Capítulo 12 #2
Lacerta levantó una ceja y señaló hacia dentro del patio con gesto provocador y añadió:
—Ya habéis calentado. ¿Qué tal si probáis un duelo de verdad?
Neik arqueó una ceja con gesto divertido y yo sentí el impulso de responder algo mordaz. Pero me mordí la lengua.
Mis compañeros del Atra Vallis no se limitaron a bromear desde la valla. Con prepotencia, confianza y la complicidad que solo dan años de aventuras compartidas, saltaron la valla entrando al patio.
Caelum se colocó frente a mí, con los hombros relajados pero la mirada fija, y con un gesto teatral se quitó la túnica dejando al descubierto el torso trabajado por años de entrenamientos y peleas.
La luz del sol de la mañana reflejaba cada músculo definido y una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro.
Yo resoplé frente a esos músculos enormes. Maldito seas Caelum.
Lacerta avanzó hacia Neik con la misma seguridad.
Deslizó la túnica de forma similar, dejando entrever un pecho envuelto en una venda que daba vueltas alrededor de su pecho, sus músculos también definidos perfectamente por años de combates, un contraste entre fortaleza y técnica que no pasaba desapercibido.
Sus ojos brillaban con la chispa de la provocación, la postura rígida y firme hablaba de alguien acostumbrado a pelear y a no retroceder jamás.
—¿Listos para probar si todavía os queda algo de sangre? —dijo Lacerta, con voz firme pero juguetona.
Neik arqueó una ceja, sonriendo, y apreté la empuñadura de mi espada, sabiendo que aquello sería un enfrentamiento cargado de risas, recuerdos y golpes que solo los viejos amigos pueden darse sin rencor.
Caelum avanzó hacia mí, espada en mano. Con movimientos rápidos y fluidos. Me lancé al ataque, desviando su hoja con cuidado.
Lacerta atacaba con movimientos rápidos y medidos con su lanza, apuntando hacia Neik, quien reía entre bloqueos y fintas, disfrutando del desafío.
De vez en cuando, mis ojos se escapaban hacia Ilya, que permanecía detrás de la valla.
Cada vez que desviaba la vista, Caelum no dejaba pasar la oportunidad, al instante: intentaba colarme un tajo ligero, un empujón con el hombro, buscando desequilibrarme.
Cada vez fallaba, pero no sin provocarme un sobresalto que me hacía sonreír con molestia y admiración al mismo tiempo.
Después de varios choques y fintas, jadeando y con el sudor corriéndome por la frente, vi mi oportunidad. Caelum lanzó un tajo demasiado predecible, confiando en su fuerza, con un giro rápido de muñeca y un paso lateral, desvié su espada y apoyé la hoja en su hombro, obligándolo a retroceder.
Neik me lanzó una mirada de aprobación mezclada con diversión, aproveché para deslizar sutilmente la vista hacia Ilya. Ella se mordía el labio inferior y sentí de nuevo ese calor extraño que me recorría el pecho.
Lacerta, viendo la oportunidad por la distracción de Neik, le atacó, él bloqueó con habilidad, pero no pudo evitar soltar un pequeño resoplido de admiración por la rapidez de sus movimientos.
Respiré hondo y bajé la espada lentamente, manteniendo la posición firme frente a Caelum.
—Bien, eso ha estado bien —dije con una sonrisa divertida, intentando disimular el orgullo—. Bastante bien.
—Sí, sí, no te emociones —respondió él, todavía riéndose—. Aun no me he puesto serio.
Esbozó una sonrisa traviesa, con una chispa de prepotencia. Deslizó un pequeño botón en la empuñadura de su espada y un líquido brillante empezó a filtrarse por el filo. Antes de que pudiera reaccionar, su hoja rozó el aire, y un instante después, un chispazo la encendió en llamas.
—¡Eso no vale! —grité, retrocediendo instintivamente—. ¡Ni siquiera tengo el escudo a mano!
Desde la valla, noté los ojos de Ilya abiertos como platos. Su respiración se aceleró y sus manos se tensaron sobre la madera de la valla, el rostro iluminado, entre asombro y miedo.
El calor del fuego lamía mis brazos y mi pecho con cada ataque mientras trataba de bloquear y esquivar.
Cada golpe suyo era ahora una amenaza doble: acero y llama.
Sentí cómo el sudor se me pegaba a la piel y cómo mis músculos ardían por la tensión.
Pero no me rendí. Respiré hondo, ajusté mi agarre, y con movimientos medidos logré mantener su espada a raya, aunque el filo ardiente raspaba peligrosamente cerca de mí piel.
Entonces, Neik, desde el otro lado del patio, con un giro elegante de su hoja curva acompañado de una acrobacia, dibujó un arco en el aire e hizo que un viento tan fuerte que arrancó hojas y polvo del suelo golpease la espada de Caelum, apagando las llamas instantáneamente.
Neik chasqueó la lengua, negando con un dedo —. Eso no se hace.
Caelum se quedó boquiabierto, soltando un silbido de sorpresa y diversión, mientras yo recuperaba la respiración y miraba a Neik con gratitud. La tensión disminuyó en un instante, y las risas regresaron al patio, mezclándose con los jadeos y el sonido metálico de nuestras armas.
Todos reímos, incluso con los cortes y magulladuras ligeras que nos infligimos, mientras la tensión se transformaba en camaradería pura.
Cada golpe, cada esquiva, estaba cargada de complicidad y confianza.
Aquel baile ya no era solo para mí, aunque este era nuestro mundo de combate y juegos, también había alguien allí para quien quería seguir aquel ritual.
El aire se calmó finalmente. Las armas bajaron y todos respiramos al unísono, con sonrisas mezcladas de cansancio y satisfacción. Mis hermanos se reían mientras revisaban pequeños cortes y magulladuras, comentando en broma quién había sido más fuerte o quién había hecho el movimiento más ridículo.
Neik se acercó, palmeándome el hombro, y susurró con una sonrisa:
—Que te tenga que ayudar no significa que seas débil, ¿eh?, solo significa que te cubro la espalda, bastardo.
Yo asentí, todavía sintiendo la adrenalina en mis venas, pero al girar la cabeza y encontrar a Ilya con esa mirada que mezclaba asombro y admiración… algo cálido me obligó a sonreír con una calma nueva.
Neik me saco el aire de los pulmones con un golpe en el costado. Después se giró hacia Caelum y le frunció el ceño:
—¿De dónde cojones has sacado ese aceite? Tramposo de mierda.
—De Palamia obviamente, es mágico. No es trampa, nada me impide comprar cosas interesantes —dijo con un brillo en los ojos. —¿Te ha gustado eh?, ¿Envidia?
—¿Envidia? ¿Yo? —escupió Neik —¿De ese truco barato? —levantó los puños, Lacerta y yo pusimos los ojos en blanco.
Señalé hacia la casa mientras me sujetaba el estómago, Lacerta asintió, y nos encaminamos hacia allí.
Dejando atrás a Neik y Caelum que se enzarzaron a puñetazos y agarres entre risas.