Capítulo 16
Al día siguiente, Lacerta y Caelum pasaron para despedirse. Salí a recibirlos al patio junto a Neik que se pasaba una mano por la cara intentando espabilarse.
—Espero no volveros a ver en mucho tiempo, que siempre que nos cruzamos acabo empapado en sangre —dijo Neik con tono medio burlón, aunque la mirada no acompañaba a su voz, como si de verdad no quisiera despedirse.
Lacerta asintió, apretándole el hombro. Luego alzó la vista hacia mí y, por un instante, vi que en sus ojos había agradecimiento.
Nos abrazamos como hermanos que saben lo que vale un reencuentro fugaz y lo incierto de una próxima vez. Neik les dio un golpecito en la espalda a ambos y yo añadí:
—Caminad con cuidado. Y si alguna vez nos cruzamos de nuevo… que sea en mejores circunstancias.
Ellos sonrieron y sin más palabras echaron a andar por el sendero que se perdía entre la bruma matinal. Me quedé mirándolos hasta que sus figuras se volvieron pequeñas, con esa sensación agridulce de las despedidas.
Al entrar de nuevo en la casa, Neik, todavía a medio despertar, se dejó caer sobre un banco del comedor, dejándonos a Ilya y a mí con la tarea de preparar algo de desayunar.
Ilya tenía el cabello algo revuelto, mechones sueltos cayéndole sobre el rostro y los ojos aún pesados de sueño.
Su blusa estaba desabotonada en el cuello, y la forma en que se sujetaba la cabeza con los codos apoyados en la repisa de la cocina delataba que se había levantado hacía muy poco y que no había dormido bien.
La cocina era sencilla, apenas un fogón de leña, una mesa con algunas hierbas secas colgadas y un par de cestas con pan y frutas.
Me moví casi por instinto, sacando lo necesario, encendiendo el fuego, cortando ingredientes y echando un poco de especias del petate de mi mochila con las iniciales plateadas donde guardaba mis secretos del oficio.
No dije mucho, Ilya sabia defenderse en la cocina, no hacía falta decirle nada, me ayudaba a preparar los ingredientes como si siempre hubiésemos cocinado juntos. Lo hacía en silencio, observándome de reojo.
Cuando serví la comida, Ilya probó un bocado, los ojos se le iluminaron y una breve sonrisa se escapó de sus labios. No comenté nada, me limité a servirle un poco más en su cuenco.
El ambiente estaba tranquilo, hogareño. Neik y Xane que se unieron más tarde, mascaban sin miramientos y ella, aunque no dijera nada, se notaba que disfrutaba.
Al terminar, Xane recogió los platos y se los llevó a la cocina con paso tranquilo. Ilya, casi sin pensarlo, se levantó detrás de él, ofreciéndose a ayudar. Yo los seguí con la mirada un instante, hasta que la puerta se cerró y quedamos Neik y yo solos en la sala.
Me incliné hacia él, bajando la voz:
—Es raro que la legión no esté aquí todavía… —murmuré—. Tenían que haber llegado ayer.
Neik, recostado contra el respaldo de la silla con los brazos cruzados, ladeó la cabeza y soltó una de sus risas cortas.
—O se han perdido… o están demasiado ocupados como para molestarse en venir a un pueblo perdido como este. —Me guiñó un ojo, con sorna—. Aunque claro, conociéndolos, seguro que vienen con las botas brillantes y el estómago lleno… al fin y al cabo Sirl comanda la séptima.
—No me hace gracia, Neik. —le reproché.
—A mí tampoco —respondió, esta vez serio, aunque no perdió la media sonrisa—. Deberíamos preguntar en la torre de guardia. A lo mejor ellos saben algo.
Me levanté de la silla, cogiendo mi cinturón y ajustándome la espada al costado. Neik ya estaba terminando de ponerse su jimbaori.
—Vamos a hacer un recado —dije en voz alta.
Neik se echó el manto al hombro, me lanzó una mirada cómplice y juntos salimos por la puerta.
La torre de guardia se alzaba a un lado del pueblo, en una colina, pequeña pero imponente comparada con las casas bajas de madera. Al entrar, el sonido metálico de las armaduras resonaba en la estancia. De pie frente a varios oficiales, me llamó la atención una cara conocida.
La armadura de aleación priur con detalles de cobre, la pechera ajustada, con líneas estilizadas que realzaban la figura permaneciendo funcional, la parte derecha por encima del pecho tenía un sol naciente, símbolo de su título como Aurora, la legatus más joven.
Las hombreras amplias con puntas ligeramente curvadas hacia afuera, con incrustaciones de cobre en forma de rayos de sol, guanteletes y grebas reforzadas con detalles en cobre, la capa de color rojo carmesí con un «VII» cosido en el centro en hilo dorado.
El cabello castaño recogido con disciplina en una trenza larga que le caía por la espalda.
Bajo su brazo, el casco con decoración de rayos de sol en cobre y una media cresta dorada.
La Legatus Aurora de la Séptima Legión. Mi amiga de la infancia. Sirl.
Cuando su mirada me alcanzó, vi cómo su severidad de legatus titilaba apenas un segundo, como si el tiempo se hubiera doblado para devolvernos a otra vida por una milésima de segundo.
Su rostro entonces se convirtió en el de alguien que había peleado hasta el último aliento para llegar hasta aquí.
Su armadura estaba sucia, con manchas de barro y polvo incrustados en las juntas; líneas de sangre seca relucían en algunas partes de su armadura y casco.
El cansancio se marcaba en sus ojos oscureciéndolos.
Había magulladuras en su cuello y en los nudillos de sus manos, parecía que acababa de salir de un combate minutos atrás.
Se giró hacia nosotros, con la capa desgarrada en un extremo. El brillo de la legatus se mantenía, pero debajo estaba la mujer que conocía desde niño, la que corría conmigo por los campos antes de que la guerra nos arrancara la inocencia.
Neik arqueó una ceja, sorprendido.
Sirl enderezó los hombros y centro su mirada en mí.
—Me alegro de que estés bien y de que no hayas hecho ninguna locura —luego miró a Neik —que ambos estéis bien.
Pero esa rigidez no logró ocultar del todo lo cansada que estaba. Ni la familiaridad que le quemaba en la mirada.
Sirl nos señaló con un gesto firme hacia una mesa en la esquina de la sala, cerca de la luz de unas lámparas de aceite.
—Hablemos —dijo.
Neik y yo intercambiamos una mirada rápida; asentimos y nos acercamos. La legatus se sentó primero, dejando que la silla crujiera bajo su peso en armadura completa, y luego nos indicó que hiciéramos lo mismo.
Sirl se reclinó contra el respaldo de la silla, soltando un largo suspiro. Se frotó los ojos un instante, como si quisiera apartar el cansancio con las yemas ennegrecidas de polvo y sangre seca.
—Maldita sea Izz, ¿qué demonios haces de nuevo vistiendo esas ropas? —luego desvió la mirada hacia Neik —¿Y tú qué? ¿Siempre vas a consentirlo en todo lo que se le ocurra?
Neik levanto las manos en señal de rendición.
—Él no tiene la culpa —le respondí —Y por favor, sabes que cuando voy así vestido mi nombre es Orion.
—Se perfectamente que esto ha sido cosa tuya, no es eso lo que le preguntaba a tu querido hermano —sus ojos se entrecerraron fijos en mí.
—Y también se perfectamente cuál es tu nombre en el Atra Vallis.
Pero primero, me da igual tu alter ego y segundo, eso no te excusa por ponerte en peligro, siendo quién eres.
—Lo se Sirl. No sé qué quieres que te diga. —respondí encogiéndome de hombros.
Negó con la cabeza mientras apoyaba la frente sobre su mano utilizando el codo como apoyo en la mesa. Se le veía muy cansada. Pero no sabía que más decir. Pedir perdón era estúpido porque volvería a hacer lo mismo si se me diera la opción de elegir otra vez.
Finalmente suspiró con lo que me pareció sonar a resignación, se inclinó ligeramente hacia adelante y miró a Neik, luego a mí.
—Ayer… —empezó—. A mitad de camino, nos topamos con los soldados del pueblo.
Estaban en el borde del bosque, luchando contra unos soldados trizanos.
Nos unimos de inmediato, no había otra opción.
Fue una refriega larga y dura. Esos bastardos no peleaban como soldados comunes…
usaban pociones de berserker. Algunos ni siquiera parecían sentir el dolor.
—Se detuvo, mirando el dorso de su mano aún manchado—. Y no estaban solos.
Se inclinó un poco más hacia adelante, bajando la voz:
—Había una mujer encapuchada. Una maga. La sentí, incluso antes de verla: el aire vibraba a su alrededor. La batalla se volvió aún más cruel con ella lanzando conjuros desde la retaguardia.
Sus ojos se endurecieron.
—Cuando sus hombres cayeron, intentó huir con un hechizo.
Mi buscador la localizó y la perseguimos entre sus saltos mágicos durante toda la noche, atravesando un campamento en llamas y lo que parecía la boca de un túnel derruida, el suelo estaba levantado a lo largo de por lo menos un par de kilómetros.
Luego siguió localizándola a través de senderos, pero acabó perdiendo el rastro antes del amanecer.
—La rabia en su voz se mezclaba con la frustración de una cazadora que había dejado escapar a su presa. —Acabamos de llegar.
Me removí en la silla, incapaz de sostener la mirada de Sirl cuando mencionó lo del campamento, Neik carraspeó ligeramente. Inspiré hondo y, con voz grave, lo solté:
—Es posible… que el estado en el que encontrasteis el campamento sea por nuestra culpa.
Sirl se quedó en silencio unos segundos, los ojos clavados en mí, como si tratara de procesar lo que acababa de decir. Luego, lentamente, se llevó ambas manos a la sien, frotándose con desesperación contenida.
—No me lo puedo creer… —murmuró, entre dientes, antes de soltar un bufido—. ¡Eres idiota! No. ¡Sois idiotas! —espetó, con un tono que mezclaba rabia y preocupación.
Noté la punzada de su voz, más dura porque venía de ella.
—Y pensar que hace un momento estaba aliviada, creyendo que no habías hecho ninguna locura… retiro lo dicho. ¡Claro que la habéis hecho!
Su frustración no era solo militar; era personal, la de alguien que no sabía si debía gritarme o abrazarme por seguir con vida.