Capítulo 8 #3
Se pasó una mano por el pelo corto negro, sus ojos azules iluminados por viejas historias compartidas.
Vestía una túnica corta de tonos negros y dorados, ceñida con un cinturón de cuero que marcaba su figura atlética.
Sus sandalias de cuero alto y los brazaletes simples pero elegantes.
Sobre los hombros llevaba un manto ligero de color rojo sangre, sujeto con un broche metálico que brillaba a la luz de la chimenea.
Llevaba una espada al cinto, y por uno de sus hombros asomaban una pila de jabalinas.
En la túnica, a la altura del pecho, llevaba bordado el símbolo de los Atra Vallis, con las estrellas plateadas formando la constelación de Caelum.
A su lado, la mujer, llevaba el pelo rubio recogido en una coleta baja, que le llegaba hasta la cintura, sus ojos verdes también resplandecían con la nostalgia.
Destacaba con una túnica larga de lino negra con finos bordes plateados, drapeada con gracia alrededor del cuerpo, combinada con fajas de cuero finamente trabajadas que ajustaban la cintura y los hombros.
Un manto rojo sangre cayendo sobre un hombro le daba un aire majestuoso, mientras sus sandalias y brazaletes de bronce reflejaban la luz con destellos cálidos.
Su porte era elegante y erguido, transmitiendo autoridad y al mismo tiempo una presencia noble.
En su espalda sobresalía una gran lanza.
En su túnica, a la altura del pecho, llevaba bordado el símbolo de los Atra Vallis, con las estrellas plateadas formando la constelación de Lacerta.
Ambos portaban el brillo característico del elixir en sus ojos. Aunque lo noté más débil que de costumbre.
—Menuda coincidencia. —dijo Lacerta. —Los grandes Orion y Draco. Siempre juntitos — expuso una sonrisa cómplice que me recordó a los viejos tiempos.
Las miradas de todos se encontraron en un momento breve pero cargado de reconocimiento mutuo. La situación se transformó poco a poco envuelta en un calor familiar, la sensación de estar entre aliados de confianza.
Los cuatro nos acomodamos en torno a la mesa de madera, dejando que el calor del fuego de la chimenea y el aroma del guiso nos envolviera. Cada uno tomó un trozo de pan y un cuenco humeante.
—Veo que vuestro viaje se ha cobrado un tributo —dijo Caelum, señalando la herida de Neik con su cuchara—. ¿No vas a compartir la historia, Draco?
Neik asintió, tomando un sorbo de su bebida.
—Claro que puedo contaros una historia, pero mejor esta la dejamos para otro dia, que tal si os cuento la de Rhuan, aquella…
—Aquella isla maravillosa —lo interrumpió Lacerta, con voz burlona —en la que yo, el gran Draco, acabé con más de veinte soldados, salvando a una doncella y su hermano, para después terminar con ellos en la cama, todavía con la sangre seca de mis enemigos en el cuerpo, follando durante horas hasta el amanecer.
Una ligera risa salió de todos nosotros, menos de Neik, que se limitó a refunfuñar dándole un bocado a su trozo de pan.
La conversación continuó mientras comíamos, mezclando historias de viajes, anécdotas pasadas y bromas ligeras. Perdí completamente la noción del tiempo. Entre risas y la calidez del fuego, la luz del sol fue menguando hasta que el horizonte comenzó a teñirse de naranja y violeta.
—Es casi anochecer —dijo Caelum, observando por la ventana—. Creo que ya es hora de buscar nuestras habitaciones y descansar un poco, nuestro viaje ha sido largo.
Neik asintió, desperezándose ligeramente después de tanto tiempo sentado.
—Por desgracia —dijo mirando a la camarera, que le devolvía la sonrisa de forma juguetona.
Lacerta y Caelum nos desearon buenas noches con sonrisas cómplices, mientras se retiraban a hablar con la posadera para alquilar sus habitaciones, nosotros nos encaminamos de nuevo hacia la casa segura.
El bullicio empezaba a menguar, los puestos mercantiles a medio recoger, el sendero que nos llevaba se sentía silencioso y solitario.
—Joder Orion. Aquellos eran buenos tiempos. —Dijo Neik, mirando al cielo, con una sonrisa nostálgica. Sin romper el alter ego. —Echo de menos a nuestros hermanos.
—Lo sé, Draco. —me limité a responder siguiéndole el recuerdo. —Yo también.
Al llegar, el calor del hogar nos acogió. Xane estaba sentado en una silla, con un cuenco vacío sobre la mesa. Neik se giró hacia mí con determinación.
—Más te vale volver de una pieza. No quiero heroicidades, si hay problemas, vuelves cagando leches —dijo tomando su espada curva. —Vamos Xane, a ver si encontramos ese desgraciado túnel lleno de ratas.
Los vi desaparecer en la oscuridad de un callejón a través de la ventana. Me acerqué a Phyl, que estaba jadeando, puse la mano en su frente. Estaba ardiendo. No tenía buena pinta. Miré el estuche de parches de mi petate, vacío. Chasqueé la lengua. Joder.
Me dirigí a una habitación pequeña, me desnudé, apartando la ropa a un lado sobre una mesita y agarré el uniforme Umbrae que Xane me había dejado.
Con rapidez me enfundé con la ropa, ligera y ajustada, diseñada para no hacer ruido y permitir libertad de movimientos.
Ajusté el cinturón, que llevaba los elementos esenciales: una cuerda, dos dagas y un pequeño estuche con varios utensilios para abrir cerraduras.
Respiré hondo, tomando un momento para mentalizarme. Y me marché.