Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Me pregunté si no habría bardos o laudes allí en Darmund, hacía cerca de cuarenta años desde la última vez que pase por allí y recuerdo que eran tierras desérticas, desoladas por la hambruna y gestionadas por diferentes bandas que luchaban por el poder cambiando quien mandaba prácticamente a diario.

Miré a Ilya. Comenzó a moverse, dejándose llevar por la música; no había pasos estudiados ni ritmos coherentes, solo la libertad de su cuerpo siguiendo el llamado del laúd. Despertando algo salvaje y dulce a la vez dentro de ella.

De repente, me tomó de la mano con determinación, tirando suavemente de mí hacia su baile.

—¡Ven! —me dijo, con los ojos brillando de travesura—. ¡No sé cómo puedes quedarte quieto!

Me quedé sorprendido por su impulso, pero al ver la alegría desbordante en su rostro, no pude más que sonreír y dejarme guiar, dejando la mochila en el suelo apoyada en la fuente central.

La sentí moverse con gracia, su cuerpo dictaba los giros y los pasos, y yo me adaptaba, conteniendo la risa y dejando que la música nos envolviera.

Cada vuelta que daba me arrancaba un vértigo encantador; su largo cabello cobrizo se agitaba, y su risa llenaba el espacio entre nosotros. Sentí cómo todo el cansancio, desaparecía, y solo quedábamos ella y yo, bailando al compás de aquella melodía.

Cuando finalmente la música dejó de sonar, nos quedamos jadeando y riendo, con sus manos todavía entrelazadas con las mías. Sus ojos se encontraron con los míos, brillando con una mezcla de triunfo y diversión, no pude evitar sentirme vivo de una manera que hacía tiempo no recordaba.

Nuestras manos seguían entrelazadas y cada uno pareció sentir un pequeño estremecimiento.

Era un contacto simple, apenas un roce, pero cargado de una calidez inesperada y dulce.

Sentí cómo su pulso acelerado se transmitía a través de nuestros dedos, y noté un ligero temblor en su agarre mientras ambos nos mirábamos, sorprendidos por la intensidad de algo tan breve.

—Eh… —carraspeó ella, apartando ligeramente la mano con una sonrisa tímida y un poco nerviosa. —Lo siento. No había escuchado nunca algo así…es genial.

—Si… Lo sé, me alegra que te guste. —respondí, intentando aclarar mi garganta. Empezaba a sentir la estúpida necesidad de luchar cada día porque ella no perdiera esa sensación.

Nos miramos un instante más, reconociendo ese contacto, antes de que cada uno se apartara, dejando que la distancia volviera entre nosotros poco a poco. Me acerqué a la fuente a colgarme de nuevo la mochila al hombro mientras ella se alejó hacia el bardo.

Depositó unas monedas de cobre del saquito en el gorro que el hombre tenía a sus pies.

Avanzamos un poco más y se detuvo frente a otro puesto que exhibía frascos con especias y hierbas. El aroma de canela, clavo y algo más fuerte que no conseguía identificar llenaba el aire. Ella tocó con cuidado un frasco de color rojo intenso, frunciendo el ceño y alzando una ceja. Sonreí.

—Eso se usa para dar sabor a las carnes y guisos; es fuerte, pero le da un toque genial.

Me miró con los ojos ligeramente abiertos, una mezcla de sorpresa y admiración en su rostro.

—¿Sabes cocinar?

—De hecho, se me da bastante bien, según Neik. —dije asintiendo.

—¿Hay algo que no sepas hacer? —preguntó, con un tono divertido y curioso al mismo tiempo.

Me eché a reír, sacudiendo la cabeza.

—Si te digo que sí, ¿me creerías? —respondí—. Cuando vives tantos años, supongo que te da tiempo a aburrirte mucho. A aprender muchos oficios.

Sonrió, inclinando la cabeza mientras me estudiaba.

—Ya veo… entonces eres prácticamente perfecto —dijo, con un deje de broma y un brillo travieso en la mirada.

Suspiré, divertido y ligeramente sonrojado por el comentario y después negué efusivamente con la cabeza.

Si fuese perfecto no habría dejado que aquel bruto marcase esos dedos en tu cuello.

Manteniendo su sonrisa traviesa se dio la vuelta y siguió hacia el último puesto. Estaba lleno de pequeñas joyas de cristales preciosos y metal. Cada pieza parecía hecha a mano, imperfecta y perfecta al mismo tiempo.

Tomó un pequeño colgante entre los dedos, uno de plata ennegrecida con una piedra azul incrustada en el centro. Lo giró a la luz, observando cómo el brillo danzaba en la superficie. A su lado, descansaba otro colgante, más simple, con una hoja tallada en madera oscura y un cordel trenzado a mano.

Miró uno y luego el otro, mordiéndose el labio inferior, parecía que estuviera eligiendo entre la vida o la muerte.

Me crucé de brazos, apoyándome contra el poste en una de las esquinas del tenderete, mientras ella inclinaba la cabeza de un lado a otro, indecisa. La piedra azul le devolvía destellos en la mirada, y la madera parecía casi hecha para el tono de su piel.

—Podrías quedarte los dos. —murmuré, sin poder contener la risa.

Me lanzó una mirada fingiendo desaprobación ya que la comisura de sus labios se curvaba conteniendo una sonrisa. Dio una pequeña vuelta al colgante de madera entre los dedos y lo acercó a su cuello, probando cómo le quedaba.

—No, no sería justo —dijo con tono que sonaba más juguetón que moralista—. Hay que dejar algo para los demás, ¿no crees?

Reí por lo bajo, disfrutando de cómo cada descubrimiento parecía arrancarle una chispa distinta de alegría. Al final, guardó el de piedra azul en su palma y lo observó una última vez antes de dejarlo sobre la mesa.

—Sigo sin saber si me gusta lo suficiente alguno de los dos —miró de nuevo el puesto del mercader lleno de colgantes y otras joyas.

Eché un vistazo al puesto intentando ver cuál podría gustarle y un colgante llamó mi atención.

No era una pieza cualquiera. El colgante consistía en una lágrima de cristal oscuro, casi negro, con vetas internas que reflejaban destellos dorados cuando la luz las alcanzaba.

En su centro, un hilo de plata trenzada formaba un motivo en espiral, rodeando una diminuta gema azul celeste que parecía brillar desde dentro.

El engarce estaba trabajado en oro, con filigranas tan finas que casi parecían raíces abrazando la piedra.

Era una joya hecha para destacar sin estridencias, con esa elegancia que atrae la mirada sin reclamarla.

La cogí por instinto. Mientras lo sostenía, supe que, con su cabello cobrizo, su piel pálida y sus ojos azules, aquel colgante parecería hecho para ella.

La piedra azul haría eco del color de su mirada, y los reflejos dorados resaltarían el fuego oculto de su cabello bajo el sol.

Le hice un gesto suave, preguntándole con los ojos si quería que se lo pusiera. Ella me miró, sorprendida al principio y luego asintió.

Con delicadeza, se recogió el cabello con ambas manos y se puso de espaldas frente a mí, dejando su cuello descubierto frente a mí.

Hice una mueca de dolor frente a el recuerdo que me evocaban las marcas que aun seguían en su cuello, ahora ligeramente violáceas.

Pero el aroma dulce y fresco que se elevó de ella, lilas y jazmin, me hicieron reaccionar. Llenando mis sentidos.

Por un instante mi concentración vaciló. Intenté controlar la sacudida de mis dedos mientras lo colocaba con delicadeza. Maldito Torke, lo resucitaría para matarlo otra vez por dañar esa piel.

Rodeé su cuello con la cadena, fría al contacto, y la cerré con un clic apenas audible. Por un instante, mis dedos rozaron la piel detrás de su nuca, la noté respirar hondo, conteniendo la tensión, sin moverse.

El colgante cayó justo en el centro de su pecho, reflejando un destello dorado que se mezcló con el azul de sus ojos cuando me miró de nuevo.

—Te queda… —busqué las palabras, pero ninguna hacía justicia —…perfecto.

Bajó la mirada hacia la joya, la sostuvo con delicadeza entre los dedos, de manera tan serena que me pareció que el tiempo se detuvo durante unos segundos.

—Me lo quedo —dijo con firmeza.

Y en ese momento, el brillo del colgante me pareció menor que el de su sonrisa.

Di un paso atrás, aún sintiendo el eco de su aroma y la calidez de aquel contacto, mientras ella levantaba la cabeza para mirarme, con una expresión que parecía un agradecimiento. Y levantando ligeramente la falda con las manos hizo una pequeña reverencia.

Observé cómo el colgante descansaba sobre su cuello, ajustándose perfectamente.

—De todas formas, si no lo comprabas tú, te lo compraba yo. —le dije, sin poder evitar una sonrisa.

Ella rió, divertida, negando con la cabeza.

—No importa quién lo compre, al final el dinero es tuyo de todos modos—dijo, con tono juguetón.

Nos reímos juntos.

—Pues tienes razón—dije.

Me acerqué al mercader, pagando las monedas correspondientes y algo extra.

Luego me incliné hacia ella y con una floritura con mi mano, indiqué el camino de vuelta.

Ella bajó la cabeza ligeramente sin apartar su mirada intensa de mis ojos, con una gran sonrisa, y comenzamos el camino de regreso a la casa segura.