Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Cuando llegué, encontré a Phyl en el bosque, medio muerto.

Lo curé con lo que tenía a mano y lo traje a esta casa segura.

Mientras exploraba para ver que le había ocurrido me encontré con Draco, supe que era uno de sus compañeros al ver el emblema del Atra Vallis, estaba herido, perdido y casi sin fuerzas.

Lo traje aquí y lo atendí lo mejor que pude.

Neik me lanzó una mirada cansada, después apoyó el codo en la mesa y recostó la mejilla sobre la mano, dejando que su mirada se perdiera en ningún lugar.

—Gracias —dije inclinando la cabeza levemente hacia Xane. Él se limitó a asentir con humildad.

—¿Qué cojones está pasando, Orion? —dijo Neik volviendo a la conversación con sus ojos fijos en mí.

Entonces, se lo expliqué. Respiré hondo, dejando que la quietud de la casa segura me calmara un poco.

—Después de que nos separásemos —dije, empezando a relatar —terminé en una jaula. No pude descubrir mucho en ese momento, nadie se acercó a excepción de una mujer que vino a ofrecerme comida y agua. No pude hablar mucho con ella.

Neik frunció el ceño y me miro de reojo, con una sonrisa pícara, continué sin prestarle atención.

—Durante la noche… —dudé ligeramente.

¿Debería contar que fue Mor quién me salvo? ¿La metería en un problema estando aquí otro Umbrae que podría contar algo a Nyx? No sé qué es lo que iba a contar ella cuando se encontrase con él. Neik enarco una ceja durante mi pausa.

—Un Umbrae me salvó. No pude ver quien era, llevaba la máscara de infiltración —dije, señalando la máscara que colgaba del cinto de Xane.

La máscara de Xane tenía algo pintado en bronce que no llegaba a ver, rece a los fundadores para que no preguntara que dibujo había en la del Umbrae que me salvó, por suerte, se dedicó a mirarme sin reaccionar. Tragué saliva y continué.

—Mientras salíamos de allí, encontré un cuaderno. Decía que habían entrado a través de un túnel, que pasa por debajo de la muralla de priur y desemboca en este pueblo.

—Que desgraciados, ¡un túnel!, como las ratas que son. —escupió Neik.

Nunca había ocultado su recelo contra los trizanos, al fin y al cabo, fue la liga de Trizandia la que no paró de asaltar a los ithanos una y otra vez, hasta que huyeron a las tierras veladas. El padre de Neik, fue un rey trizano. Cuando tenían reyes.

—Debería de enviar un mensaje a Nyx —intervino Xane.

—Después —dije, asintiendo—. Mientras caminaba por el mercado, he visto de nuevo a Ilya.

Neik enarcó de nuevo una ceja a modo de pregunta.

—La chica del campamento. —respondí con un tic en el ojo.

Esbozó una sonrisa pícara y se apoyó encima de la mesa con los dos codos, mirándome, mostrando de pronto mucho interés en lo que estaba contando. Lo miré de reojo y proseguí:

—Cuando nuestros ojos se cruzaron, se asustó y me hizo señales de no acercarme. Poco después, dos encapuchados la escoltaron fuera del pueblo.

Neik me miró fijamente, procesando la información. Su sonrisa se ensanchó.

—Básicamente estás diciendo dos cosas —dijo levantándose de la silla y caminando hacia su petate a los pies de la cama improvisada—: hay que salvar a tu «amable chica» y, de paso, encontrar adónde han ido y vengarnos de esos cabrones malnacidos.

Negué con la cabeza.

—Ni de coña Draco —dije rudamente. —Xane y tú os vais a quedar aquí, buscando el túnel, con cautela y sin prisas.

Yo iré hacia el bosque al anochecer —dije mirando por la ventana, viendo que el sol estaba aún alto, calculando que podían quedar varias horas hasta entonces.

—Iré en sigilo, a explorar por si acaso el túnel no está en la ciudad propiamente y volveré, sin confrontaciones.

Neik se levantó para protestar. Lo fulminé con la mirada, me levanté de la silla y me encaminé hacia él. Levantó las manos en señal de rendición. Definitivamente no estaba bien si no me encaraba.

Miré a Xane. —¿Por casualidad tenéis ropa Umbrae de reserva? —asintió, miró mi cuerpo de arriba abajo midiéndome y sacó del armario un traje, que lo tendió sobre la mesa.

El silencio llenó la habitación por un instante, mientras cada detalle se asentaba en nuestras mentes.

De pronto, un rugido profundo y atronador resonó en la estancia.

Mi estómago decidió recordarme su existencia de la manera más ruidosa posible.

El silencio que se generó perduró por un instante.

Neik arqueó una ceja y soltó una carcajada. Xane contuvo una sonrisa.

—Deberías darle de comer al monstruo. Para que no te delate esta noche—bromeó Neik, con voz grave pero divertida.

Negué con la cabeza, apretándome el estómago con una mano.

—Sí… creo que llevo demasiado sin comer —admití—. Comeré algo antes de actuar.

Neik se recostó ligeramente, evaluándome con la mirada.

—Sé dónde podemos conseguir algo de comer, entre otras cosas—dijo, con un leve destello en la sonrisa—. La posada del pueblo no es lujosa, el guiso es decente y el hidromiel potable. Pero la camarera…

Puse los ojos en blanco. Pero Asentí, agradecido por la idea de echar algo al vientre. Había pasado demasiado tiempo sin comer, y mi estómago aún protestaba con ruidos discretos que me hacían sentir como el calor subía por mis mejillas.

Salimos solos Neik y yo, Xane se quedó en la casa segura. Retomamos el sendero que conducía a la calle principal. Nos acompañaron los sonidos de la vida cotidiana del pueblo hasta que entramos en la posada de manera discreta y tranquila. Nos acomodamos en un banco de madera junto a la chimenea.

Al poco rato, teníamos las manos ocupadas en tazones de guiso humeante. El aroma del caldo y del pan hacía que mi estómago rugiera de anticipación.

Cuando estábamos a medias de nuestro tazón de guiso, las puertas de la posada se abrieron con un estruendo que hizo vibrar los cristales de las ventanas y que dejó a varios aldeanos congelados en sus gestos.

Dos figuras irrumpieron en el salón, sus pasos resonando sobre el suelo de madera con autoridad.

El murmullo del lugar cesó casi de inmediato. Cada ojo se dirigió hacia ellos. Los dos recién llegados se detuvieron un instante al cruzar la puerta, sentí cómo la tensión se palpaba en el aire.

Pero cuando sus ojos se posaron sobre Neik y sobre mí, la dureza de sus gestos se suavizó, y una sonrisa se dibujó en sus rostros.

Neik levantó la cabeza, la sorpresa y la alegría mezclándose en su expresión, mientras yo me recostaba ligeramente, permitiéndome también una sonrisa.

—¡Pero si son Orion y Draco, por todos los fundadores, cuanto tiempo! —exclamó el hombre, avanzando con pasos seguros hacia nosotros.