Capítulo 16 #2
Entre palabras medidas y gestos que completaban lo que no hacía falta decir, Neik y yo pusimos a Sirl al día.
No hubo necesidad de recrearse en cada detalle: los hallazgos en el campamento, el enfrentamiento con Torke, la liberación de la esclava y las cargas explosivas que volaron lo que quedaba del lugar.
Neik, fiel a su estilo, resumió lo más crudo con frases breves y firmes, mientras yo rellenaba los huecos con lo imprescindible.
Ella escuchó en silencio, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas, su expresión oscilando entre la exasperación, el cansancio y esa chispa de reconocimiento que siempre aparecía cuando entendía que, al menos, seguía siendo yo… imprudente, pero vivo.
Cuando terminamos, se reclinó de nuevo en la silla, soltando el aire por la nariz.
—Bien. Entonces, hemos venido para nada. —su voz fue tajante, cortando el aire en seco—. Enviaré un mensaje al Rey y volveremos a nuestro puesto en la ciudad de Glis.
Se levantó despacio, acomodando la armadura. Sus ojos, pese al cansancio, se clavaron en los míos con la misma firmeza de siempre.
—Y tú —dijo, casi como una orden personal —no faltes a la próxima reunión. Todos los generales de las legiones han sido convocados. En catorce días.
No hubo más. Su tono no admitía réplica. Era la Legatus hablando, pero también era Sirl, y en ambas facetas lo que me estaba diciendo era inapelable. Y se marchó hacia el resto de sus soldados.
—Menudo rapapolvos me ha caído por tu puñetera culpa —dijo Neik dándome un codazo.
—¿Crees que se ha cabreado mucho? —le respondí retrepándome en la silla.
Neik se encogió de hombros y cruzó las piernas sobre la mesa.
Me levanté suspirando cansado, viendo como Sirl entablaba una conversación con miembros de su legión.
Luego miré hacia el otro lado, hice un gesto a Neik para que esperase un segundo y me dirigí el jefe de la guardia, que repasaba informes con gesto adusto al lado de su escritorio.
Me recibió con una ceja arqueada mientras miraba el símbolo de Atra Vallis en mi ropa.
—Buenos días, noble señor —le dije, intentando sonar lo más neutral posible —¿sabéis si en el pueblo hace falta mano de obra? Algún lugar donde necesiten trabajo. De cualquier tipo.
El hombre parpadeó desconcertado. Durante un segundo pareció debatirse entre soltar una broma o darme largas, pero finalmente resopló, se puso en pie y caminó hacia una mesa cubierta de papeles y tablillas.
—Trabajo, dice… —masculló, hurgando entre los documentos—. Pues puestos no faltan. Tenemos registrado en esta hoja lo que la gente del pueblo ha solicitado.
Sacó un pliego con varios nombres y oficios anotados con letra apresurada. Antes de ponerlo delante, me lanzó una mirada de arriba abajo, con un gesto entre curioso y prudente.
—Dependerá de las capacidades del solicitante. —Se cruzó de brazos, inclinando la cabeza con cierto interés—. ¿De qué estamos hablando exactamente?
Me encogí de hombros, sin demasiadas ganas de dar explicaciones.
—No es para mí —aclaré. —Es para una mujer. Dulce y agradable. Por lo pronto, lo único que he visto de sus cualidades es la cocina y lo hace muy bien.
No tuve tiempo de añadir nada más. Detrás de mí, la voz de Neik retumbó cargada de sorna:
—A lo mejor le tendrías que haber preguntado mientras dabais el paseo romántico de ayer.
Mientras lo soltaba, lo noté buscando con sus ojos a Sirl, esperando pescarle una reacción. Pero ella, fiel a su temple, ni se inmutó. Su serenidad era casi insultante. Giré la cabeza hacia Neik, con incredulidad pintada en mi rostro.
—No fue eso —le reproché—. Solo me acompañó a la herrería.
Él sonrió ladeado, disfrutando más de la broma que de la verdad.
—Sí, sí… y volvisteis tres horas más tarde.
—¿Tres horas? ¿Desde cuando tienes uno de esos artilugios de Palamia que marcan la hora? —refunfuñé, mientras él levantaba las manos en gesto inocente.
Neik puso cara de decepción al ver que su treta no había funcionado: Sirl seguía inmutable, como si las palabras hubiesen rebotado en piedra. El silencio que dejó su intento frustrado lo rompió el jefe de la guardia con un carraspeo seco.
—Bien… —dijo mientras desplegaba el papel que sacó de su mesa—. Veamos… hay varios puestos vacantes desde hace días. Un par de huecos en la guardia local, por los soldados caídos en la última escaramuza. También el herrero busca un ayudante.
Pasaba el dedo por la lista, entornando los ojos para leer:
—Se busca gente en los establos. Y… la posada necesita una mano extra con las habitaciones y la limpieza, parece que la posadera está demasiado estresada de trabajo.
Dejó la hoja sobre la mesa con un suspiro.
—En cualquier caso —añadió encogiéndose de hombros. —La gente no suele andar todo el camino hasta aquí para apuntarse o mantener la información actualizada. Lo normal es darse una vuelta por el pueblo y preguntar en persona.
Asentí en agradecimiento. Me despedí con un apretón de manos y al cruzar la estancia alcé la vista hacia Sirl.
Ella se limitó a devolverme una mirada serena, la misma de siempre y yo le hice un leve gesto con la cabeza a modo de despedida.
Neik me imitó, aunque con esa sonrisa que nunca se borraba del todo. Después salimos juntos al aire libre.
Mientras caminábamos de regreso hacia la casa segura, la tensión de la torre se fue disipando. El bullicio del pueblo nos envolvía de nuevo con normalidad.
—Debería ir volviendo a la capital supongo —dije en voz baja.
Neik asintió sin mirarme, jugueteando con una ramita que había recogido del suelo.
—Y yo a Ithania. Debería terminar de practicar el nuevo Waltz con mis iguales—se estremeció por un segundo —me la van a hacer pagar cara haberme ido a mitad de la práctica.
Hice unos pequeños cálculos en mi cabeza, recordando que, en unos meses, se celebraría el rito anual de los Waltzer.
—¿Cómo lo llevas? —pregunté.
Intentó quitar peso a la pregunta sonriendo, pero note la mentira en su mirada.
—Va bien. Vanina es una excelente coreógrafa, aparte de la Ashen Waltzer, la festividad promete bastante este año.
Asentí. Si quisiera contarme algo, sabía que podía hacerlo. Así que respete su silencio. Vanina fue la pareja de Neik hace unos años, no acabo bien la cosa. Debía de ser duro para él.
Lo miré de reojo. Ninguno de los dos añadió nada más. Bastaba con esas pocas palabras para comprender que cada uno seguiría su propio camino. El resto del trayecto hasta la casa segura fue…triste.