Capítulo 9 #2
—¡Deja de joderme! Seré más útil allí que pudriéndome en esta mesa—escupió de vuelta, golpeando con el puño el tablón de madera.
Me pasé una mano por el pelo, frustrado. Quería obligarlo a quedarse, pero conocía demasiado bien esa mirada: no había forma de hacer retroceder a Neik cuando su decisión estaba tomada. Suspiré y finalmente asentí.
—Como mueras… —empecé con ira, pero pausé. Respire hondo, y suavice mi voz, levantando una sonrisa —juro por los fundadores que te traigo de nuevo a la vida para matarte de nuevo, y luego tal vez te traiga otra vez…
—¿Para tirarme por las escaleras del castillo celestial? —me interrumpió con una sonrisa prepotente. —¿Dónde habré escuchado semejante idiotez?
Le devolví una sonrisa cómplice y entré a la habitación donde me había cambiado de ropa con anterioridad, y me volví a poner mis atuendos de Orion. Cuando salí, vi a Neik y Xane revisar las mechas de los explosivos mientras los colocaban en una mochila.
Me ajusté la espada al cinturón, di un paso hacia la puerta y dije mirando por encima del hombro:
—Tengo que encargarme de algo antes de que partamos. Nos vemos en la puerta este.
No esperé respuesta. Abrí la puerta de golpe y salí a la calle. El aire nocturno del pueblo me recibió con ese silencio expectante, interrumpido solo por las voces apagadas de la posada al otro lado de la plaza. Caminé directo hacia allí con una idea fija martilleando en mi cabeza.
Al entrar en la posada la penumbra me envolvió de inmediato. Apenas quedaban un par de aldeanos adormilados, encorvados sobre sus jarras, y el murmullo del fuego agonizante en la chimenea era lo único que rompía el silencio. Busqué con la mirada a Caelum y Lacerta, pero no había rastro de ellos.
Me acerqué a la posadera que estaba recogiendo vasos en la barra.
Al oír mis pasos, alzó la vista y con un gesto cansado escuchó mi pregunta, pero no me respondió hasta que una moneda de oro hizo una floritura entre mis dedos.
Me indicó con la mano la escalera que llevaba a la segunda planta y me susurró el número de sus habitaciones.
Asentí en silencio y subí despacio, los peldaños de madera crujiendo bajo mis botas mientras avanzaba hacia el pasillo oscuro.
Golpeé la puerta de la primera habitación.
Silencio. Ni un murmullo. Ni un movimiento al otro lado.
Probé con la segunda, llamando un poco más fuerte.
Nada. Estaba a punto de volver a llamar, cuando un sonido seco me congeló en el sitio: el estrépito de algo cayendo con gran estruendo, rompiéndose contra el suelo.
No lo pensé dos veces. Levanté la bota y de una patada reventé la cerradura. La puerta se abrió de golpe y la escena se desplegó frente a mí:
Allí estaban, en la cama, desnudos, Lacerta tenía sus manos apoyadas en el pecho de Caelum, que se encontraba debajo de ella, con las manos en sus senos.
La escena era intensa, cargada de una pasión palpable que llenaba la habitación.
Detrás de Lacerta, había una tercera persona que no conocía, sujetándola por la cintura con una mano firme y segura, mientras su otra mano sostenía su cabeza, con su mordisco en el cuello.
La imagen era de una intimidad cruda y primitiva, tres cuerpos entrelazados en mitad del acto, sorprendidos como ciervos iluminados por una antorcha.
El jarrón de barro hecho añicos aún rodaba por el suelo al lado de la cama, sus restos esparcidos como un eco visual del ruido que me había alertado.
Lacerta, con sus ojos cerrados y su cuerpo tenso, parecía estar en un estado de éxtasis, sus movimientos ralentizados por la sorpresa, pero sin detenerse completamente.
Caelum, debajo de ella, tenía una expresión de placer y sorpresa.
La tercera persona, tenía una expresión de intensa concentración.
La escena era una mezcla de belleza y caos, de pasión y sorpresa, de cuerpos entrelazados en una red que parecía inquebrantable, el sudor perlándoles la piel.
Me quedé inmóvil, con la respiración contenida. La tensión que reinaba en el aire no era precisamente la que yo había esperado encontrar.
Ella fue la primera en reaccionar, con una sonrisa traviesa pese a la sorpresa:
—¿Vas a quedarte ahí mirándonos… o quieres unirte? Si no es así, al menos encaja la puerta como puedas y déjanos terminar.
Tragué saliva, intentando no llevarme la mano a la cara.
—Lo siento por interrumpir, de verdad —dije con voz firme—, pero necesito hablar con vosotros. Es urgente.
Mi tono cortó el ambiente como una hoja recién afilada, apagando la risa en los labios de mis dos amigos.
Ambos se incorporaron con incomodidad, intercambiando una mirada que decía más que cualquier palabra y yo me mantuve en pie junto a la puerta mirando hacia el pasillo, esperando a que se cubrieran para poder explicarles por qué había irrumpido así.
A los pocos segundos, salió el desconocido, desnudo, con una mano detrás y sujetando con la otra la ropa por delante, bajó las escaleras, cubriéndose a duras penas.
Lacerta carraspeó para llamar mi atención, al girar, Caelum me hizo un gesto para que entrara.
—Muy bien —dijo Lacerta, con un tono curioso mientras terminaba de ponerse un pantalón ancho de dormir, su torso aún desnudo—. Explícanos qué está pasando.
Tomé aire. Me quedé en el umbral de la puerta. —Necesito vuestra ayuda—dije.
Describí brevemente la situación.
Sus miradas se cruzaron entre sí, cargadas de escepticismo. Lacerta frunció el ceño, apoyando el codo sobre la mesa.
—¿Y…? —preguntó, con un tono despreocupado.
Caelum suspiró, dejando escapar un hilo de humo de la pipa que se acababa de encender.
—Suena a locura —murmuró—. Estamos cansados, ¿por qué quieres que vayamos?
Sentí un nudo en el estómago, pero mantuve la calma.
—Hemos luchado muchas veces juntos, sin ninguna razón. —repliqué.
Lacerta resopló, Caelum perdió ligeramente el interés y miró hacia el cielo a través de la ventana entreabierta. No había tomado una buena decisión apelando al desinterés.
—¿Qué os ha pasado? Noto algo diferente en vosotros. —dije con cierto tono de preocupación.
Sus ojos se suavizaron un poco, pero todavía se notaba la duda en sus gestos. Se intercambiaron miradas, fugaces, antes de que Caelum dejara escapar un suspiro. Lacerta jugueteó con un vaso de vino, evitando mi mirada directa.
—No es que no queramos ayudarte Orion… es complicado —dijo ella finalmente con voz tensa.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Algo les estaba afectando, eso estaba claro.
—Si hay algo que me estéis ocultando —advertí con firmeza—, ahora no importa. «Vi Umbris, Innocentem Defendimus» —recité el lema del Atra Vallis. —Hemos liberado miles de esclavos.
Hubo un silencio cargado. Podía notar cómo luchaban entre sus recelos y la lealtad, y cómo cada uno medía su decisión con cautela.
Tras unos tensos segundos de silencio fue Caelum quien habló:
—Está bien —Lacerta lo miró y le asintió con un gesto firme.
Salí de la habitación y esperé en el pasillo mientras terminaban de pertrecharse. Me sentía nervioso e incómodo por la situación y por haber tenido que forzar la mano de mis compañeros.
Una vez vestidos y con todo en su lugar, salieron al pasillo a mi encuentro. Se acercaron a mí y posaron sus manos en mis hombros.
Nos juntamos en círculo, bajando las cabezas hasta tocarnos las frentes entre los tres, en un acto silencioso de concentración. Era un pequeño ritual nuestro.
—Gracias. —Me limité a decir.
Ambos me sonrieron, aunque noté un pequeño atisbo de tristeza en sus ojos. ¿Que estaría afectándoles? Por desgracia, el tiempo apremiaba. Ya me sentaría después con mis hermanos de aventuras para ver si tenían ganas de compartir sus penas. Con una buena jarra fresca de hidromiel.
Al bajar las escaleras deposité unas monedas de oro en el mostrador con un gesto de disculpa alegando a la cerradura que ahora yacía rota en la habitación.
Al salir, nos movimos con pasos medidos hacia la puerta este del pueblo.
Allí, esperándonos en la penumbra, estaban Neik y Xane.
Sus siluetas recortadas contra la luz de la empalizada de madera.
Neik esbozó una sonrisa complaciente al ver a Caelum y Lacerta, afirmando con la cabeza.
Xane llevaba ahora su máscara plateada con un sol pintado en bronce en el centro.
Avanzamos hacia el bosque, Caelum y Lacerta intercambiaron una mirada enarcando una ceja y después miraron hacia Xane.
—¿Qué hace un escurridizo de los Umbrae juntándose con nosotros? —dijo Lacerta.
Me tensé ligeramente, ante la posible exposición de mi autentica identidad. Pero Xane se encogió de hombros y respondió:
—El señor Orion y el señor Draco, siempre han sido muy buenos con la gente de Nialis —dijo señalando con el dedo apuntando hacia atrás, hacia el pueblo. —Ayudando en más de una ocasión. Como defensor de este pueblo me siento en obligación de ayudarlos.
Lacerta pareció ligeramente convencida. Caelum entrecerró los ojos, pero no dijo nada.