Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Al entrar en la casa encontré a Ilya y Xane sentados a la mesa, compartiendo unas rebanadas de pan duro con queso y unas aceitunas que seguramente habían sacado de la despensa. Picoteaban con tranquilidad, en lo que parecía una conversación trivial.

Neik lanzó una mirada fugaz hacia nosotros y, con un gesto apenas perceptible, indicó a Xane que lo siguiera. Ambos desaparecieron hacia el patio trasero, dejándonos solos.

Me quedé de pie unos segundos, observando la escena con una sonrisa discreta antes de acercarme y sentarme frente a ella.

—Madre mía —dije con un tono burlón mientras miraba como su aspecto seguía reflejando su falta de descanso, —parece que alguien ha decidido luchar una batalla contra la almohada… y ha perdido.

Ilya levantó la vista, se podía vislumbrar unas sombras bajo sus ojos ligeramente prominentes, frunció levemente el ceño, aunque la sonrisa que se insinuó en sus labios traicionaba su molestia.

—No todos tenemos tu talento para madrugar con cara de estatua de mármol —replicó con voz aún adormecida, llevándose un mechón tras la oreja.

—No, claro —respondí fingiendo solemnidad—. Algunos preferís conquistar el mundo después del desayuno.

Soltó una risa breve, pero sincera. Luego bajó la mirada y rompió un pedazo de pan entre los dedos.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero tampoco fue cómodo.

La luz que entraba por la ventana iluminaba el polvo flotando en el aire y le daba un resplandor suave a su cabello.

Me quedé un instante viéndola así, con esa mezcla de torpeza y calma que solo tienen quienes acaban de despertar y me sorprendió la sensación familiar de paz que aquello me provocó.

—Toma —dijo al fin, empujando hacia mí el plato con un pedazo de queso—. Si vas a burlarte, al menos hazlo con el estómago tranquilo.

Reí, aceptando la tregua.

—Dime, ¿qué… sabes hacer? —pregunté, intentando que sonara natural.

Entrelazó los dedos sobre la mesa, pensativa.

—Después de años como esclava, poco sé más allá de limpiar, cocinar… y curar algunas heridas.

La observé con atención.

—¿Y luchar? —dije pensando en los puestos de la guardia.

Alzó los ojos hacia mí con una chispa inesperada.

—Si me enseñas, sabré.

Aquella respuesta me pilló por sorpresa.

—¿Quieres aprender?

Sonrió ligeramente, como si la idea le provocara cierta ilusión.

—Os vi luchar… vi cómo peleabais y, al mismo tiempo, jugabais entre vosotros. Parecía divertido, más que aterrador. Vuestra forma de ser… —hizo un pequeño gesto con la mano, buscando las palabras. —Juguetones, fuertes, libres. Me gustaría sentir, aunque sea una parte de eso.

Me quedé un instante callado, procesando lo que acababa de decir. La antigua esclava que había pasado la mayor parte de su vida obedeciendo órdenes a punta de lanza, pidiéndome ahora que le enseñara a blandir un arma.

Negué con la cabeza, dejando escapar un suspiro.

—No siempre es así de divertido, Ilya.

—Lo sé. —Su voz se tensó y sus manos se apretaron en el regazo—.

Es… otra de las razones por las que me gustaría aprender.

—Tragó saliva, como si las palabras le costaran salir—.

No quiero sentirme otra vez como aquel día…

—sus ojos me buscaron con un brillo distinto—, igual que cuando te vi allí, de rodillas en el suelo, la sangre corriendo por tu costado. Me sentí impotente, inútil…

El silencio que siguió se volvió algo opresivo, cargando la atmosfera de una tensión que se coló entre nosotros.

Noté que mi pecho se comprimía ligeramente al recordar la escena.

Pensar que ella se estaba preocupando más de lo que me paso a mí, que de lo que le paso a ella, hizo que la mirase desde una perspectiva distinta.

Ella carraspeó, apartando la mirada, tratando de aligerar el peso de lo acababa de decir.

—¿Por qué me preguntas esto de todas formas? —dijo finalmente.

—Es para ver en qué puestos podrías optar a trabajar en el pueblo —le respondí. —Si quieres, claro.

Me miró parpadeando con lentitud, y la pregunta salió de sus labios apenas en un susurro:

—¿Entonces… te vas a marchar?

Asentí, con el peso de la certeza en la nuca. Vi cómo algo en su mirada se quebraba, tan sutil que me dolió como si una espina se clavara en mi pecho. Sin decir nada más, se levantó con un movimiento brusco y salió hacia el patio trasero, con prisa.

La seguí con la vista, confundido, y me levanté detrás de ella. Al salir vi a Neik y Xane, sentados a un lado, compartiendo una pipa. Ambos giraron la cabeza al verla cruzar el patio rumbo al rio que habíamos estado ayer.

Me quedé en el umbral, levantando una ceja sin saber que había ocurrido. Miré a Neik, que tenía en su rostro una sonrisa socarrona, alzó la pipa en mi dirección diciendo:

—A mí no me mires, bastardo. Tú sabrás lo que has hecho.

Rodé los ojos, solté un suspiro y eché a andar tras ella, mientras a mi espalda escuchaba la carcajada ronca de Neik seguida de su tos ahogadiza.

Al llegar al río, mi vista se posó primero en la orilla donde yacía su vestido, tirado apresuradamente. Miré alrededor, pero no la vi.

Un silencio absoluto me envolvía, roto solo por el murmullo de la corriente.

Y entonces, al cabo de unos segundos que me parecieron eternos, una silueta surgió de debajo del agua.

De espaldas a mí, el frio le daba un brillo azulado a su piel y el cabello empapado se pegaba en su espalda.

Cada movimiento de ella fue lento y deliberado, la escena me obligó a contener la respiración un instante, temiendo romper la delicada armonía del momento.

—¿Ilya? —pregunté.

No hubo respuesta. Permanecía de espaldas en silencio. Me acerqué un poco más, hundiendo las botas en el agua.

—¿Qué ocurre? —intenté de nuevo, procurando que mi tono fuera suave, sin forzar la conversación.

Hizo un pequeño movimiento con los hombros, casi imperceptible y un mechón de cabello cobrizo se escurrió desde su hombro hasta su espalda. La postura de su cuerpo decía más de lo que sus palabras podían expresar, estaba cautelosa, pero también confiada en que yo no le haría daño.

—No lo sé —dijo al final, entre sollozos.

Al escuchar su voz quebrada, un nudo me subió al pecho. Cada palabra suya parecía perforarme el corazón. Respiré hondo y di un paso hacia ella, despacio, midiendo cada movimiento para no asustarla.

Se abrazó a sí misma, encogiéndose ligeramente y giró la cara hacia atrás con un vistazo fugaz, sus ojos húmedos reflejando la luz del mediodía.

—No lo sé… —repitió, temblando —. No conozco este lugar. No sabía a donde más ir. Sentía un calor insoportable en el cuerpo, pensé que aquí…No lo sé.

Sin saber muy bien porque, esa imagen, esas palabras, hacían que cada fibra de mi cuerpo quisiera consolarla. Me quedé detrás de ella, sintiendo el temblor que recorría su cuerpo.

—Te vas a congelar —susurré, más preocupado que ordenando.

Dejó escapar una pequeña risa, entrecortada por el traqueteo de sus dientes:

—Es… es posible…ayer no estaba tan fría como hoy —dijo, tratando de aparentar ligereza.

Su cuerpo temblaba y giró con lentitud hacia mí, tapándose los senos con sus brazos, cada movimiento suyo ralentizado por el frio y la tensión.

—Me cuesta… moverme —murmuró.

Extendí mis brazos lentamente hacia ella, notando cómo el frío de la mañana recorría sus hombros desnudos y hacía que sus músculos temblasen bajo la piel húmeda.

—¿Puedo sacarte de aquí? —pregunté en un susurro.

Me miró por un instante, con los ojos grandes y brillantes, un instante de duda, de vulnerabilidad, antes de asentir.

Sentí que el corazón me daba un vuelco mientras me acercaba.

Lentamente la rodeé con mis brazos, asegurándome de no asustarla con el primer contacto, su cuerpo se encogió ligeramente contra el mío, buscando calor, pude notar como su respiración se aceleró mientras intentaba encontrar comodidad en el contacto.

Con cuidado, la levanté en el aire separándola de la mordedura helada del rio.

Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello casi instintivamente, buscando seguridad y su cabeza se apoyó en mi hombro.

—¿Porque a ti no te afecta este frio? —Me preguntó mientras iba paso tras paso hacia la orilla, midiendo bien donde pisaba para no resbalar y caer.

—Algunos Noczianos, como bien sabrás, nos beneficiamos de un elixir, llamado Yher—le susurré.

—Es un destilado de priur y éter que potencia el cuerpo del consumidor, de formas únicas según cada individuo, como, por ejemplo, tener un grado de tolerancia más alto a las temperaturas.

Algunos ganan más fuerza, otros, más agilidad.

Algunos incluso ganan varias características, no solo una.

Pero hay algo en común entre todos los consumidores.

Nos da una regeneración que parte desde el nivel celular, curamos más rápido las heridas y también tiene como efecto secundario, que nos impide envejecer.

La acomodé en el suelo al llegar a la orilla y me quité la capa, envolviéndola con la parte aterciopelada del interior. Ella trató de resistirse.

—No, no quiero mancharte la capa. —murmuró, pero la cubrí igualmente.

—Shh… —le respondí—. Sécate, por favor. Prefiero mil veces limpiar la capa después a verte tiritar así.

Me quedé un instante más cerca por si me necesitaba, mirándola mientras el terciopelo absorbía el agua de su piel. Después me aparté, dejándole espacio.

Cuando noté su timidez me arrancó una sonrisa sin querer y me giré, dándole la espalda, la vista fija en el río. Podía sentir todavía el calor de sus brazos alrededor de mi cuello, y el recuerdo me mantuvo allí, inmóvil, esperando, con las manos inquietas a los lados.

Escuché como se ponía el vestido y después noté el leve golpecito en la espalda cuando me tendió la capa con las dos manos.

Cogí la capa y me la colgué a un hombro. Se sentó en una pequeña roca y miro hacia el río. Me quedé a su lado, dejando que el silencio nos envolviera. El murmullo del agua parecía hablar más que cualquiera de nosotros.