. Desde allí, en la distancia, se veía la capital. Rayala. Sus torres y murallas brillaban con los últimos rayos de sol, majestuosas, imponentes. Tragué saliva en silencio, con esa sensación extraña de estar demasiado cerca y demasiado lejos a la vez.
Ilya se quedó quieta a mi lado, con la mirada fija en la ciudad. No dijo nada, pero noté cómo su respiración se agitaba.
Me senté en un tronco tumbado en el suelo que había servido de asiento durante mucho tiempo a una versión más pequeña de mí mismo, mirando la capital, con nostalgia. Allí abajo me esperaban obligaciones, secretos y un destino que nunca había pedido y, aun así, seguía siendo mi hogar.
—Es… enorme —murmuró Ilya, casi en un suspiro.
Asentí, clavando la vista en esas torres lejanas.
—Lo es.
Giró la cabeza hacia mí, con curiosidad, pero no preguntó más. En su lugar, se dejó caer a mi lado, tan cerca que sus hombros casi rozaron los míos. Durante un rato nos quedamos en silencio, solo escuchando el viento que golpeaba el acantilado.
De pronto, noté cómo sus dedos rozaban los míos, apenas un roce, tembloroso, tímido. No aparté la mano. Sentí un escalofrío recorrerme y no era por el frío de la montaña.
—Allí… —dijo ella, señalando la ciudad con la barbilla—. Allí es donde empieza tu otra vida, ¿no?
Me quedé callado unos segundos antes de responder:
—Allí es donde están mis obligaciones. Mi vida…no se realmente dónde empieza o termina.
Cuando volvió la mirada hacia mí había algo diferente en sus ojos, una mezcla de miedo y de fe. Sonrió ligeramente, parecía algo incomoda sin saber si sonreír o no.
Respiré hondo, obligándome a apartar la vista hacia el horizonte. El aire fresco golpeaba el rostro, trayendo el olor de los pinos y el musgo.
Tras unos minutos, me levanté y miré a la vieja casa otra vez. No había vuelto aquí desde que mi madre falleció. La recordaba más pequeña en mi memoria. La recorrí con los ojos de lado a lado, imponía, parecía vigilar el claro desde la penumbra. El tiempo había hecho mella, pero seguía en pie.
Empujé la puerta principal. El eco del chirrido resonó en la estancia al abrirse dando la bienvenida al lugar. El polvo flotaba en el aire iluminado por los haces de luz de luna que se colaban entre las ventanas y las grietas de la piedra en las paredes.
Ilya se adelantó unos pasos, explorando con curiosidad. Se agachó junto a una mesa cubierta por una manta vieja, levantó la tela y soltó un suspiro. —Es preciosa.
Me acerqué. Era una mesa de roble, arañada por el tiempo, pero firme. La acarició pasando la mano por encima removiendo ligeramente el polvo acumulado.
—Bueno, busquemos por hoy un par de habitaciones que tengan la mayor parte de paredes intactas para poder pasar la noche, mañana nos preocuparemos del resto.
Ella asintió. Me encaminé inconscientemente a mi habitación primero. Tenía la pared que daba al claro ligeramente derruida, la ventana estaba rota. Suspiré y seguí hacia las habitaciones de invitados del tercer piso.
Por suerte estas lucían mejor, entré en la que mejor estaba y adecenté la cama un poco.
—Aquí podrás dormir cómoda, quédate. Yo buscare otra habitación.
La vi incomodarse ligeramente.
—No tengas miedo, la casa no está encantada. Creo.
Me miró entrecerrando los ojos y resopló encaminándose a la cama. Sonreí y añadí:
—Hasta mañana Ilya. Que descanses.
Se quedo mirándome un rato y cuando estaba en el umbral a punto de desaparecer en el pasillo me dijo:
— Que descanses Orion. Gracias. Por traerme.
La madera vieja de la casa crujía con el viento al colarse por las rendijas.
Me tumbé en la cama de una habitación decente que había dos cuartos más adelante en el pasillo.
Mirando el techo ennegrecido por los años.
El cansancio estaba en mi mente, pero no en mi cuerpo.
Me removí varias veces, buscando una postura cómoda, mientras los pensamientos, tercos y pesados, se negaban a dejarme dormir.
Al final cedí y me levanté, cruzando el suelo frío hasta la ventana destrozada por donde se colaba una brisa nocturna.
Fuera, el cielo estaba tachonado de estrellas, tan inmenso y ajeno como siempre.
Me sorprendí dándole vueltas a una tontería: si desde allí, desde ese mar de luces, alguien pudiera vernos…
¿pareceríamos tan pequeños como me parecían a mí las hormigas en el patio de la casa de mi madre cuando era niño?
Sonreí de medio lado, burlándome de mis propios pensamientos.
El silencio de la noche se rompió de pronto. Un gemido ahogado, cargado de angustia, llegó desde el fondo del pasillo. Mi corazón se encogió.
Corrí, empujando la puerta aún sin cerrar del todo por el estado de las bisagras.
—Ilya… —susurré desde el umbral.
Sus labios murmuraban cosas ininteligibles presa de un sueño que la atormentaba.
Estaba sudorosa y se removía entre las sábanas, atrapada en un vaivén inquieto.
Su respiración era irregular, entrecortada, y de vez en cuando un gesto de angustia le tensaba el rostro.
Me acerqué despacio, procurando no despertarla, y apoyé el reverso de la mano sobre su frente.
Estaba caliente por el esfuerzo del mal sueño, pero no había fiebre. Aun así, algo no iba bien.
—Tranquila… —murmuré—. Estoy aquí.
No parecía oírme, pero su ceño se frunció. Durante un instante dudé, y entonces recordé a mi madre, inclinada sobre mi cama cuando yo era niño, susurrando palabras que no entendía del todo mientras la magia hacía el resto. Un remedio sencillo, decía ella.
Tragué saliva. No tenía su experiencia. Ni su control. Mi capacidad mágica siempre había sido… limitada. Aun así, no podía quedarme de brazos cruzados.
Me llevé dos dedos a los labios y cerré los ojos, buscando en la memoria las palabras exactas, el ritmo con el que ella las pronunciaba. Las recité en voz baja, torpes pero sinceras. Sentí un leve cosquilleo, y un rastro de luz pálida brotó de mis labios hasta mis dedos, débil pero presente.
Con cuidado, apoyé esos dedos sobre la frente de Ilya.
La luz se deslizó de inmediato, expandiéndose en un halo suave.
Partículas blancas, parecidas a un fino polvo suspendido en el aire, comenzaron a levitar alrededor de su cabeza, girando lentamente.
La tensión de su cuerpo fue cediendo poco a poco; su respiración se volvió más profunda, relajándose visiblemente.
Sus manos dejaron de aferrarse a las sábanas.
Solté el aire que no me había dado cuenta que estaba conteniendo.
Me aparté despacio hasta el umbral de la puerta, apoyándome en el marco, observándola durante un largo rato. Necesitaba estar seguro de que no era solo un alivio momentáneo, de que la magia había hecho algo más que consolarme a mí. Pasaron los minutos, y Ilya siguió durmiendo en calma.
Cuando por fin me convencí, cerré la puerta con cuidado y me dirigí a mi habitación.
Me tumbé, con la preocupación y una duda rondandome. No había tenido pesadillas durante el viaje. ¿Habrá sido la tranquilidad de cuando ya no hay peligro y se ha podido relajar al fin?
Negué con la cabeza, con el cansancio pesando sobre mí y dejé que el sueño terminara de arrastrarme.