Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 10
14%

Capítulo 10

La noche nos recibió con un aire frío y húmedo, cargado del denso aroma a tierra mojada y vegetación profunda del bosque.

Avanzamos con sigilo, en completo silencio, confiando en los muchos años de experiencia que nos unían y en la férrea determinación y el impecable profesionalismo que Xane había demostrado poseer.

Nos acercamos despacio. Entre los árboles, las antorchas del campamento titilaban atrapadas en la espesura.

De pronto, Caelum y Lacerta cruzaron una mirada cargada de complicidad, con una sonrisa idéntica asomando a sus labios. Antes de que pudiera abrir la boca para detenerlos, intuyendo exactamente lo que aquella mirada auguraba, ya se habían lanzado hacia adelante como dos fieras desatadas.

Caelum echó mano a su espalda y sacó una jabalina, la equilibró un instante y la lanzó con tal fuerza que el silbido cortó la noche.

Se incrustó en el pecho de un guardia con tanta fuerza que voló varios metros hasta chocar con un carruaje de madera y quedarse allí clavado.

Sacó su espada con un grito levantándola en el aire.

Desenfundó otra jabalina en su mano libre y cargó hacia el campamento rugiendo como un león.

Lacerta, por su parte, empuñaba la lanza ya en las manos, girándola como si fuese una extensión de su cuerpo. Avanzaba veloz, con una sonrisa agresiva. Cada zancada cargada de furia casi salvaje. Cuando llegó, con un ágil movimiento tumbó a un guardia y le clavó la lanza en el cuello.

Contuve un gruñido de frustración. Así había terminado cualquier intento de pillarlos desprevenidos. Respiré hondo, mientras un par de campanas en el campamento comenzaban a sonar. Apreté el escudo contra mi brazo y desenvainé la espada.

Neik a mi lado derecho, desenfundó su hoja curva con una mueca de desagrado, seguramente por no haber empezado él aquel combate y Xane a mi lado izquierdo, desenfundó sus dos dagas.

Caelum blandía la espada como un loco, varias de sus jabalinas clavadas en los cuerpos de dos guardias que se retorcían en el suelo en lamentos.

Lacerta bailaba con la lanza girándola en círculos que desviaban ataques y dejaban tras de sí guardias ensangrentados y derribados.

El estrépito del choque de armas resonaba en la noche.

Me lancé con el escudo al frente, embistiendo al primer soldado que salió a mi paso. El choque lo levantó del suelo y lo estampó contra la lona de una tienda; la espada hizo el resto, abriéndose camino entre carne y acero.

A mi lado, Neik comenzó a moverse con ese cautivador ritmo que hacía honor a su título como Waltzer.

Su hoja curva vibró, cargándose de energía hasta que chispas azules se encendieron en el filo.

El siguiente guardia que intentó enfrentarse a él cayó fulminado, alcanzado por un tajo envuelto en viento y relámpagos.

Xane, más silencioso, se deslizó entre la confusión con sus dos dagas. Sus movimientos eran precisos, casi invisibles, y allí donde pasaba un enemigo caía sin poder siquiera saber que había ocurrido.

La lucha se volvió caótica. Antorchas rodaban por el suelo, tiendas empezaban a prenderse fuego y los gritos de los soldados resonaban por todo el campamento.

Podía sentir la vibración de cada golpe en el suelo bajo mis botas.

Pero yo no podía perderme en esa vorágine.

Había algo más importante. Me aparté del foco principal del combate y avancé.

El escudo pegado a mi costado y la espada goteando sangre.

La tienda que ella me había señalado apareció entre sombras, inconfundible. La tela tensada con mayor firmeza y un par de antorchas apagadas flanqueando la entrada.

Avancé con la respiración contenida, cada paso más cerca de la tienda. Mi mirada iba saltando entre las sombras, atento a cualquier movimiento.

Dos figuras surgieron de la oscuridad, lanzas en mano, bloqueándome el paso. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no tardaron en gritar, alzando las armas para atravesarme.

Di un paso hacia adelante antes de que pudieran coordinarse.

El primero embistió. Su lanza buscó mi costado; levanté el escudo con un giro contundente y desvié el hierro de un golpe que casi le arrancó el arma de las manos.

Aproveché ese instante, avancé con la espada y atravesé su pecho con un tajo firme que apagó su grito en seco.

El segundo trató de usar mi enfoque en su compañero, descargando la lanza en diagonal.

Apenas lo vi de reojo, pero instinto y rabia me guiaron: me giré sobre el talón, levanté el escudo para recibir el impacto, y sentí el golpe retumbar en mi brazo.

No esperé su reacción. Arremetí con el borde metálico del escudo contra su rostro; escuché el crujido de huesos romperse antes de hundirle la hoja en el estómago. Ambos cayeron a mis pies.

Alcé la mirada hacia la tienda, apenas a unos pasos de mí, y apreté con fuerza la empuñadura de mi espada.

Entré con el pulso acelerado, los sentidos alerta. El interior estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz temblorosa de una lámpara de aceite en una esquina. Miré de un lado a otro, buscando a Ilya, pero no la vi.

Me agaché, levanté el faldón de la cama… y allí estaba, encogida, con los ojos muy abiertos.

Su expresión de alivio al verme. Pero un instante después cambió a puro terror.

—¡Cuidado! —gritó.

No tuve tiempo de girarme. Un rugido metálico se estrelló contra mi costado. Sentí el filo de un hacha atravesar mi coraza y desgarrar mi carne, el mundo se volvió un torbellino. El impacto me levantó del suelo y me arrojó contra la lona de la tienda, que se abrió como papel bajo el golpe.

Atravesé la pared de tela y rodé fuera, arrastrándome por la tierra, tragando polvo y sangre. Cada vuelta me arrancaba el aire de los pulmones y el dolor ardía en mi costado.

Al fin me detuve, jadeando, con la vista nublada. Intenté aferrarme al suelo para ponerme en pie, pero el peso de la herida tiraba de mi cuerpo hacia abajo, clavé la rodilla en el suelo, mirando la tienda.

Escuché pasos pesados metálicos acercándose.

Intenté incorporarme, apretando los dientes contra el dolor que me atravesaba.

La sangre me empapaba y respirar se había convertido en un suplicio.

Escuché un jadeo ahogado desde el interior de la tienda.

El sonido de un forcejeo breve… y entonces la voz de Ilya, quebrada por la presión.

—¡Ah…!, ¡suéltame Torke! —la escuché decir. Mi corazón se detuvo durante una fracción de segundo.

A través del agujero rasgado en la lona vi un hombre enorme, de casi dos metros de altura, con una armadura completa resonando a cada paso.

Salió con Ilya sujeta por el cuello, colgando en alto.

Aquella mole de musculo y metal la sostenía con una mano, con una facilidad insultante, y en la otra tenía un hacha gigante con el filo ensangrentado. Mi sangre .

Su rostro, revelaba una sonrisa torcida, arrogante, casi divertida. Una sonrisa de quien se sabe dueño de la vida de los demás. Sus ojos destilaban crueldad mientras apretaba más el agarre sobre el cuello de Ilya, que pataleaba en el aire débilmente, con el rostro enrojecido.

Le miré con rabia e impotencia, sintiendo el eco de su hacha todavía hundido en mi costado.

Tragué saliva, el sabor metálico de la sangre me llenaba la boca.

Escupí al suelo. El bastardo me observaba con esa sonrisa satisfecha, disfrutando de mi dolor.

Pero entrecerré los ojos con calma, no iba a darle el gusto de reflejar desesperación en mi rostro.

Moví ligeramente la cabeza, buscando a mis compañeros entre la confusión del combate.

El estrépito de acero contra acero resonaba no muy lejos: Neik, con su hoja curva cargada de viento y relámpagos, giraba en un torbellino contra varios soldados; más allá, vi el destello de las dagas de Xane, certero y rápido, estaban demasiado lejos.

Al otro lado Caelum, con su espalda casi vacía de jabalinas, las arrojaba una tras otra con una puntería endiablada. Una atravesó el muslo de un soldado, la siguiente se incrustó en el hombro de otro antes de que pudiera levantar su escudo. Cargaba con una risa demente, disfrutando.

Lacerta se movía como un rayo con la lanza.

No era solo fuerza: cada estocada iba acompañada de un giro elegante, desarmaba a cualquiera que se atreviera a acercarse.

Una de sus embestidas levantó del suelo a un enemigo y lo estampó contra otro, derribándolos como si fueran muñecos.

Tenía una sonrisa socarrona, su clásico juego entre viejos camaradas.

Volví la mirada al frente, estaban todos ocupados, y demasiado lejos. El agresor me mantenía clavada la mirada, presionando fuerte el cuello de la esclava con una satisfacción enfermiza.

Esa escena estaba atormentándome como pocas cosas habían conseguido hacerlo. Ilya estaba forcejeando en el aire, sus manos aferradas al brazo del agresor, sus ojos buscando los míos con súplica.

Me debatía entre mil movimientos diferentes, cada uno más torpe que el anterior, y nada parecía suficiente o eficaz en aquella situación. El muy bastardo no decía una sola palabra, solo me observaba, sosteniéndola como si fuese un simple trofeo de caza.

Tragué saliva, tenía que ganar algo de tiempo para reunir el resto de la fuerza que aún me quedaba, y le solté a voces, con toda la ironía que pude:

—¿Qué pasa? —fingiendo calma mientras mi pecho ardía—. ¿Tanta fuerza y tan poco ingenio? ¿Es lo mejor que puedes hacer? ¿Sujetar a tu propia esclava como escudo?

El hombre me clavó la mirada, sin pestañear. Yo seguí, alargando las palabras:

—Supongo que… con esos brazos tan enormes… no necesitas pensar mucho. Ni siquiera conozco a esa mujer, no sé qué es lo que intentas amenazándome con ella.

Sus labios se abrieron en una mueca furiosa.

—¡¿Crees que puedes burlarte de mí?! —rugió él, escupiéndome cada sílaba.

Vi cómo sus nudillos blanquearon en torno al cuello de Ilya, apretando con tal saña que sus piernas comenzaron a patalear en el aire, dejó escapar un gemido sofocado, el sonido seco de su garganta a punto de quebrarse.

Fue en ese instante cuando lancé el escudo con todas mis fuerzas. El borde de hierro golpeó contra su antebrazo, obligándole a soltarla con un rugido de dolor. Ilya cayó de rodillas, tosiendo y llevándose las manos al cuello.

Bien. Ahora eres mío.

Con el hombro contrario al costado de mi herida, embestí contra él como un toro desbocado.

El impacto nos arrastró solo un par de pasos lejos de la escena.

Noté cómo su aliento me golpeaba en la cara, fétido.

Tenía que alejarlo más de ella . Me separé ligeramente para coger un buen ángulo y le di una patada en el pecho dando todo lo que tenía arrancándolo finalmente de la cercanía con ella.

Tropezó cayendo un par de metros atrás, su hacha se le escapó de las manos.

Mi hombro estaba ardiendo como si se me desgarrara cada tendón tras esa embestida contra su coraza.

Se levantó con un gruñido histérico, recogiendo su hacha de la hierba. La levantó a la altura del rostro y la sonrisa regresó, hambrienta. Apreté el mango de mi espada que estaba tibio y resbaladizo de sangre.

Cargué contra el para mantener la distancia con Ilya. El primer choque me sacudió hasta los huesos. Su hacha bajó con tal furia que, al interceptarla, mi espada tembló y mis brazos se estremecieron. Otro tajo en combinación salió desde abajo, pero retrocedí a tiempo, el filo rozándome la mejilla.

Volví a cargar. Otra embestida, otro tajo brutal, y otra vez mis brazos se crisparon al detenerlo. Eché en falta mi escudo, ahora todo era filo contra filo, fuerza contra fuerza. Y yo estaba herido.

—¿Eso es todo? —me escuché decir, jadeando, más para convencerme a mí mismo que para provocarlo.

El hombre rugió y giró el hacha en un arco lateral que partió el aire. Me agaché, rodando bajo su brazo, y le marqué un corte en el muslo. No lo suficiente para derribarlo, pero sí para arrancarle un gruñido que me supo a victoria.

Respondió con una estocada descendente, el filo de su arma clavándose en la tierra a un palmo de donde yo había estado un instante antes. La tierra voló, y aproveché el hueco para lanzar mi espada en un golpe ascendente, buscando abrirle el pecho.

Él alcanzó a interceptarla con el mango del hacha, mi metal chirriando contra su madera reforzada. Me empujó con tal violencia que casi perdí el equilibrio.

Su respiración era un trueno, la mía un jadeo entrecortado. Mis brazos ardían, las costillas me gritaban con cada movimiento, pero apreté los dientes.

Su guardia era un muro, sí, pero lenta. En su furia, cada ataque dejaba un hueco abierto. Esperé un instante, y cuando lanzó otro tajo en diagonal, me desplacé hacia el interior de su guardia.

El mundo se redujo a ese momento. Mi hombro chocó contra su torso, desviando el recorrido del hacha. Mi espada se elevó en un arco desesperado y se hundió en su costado, atravesando carne entre los huecos de su coraza donde tenía las correas.

El grito que soltó me heló la sangre. El hacha se le escapó de las manos y el cayó hacia atrás tambaleándose con los ojos abiertos de incredulidad. Llevándose una mano a la herida que manaba.

Con un rugido, clavé de nuevo la espada en su pecho por encima de la coraza a la altura del cuello, hundiéndola hasta la empuñadura.

La resistencia cedió en un chasquido húmedo, y sentí cómo todo su peso se derrumbaba contra mí.

Lo empujé hacia el suelo, donde quedó inmóvil. La vida escapándosele en estertores.

Detrás de mí, un sollozo me devolvió a la realidad. Ilya, aún de rodillas, me miraba con los ojos enrojecidos, la garganta marcada por la mano que casi la había quebrado. No había palabras en su rostro, solo un pesado silencio agradecido.

Clavé una rodilla en el suelo, la visión borrosa y parpadeante, el mundo dando vueltas a mi alrededor. La sangre aún ardía en mi costado y cada respiración me dolía como si tuviera fuego en los pulmones.

Sentí un toque cálido en mi brazo. Ilya se acercó temblando, con los ojos llenos de lágrimas y los sollozos que apenas podía contener. Sus manos me sostenían, frágiles pero firmes, intentando evitar que me desplomara por completo.

Intenté hablar, pero todo mi cuerpo se negaba a obedecerme. El ruido del campamento, el eco de la batalla, el jadeo de los caídos… todo se desvaneció.

A lo lejos, entre el polvo y la oscuridad, vi a Neik corriendo hacia mí, gritando algo, con los ojos llenos de preocupación. No pude escuchar sus palabras, no podía moverme. Y entonces todo pasó a un negro absoluto.