Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Cuando abrí los ojos de nuevo, el sol ya estaba alto. Pasada la hora de la comida.

Me incorporé despacio. La cama donde había estado Phyl estos días se encontraba vacia.

Neik, permanecía sentado en una silla frente a la mesa, entretenido con un cuchillo y un trozo de madera, tallando algo para matar el tiempo.

Sentí algo de nostalgia, mi madre fue la que enseñó a Neik aquel pasatiempo.

Levantó la vista hacia mí con la sonrisa cansada:

—Ya era hora, dormilón.

Me froté los ojos todavía pesados por el sueño y miré alrededor. La casa estaba demasiado silenciosa.

—¿Dónde están los demás? —pregunté con la voz áspera.

Neik dejó de tallar la madera.

—Phyl aún estaba entre la vida y la muerte, aunque vuestros parches esos han conseguido mantenerlo en el umbral, aun no estaba fuera de peligro.

El umbrae se lo ha llevado a la capital en el primer carruaje que ha salido hacia allí, para que lo traten mejor.

Xane volvió hace un rato, ha subido arriba a dormir.

Hizo una pausa, buscándome con la mirada.

—Tu mujer se ha ido con Lacerta y Caelum, para comer algo más consistente en la posada. Así que estamos tú y yo, más o menos —dijo señalándose el oído, se escuchó un ligero ronquido de Xane a través del techo.

Asentí despacio. La soledad que nos envolvía tenía algo extraño, como si de pronto el aire pesara más. Quizá era el momento.

—Neik. La carta decía que la séptima esta de camino, deberían llegar a lo largo del día de hoy. —Arqueó una ceja, apartando el cuchillo. —También que el Rey ha convocado la mesa en quince días.

—Bueno, pues te tocara volver—murmuró.

Me quedé callado, me levanté y retiré el parche de mi costado. Ni una sola señal de la herida. Neik bajó la mirada a su costado que todavía tenía una venda ligeramente ensangrentada.

—Siempre que te digo que somos hermanos, no lo digo en el sentido de que tengas que copiarte de mis heridas. Aunque claro, vosotros os da igual, os curáis enseguida y no os quedan cicatrices. —Dijo señalando mi herida. —Menudo susto me diste.

—Te la debía, por el susto que me diste tú en el acantilado —le repliqué. Él soltó una pequeña carcajada. Después relajé el tono en un lamento. —Siento no poder usar los parches contigo.

—Lo sé. Tranquilo, sin elixir, no hay parche. —dijo encogiéndose de hombros.

—Neik —susurré. Él levantó los ojos hacia mí con toda su atención al notar el tono de mi voz —Tenias razón.

Se pasó una mano por el pelo recostándose en la silla, apoyándose en solo las dos patas traseras.

—Lo sé —dijo con una sonrisa —Pero, endúlzame y dime en que la llevo esta vez.

—Haber pasado tanto tiempo en esa ciudad de pusilánimes como tú la llamas, me ha vuelto torpe y débil. Si todo esto hubiese pasado durante la época de Atra Vallis, hubiese sido muy diferente.

—No seas idiota —cortó Neik.

Pero no me dejé amedrentar. Solté un bufido amargo, apretando los puños contra las rodillas.

—Si, lo soy. —Murmuré clavando la mirada en el suelo.

—Primero de todo, la magia que me agarró en aquel claro, debería de haberla podido contrarrestar, hemos luchado contra muchos magos, entre la resistencia que tengo por el elixir en mi sangre, más el atisbo de magia de mi madre he resistido muchísimos ataques de magia con anterioridad, pero estaba débil, mental y físicamente.

Y luego… ese hachazo fue estúpidamente estúpido.

Debería de no haber perdido la concentración y notar que alguien se acercaba por detrás.

Sentí la rabia hervir en mi pecho, un peso que no me dejaba respirar. Escenas de Neik, mi captura, Ilya sollozando. Era como si cada error volviera para atormentarme, como si en cada sombra viera reflejado mi fracaso.

Neik guardó silencio un instante hasta que dejó a un lado el cuchillo y la madera. Se inclinó hacia mí, poniéndome una mano firme en el hombro.

—Patio trasero. Cinco minutos. —Su voz sonó grave, más seria que nunca.

Él apretó un poco más mi hombro, obligándome a alzar la vista. Y repitió —Cinco minutos.

Lo miré confundido, pero su expresión no dejó lugar a preguntas. Asentí en silencio, todavía con la cabeza revuelta, y me quedé sentado unos instantes más, intentando domar el nudo que tenía en el pecho.

Cuando por fin salí, el aire fresco me recibió con una bofetada. Caminé cabizbajo hacia el patio, y al llegar lo vi en el centro, esperándome.

Neik estaba sin camisa, con la piel marcada de cicatrices, sosteniendo su hoja curva en una mano. Su postura era relajada pero sus ojos brillaban con un fuego que conocía demasiado bien.

Con un leve gesto de la barbilla, señaló mi espada, apoyada contra la pared a un lado de la casa.

—Vamos —dijo, con una sonrisa torcida—. Hay mucho que hacer para quitarte esa debilidad que te da tu castillito de cristal.

Al principio apenas puse empeño. Movía la espada por inercia, sin fuerza.

Neik me atacaba con precisión recordándome por qué nadie quería tenerlo enfrente en un duelo.

Sus tajos eran veloces, sus fintas despiadadas.

En menos de lo que tardaba en parpadear, me arrebataba el equilibrio y me hacía besar la tierra.

—Vamos —gruñó, ofreciéndome una mano para alzarme—. No puedes pretender seguir arrastrando esa cara de funeral.

Me levanté, otra vez, sacudiéndome el polvo y me lancé contra él. No duré mucho. Sus ataques eran duros, implacables; el filo de su hoja curva siempre encontraba el hueco en mi guardia. De nuevo terminé en el suelo, la espalda ardiendo por el golpe.

Esta vez bajó la punta de su espada hasta posarla en mi cuello. El frío del metal me recorrió como una descarga.

—Así no llegarás a ningún lado —dijo con calma, mirándome desde arriba.

—Nunca será suficiente para ti, porque siempre tienes que cargar con todo el peso de lo que te rodea como si fuese tu culpa.

Pero yo te conozco. Has peleado siempre con valor, protegiendo…

y aunque has caído muchas veces, aquí estás.

Eso no es debilidad, hermano, eso es fuerza. Y estoy orgulloso de ti.

Sus palabras me atravesaron más hondo que cualquier filo.

La rabia seguía ahí, pero enredada ahora con un calor extraño que casi me hizo doler el pecho.

Tragué saliva, con los pulmones reclamando aire.

Pero en lugar de quedarme quieto, sonreí con amargura, empujé su espada a un lado con la mía y volví a ponerme en pie.

Alcé el arma con calma, escuchando el zumbido del viento alrededor de la hoja curva de Neik. Él arqueó una ceja, notando mi cambio de actitud.

Cuando nuestras armas chocaron no fue un choque violento, sino un intercambio firme y medido. Empujaba, retrocedía, buscaba huecos… y ya no me sentía tan torpe.

Seguimos midiendo fuerzas, golpe tras golpe, pero ya no era un castigo: era un baile.

Empezamos a reír entre choques metálicos, a probar fintas exageradas, incluso a improvisar movimientos absurdos que nos sacaban carcajadas.

El peso en mi pecho se fue aligerando poco a poco, sustituido por una sensación de ligereza que no recordaba haber sentido en días.

El ambiente volvió a cambiar. Las sonrisas se apagaron y nuestros movimientos se volvieron más secos, más rápidos.

El choque de acero resonaba en el patio.

Neik no se contenía y yo tampoco. Un tajo suyo me rozó el brazo, dejando una fina línea de sangre; otro golpe se coló por mi defensa y me abrió un corte superficial en el pecho.

Me ardía, pero no paré. Cada vez que caía al suelo, me levantaba con menos rabia. Me sacudía el polvo, apretaba la empuñadura y volvía a cargar contra él. Neik, con la calma de un depredador, me derribaba una y otra vez.

En una embestida, desvié su hoja curva con un giro desesperado, rodé sobre el suelo y me levanté justo detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar ya tenía mi espada apuntando en su cuello, la punta fría rozando su piel.

Ambos quedamos quietos, respirando agitados. El sudor se mezcló con la sangre de la herida en mi brazo con un ligero escozor. Giró los ojos hacia mí y sonrió de una forma orgullosa que rara vez se permitía mostrar.

—Bastardo —murmuró mientras apartaba mi espada con un lento giro elegante.

Con ambos sudando y sonriendo, bajamos las armas a la vez, sin necesidad de palabras. En sus ojos vi un destello de complicidad que me recordó que no estaba solo, que había alguien que no me dejaría caer por muy roto que me sintiera.

Neik entrecerró los ojos y ladeó la cabeza hacia un lado.

—Tenemos espectadores —murmuró con media sonrisa guiñándome un ojo.

Giré el rostro en esa dirección, todavía respirando con dificultad.

Al otro lado de la valla que cercaba el patio, observándonos con descaro, estaban Caelum y Lacerta.

Parecían divertidos, cruzados de brazos disfrutando del espectáculo.

Pero no fueron ellos quienes me arrancaron el aire de los pulmones… fue ella. Ilya.

Tenía las mejillas encendidas. Una mano estaba apoyada en la barandilla y la otra jugaba con la manga de su propia camisa con nerviosismo. Su mirada reflejaba fascinación y timidez.

Entonces comprendí lo que estaba viendo: dos hombres perlados en sudor, torsos al desnudo subiendo y bajando con cada respiración jadeante que escapaba por nuestra garganta, los músculos marcados por el esfuerzo, arañazos y heridas dejando un pequeño recorrido descendente de sangre.

Sentí un rubor encenderme las mejillas y una punzada de vergüenza.

—No te preocupes —susurró en tono burlón—. Creo que le ha gustado lo que ha visto.

Le lancé una mirada asesina a Neik que solo consiguió producirle una pequeña carcajada.

Cuando mi mirada volvió hacia Ilya, vi que tenía los dedos fuertemente aferrados a la madera; me observaba como si la escena la hubiera cautivado por completo. Sus ojos recorrieron mi pecho un instante antes de encontrarse con los míos y apartarse con timidez. Sentí cómo esa mirada me atravesaba.

Lo vi.

Deseé no haberlo hecho.

Entonces, Caelum carraspeó con exageración.

—Que machotes —dijo entre risas—. ¿Y nosotros qué? ¿Nos toca mirar nada más?