Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Ascendí por la ladera del bosque hasta dar con un sendero estrecho que serpenteaba entre colinas cubiertas de hierba húmeda. El sol ya estaba alto, colándose entre jirones de nubes y pintando el horizonte con tonos cálidos.

Tras aproximadamente una hora de caminata, a lo lejos, pude distinguir el perfil del pueblo, apenas una mancha en la planicie, con humo alzándose de algunas chimeneas y el rumor lejano de campanas que el viento traía hasta mí. Apreté el paso.

El sendero descendía hasta un valle abierto donde el verde de los campos se mezclaba con el dorado de las cosechas.

A medida que me acercaba, el murmullo de la vida diaria se hacía más nítido: el golpeteo rítmico de un martillo contra el yunque, las voces lejanas de mercaderes discutiendo precios, el ladrido de un perro que corría de un lado a otro persiguiendo a las gallinas.

El pueblo estaba rodeado por una empalizada sencilla, más pensada para marcar sus límites que para detener un verdadero ataque.

En la entrada, dos guardias descansaban a la sombra, sin la tensión de soldados acostumbrados a los problemas, con la calma de quienes cuidan un hogar que rara vez es perturbado.

Al cruzar el portón de madera, el aroma del pan recién hecho me golpeó de inmediato, mezclándose con el dulzor de las frutas expuestas en los tenderetes.

¿Cuándo fue la última vez que había comido algo?

La plaza central hervía de actividad y, aun así, había en el ambiente algo sereno. Inspiré hondo.

Avancé por la calle principal, siguiendo el bullicio hasta dar con un edificio de madera más robusto que el resto, de dos plantas y con un cartel colgante que se balanceaba suavemente al compás del viento.

La pintura, algo desgastada por el tiempo, mostraba una jarra de hidromiel: no cabía duda, era la posada.

De las ventanas abiertas escapaba el olor a guiso, mezclado con las risas y voces de los aldeanos. Al empujar la puerta, el sonido se intensificó: el crepitar del fuego en la chimenea, el choque de las jarras contra las mesas y el murmullo constante de conversaciones.

El salón estaba abarrotado, pero no con la hostilidad de una taberna de soldados, sino con la familiaridad de viajeros y aldeanos compartiendo historias.

Un par de bardos afinaban un laúd en un rincón mientras la posadera, una mujer rolliza de sonrisa fácil, servía platos rebosantes a quienes llenaban los bancos.

Me abrí paso hasta el mostrador. Apoyé el codo sobre la madera. Sentía las miradas curiosas de algunos clientes, pero las ignoré. Esperé hasta que la mujer se acercó con una sonrisa en la cara.

—Buenas tardes —dije con voz baja, lo justo para que me oyera—. Busco a alguien. Un hombre de cabello oscuro, con una espada curva. Herido en el costado. Orejas puntiagudas. Mi compañero de viaje. ¿Ha pasado por aquí?

La mujer me sostuvo la mirada un instante, sus ojos oscuros cargados de una chispa que no supe descifrar. Se secó las manos en el delantal y se inclinó sobre el mostrador, como para que nuestras voces quedaran entre nosotros.

—Hombres de cabello oscuro con espadas he visto unos cuantos —respondió con una sonrisa ladeada—.

Viajeros, mercenarios, fugitivos… por aquí siempre pasan.

Pero… herido, como dices, ninguno. Créeme, en este pueblo cualquiera notaría a un hombre tambaleándose con sangre en el costado.

Y no, no hemos visto a nadie así. —Dijo firmemente.

Enderezándose y con una sonrisa amable continuó:

—Si de verdad buscas a alguien en esas condiciones. Lo mejor es que preguntes en la torre de guardia. Los soldados suelen estar al tanto de cualquier forastero herido que pase por aquí.

—Gracias. — Asentí dejando una moneda de oro sobre el mostrador.

Salí de la posada, dejando atrás el bullicio, y avancé por la calle empedrada rumbo a la torre que se alzaba en el extremo del pueblo con una bandera colgada con el dibujo de dos espadas cruzadas.

Caminaba de nuevo por la calle principal, que estaba repleta de puestos mercantiles a ambos lados, no le presté mucha atención.

Sin embargo, con la torre de guardia cada vez más cerca, mi atención fue atraída por un pequeño puesto del mercado.

La multitud se movía entre las mesas repletas de frutas y verduras, mercaderes gritando precios y niños correteando entre los pies de los transeúntes.

Pero entre toda esa actividad, la vi. Ilya sostenía un cesto mientras escogía manzanas con cuidado, palpando cada una, buscando las mejores. Su concentración era tal que no parecía percatarse de nada más.

Me detuve por un instante, la suavidad de sus gestos y la manera en que sus dedos recorrían las frutas.

La misma chica que me había ofrecido un cuenco de comida y agua mientras era prisionero, una esclava que había tenido aquel momento de peligro con los guardias, ahora se mostraba tranquila, cotidiana.

Me detuve a unos puestos de distancia, observando con cautela hacia donde ella estaba. Quería ver si estaba sola, sin atraer la atención de nadie. La multitud se movía a su alrededor, pero ninguno de los transeúntes parecía prestarle atención, o al menos no de forma que pudiera percibir.

Fue entonces que sus ojos se encontraron con los míos.

Instintivamente di un paso en su dirección y por un instante, la sorpresa se dibujó en su rostro, seguida de un destello de miedo contenido.

Sus cejas se arquearon y sus labios se entreabrieron en un gesto silencioso de advertencia.

Negando ligeramente con la cabeza, rápida y discretamente.

Al poco rato, dos figuras encapuchadas emergieron de entre los puestos. Cada una portaba una lanza, se acercaron a ella con precisión, empujándola con un toque sutil pero firme, guiándola entre la multitud.

El corazón me dio un vuelco. Sabía que no podía precipitarme, no sin más información. Pero la urgencia de seguirla crecía con cada paso que la veía alejarse.

Me mantuve entre las sombras de los puestos, saltando de callejón en callejón, siguiendo cada movimiento de la mujer y de sus guardianes. La multitud me ofrecía cobertura, pero no me confié; cualquier descuido y perdería el rastro.

Abandonaron el pueblo por una de las veredas que conducía al bosque. El follaje se cerró sobre ellos, un manto oscuro haciéndolos desaparecer en la espesura.

Di un paso decidido a continuar con la persecución a ver a dónde me llevaba, cuando de repente sentí un paso detrás de mí. Una mano se cerró sobre mi hombro, apretando con firmeza.

Antes de que pudiera pensar demasiado, reaccioné. Giré el cuerpo con rapidez, y con un movimiento firme derribé a quien me había agarrado por detrás.

El hombre rodó sobre sí mismo con ligereza, incorporándose al instante, con los ojos entrecerrados y una sonrisa tensa que mezclaba orgullo y desafío.

—¡Espere! —exclamó, levantando la palma de su mano hacia mí.

Una vez frente a mí, reconocí sus ropas, eran las prendas de los Umbrae. Relajé mi postura y el me imitó, con una media sonrisa.

—Soy Xane. Le he estado siguiendo desde hace un rato señor. —Luego miró el símbolo del Atra Vallis y lo señalo con un leve movimiento de cabeza. —Sé dónde está su compañero.

—¿Draco? ¿Dónde? —pregunté.

—En la casa segura de mi legión. —dijo, señalando hacia la calle principal.

Miré una última vez hacia aquel bosque por el que se había perdido Ilya y los dos guardias. Chasqueé la lengua, y miré al Umbrae, luego miré mis atuendos y maldije a Nyx y su legión de la que no podía esconderme ni aun con mi alter ego.

Xane me llevo a través de la calle principal, moviéndose con certeza.

Yo lo seguía con pasos cuidadosos y la respiración contenida.

Tras unos minutos llegamos a una calle que tenía todas las casas iguales, cada una era una copia de la anterior, muy cuidadas, con enormes raíces e infinidad de hojas recorriendo las fachadas de forma decorativa.

Pasadas tres casas, se giró hacia la derecha.

La puerta de madera estaba reforzada con hierro y un pequeño hilo de humo salía de la chimenea.

Entramos, y la luz tenue del interior iluminó un panorama que me hizo contener la respiración. Allí estaba Neik, apoyado en una cama improvisada, su costado vendado. Al verle, torcí una sonrisa de alivio. Pero no era el único.

En otra cama, más alejada, yacía Phyl, el Umbrae del que me había hablado Mor, asignado a este pueblo. Estaba herido, con la respiración irregular y la sangre se había secado en su ropa y vendajes. Entraba y salía de la inconsciencia. Miré a Xane y el simplemente negó con la cabeza.

Neik, con una sonrisa cansada, hizo un gesto leve con la mano, mientras yo me acercaba con una mueca torcida de preocupación, mirándole la herida.

—Solo te falta derramarme una lagrimita. Cada vez que entras en esa maldita ciudad te vuelves más frágil y quebradizo que una puñetera rama en mitad del desierto. —Espetó dándome una palmada en la espalda. Noté que su fuerza no había menguado.

Mis hombros, que había tenido tensos como tablas, cayeron ligeramente y el fuego de mi preocupación se fue apagando.

Mis labios se estiraron en un hilo recto y mis ojos se volvieron pesados.

Solté un leve suspiro de resignación. Y le pegué un codazo en el lado opuesto a su herida, mientras me giraba hacia Xane.

Escuché como susurraba que se lo merecía, mientras se movía hacia la silla para dejarse caer en ella.

—Cuéntamelo todo —le dije a Xane.

Con un gesto tranquilo, se quitó la capucha, dejando ver su cabello rubio corto y unos ojos verdes. Esbozó una sonrisa manteniendo una expresión serena antes de comenzar a hablar:

—Fui enviado por Nyx, para comprobar que pasaba con Phyl —dijo, inclinándose ligeramente, me senté en la silla enfrente de Neik y asentí para que continuase.