Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

La brisa del atardecer era distinta fuera de la empalizada de madera que rodeaba el pueblo, estaba menos cargada de responsabilidad.

No nos habíamos alejado mucho cuando vimos el campamento de la Séptima Legión en las afueras.

Los estandartes ondeaban con solemnidad y el movimiento de soldados de un lado para otro era constante.

Al pasar cerca, Sirl, con la armadura aún polvorienta, me vio y levantó la mano en alto, captando mi atención.

Me recibió con su presencia de legatus que siempre imponía respeto, incluso cansada.

—¿Vuelves a la capital? —preguntó sin rodeos, sus ojos clavados en los míos.

Negué despacio, aunque intenté darle calma con mi voz:

—Todavía no. Pero estaré cerca, no te preocupes. Asistiré.

Frunció el ceño, midiendo mis palabras.

—Entonces nos veremos en catorce días —afirmó. —No faltes.

Sentí la mirada de Ilya a mi lado, un poco perdida, sin entender del todo de qué hablábamos. Sirl la notó también; ladeó la cabeza y tras observarla unos segundos, volvió a mí.

—¿Llevas a la trizana contigo?

No me gustó cómo lo dijo, con ese aire casi frío que teñía el gentilicio. Enderecé la espalda y respondí sin titubeos:

—Llevo a Ilya conmigo.

Hubo un breve silencio. Sirl me sostuvo la mirada, y aunque no dijo nada, entendí que lo había comprendido todo. Había estado en esa casa, la de mi madre, cuando éramos pequeños. Sabía exactamente a dónde pensaba llevarla. Leyó entre mis líneas cuando le dije que iba a estar cerca.

Sus labios se torcieron en una sonrisa, apenas perceptible, y me dedicó una última mirada cargada de todo lo que no estaba diciendo en voz alta.

Salimos del campamento sin más palabras, con la última mirada de Sirl todavía pesándome en la nuca.

El camino se extendía ante nosotros, ancho al principio, flanqueado por campos que poco a poco se volvían más agrestes.

Ilya caminaba a mi lado, con su petate colgado del hombro, en silencio.

Yo tampoco tenía demasiado que decir; a veces las palabras sobran, y basta con el crujido de las botas sobre la grava o el susurro del viento entre los árboles.

El sol fue descendiendo con parsimonia, tiñendo el cielo de tonos dorados primero, luego anaranjados.

A lo lejos se divisaban colinas cubiertas de bosque y con cada hora que pasaba el murmullo de insectos y aves iba siendo sustituido por el silencio de la oscuridad.

El aire se volvió frio cuando el sol terminó de abandonar el cielo, no parecía que ninguno de los dos quisiera romper la calma del camino.

Para cuando anocheció, la luz de la luna comenzó a filtrarse en haces entre los troncos, y las sombras que habían ido alargándose durante el día finalmente se apoderaron de todo.

Encendí la hoguera con calma, dejando que el fuego creciera despacio, hasta que las llamas se acomodaron lamiendo la leña seca.

Ilya había abierto el petate y sacado un poco de pan duro, algo de queso y carne fría.

Nos sentamos uno frente al otro, con la hoguera entre nosotros, y cenamos en silencio, escuchando el chasquido de las brasas y el viento que corría colina abajo.

Cuando levantó la cabeza mirando el cielo, un destello de luz me mostró de nuevo las marcas oscuras en su cuello, la huella de las manos que la habían maltratado en aquel maldito campamento. Me quedé mirando unos segundos, incapaz de fingir que no lo veía.

—¿Te duele? —pregunté al fin, con voz baja, casi como si temiera romper la calma que la envolvía.

Ella me miró, sorprendida por la pregunta y llevó instintivamente una mano a su cuello, acariciando la piel marcada.

Bajó la mirada, frotando despacio las marcas.

—A veces… —murmuró—. No duele mucho… la verdad. Duele más… recordarlo. La sensación de que alguien puede... —hizo una breve pausa. —Que no importa cuánto quieras escapar… no puedes.

Se me encogió el pecho escucharla decir esas palabras.

—Ilya… —alcancé a decir, inclinándome un poco hacia adelante. —Lo siento. Siento no haber podido hacer más. Siento que hayas tenido que pasar por eso.

Me miró un instante. Negó sutilmente con la cabeza mientras tragaba saliva, parecía querer retener las palabras, pero acabaron escapando igual.

—Es extraño —dijo con voz temblorosa—. Todavía tengo miedo… aunque esté aquí contigo. Y a la vez… es contigo con quien menos miedo siento. Por eso no quería separarme de ti.

Se hizo un silencio tenso, solo roto por el crepitar de la hoguera. No supe qué contestar al instante, porque cualquier cosa me parecía poco frente a lo que estaba confesando. Me limité a sostenerle la mirada, esperando que entendiera que no estaba sola.

Desvió la vista hacia el fuego y respiró hondo.

—Cuando estábamos en el río… —dijo, con un tono distinto, más inseguro, ligeramente incomoda—. ¿Entre Lacerta y tú… hay algo?

No pude evitarlo: solté una carcajada tan grande que hasta me tuve que echar hacia atrás, apoyándome en una mano para no perder el equilibrio. Negué con la cabeza con una sonrisa amplia.

—¿Con Lacerta? —repetí todavía entre risas—. ¡Por todos los fundadores! No. Ella es… como una hermana para mí. Es complicado. Entre nosotros siempre ha habido camaradería. No creo que pudiese verla de otra forma ni aunque quisiera.

Ilya abrió mucho los ojos al escuchar mi reacción y al instante sus mejillas se encendieron de vergüenza. Apartó la mirada, cruzando los brazos sobre las rodillas.

—Ya… yo… solo preguntaba —susurró, encogiéndose un poco.

Aún me reía, pero al verla así suavicé el gesto y me incliné hacia adelante otra vez.

—Lo siento, no quería ofender con mi reacción. No te sientas mal. Entiendo por qué lo has preguntado, en el río… solo estamos hablando de cosas serias, lo último que tienes es que preocuparte de eso.

Ladeé la cabeza y la observé con curiosidad.

—¿De verdad nunca has oído hablar de Atra Vallis? —pregunté extrañado.

Ella negó lentamente con la cabeza, con honestidad. Yo me quedé un segundo en silencio, y entonces caí en la cuenta.

—Claro… —murmuré, pasándome una mano por la nuca—. Qué idiota soy. Supongo que… tu situación, no te permitía conocer mucho sobre el mundo.

Me sostuvo la mirada, sin decir nada, como si esperara a que siguiera hablando. Y lo hice, con un gesto más animado.

—Bah, en cualquier caso… —añadí, estirándome un poco hacia la hoguera—. Cualquier noche es una buena para contar aventuras.

Me recosté un poco hacia atrás, mirando las chispas de la hoguera subir hacia el cielo oscuro.

Ilya tenía las rodillas recogidas, abrazadas contra su pecho, y me observaba con esa atención suya que nunca sabía si me incomodaba o me halagaba.

Sus ojos reflejaban el fuego como si fueran dos brasas serenas.

—Verás —empecé, dejando escapar una risa breve—.

Es gracioso, todo empezó en Trizandia… en tu tierra, pero hace muchos años.

Y cuando digo muchos, me refiero a muchos.

No recuerdo exactamente cuántos, pero más de sesenta seguro.

No fue un comienzo glorioso ni nada por el estilo.

El renombre que hoy tiene Atra Vallis, vino mucho después, con el tiempo, con sangre, sudor y hazañas.

Ladeó la cabeza con curiosidad.

—En el norte, en la frontera con Palamia, hay dos montañas, Nyrvalis y Odrylis.

Entre ellas cruza un rio que parte en dos el valle que hay allí.

A los dos lados del rio unido por puentes había un pueblo.

Draco siempre me decía que allí se celebraba el festival más hermoso del mundo: el Atra.

Él es un melodramático, ya sabes cómo habla…

exagera sin pudor. Así que nunca le creí.

—Negué, sonriendo solo por una comisura—.

Pero acabó picándome la curiosidad. Y al final cedí.

Ilya apoyó la barbilla en sus rodillas.

—Para mi sorpresa, tenía razón. Fue increíble.

Durante el festival, que se celebra con la luna creciente, los aldeanos llenan el valle de espejos y bandejas llenas de cristal que reflejaban la luna y las estrellas.

Cada paso que dabas era como caminar sobre un cielo invertido.

Obviamente no podía faltar un buen festín, comida y bebida de todas partes del continente.

Y también magia, con hechizos que jamás había visto, lanzando al cielo fuego de colores diversos, o al menos a mí me pareció magia. Y todo acompañado con buena música.

Abrió los ojos, fascinada, y susurró:

—Suena como un sueño.

Asentí despacio.

—Lo fue. Pero la felicidad esa vez, no duró. Bien entrada la noche, los trizanos atacaron el pueblo. Se defendieron cuando se recuperaron de la sorpresa. Pero entonces, los de Palamia atacaron también, desde la retaguardia de los trizanos.

Noté que Ilya se estremecía, apartando la vista del fuego.

—Más tarde supimos que había un desacuerdo entre una ciudad estado de Trizandia y una de las torres de Palamia, y los trizanos habían caído en una trampa: Palamia había filtrado información falsa, diciendo que los altos magos de dicha torre estarían allí, festejando.

Draco y yo peleamos espalda con espalda.

No mirábamos estandartes, ni banderas, ni símbolos…

aquello estaba mal. Sin excusas. Daba igual el bando.

A nuestro lado había otros, grandes guerreros.

Estaban allí Caelum y Lacerta, aunque aún no nos conocíamos.

La batalla fue un infierno, sin un vencedor claro.

Tras muchas bajas en todos los bandos, Trizandia y Palamia acabaron en retirada.

Hice una pausa, respirando hondo. La brisa nocturna me refrescaba anclándome al momento. Miré al cielo mientras me retrepaba acomodándome.

—Cuando amaneció, entre gritos y sollozos, los aldeanos nos contaron que los trizanos se habían llevado a muchas mujeres y niños.

Uno de los guerreros que había luchado defendiendo el pueblo dio un discurso elocuente —hice una pausa, recordando a Ofiuco con nostalgia y una sonrisa.

—No dudamos. Fuimos tras ellos, y los rescatamos.

Ilya levantó la vista, y noté un brillo húmedo en sus ojos.

—Para cuando regresamos, lo poco que quedaba del festival se celebró en nuestro nombre.

La mayoría de los guerreros se fueron yendo a medida que el amanecer se asentaba.

Al final quedamos veintitrés de los que habíamos defendido el valle.

Juntos decidimos algo: lucharíamos para defender a los que sufrieran así o para impedir se repitiera algo así, al menos mientras nos fuera posible.

Me incliné hacia el fuego, echando un palo seco dentro, y las llamas saltaron con un crujido.

—Un astrólogo y filósofo de Arvandor, Ofiuco, el del discurso elocuente, dijo que necesitábamos luchar sin estandartes ni banderas que nos ataran, algo que nos protegiera frente a represalias contra nosotros o nuestras familias.

Así, para protegernos, nos dio nombres de constelaciones.

Y en honor al valle y al festival, nos llamamos Atra Vallis.

Adoptando el lema: «Vi umbra, innocentem defendimus».

Ilya dijo en voz baja:

—¿Entonces tu nombre real no es Orion?

Asentí tensándome ante el dato en el que se había centrado. —Lo siento —dije.

—No, no pidas perdón. Me has salvado, ahora soy libre y te estoy agradecida. Y lo entiendo. Defendéis a los inocentes independientemente de en qué bando estén o a cuál se enfrenten.

—Si. —Dije relajando la tensión. —Desde aquel día luchamos juntos más de cuarenta años.

Nunca cobramos nada. Entre nosotros había ricos que sostenían a los que no lo eran.

Cuando nos separábamos, siempre uno con dinero iba con alguien sin él.

Draco y yo éramos distintos… ya nos conocíamos, y ninguno era pobre ni rico, simplemente iguales.

Me callé un momento, observando cómo Ilya había apoyado el rostro sobre las rodillas, abrazándose un poco más fuerte, pero con una sonrisa pequeña y luminosa en los labios.

—Es una historia hermosa —murmuró—. Y triste.

Me encogí de hombros, con una sonrisa cansada.

—Como la mayoría de las que merecen contarse.

Ilya bostezó, así que me callé, para que ella decidiese si seguir conversando o dormir. El silencio fue cómodo, se quedó abrazada a sus rodillas, mirando las brasas consumirse poco a poco.

—Deberías dormir —le dije.

—Lo siento, estoy muy cansada la verdad —dijo forzando una sonrisa.

Me tumbé sobre la capa, mirando el cielo y al poco, entre el canto de los grillos y el crujir del fuego, ambos caímos rendidos.