Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Para sorpresa nuestra, la mesa estaba puesta. Nos sentamos y miré hacia Ilya que se había dejado caer en la silla frente a mí.

—Era lo mínimo que podía hacer, en agradecimiento. —dijo.

Todavía con el pulso acelerado por la pelea, comenzamos a servimos un poco de pan, carne y frutas que nos ofrecía el modesto banquete.

—¿Cuándo has preparado todo esto? —Pregunté con un trozo de pan en la boca.

—Lo he comprado con el dinero que me ha dado Xane, solo lo he dispuesto encima de la mesa, antes de salir al patio.

—Gracias —le dije con una sonrisa. Ella se mordió el labio inferior, Lacerta me miró y rodó los ojos.

Terminamos de comer, quedando el estómago un poco más tranquilo y el ambiente suavizado después de la tensión del entrenamiento.

Lacerta, con esa chispa de picardía que siempre tenía, se levantó de repente. Se acercó por detrás de mí, apoyando la barbilla en uno de mis hombros mientras su mano recorría mi espalda de manera juguetona.

Ilya, abrió sus ojos un instante, claramente sorprendida, pero no dijo nada, parecía no saber cómo reaccionar ante esa cercanía.

Lacerta inclinó la cabeza hacia mi oído, con un susurro cargado de complicidad y travesura:

—¿Y tú amiguito el espía dónde está?

Miré hacia arriba con los ojos. Soltó una risita baja y, con una floritura casi teatral, se giró, y desapareció tras la puerta que daba a la escalera de arriba, dejando un aire de travesura en el ambiente.

Ilya parpadeó, procesando lo que acababa de suceder, mientras yo me limitaba a sonreír. El silencio se hizo dueño de la sala en cuanto la puerta se cerró tras Lacerta. Solo quedamos Ilya y yo frente a los restos de comida y la tenue luz que entraba por las ventanas iluminando la mesa.

Sus ojos se encontraron con los míos, brillando. La miré notando cómo me recorría ese cosquilleo extraño que dejaba su cercanía. Recordé sus mejillas encendidas al vernos pelear en el patio, ese sonrojo difícil de esconder y me obligué a soltar una pequeña sonrisa.

—No hacía falta que me dieras las gracias ayer —respondí, con un tono tranquilo—. Por salvarte me refiero. No estuve solo.

Negó con la cabeza, inclinándose un poco hacia mí.

—Quizá, pero… aun así, lo agradezco. No tenías por qué. —añadió —. Además…Siento lo de tu herida.

Sus palabras me acariciaron con calidez.

Noté su mirada clavada en el costado donde me habían herido.

Sin embargo, yo solo podía mirar las heridas en su cuello.

Los pequeños desgarros junto a los moratones que aun dejaban intuir la forma de los dedos de Torke sobre su piel.

Sentí la ira que me producía saber que ese desgraciado la había herido de esa forma y noté mi mandíbula contraerse.

Me recliné un poco hacia atrás, dejando que la tensión se deshiciera de mis hombros.

No era un deseo ciego, pero sí sentía una calma extraña a su lado.

—Me preocupan más tus heridas —murmuré esbozando otra sonrisa tenue, señalé hacia mi costado, ahora completamente sanado. —No te preocupes por la mía. Ya no queda ni un rasguño.

Ilya miró asombrada aun por la rapidez con la que las heridas habían abandonado mi cuerpo y sonrió ligeramente. Durante unos segundos reinó un silencio cómodo, que se rompió cuando la puerta trasera se abrió de un portazo.

Neik entró tambaleándose, sudoroso, el torso lleno de moratones violetas, seguido de Caelum, que no estaba en mejor estado: ambos parecían haber estado deshaciéndose todo este rato a puño limpio.

—Espero no interrumpir nada importante… —rio Neik de esa forma burlona que se le daba demasiado bien mostrar, limpiándose la sangre seca de la ceja con el dorso de la mano. —Aunque, con esas caritas, diría que llegamos justo en el mejor momento.

Sentí el calor subirle en las mejillas a Ilya. Se removió con cierta incomodidad en la silla, como si no supiera cómo reaccionar a la broma. Yo, en cambio, solté un bufido y llevé los dedos al puente de la nariz, mientras cerraba los ojos, negando despacio.

—Te diría que te fueses a la mierda Draco, pero por tu aspecto diría que ya estás ahí. —respondí con tono seco, aunque no pude ocultar la media sonrisa que se me escapó.

Caelum, sin decir palabra, agarró con desgana un gran trozo de carne del plato que quedaba en la mesa y lo mordió de manera brusca, desgarrando fibras con un crujido húmedo. Masticaba con tanta fuerza que hasta parecía un desafío.

—Uf… La verdad es que sí, estoy para el arrastre —Neik se dejó caer en una silla, soltando un resoplido cansado, pero sin quitarme los ojos de encima con esa mirada que lo decía todo—. ¿Dónde está Lacerta?

Apreté los labios, intentando disimular lo evidente y señalé hacia arriba. Neik solo respondió rodando los ojos hacia Caelum, que se encogió de hombros y se marchó de nuevo al patio trasero. No sin antes coger otro trozo de carne.

Ilya, se puso en pie con timidez y comenzó a recoger los platos vacíos de la mesa. Estiró la mano hacia el mío, pero la detuve con suavidad, apoyando mis dedos sobre los suyos.

—Déjalo —dije con una calma firme—. Tú has preparado esto, ya me encargo yo de limpiar.

Me miró un instante, sorprendida, como si no supiera bien qué responder. La voz burlona de Neik rompió el momento, arrastrando las palabras con sorna:

—Vivís tan metidos en vuestro propio mundo… que ni siquiera os dais cuenta de que yo no he comido nada. —Se recostó en la silla, arqueando una ceja con gesto de exagerada ofensa, y luego, señalando con la barbilla hacia Ilya, añadió —Tú siéntate, ya nos ocupamos nosotros.

Ilya titubeó, pero acabó obedeciendo, sentándose con gesto algo incómodo. Resoplé y recogí un par de platos más, lanzándole a Neik una mirada entre resignada y divertida.

—Vamos, antes de que empieces a lloriquear más. —me limité a decirle.

Sonrió como un crío travieso que acababa de salirse con la suya, agarró los platos que quedaban y nos dirigimos juntos hacia la cocina. Detrás, el silencio de Ilya quedó flotando en la sala, y aunque no la miré, sentí su presencia fija sobre mi espalda hasta que crucé la puerta.

El agua estaba tibia, resbalando sobre mis manos mientras frotaba los platos con un paño áspero lleno de jabón. El sonido de la vajilla contra la madera llenaba la cocina, roto solo por el crujir de Neik masticando con calma a mi lado, sentado encima de la repisa del mueble.

—Tienes buen toque para estas cosas —murmuró con la boca llena, señalando los platos—. Al final resultará que eres más útil en una cocina que con la espada.

Le lancé una mirada de soslayo, fingiendo molestia. Él sonrió, pero sus ojos cambiaron un instante, volviéndose más serios mientras dejaba un hueso mordisqueado a un lado.

—Y bien… —su voz se tornó grave, más baja—, ¿qué piensas hacer con ella?

El paño se detuvo en mis manos.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque mi propia voz sonó más tensa de lo que pretendía.

Neik se encogió de hombros, mordiendo otro trozo más pequeño que había cogido.

—En quince días tienes que estar en Rayala, para la reunión. —Me sostuvo la mirada con una calma incómoda—. Tú lo sabes y yo lo sé. Esa mujer… no encaja en ese plan. No sabe quién eres. Solo conoce a Orion.

Sentí una incomodidad difícil de disimular. Aunque pensándolo bien, no creo recordar haberle dicho mi nombre nunca, ni ese, ni el otro. Me limité a dejar un plato limpio a un lado.

Neik se inclinó un poco hacia mí, apoyando un codo en la mesa.

—Así que dime, hermano…—insistió de nuevo. — ¿Qué vas a hacer con ella?

Me quedé mirando el reflejo distorsionado de mis manos en el agua jabonosa.

—Yo no tengo que hacer nada, ella es libre ahora.

—admití finalmente. El paño resbaló de entre mis dedos y cayó al cubo con un chapoteo suave—.

De todas formas, preguntaré al jefe de guardias del pueblo, por si conoce algún sitio donde necesiten manos para trabajar…

algo con lo que pueda ganarse la vida. Hasta que gane algo o se busque algo propio, le ofreceré que se quede aquí si quiere, luego lo hablare con Xane.

Giré la cabeza hacia Neik. Él me observaba en silencio, con un aire que mezclaba juicio y comprensión.

—No puedo llevarla conmigo a la ciudad, tampoco sé si ella quiere. —continué—. La hemos salvado de la esclavitud. Así que ella es dueña de sí misma.

Neik rascó su mandíbula con calma sin apartar la vista de mí y asintió lentamente.

—Al menos has pensado algo —dijo finalmente con tono grave, pero sin reproche. —Bueno, ya he llenado el cubo de sentimentalismos para una semana. Ahora pasemos a cosas más importantes.

Y salió de la cocina. Me sequé las manos con un trapo y lo seguí.

—Mira esto —gruñó cuando crucé de nuevo al salón principal y me lanzó mi espada.

El filo estaba mellado, con más marcas que una armadura usada por mi abuelo.

El escudo que aun sostenía Neik en sus manos no estaba mejor: aparte de todas las magulladuras que tenía, estaba esa gran herida que recibió en la emboscada del acantilado, y también tenía la correa de agarre medio arrancada.

Tomé el acero entre mis manos, notando lo desequilibrado que se había vuelto tras tantos golpes.

—Están hechas mierda. —añadió Neik, mostrando el borde de su hoja curva, mellado y opaco.

Asentí, tragando saliva. Tenía razón. La adrenalina del combate siempre me había hecho olvidar el estado del equipo, pero ahora, viéndolo con calma, parecía un milagro que hubiésemos sobrevivido.

—Iré al herrero del pueblo. —dije mientras me encaminaba al borde de la cama, donde yacía mi ropa.

Neik asintió dejando el escudo sobre la mesa, luego se acercó a la chimenea, se rascó ligeramente la nuca y salió por la puerta del patio trasero.

El salón principal tenía el aire tibio por el calor de la chimenea y olía a lilas y jazmín, gracias a Ilya.

Aún no me había puesto la camisa; el sudor se me pegaba en la piel tras el entrenamiento y el cuerpo me pesaba arrastrando el cansancio de los últimos días.

En un rincón, sobre una banqueta, había un cubo de agua limpia que seguramente Xane había dejado.

Me agaché, sumergí un paño y lo escurrí entre los dedos.

Pasé el paño por el cuello, los hombros, el pecho…

el agua fresca me recorrió la piel con un escalofrío que me devolvió algo de lucidez.

Ilya estaba sentada cerca de la ventana, fingiendo mirar hacia afuera, pero la vi de reojo: su postura rígida, las manos apretadas sobre el regazo.

La tela de su vestido se movía ligeramente con la brisa.

Cuando levanté la vista, sus ojos se apartaron de mi torso en un parpadeo torpe, como si la hubieran sorprendido haciendo algo indebido.

Sonreí. No dije nada. Volví a mojar el paño y me limpié los brazos, el abdomen. El silencio se volvió más denso, solo interrumpido por el chapoteo del agua.

—No tardaré. —murmuré al fin, mientras me ponía la camisa con movimientos lentos. La tela se pegó un instante a la piel húmeda antes de ceder. Me abroché el cinturón y me calcé las botas, notando su mirada aún allí, disimulada pero presente.

Neik entró al salón cargando unos troncos, que comenzó a echar al fuego, luego me observó un momento en silencio y cuando me encamine hacia la puerta, dijo con una sonrisa cansada:

—Procura volver con algo que no se rompa al primer golpe, ¿eh?

Le chisté mirándolo de reojo mientras me echaba a la espalda el petate con las piezas de mi armadura, la espada y el escudo. Justo cuando iba a abrir la puerta, escuché su voz detrás de mí.

—Señor…

Me giré. Ilya estaba de pie junto a la mesa, con las manos apretadas una contra la otra.

—¿Puedo acompañaros? —preguntó, con la mirada fija en mis ojos.

—Claro, si te apetece. Aunque será aburrido —respondí con calma.

Ilya levantó los ojos, sorprendida y por primera vez vi en su rostro un destello que parecía rebosar con ilusión. Cuando se acercó, le dediqué una pequeña sonrisa.

—Por favor… llámame Orion. No soy ningún señor. Y recuerda que eres libre ahora, no tienes que pedirme permiso si quieres hacer algo.

Por un instante sus labios se entreabrieron, como si fuera a responder de inmediato, pero lo único que salió fue un leve respiro entrecortado. Bajó la mirada, intentando contener la emoción, aunque la forma en que se mordió el labio y el brillo súbito en sus ojos la delataron.

—Lo tendré en cuenta… Orion —murmuró con tono suave.

Antes de que pudiera dar un paso fuera, sentí la mirada clavada en mi espalda.

Neik estaba apoyado en la mesa, con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada que solía dedicarme cuando creía saber más que yo.

Sus ojos pasaron de mí a Ilya y luego volvieron a mí, llenos de picardía.

Y vi como hacia muecas con la boca como si repitiese «Orion» de una manera seductora.

Negué con la cabeza, fingiendo indiferencia y salí de la casa dedicándole un gesto obsceno con el dedo sin que Ilya lo notase, mientras él soltaba una risa baja que resonó en la habitación.

El aire fresco del pueblo nos recibió, y sin más palabras comenzamos a andar juntos hacia la herrería, sus pasos rápidos tratando de acompasar los míos.