Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

El bosque se extendía frente a mí, oscuro y silencioso. Di el primer paso, dejando atrás la seguridad del pueblo y me adentré entre los árboles. Avancé con cuidado entre la maleza, cada paso calculado para no romper la calma del lugar. Observaba las ramas rotas, las huellas en el barro.

Durante casi media hora seguí aquellos indicios que habían dejado marcados Ilya y sus captores, zigzagueando entre troncos y arbustos, hasta que finalmente empecé a escuchar sonidos a lo lejos: murmullos de voces, repiqueteos metálicos y al fondo, se asomó una tenue luz filtrándose entre los árboles.

Allí estaba. Mi corazón se tensó ligeramente y mi respiración se hizo más pesada.

El campamento era similar al que Mor me había rescatado, pero este no parecía un asentamiento temporal. Las tiendas estaban reforzadas y bien ancladas al suelo, y había pequeñas estructuras fijas hechas con tablones de madera.

Avancé con cuidado por los límites, oculto entre la maleza y observando cada movimiento.

Había pocos guardias; sorprendentemente pocos en comparación con los que recordaba que había durante mi cautiverio.

Sus patrullas eran inexistentes a excepción de dos soldados dando vueltas alrededor de los extremos, sus movimientos eran confiados, no parecían esperar a nadie rondando por allí.

Mis ojos recorrieron el perímetro, buscando cualquier indicio de un túnel o una salida secreta. Pero no encontré nada. Ninguna trampilla, ninguna abertura camuflada, ninguna actividad subterránea. Una extraña quietud flotaba sobre el campamento, tan inquietante como la falta de vigilancia.

—Menudo fracaso —susurré.

Iba a dar media vuelta para retirarme cuando de una de las tiendas salió Ilya.

Estaba sola, ordenando la despensa que habían levantado en el borde oeste del campamento.

Recordé como me ayudó cuando estaba encerrado, el temblor de sus manos cuando los guardias se dirigieron a ella.

La imagen de su mano retirándose un mechón de pelo, iluminada por la tenue y danzarina luz de las antorchas mientras empujaba el cuenco con cuidado hacia mi dio varias vueltas en mi cabeza.

Sin entender muy bien porque, una sensación de rabia me hizo pensar que era mi responsabilidad encontrar la manera de sacarla de allí, que nadie más iba a enfrentar ese campamento para salvarla.

—Maldigo a todos los fundadores y al puñetero Neik que nunca se equivoca. —susurré con resignación.

Me quedé inmóvil por un instante evaluando la distancia y los movimientos de los pocos soldados. Sus ojos se desviaban ocasionalmente pero no parecían darse cuenta de nada.

Mi atención volvió a ella. Respiré hondo y, a regañadientes, comencé a acercarme, midiendo cada paso para no hacer ruido.

Cuando me acerqué lo suficiente, vi una pequeña rama seca en el suelo.

Perfecta para lo que necesitaba. La pisé con suavidad, se quebró soltando un crujido.

Ilya lo escuchó, y miró hacia mi dirección, sus ojos se abrieron de par en par con una mezcla entre sorpresa y miedo.

Sin pensarlo, levantó una mano delante de sí haciendo pequeños gestos en el aire para que me marchase.

—¿¡Que haces aquí!? —susurró con voz temblorosa—. ¡Vete!

Me detuve, dejando que cada gesto fuera predecible y evitando que pudiera interpretarlos como una amenaza.

—Tranquila… no estoy aquí para hacerte daño. Solo quiero ayudarte.

Avancé despacio, manteniendo las manos visibles y el cuerpo relajado. Mis ojos no se apartaban de los suyos, intentando transmitir seguridad. Ella esbozó una ligera y tímida sonrisa.

—No sabía que tenías unos deseos de morir tan grandes —dijo relajándose un poco mientras sus gestos volvían a ser tan cálidos como los recordaba.

Su humor, pese a la tensión del momento e incluso en medio del miedo, hizo que no pudiera evitar devolverle la sonrisa.

—No tengo intención alguna de morir aquí —respondí con voz firme pero amable—. Solo quiero sacarte de este lugar. Ven conmigo. —dije extendiendo una mano hacia ella.

Me estudió un instante más, evaluando mis palabras y mis gestos, pero su deslumbrante sonrisa se desvaneció. Sus manos temblaron.

—No…—susurró—. No puedo. Estoy atada con magia a Torke. No puedo alejarme mucho de él. Está al mando ahora mismo, hasta que vuelva el comandante.

Me detuve, procesando sus palabras.

—¿Qué significa eso? —pregunté, con el ceño fruncido—. ¿Qué clase de magia?

—Moriré si me alejo demasiado de él. Solo hay dos formas de romper la magia —dijo, con la voz cargada—: Matándolo… o que el comandante rompa el enlace por voluntad propia.

Mierda.

Un leve tintineo metálico a nuestra derecha me hizo estremecerme. Contuve la respiración y me deslicé detrás de un árbol cercano observando con cautela. Un guardia pasaba cerca, sin percatarse de mi presencia, caminando lentamente por el perímetro del campamento.

Ilya manteniendo la calma hizo un gesto despreocupado mientras reorganizaba la despensa.

El guardia se acercó a ella por detrás, se inclinó ligeramente hacia su oído y le susurró unas palabras con cara lasciva.

Una ola de rabia me golpeó el pecho. Mis manos se cerraron en puños hasta que mis uñas se hundieron en la carne.

Cada instinto me gritaba que me abalanzara sobre él.

El dolor en mis palmas me hizo anclarme al momento y mantener la posición conteniendo el impulso a duras penas.

De repente Ilya se giró rápidamente y le propinó un golpe seco con la palma de la mano, directo a la mejilla.

El golpe resonó con tanta fuerza que juraría haber escuchado su eco.

El guardia apenas se inmutó, sonrió marcando la mandíbula y comenzó a reírse a carcajadas mientras se alejaba.

Una sonrisa de satisfacción y orgullo se acomodó en mis labios antes de que me diera cuenta.

Ilya se enderezó con la misma gracia con la que había actuado instantes antes y volvió a su aparente tarea como si nada hubiera pasado.

Sus movimientos eran naturales, incluso juguetones, como si estuviera completamente absorta en la tarea.

Pero la sonrisa satisfecha en sus labios no engañaba a nadie.

Cuando el guardia desapareció de nuestra vista me indicó con un leve gesto que ya no había peligro. Luego continuó trabajando en silencio.

Me acerqué de nuevo.

—¿Dónde está el comandante? —pregunté en un susurro.

Siguió moviendo sacos en la despensa en un intento de camuflar el ruido de nuestra conversación. Aun así, noté cómo me miraba de reojo, con un brillo en los ojos.

—Desde que huiste…—dijo con voz baja, casi un aliento— salió a buscarte. Se llevó a unos treinta hombres. No ha vuelto todavía.

Un nudo se me formó en el estómago. De golpe entendí por qué el campamento estaba tan vacío, tan antinaturalmente silencioso. Dejó caer un saco con un golpe sordo, y añadió:

—Por eso quedan tan pocos soldados en el campamento. No les importo lo suficiente como para llevarme, solo necesitan alguien que les haga la comida.

Miré de nuevo al campamento, seguramente podía terminar con ese puñado de soldados yo solo. Luego crucé los ojos con Ilya, vi su sonrisa deslumbrante, acogedora. No puedo arriesgarme. No podría enfrentarme a todos ellos y protegerla a la vez. Apreté los dientes.

—Dime dónde duermes. —Mis palabras fueron un susurro urgente, casi una orden.

Ella titubeó sin entender. Finalmente, con un leve gesto de la cabeza, señaló hacia un rincón del campamento, donde una lona más pequeña se mantenía en pie junto a un carro vacío.

—Allí —murmuró.

Asentí con firmeza.

—Está bien. —dije, intentando que mi voz sonara más segura de lo que en realidad me sentía—. Voy a volver. Solo hazme un favor: cuando escuches caos, escóndete debajo de la cama o si no tienes cama escóndete como puedas en la tienda y no salgas, pase lo que pase. ¿Entendido?

Abrió los labios con intención de hablar, pero al final bajó la mirada y asintió en silencio.

Me giré para marcharme, pero algo me detuvo. Su delicada mano atrapó la mía y tiró de ella con suavidad. El contacto me tomó por sorpresa. Sentí un vuelco en el estómago, mientras una calidez inesperada se abría paso hasta mi pecho.

—El comandante… volverá al amanecer. Buscas el túnel, ¿verdad? Esta aquí. —susurró, con los ojos fijos en los míos.

Por un instante me quedé inmóvil, atrapado en aquella sensación contradictoria, entre la urgencia de huir y el deseo de quedarme. Asentí.

He de volver rápido.

Empujé la puerta de la casa segura con tanta fuerza que golpeó contra la pared y retumbó en toda la sala. Neik y Xane levantaron la vista de inmediato: estaban sentados a la mesa, las ganzúas extendidas frente a ellos mientras recuperaban el aliento de su búsqueda infructuosa.

—Tenemos que movernos —solté sin rodeos, cerrando la puerta detrás de mí—. Esta misma noche.

Ambos fruncieron el ceño, esperando una explicación.

Caminé hasta la mesa, todavía con la respiración agitada y les conté lo que había visto en el campamento: los escasos guardias, la esclava, la confesión de que el comandante volvería al amanecer y que el túnel estaba allí.

A medida que hablaba, los rostros de ambos se tensaban más y más.

—Si esperamos al alba —añadí, apoyando los nudillos sobre la mesa con firmeza—, será demasiado tarde.

Xane se fue al fondo de la casa, removiendo unos cajones y cofres apilados en un rincón. —Siempre hay de todo en una guarida Umbrae —murmuró, hasta que sacó un par de cargas envueltas en cuero, con sus mechas cuidadosamente enrolladas. Las dejó sobre la mesa con cuidado. —Hay que cerrar ese túnel.

Asentí con firmeza, Neik silbó y luego se inclinó hacia adelante con una mueca añadiendo:

—Yo voy.

Lo miré con incredulidad.

—Estás herido. No vas a atravesar un campamento enemigo.

Él apretó los dientes, el brillo testarudo de siempre de nuevo encendido en su mirada.

—No pienso quedarme sentado mientras tú arriesgas la vida en combate.

—No eres útil si vuelves a abrirte esa herida —le repliqué, alzando la voz más de lo que quería.