Capítulo 14
Caminando hacia la herrería, no pude evitar fijarme en cómo Ilya miraba el pueblo de forma intrigada, todo le resultaba extraño y exótico.
Y en verdad así era, ya fuera porque había sido esclava, desconociendo todo lo cotidiano y mundano o el simple hecho de que viniera de Darmund y fuera su primera visita a Noczar.
Caminaba a mi lado mirando los puestos hasta que empezó a ir más lenta, deteniéndose junto a un tenderete de telas suaves y bordadas. Acarició una de tacto aterciopelado y de un brillante tono azul.
—¿Que ocurre? ¿Te gusta? —dije acercándome.
Su primera respuesta fue un sobresalto y cuando me miró, una sonrisa nerviosa apareció en sus labios.
—Lo siento, me he quedado embobada. —apartó la mano de la tela y guardó silencio unos segundos. —Hacía mucho que no podía pararme a admirar algo que me gustase sin tener prisa. Sin tener a alguien empujándome para que no me entretuviese más de la cuenta.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo en mi garganta que no dejaba paso a nada más.
—Eso jamás volverá a pasarte. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. No tenemos ninguna prisa.
Sonrió y se apartó del puesto.
—Está bien. —dijo negando con la cabeza y esbozando una sonrisa—. ¿Podemos continuar? Hay mucho más que ver.
Caminamos entre puestos de frutas, alfombras, ropas, flores. Deteniéndonos un poco en cada uno. Ilya saciaba su curiosidad y comentaba acerca de todo lo que le llamaba la atención. Hasta que escuchamos unos chillidos.
Nos giramos en la dirección de donde provenía el sonido y nos encontramos a un grupo de niños que correteaba alrededor de unos círculos de colores pintados con tiza en el suelo. Reían, gritaban y saltaban de un aro al otro.
—¿Qué es eso? ¿Es un juego tradicional de estas tierras? —preguntó Ilya con curiosidad.
Sonreí acercándome a su lado.
—Si, pero hace tanto que no juego, que se me han olvidado completamente las reglas.
Uno de los niños, un chiquillo de mejillas sucias y ojos brillantes escuchó nuestra conversación y se acercó con una expresión alegre en su boca mellada.
—¿Quieres jugar con nosotros? —dijo mirando a Ilya.
Ella se agachó a su altura y ladeó la cabeza.
—Lo siento cielo, no tengo ni idea de cómo se juega.
El niño movió teatralmente las manos.
—¡Pero es súper fácil! —sin decir nada más, la agarró de la mano y comenzó a andar en dirección a los círculos—. ¡Venga que te enseñamos!
Ella miró en mi dirección mientras se incorporaba con expresión divertida y desconcertada.
—A mí no me mires —dije y se me escapó una carcajada sin poder evitarlo —. Poco puedo hacer por ayudarte.
Respondió con otra pequeña risa mientras se dejaba llevar. Los niños le enseñaron las reglas. Pisándose unos a otros en la explicación y alzando cada vez más la voz mientras se contradecían una y otra vez. Mientras tanto, ella intentaba retener todas las reglas en su cabeza.
No tardó en equivocarse un par de veces en cuanto el juego dio comienzo. Los niños reían y la corregían. Mientras, Ilya parecía completamente relajada. Parecía tan tranquila y tan feliz que me resultó imposible apartar la vista de aquella escena.
—Está bien, está bien. ¡Aún estoy aprendiendo! —se limitaba a decir.
Los niños soltaron carcajadas y la animaron a seguir. Por un momento parecía una más entre ellos, sin el peso de las preocupaciones, solo risa y diversión.
Me quedé observándola, apoyado en el muro de piedra a unos metros.
El sonido de la diversión compartida llenó la calle y me inundó con la nostalgia de tiempos en los que yo disfrutaba también así. Un eco de cuando los tiempos eran más sencillos para mí, uno que me dolía recordar.
Al cabo de un rato, se despidió de ellos con una exagerada reverencia que provocó más risas entre los pequeños y alguna que otra sobreactuada imitación.
Volvió a mi lado con algunos mechones de pelo revueltos, sonrojada por el esfuerzo y la sonrisa que no había desaparecido de su rostro en ningún momento.
—No podías resistirte, ¿eh? —le dije.
—Son adorables. —respondió.
Miró sus manos, cubiertas de una fina capa de polvo y comenzó a limpiarse sobre su vestido.
Saqué un pañuelo desgastado de mi bolsillo y se lo tendí.
Se quedó paralizada un instante. Su expresión cambió a una sonrisa confusa mientras miraba el pedazo de tela entre mis manos. Alargó la mano y lo tomó con cautela.
—Muchas gracias. No era necesario —me miró a los ojos directamente—. ¿Estás seguro?
—¿De qué?
—De darme esto —levantó ligeramente el pañuelo.
Parpadeé extrañado.
—Es solo un pañuelo —su expresión aún confusa me hizo continuar—. Prefiero sacrificar un pañuelo a que manches tu vestido.
Sonrió de nuevo y empezó a limpiarse las manos con timidez, como si estuviera sujetando algo mucho más valioso de lo que realmente era. Por un instante tuve la sensación de que quizás nadie le había ofrecido nunca algo tan simple sin esperar nada a cambio.
Me sorprendía cómo alguien que había pasado por el peligro de una esclavitud durante sepa los fundadores cuanto tiempo, podía reaccionar con tanta pureza ante cosas tan simples.
Finalmente llegamos a la herrería, habíamos tardado más de lo que tenía en mente, pero había merecido la pena, sin duda.
Al entrar, un olor intenso a metal y carbón nos golpeó de inmediato.
El herrero, un hombre fornido con las manos ennegrecidas y sudor recorriendo su frente, miró el petate que llevaba a cuestas.
—Lo siento chaval —masculló antes de que yo pudiera decir nada, —estoy hasta arriba de trabajo y mi aprendiz lleva días sin aparecer.
Asentí.
—Si no le importa, puedo encargarme yo mismo de arreglar mis pertrechos. A cambio de una moneda de oro por utilizar sus herramientas y materiales —dije, señalando mis piezas dañadas—. Y… ¿algo de aleación priur?
El herrero arqueó una ceja, me miró a los ojos, fijándose en ese violeta y azul que brillaba alrededor de mi pupila, intentando adivinar a que rama de los que tenían acceso al elixir podría pertenecer antes de tomar una decisión. Tras unos segundos, asintió.
Saqué dos monedas de oro y se las lancé. El hombre gruñó, aceptando el pago, y luego me dejó espacio para comenzar.
Antes de ponerme a trabajar, me giré hacia Ilya y le dije:
—Toma —entregándole un pequeño saquito de monedas—. Puedes ir a comprar algo si quieres, o quedarte por aquí. Tardaré un rato.
Me miró, sorprendida y tomó el saquito con delicadeza.
—Vale… —susurró.
Noté cierta incomodidad en su postura, me limite a asentir con calma. Comencé a preparar el metal y el fuego dejando que el trabajo ocupara toda mi atención, mientras Ilya se marchó discretamente de la herrería, echando un último vistazo en mi dirección antes de salir.
Cuando terminé la hoja curva de Neik, hice un par de movimiento rápidos probando que mi queridísimo hermano no tuviese objeciones sobre mi trabajo.
Escuché el suave crujido de la puerta. Levanté ligeramente la mirada y vi a Ilya, sosteniendo el saquito de monedas, detenida un instante en el umbral de la puerta, no parecía que hubiese comprado nada.
Se sentó en un banco al lado de la entrada, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y emoción.
Saqué algo de aleación de priur que el herrero me había dado y comencé a calentarla imbuyendo un poco de magia para que el metal se pudiera moldear, noté mi magia extraña, agitada, tal vez el cansancio o las heridas pesaban más sobre mí de lo que creía.
Miré hacia Ilya, su presencia me hizo sonreír. La vi girarse, explorar con cuidado la calle a través de la ventana, examinaba los puestos de los mercaderes y la actividad del pueblo.
El sonido de su risa, suave y contenida, llegó hasta mí mientras volvía a concentrarme en el metal.
Me arrodillé frente al yunque, ajustando la espada mellada con cuidado, frotando la aleación priur hasta que el filo recuperó un brillo uniforme. Cada golpe, cada movimiento, requería toda mi atención.
El escudo estaba peor que la espada. Corte profundo, la correa casi arrancada, mellado por infinitos lugares. Con paciencia, fui martillando, limando, ajustando las partes sueltas, concentrado en el sonido metálico y el calor que subía del yunque.
Cuando finalmente terminé y dejé caer la última pieza, limpié el sudor de la frente y me enderecé. Miré hacia la puerta. Ilya permanecía allí todavía, sentada. Me sonrió tímidamente cuando nuestras miradas se cruzaron.
Suspiré, inclinándome sobre las armas ya reparadas.
Mientras dejaba las herramientas del herrero de nuevo en su sitio, un calor inesperado me subió al pecho.
Había decidido quedarse y observarme en lugar de ir a hacer algo fuera y eso me hizo sentir una punzada de alegría mezclada con culpa.
No podía evitar sentirme responsable por ella.
—Bueno… he terminado antes de lo previsto —dije, girándome un poco hacia ella—. Si te apetece hacer algo mientras estamos aún por aquí, tenemos tiempo.
Ilya me sonrió, tratando de disimular la emoción que claramente le brillaba en los ojos. Se mordió el labio inferior un instante y asintió, jugueteando con el saquito de monedas en la mano.
—Si dices que tenemos tiempo… —respondió suavemente— Me gustaría dar una vuelta y mirar un rato más los puestos.
Asentí, comprendiendo su intención y me volví hacia las armas reparadas. Las metí de nuevo en la mochila de cuero grueso y le lancé otra moneda de oro al herrero, dándole las gracias. Se limitó a gruñir, pero claramente estaba satisfecho del intercambio.
Al llegar a la plaza central, el sonido de un laúd ligeramente desafinado, llenaba el ambiente.
Debía de ser la celebración de alguna cosecha, cada pueblo celebraba las festividades a su propio ritmo, la plaza estaba abarrotada de gente bailando al compás de la música del bardo.
Todo lo demás pareció desaparecer para ella.
Se quedó quieta, absorta, como si cada nota le hablara por primera vez.