Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Abrí los ojos con pesadez, la luz tenue de una antorcha colándose a través de la lona de la tienda. Mi cuerpo dolía en cada rincón, pero lo peor era el cansancio que me mantenía pegado a la cama de paja.

Al mover un poco la cabeza, vi a Ilya. Estaba arrodillada a mi lado, con las manos ocupadas en ajustar el vendaje que cruzaba mi costado. Sus ojos se encontraron con los míos por un instante y soltó un suspiro aliviado.

—Lo estabas poniendo demasiado difícil —murmuró con una sonrisa, aunque sus mejillas aún estaban sonrojadas por el temor. —Al menos, al principio. La capacidad de curación de los de Noczar es increíble. —sus ojos brillaron ligeramente con admiración.

Neik estaba de pie cerca de la entrada de la tienda, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Me observó un segundo, antes de hablar:

—Eso es por su maldito elixir. —Respondió a Ilya. Luego se giró hacia mí —. Xane ha estado todo este rato que la bella durmiente descansaba, colocando cargas explosivas en el túnel. —después con un toque de orgullo agregó. —Me has dado un susto de muerte, capullo.

Asentí lentamente, esbozando media sonrisa. El mundo seguía dando leves vueltas a mi alrededor.

La lona de la tienda se movió y Lacerta apareció detrás. Todavía cubierta de polvo y con la lanza apoyada al hombro. Al ver que estaba despierto, se lanzó directa al dramatismo:

—¡Esta vivo! —exclamó, con una sonrisa torcida—. A un pelo de irte al otro mundo. Pensaba que iba a perder la oportunidad de que terminases cumpliendo tu promesa.

Alcé una ceja interrogativa, entre el dolor y la irritación.

—Claro, ahora no te acuerdas. —dijo apoyando la lanza en una mesa y cruzándose de brazos.

Caelum se rió cuando apareció detrás de ella y añadió:

—Déjalo, ¿No lo ves? Al pobre casi lo cortan por la mitad con un hacha —dijo con tono burlón dándole un codazo en el costado a Lacerta. —¡Qué desperdicio! Hubiese pagado cincuenta monedas de oro por verlo.

Rodé los ojos hacia un lado. Ilya, intentó no reírse, sin poder contener la sonrisa. Neik, detrás, frunció el ceño, pero no dijo nada, dejándome disfrutar del espectáculo que nuestros dos «genios» realizaban mezclando preocupación y tontería.

Caelum levantó un pequeño cofre de madera. —Parece ser que los trizanos, están bien vinculados con gente de Noczar —dijo, dejando el cofre sobre la mesa con estruendo. —Un alijo de pociones de berserker y viales explosivos de priur.

Lacerta se acercó, prudente, abrió el cofre y examinó un frasco.

—Conozco de un Rey que no va a estar muy contento. —añadió.

—Queda poco para el amanecer —dijo Xane con voz firme entrando en la tienda, bajó la mirada hacia mi —.

¿Cómo te encuentras? ¿Puedes andar? Debemos irnos del campamento y alejarnos lo suficiente antes de detonar las cargas.

Y sobre todo antes de que vuelva el comandante con el resto de los soldados.

Asentí mientras me incorporaba con cuidado en la cama. Ilya me ayudó con una mano en la espalda. Me miró con esos ojos azules penetrantes. Sonriendo.  Me quedé un instante mirándola, incapaz de apartar los ojos de los suyos.

Neik carraspeó desde la entrada, rompiendo el hechizo que me había atrapado.

—Vamos, Romeo —dijo con un tono de burla—. El amanecer no espera a nadie.

Me despegué de su mirada con esfuerzo, aunque cada fibra de mi cuerpo deseaba quedarse un instante más allí. Tenía que moverme. Me levanté de la cama respirando con dificultad.

Ilya se mantuvo a mi lado, firme, sujetándome ligeramente mientras caminábamos. Caelum, Lacerta y Neik, iban en la vanguardia, atentos a cualquier ruido, Xane cerraba la fila, sus ojos puestos en el bosque y el campamento.

Al llegar a un punto lo suficiente lejos Xane se detuvo y nos indicó que siguiéramos alejándonos un poco más.

Recorrimos los últimos metros hasta alcanzar una distancia segura. Busqué una roca, sobre la que me derrumbé, sintiéndola igual que una silla sumamente cómoda, jadeando.

Neik, Caelum y Lacerta se pusieron a debatir sobre quien había acabado con más trizanos.

Xane apareció esprintando con una ligera sonrisa juguetona en su rostro.

Unos segundos después, un gran estruendo sacudió el aire, seguido de un rugido que hizo vibrar la tierra bajo nuestros pies.

Llamas y humo se alzaron desde el campamento, proyectando sombras que danzaban entre los árboles.

La explosión hizo volar lonas, barriles y prosiguió explotando conforme iba adentrándose en el túnel.

—Pero qué barbaridad. ¿Cuantos metros de túnel has volado? —preguntó Lacerta mirando al Umbrae.

Xane se encogió de hombros y con una sonrisa dijo:

—He puesto todas las cargas que he podido llevar encima, aunque no han sido tantas como me hubiese gustado poner.

Lacerta lo miro de arriba abajo y le dedicó una sonrisa traviesa.

Cuando llegamos a Nialis, el cansancio era palpable. Sudor y suciedad cubrían cada centímetro de nuestros cuerpos y la adrenalina empezaba a ceder ante la fatiga.

—Bueno —dijo Caelum, inclinándose hacia a mí con un susurro. —No me extraña que te hayas empeñado tanto en salvarla.

Señaló a Ilya, que estaba distraída con un mechón de su pelo unos metros más adelante junto a Xane y Neik.

—Pero, hasta aquí llegamos. —añadió levantando la voz —Necesitamos una ducha y un buen descanso, ya no tenemos fuerzas ni para mirarnos al espejo.

Lacerta asintió, dando una palmada ligera en mi hombro mientras miraba lascivamente a Caelum diciendo:

—Sí, no queremos desplomarnos en medio de la calle. Además, tenemos asuntos sin terminar —. Se encogió de hombros y se encaminó en dirección a la posada.

Reí a pesar del dolor, mientras los veía alejarse.

Volvimos a la casa segura. La tensión se mezclaba con el cansancio mientras cruzábamos la entrada.

Allí, entre la penumbra, había un Umbrae atendiendo a Phyl, que permanecía encamado.

Nos observó con ojos calculadores, centrándose en la herida en mi costado y sin decir palabra, señaló un estuche colocado sobre la mesa.

Lo reconocí al instante: era un estuche de parches. Agarré el estuche con ayuda de Neik y me desplomé sobre la cama improvisada, enfrente de la de Phyl. Ilya se sentó en la mesa, con cierta incomodidad.

Mientras me estaba aplicando un parche con ayuda de Neik, el nuevo Umbrae entregó una carta a Xane. Este la recibió y con un asentimiento grave abrió el sobre.

Xane me miró por un instante, sus ojos fijos en los míos, y luego desvió la mirada hacia Ilya. Pude notar la tensión en su gesto; había algo que quería decir, pero que evidentemente, no podía compartir delante de ella.

Neik, percibiendo la situación al instante, frunció el ceño y luego se volvió hacia ella:

—Tengo hambre. ¿Quieres acompañarme a comprar algo de desayuno? —dijo, con un tono ligero, pero suficientemente autoritario, guiándola suavemente hacia la salida.

Asintió confiada, aparentemente sin sospechar nada y se alejó con Neik. Le lancé un asentimiento sutil.

Mientras observaba cómo se alejaban, el espía suspiró y se volvió hacia mí:

—El Rey ha convocado la mesa de nuevo, señor —comenzó. —Se reúnen en quince días. —lo miré con cierto desagrado y asentí a modo de comprensión.

—¿Algo más? —pregunté. Viendo que parecía que había hecho más una pausa que un punto y final. El asintió.

—El Rey ha aprovechado la ocasión de que el batallón de la séptima estaba allí, lo ha desviado ligeramente para que pasen por aquí antes de volver a su ciudad, para reforzar la seguridad del pueblo e investigar. —Soltó una leve risa —No hemos dejado mucho en pie para ellos, me parece.

Devolvió la carta al sobre y se acercó al otro Umbrae para ayudarlo a atender a Phyl.

Toqué con cautela el parche en mi costado recostándome contra la improvisada cama. Firmeza, calor, el punzón agudo ya no estaba. La herida cerrada.

La quietud me envolvió y el murmullo del pueblo que despertaba con el amanecer al otro lado de las paredes sirvió como un telón de fondo para mis pensamientos.

Pensé en el túnel, los trizanos con viales de berserker y armas priur.

En aquella hacha clavándose en mi costado, en lo débil y tonto que había sido, si no llega a ser por mi coraza y la dureza que daba el elixir en mi sangre me hubiese partido en dos, seguro.

El tiempo se deshizo entre mis dedos sin que lo notara y al abrir los ojos de nuevo, escuché pasos en el umbral.

Neik apareció primero, con la misma sonrisa socarrona de siempre, cargando una cesta.

Detrás de él venía Ilya, sujetando un pequeño hatillo de pan y frutas, con la frescura de la mañana aún impregnada en su rostro. Sonreí ligeramente al verla.

Después de un desayuno consistente, que me supo a gloria, la fatiga nos venció. El cuerpo, agradecido, pedía descanso.

La casa segura no era muy grande, pero tenía suficientes habitaciones para todos, en el salón, había dos camas, una ocupada por Phyl.

Había otra habitación que se usaba como despensa, y luego otra habitación que tenía una pequeña cocina y unas escaleras que subían arriba, donde había otras dos camas, también había una pequeña puerta que daba a un patio trasero.

Xane dijo que tenía cosas de las que encargarse, seguramente enviar un mensaje a Nyx , pensé. Señaló donde estaba la habitación de arriba a Ilya para que descansase y se marchó.

Ella se acercó a mí en silencio, mientras Neik llevó los platos a la cocina. Sin esperármelo, el calor de su cuerpo atravesó la tela cuando rodeó mis hombros con un abrazo.

—Gracias… —murmuró, casi inaudible.

No supe qué responder. Me quedé paralizado, sintiendo el corazón latir en mi pecho, con los brazos a medio camino de devolverle el gesto. Se apartó con timidez, evitó mi mirada y, sin más, desapareció por la puerta hacia la cocina.

Tarde unos segundos mas en darme cuenta de que aún no había reaccionado, hasta que Neik entró en la habitación de nuevo y me miró con una ceja enarcada. Negué con la cabeza y sonreí con cierta incomodidad.

Solo quedaba la cama improvisada en el salón para nosotros, como muchas otras veces durante nuestros viajes, Neik y yo la compartimos. Ninguno de los dos necesitó hablar; el silencio era suficiente y el sueño nos atrapó pronto.

Aunque no soñé absolutamente nada.