Capítulo 17 #2
No quise presionarla, ni con palabras ni con miradas; simplemente estuve allí, lo bastante cerca para que supiera que no estaba sola, lo bastante callado para que pudiera ordenar sus ideas, lo que fuera que tuviese dentro.
Sus hombros seguían encogidos, las manos entrelazadas sobre el regazo y de vez en cuando respiraba hondo, parecía debatirse buscando el valor suficiente como para iniciar una conversación. Mantuve los ojos en el agua. Si quería hablar, lo haría. Si prefería callar, también estaba bien.
El tiempo pasaba mientras el sol iba descendiendo, me limité a acompañarla con mi presencia, esperando a que, cuando estuviese lista, me dejara asomarme a lo que la había hecho salir corriendo.
Finalmente, su voz quebrada rompió el aire:
—No sé por qué he salido corriendo así… —dijo, casi en un susurro—. Solo sé que soy trizana, esto es Noczar. Era esclava. Ahora soy libre. No tengo a nadie a este lado de la muralla. Me siento…No sé… ni siquiera sé cómo me siento. Todo esto es nuevo para mí. Estoy perdida.
Me giré hacia ella, sin acercarme demasiado, solo lo justo para que entendiera que la escuchaba, que cada sílaba tenía mi atención.
—Entiendo —murmuré al fin, con un nudo en la garganta—. Lo siento si ha parecido que te imponía algo. No era mi intención.
Se giró de golpe hacia mí, los ojos húmedos, la cabeza moviéndose en negación con fuerza.
—¡No! —soltó, casi alarmada—. Para nada. Has sido… bueno conmigo. Siempre. No me has impuesto nada, al contrario.
Me quedé en silencio, sorprendido por su respuesta. Tragué saliva, dejando que su mirada se calmara poco a poco y después, con voz más baja, le pregunté:
—Bien. ¿Qué quieres hacer, Ilya?
Mi pregunta no llevaba prisa, ni exigencia. Solo era un ofrecimiento. Una forma de poner en sus manos la elección, de mostrarle que lo que viniera a continuación dependía enteramente de ella.
Se quedó callada unos segundos, sus dedos jugueteando nerviosos con el borde de la tela de su vestido. Pero su respiración seguía entrecortada.
—¿Puedo quedarme contigo un poco más? —preguntó en un susurro.
La miré, algo desconcertado.
—¿Te refieres aquí? ¿Cómo estamos ahora?
Negó despacio, bajando la vista. Tragó saliva, como si buscara valor y volvió a hablar, esta vez con la voz más clara.
—No… me refiero a ir contigo. A donde sea que vayas.
Sus palabras me dejaron envuelto en un manto cálido, cesando mis pensamientos y dejándome sin una respuesta inmediata.
Tragué saliva. ¿A dónde sea que vayas? Lo había dicho con tanta sinceridad que me sentía desarmado.
Mi primera reacción fue querer decir que sí, sin pensarlo, pero entonces la mente me traicionó.
No podía olvidar quién era yo realmente.
No era un aventurero cualquiera. Era el hijo bastardo del rey, un secreto que no dejaba salir de la ciudad.
Si la llevaba conmigo, hasta Rayala, tarde o temprano lo descubriría.
Y entonces… ¿qué pasaría? ¿Debería decírselo?
O tal vez… ¿Eso la convertiría en un objetivo? Seria un peligro para ella… ¿Para mí?
Miré el reflejo del agua. Había una parte de mí que gritaba que nada de eso importaba, que solo debía dejarme llevar y aceptarla. Pero otra, más fría, me recordaba que cada paso que daba podía arrastrar a otros al abismo.
Quizá podría llevarla a la casa de mi madre. Aquella vieja casa, en lo alto de la montaña, rodeada de bosque y silencio. Llevaba años sin usarse, casi olvidada. A unos kilómetros de la capital.
Ilya bajó la mirada, mordiéndose el labio, había divagado en mi cabeza más tiempo del que me había dado cuenta.
—Lo siento… no he debido preguntar —su voz salió quebrada. —No quiero ser una carga para ti. Olvida lo que he dicho.
Sentí un dolor agudo en el pecho al oírla. Como si mis silencios le hubiesen causado dolor. Negué con la cabeza enseguida y hablé con toda la calma que pude:
—No, no es eso, Ilya. —Me incliné un poco hacia ella para que me escuchara bien—. Es solo que… es complicado. Tengo obligaciones, cosas que no puedo dejar de lado.
Levantó los ojos, temblorosos, buscando una verdad en los míos.
—Pero… —continué, respirando hondo— creo que puedes quedarte conmigo unos días. Hasta que decidas qué hacer.
Vi cómo la tensión en sus hombros cedía un poco, como si acabara de liberar el aire que había estado conteniendo. No sonrió del todo, pero en su mirada apareció un destello de alivio, tímido, casi escondido.
—Pero…—añadí, con voz más baja, casi arrastrando el pensamiento—. Estaremos solos. Draco tiene que ocuparse de unos asuntos, y yo debo estar cerca de mis responsabilidades.
Hice una pausa, buscando que entendiera la situación sin asustarla y añadí:
—Si te parece bien, nos marcharemos cuanto antes. Pararemos en la casa de mi madre por unos días… lleva muchos años sin usarse.
Me miró, sus ojos brillando con una mezcla de alivio y curiosidad. Asintió con delicadeza.
Regresamos a la casa segura en silencio, con el rumor del río todavía pegado a la piel. Al cruzar el patio trasero, el olor dulzón de la pipa nos envolvió. Neik y Xane estaban recostados en la pared de madera, riéndose a carcajadas de algo que solo ellos dos parecían entender.
—¿Qué están fumando? —preguntó Ilya, arrugando un poco la nariz con curiosidad.
—Sabrán los fundadores lo que tengan en esa pipa —murmuré, con media sonrisa, encogiéndome de hombros.
Ilya levantó la vista hacia mí, arqueando una ceja.
—¿Los fundadores? —preguntó, inclinando la cabeza con expresión mezclada de inocencia y sospecha—. Eh escuchado que los mencionáis de vez en cuando. ¿Son vuestros dioses en Noczar?
Solté una pequeña risa.
—No exactamente —dije, rascándome la barbilla—. Los fundadores no son dioses… al menos, no en el sentido en que los tuyos lo son. O el tuyo si solo tenéis uno, creo que cada parte de la liga de Trizandia tiene diferentes culturas respecto a eso.
Ella me observó en silencio y se limitó a asentir, esperando que siguiera con mi explicación. Sus ojos azules, tan atentos, parecían querer arrancarme la historia antes de que la pronunciara.
—Eran humanos —expliqué—. Fueron los primeros en establecerse en Noczar, mucho antes de que existiera siquiera una ciudad.
Dicen que el priur los eligió, o que ellos aprendieron a dominarlo de formas que nadie más había logrado.
Vivieron siglos, o eso cuentan los registros más antiguos.
Se convirtieron en los pilares de todo lo que somos ahora.
Ilya parpadeó lentamente, procesando cada palabra.
—Así que, cuando dices «fundadores» —murmuró—, es en el más sentido literal de la palabra, tus ancestros…
—Exacto —asentí—. No rezamos por ellos, pero los invocamos a veces… como una costumbre. Supongo que, con el tiempo, acabaron ocupando el mismo lugar que los dioses para otros.
Una pequeña sonrisa cruzó su rostro, aunque sus ojos seguían buscando algo más en los míos.
—Entonces, ¿ya no están entre vosotros?
—Oh, sí. Aún quedan tres viviendo en la capital. Algunos por guerras o decisiones propias de separarse de ese camino, fallecieron, el resto hace tiempo que se desconoce si siguen con vida —respondí, devolviéndole la sonrisa.
Por un instante, el silencio se llenó de una mezcla de respeto y curiosidad.
Dos mundos con sus propios dioses. Uno de carne y longevidad, otro de fe y misterio.
Al final, yo siempre lo he entendido como que todos buscábamos lo mismo: una razón para creer en algo más grande que nosotros, para apoyarnos.
Neik levantó la mano, saludándonos con gesto perezoso, mientras exhalaba una nube espesa hacia el cielo, riendo todavía. Xane le dio un golpecito en el hombro, casi cayéndose hacia un lado de la risa. La escena era tan absurda que por un momento se me escapó una leve carcajada.
El resto de la mañana se deslizó serena. Neik y yo nos pusimos a preparar nuestros petates; él lo hacía con ligereza, silbando mientras doblaba sus ropas con poco cuidado, mientras yo intentaba meter todo lo esencial en orden.
Ilya, cocinaba algo sencillo y lo envolvía con esmero, guardándolo en un pequeño petate que Xane le había regalado.
La despedida con Neik fue breve, pero no por eso menos amarga. Nos abrazamos fuerte y, por un instante, olvidó las bromas para susurrarme al oído que me cuidara. Asentí, tragando saliva, viendo cómo se alejaba sin volverse.
Después, vino la despedida con Xane. Fue distinta, más seca, como todo lo que hacía él. Nos acompañó hasta la puerta, apretándome el brazo con firmeza antes de desearme suerte. A Ilya le dedicó una leve inclinación de cabeza.
Y así, con los petates a la espalda, salimos del pueblo.