Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El sol se deslizaba suavemente entre los tejados del pueblo y mientras caminábamos, noté como de vez en cuando, acariciaba el colgante con la punta de sus dedos.

Doblamos la última esquina y llegamos a la puerta de la casa segura, llevando con nosotros el eco del paseo, la música del festival de la cosecha y una sonrisa compartida que aún no se desvanecía.

Al abrir la puerta de la casa y entrar, llamó mi atención Neik, tumbado de medio lado sobre la cama improvisada, con una espiga entre los dientes, mordiéndola con calma.

Sus ojos, se alzaron en cuanto nos vio entrar, primero clavándose en mí y después en Ilya, que todavía tenía en las mejillas el leve rubor de la caminata y de las risas.

Esbozó una sonrisa burlona y ladeó la cabeza.

—Que bonitos ellos... volviendo de un paseo al atardecer —soltó, casi canturreando.

Ilya se tensó un instante a mi lado y sentí cómo se me encendían las orejas.

Fingí carraspear y dejé el petate a un lado, intentando que mi gesto pareciera lo más natural posible.

Ella, por su parte, se recogió un mechón de cabello detrás de la oreja, intentando ocultar su turbación con una sonrisa torpe, aunque sus ojos la traicionaron con un brillo entre tímido y nervioso.

—¿No te cansas nunca de importunar, Neik? —dije con un suspiro forzado, aunque mi tono sonó más ligero de lo que pretendía.

Él se incorporó un poco, soltando la espiga de entre los dientes y dejó escapar una carcajada corta.

—Jamás—replicó divertido, alzando una ceja en dirección a Ilya.

Me limité a sacudir la cabeza, molesto porque no dejaba de meter el dedo en la llaga.

El crujido de unos pasos sobre la madera me hizo alzar la vista. Desde la puerta de la cocina apareció Lacerta, con el cabello un poco revuelto y ese aire descarado que nunca parecía perder. Un par de mechones húmedos le caían por la frente, y todavía brillaba un velo de sudor sobre su piel.

Detrás de ella, entró Xane. Su aspecto dejaba poco a la imaginación, el torso marcado por arañazos y surcos de uñas recientes, los labios partidos y esa expresión de extenuación que parecía gritar que llevaba horas en un campo de batalla…

solo que parecía que no estaba acostumbrado a ese campo.

Se dejó caer contra el marco de la puerta, resoplando, con la mirada perdida como si intentara recuperar el alma que le habían arrancado.

Noté cómo se me escapaba una risa ahogada.

—Por vuestros fundadores Lacerta… —musitó Neik, conteniendo la risa.

Lejos de incomodarse, ella arqueó una ceja y nos lanzó una sonrisa traviesa. Xane, sin embargo, levantó las manos en gesto de rendición, denotando la visión de un soldado derrotado que implora compasión.

—No… digáis… nada —murmuró con la voz rasgada.

—No hace falta —respondí. —Creo que tu aspecto se encarga de mencionarlo todo.

Lacerta, todavía con la sonrisa descarada que parecía tallada en su cara, se acomodó el pelo con la mano y echó un vistazo rápido a la sala.

—¿Y Caelum? —preguntó al no verlo por ninguna parte.

Neik, tumbado de nuevo con su espiga entre los dientes, señaló con un gesto vago hacia la parte trasera de la casa.

—En el patio —dijo con un deje burlón.

Ella rodó los ojos y, como si la respuesta le diera igual, sin dirigirse a nadie en particular, murmuró:

—Yo me voy a dar un baño al río… falta me hace.

La frase, cargada de obviedad por su estado sudoroso, nos arrancó una risa a más de uno. Luego giró la cabeza, con una sonrisa descarada, y añadió:

—¿Os venís?

Me descubrí asintiendo casi sin pensarlo. La idea de quitarme el cansancio del cuerpo, junto con el sudor y restos de trabajar el acero en la herrería con agua fresca me resultaba demasiado tentadora.

—Me apunto —respondí, acomodándome la ropa.

Neik arqueó una ceja y masculló algo entre dientes, pero al final se levantó también con gesto resignado. Ilya dudó un instante, mirando de reojo primero a mí, luego a Lacerta, y finalmente sonrió, intentando no parecer fuera de lugar.

En unos minutos, ya estábamos listos, saliendo juntos de la casa segura.

El camino hasta el río fue corto y animado. Lacerta iba delante, descalza, canturreando con voz burlona, mientras Neik y Caelum iban detrás, lanzándose el uno al otro alguna pulla de vez en cuando. Detrás de ellos iba Xane caminando con cansancio notable. Yo caminaba más atrás, con Ilya a mi lado.

Al llegar, el agua corría clara entre las piedras, y la superficie brillaba con los reflejos del sol. Lacerta no se lo pensó dos veces: se quitó absolutamente toda la ropa mientras corría hacia el río y se lanzó al agua de un salto.

—¡Eh! —gruñó Neik —¿No podías tener un poco de decoro?, ¡Que no somos de piedra!

—¿Decoro? —rió ella, chapoteando—. Te faltan huevos para seguirme, grandullón.

Neik se quitó la camisa con un gesto teatral, luego los pantalones, los calzones y sin pensarlo demasiado, se lanzó detrás de ella. El choque chapoteó a todos lo que estábamos ya allí.

Ilya se rió y se inclinó un poco hacia mí.

—No parecen muy diferentes de los niños del mercado —susurró.

Antes de que pudiera responderle, un golpe de agua me dio en la cara. Miré hacia delante y vi a Lacerta con una sonrisa maliciosa.

—¡Cobardes! —nos gritó—. ¿Pensáis quedaros ahí mirándonos como unos pervertidos?

Caelum y Xane ya se habían metido, para mi resignación, también completamente desnudos. Ilya miraba con cierta incomodidad a todos lados menos hacia el río.

Con un bufido, me quité la ropa completamente mientras corría hacia el rio y me lancé también, levantando una pequeña lluvia hacia la orilla. Ilya soltó un chillido corto cuando el agua le salpicó las piernas, no pude evitar sonreír.

Pronto la cosa se convirtió en una guerra de salpicaduras, empujones y risas. Neik me atrapó por la espalda y trató de hundirme, pero conseguí resistir lo bastante para que acabáramos los dos bajo el agua. Lacerta gritaba en lenguaje soez cada vez que conseguía impactar a alguien con un salpicón.

Ilya se quedó de pie al borde del río, con los pies sumergidos en el agua, indecisa.

Lacerta resopló, salió del agua, haciendo que Ilya se tapase la cara con las manos, cuando miró por encima, se la encontró enfrente de ella, la agarró suavemente por el brazo y la llevo con ella hacia dentro con una sonrisa traviesa:

—¡Vamos, no seas ridícula! —dijo—. Da igual si no quieres quitarte la ropa. Nosotros nos hemos visto cientos de veces desnudos, nos conocemos de hace años. El frio te vendrá bien, hay pocos ríos en Noczar que sean solo de agua, ¡hay que aprovecharlos!

Ilya chilló al contacto con el agua helada, estremeciéndose por completo. Vi cómo sus hombros se tensaban y cómo el frío le erizaba la piel.

—Deja en paz a la mujer, Lacerta. No está tan acostumbrada como nosotros a bañarse en cualquier sitio y menos desnudos —comenté, tratando de aligerar el momento y no dejar que la vergüenza la atrapara demasiado.

Lacerta miró hacia mí y me saco la lengua, después Caelum y Neik la agarraron, la levantaron en alto y la lanzaron hacia el agua entre carcajadas de los tres.

Miré a Ilya, aún temblando por el frío, se quitó el vestido que llevaba.

No pude evitar fijarme un instante en cómo la tela se deslizaba dejando al descubierto una venda para cubrir sus senos.

El aire le rozaba la piel, haciéndola estremecerse, sentí admiración por la confianza y naturalidad con la que aceptaba el momento.

Me obligué a desviar ligeramente la mirada, aunque mi corazón se aceleró ligeramente y una sensación cálida me subió desde el pecho hasta la garganta.

Cuando finalmente se sumergió en el agua, emergió a los pocos segundos con un gemido ahogado de sus labios. La vi abrazarse los hombros, tiritando como un cervatillo recién nacido. No pude evitar sonreír con cierta ternura. Me acerqué nadando y al pasar a su lado, le murmuré:

—No te preocupes, la primera mordida es siempre la peor.

Me miró, sonrojada tanto por la temperatura como por mis palabras, y por un instante nuestras miradas se sostuvieron en aquel remolino de agua y risas.

Lacerta, desde dentro del río, no perdía la oportunidad de salpicarla de vez en cuando, provocando un pequeño estallido de risas de parte de todos. Yo me mantuve cerca, sin invadirla, pero lo suficiente para notar cómo se dejaba llevar permitiéndose sentir algo de diversión.

El agua se agitaba entre salpicones, carcajadas y empujones.

Por un rato, olvidamos heridas; éramos solo un grupo de amigos revolcándose como críos en el río.

Me dejé arrastrar en ese juego un rato más, pero cuando las risas comenzaron a perder fuerza, crucé una mirada con Lacerta. Ella captó la señal al instante.

Me aparté despacio, dejando que el agua se escurriera por mi piel, y salí hasta la orilla. Me senté en la hierba húmeda, con las rodillas recogidas y la mirada puesta en el reflejo del cielo sobre la corriente. El murmullo del río era casi hipnótico.

Me puse una manta de las que había traído Lacerta para taparme mis partes íntimas.

No pasó mucho tiempo antes de que escuchara pasos chapoteando y luego el crujido de la hierba a mi lado.

Lacerta, aún con gotas deslizándose por su cuerpo desnudo y el cabello pegado al rostro, se dejó caer junto a mí, acomodándose debajo de la manta y abrazándose a mi brazo, dejando caer la cabeza sobre mi hombro.

Me quedé en silencio un rato, mirando la corriente, luego miré a Lacerta, mi amiga, mi hermana. Los Atra Vallis habíamos pasado más de cuarenta años juntos. Viendo como ella no tuvo intención de iniciar conversación, mi preocupación se apodero de mí.

—¿Qué os ha pasado, Lacerta? —pregunté, girándome hacia ella—. Desde que aparecisteis en la posada os noto algo diferente.

Chasqueó la lengua, ladeando la cabeza intentando restarle importancia. Pero con el contacto de piel con piel, la sentí tensarse.

—Tonterías… cosas nuestras. No deberías preocuparte —terminó por decir.

Noté cómo intentaba escapar de la conversación, como siempre hacía cuando algo le pesaba. Pero esta vez no me bastó.

—Claro que me preocupo —insistí, con más firmeza de la que pretendía—. Te conozco desde hace demasiado tiempo como para no darme cuenta. Y no me gusta veros así, ni a ti ni a él.

Lacerta respiró hondo, apartando la mirada hacia el agua. Vi cómo apretaba las manos contra mi brazo, luchando consigo misma entre hablar o seguir cerrada en banda. Finalmente, soltó un bufido y me miró de reojo, con media sonrisa cansada.

—Eres un cabezón…

—Lo soy —respondí con una sonrisa.

Guardó silencio durante unos minutos.

—Tuvimos un encuentro —dijo al fin. —Algo… que nos cambió. Desde entonces nada ha vuelto a ser igual para ninguno de los dos. —Su voz sonaba tensa, parecía que le costaba poner en palabras lo ocurrido.

—Lacerta, mírame. —le dije ejerciendo un poco de fuerza con la mano en su mentón, obligándola a encararme. —Sabes que me importáis…. Os quiero, sois mis hermanos. No puedo quedarme cruzado de brazos viendo el dolor que cargáis sobre vuestros hombros.

Tragó saliva, sus ojos brillaron un instante y noté cómo bajaba la guardia. Se abrazó más fuerte a mí y apoyó la barbilla en mi hombro, sus labios casi en contacto con mi oreja, hablando más bajo:

—Fue en una misión. Íbamos de paso por un bosque al sur de Trizandia, cuando dimos con un campamento destrozado, aún tenía llamas vivas quemando la lona de las tiendas. Al adentrarnos nos encontramos con… algo.

Se detuvo, respiró hondo. Yo no la interrumpí.

—No eran bandidos. No eran soldados. Eran…

—dudó un segundo, buscando la palabra— criaturas.

Parecían osos, pero retorcidos, más grandes, más rápidos, más fuertes.

Tenían ojos sin iris, completamente del color de la plata, y se movían con una violencia que no parecía de este mundo, envueltos en un humo negro que los perseguía.

Noté como se me secaba la garganta, y continuó con la voz cargada de un temblor que no era miedo, sino el recuerdo mismo.

—Nos atacaron. Caelum y yo apenas logramos escapar, no pudimos acabar con ninguno Orion, ninguno.

Nuestras espadas de priur apenas hacían mella en lo que fuera que componía aquellos seres.

Y durante la huida, algo pasó. Uno de ellos me clavó sus garras en la parte interna del muslo.

Sentí una quemazón que me atravesó hasta los huesos. Desde ese día, sé que no soy la misma.

Levantó ligeramente la manta y abrió su pierna derecha, enseñando unas ligeras cicatrices con forma de arañazo en el interior de su muslo, una cicatriz oscura, casi como si la piel hubiese sido marcada por una quemadura que no ha curado bien.

—Él también… tiene la suya. —Bajó la mirada, con la voz rota—.

Y desde entonces, a veces tenemos sueños que no son nuestros.

Voces que no nos dejan dormir. Es como si algo hubiese quedado dentro, observando…

esperando. Y lo peor de todo —tragó saliva —el elixir apenas surte efecto desde entonces.

Nuestra fuerza mengua. Orion creo que… estamos envejeciendo.

Noté cómo se me encogía el estómago. La abracé por los hombros, con la misma fuerza con la que uno querría apartar las sombras que rodeaban a alguien querido.

—No estáis solos, ¿me oyes? Pase lo que pase, os ayudaré.

Ella sonrió débilmente, apoyando la frente contra mi hombro.

—Lo sé. Por eso te lo cuento.

—Tengo que volver a mi vida, pronto. Hablaré con alguien que creo que os podrá ayudar. Si alguien puede darme una pista sobre lo que os ocurrió, será él. Hasta entonces… —la miré con firmeza—, me alegro de que al menos no estéis solos, Caelum y tú. Cuidaos mucho, por favor.

Lacerta asintió despacio, y esa mueca rota que había llevado desde el principio se suavizó de manera apenas perceptible. Después volvimos al agua, disimulando el peso de la conversación entre risas y salpicones que nos devolvieron a un aire más ligero.

El resto de la tarde pasó entre juegos, mientras el sol descendía y doraba la superficie del río. Cuando el cansancio se impuso, regresamos juntos al pueblo, empapados y con las ropas pegadas a la piel.

Caelum y Lacerta se fueron a la posada y el resto volvimos a la casa segura, que nos recibió cálida y en calma.

Uno a uno fuimos buscando un rincón donde tumbarnos.

Esa noche cerré los ojos con la imagen del agua brillando aún en la piel de Ilya y el murmullo lejano de las voces de mis hermanos, con cierta inquietud por la oscuridad que cargaban encima, antes de que el sueño me arrastrara.