Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El sonido de los pájaros al amanecer me despertó. La luz suave se filtraba por la entrada de la cueva tiñendo las paredes de un resplandor pálido y dorado. Me incorporé lentamente, aún con el cuerpo entumecido y giré levemente la cabeza buscando a Mor a mi lado, pero no la encontré.

Fui mirando por la cueva hasta que la vi. Estaba de pie en la entrada, la silueta todavía desnuda recortada contra el horizonte. La brisa de la mañana agitaba su largo cabello negro, con mechones rebeldes.

Giró levemente la cabeza, mirando de reojo hacia mí.

No dijo nada. Volvió su cabeza hacia adelante contemplando el bosque que se extendía frente a ella, daba la sensación de buscar respuestas entre las sombras que aún se resistían a marcharse del todo mientras amanecía.

Había en su postura una mezcla extraña: firmeza en la espalda recta pero también un deje de cansancio en la forma en que sus hombros caían levemente.

Me quedé en silencio, observándola desde la penumbra de la cueva.

Me desperecé con un gruñido bajo, cada hueso de mi cuerpo protestaba por tener que moverse después de todo lo ocurrido el día anterior. Aun así, aparté la Paenula y me incorporé con torpeza, frotándome los ojos pesados por el sueño. ¡Mierda!, pensé al verme y acordarme de que estaba desnudo.

Miré hacia el fuego, que seguía crepitando tenue, Mor seguramente lo había reavivado al despertarse y eché las ramas que quedaban para aumentar la llama.

Miré hacia la entrada de nuevo, seguía allí, quieta. Con la luz del amanecer bañando cada curva de su silueta. Su cuerpo con los parches pegados a la piel aún cumpliendo su función.

El viento jugaba con su cabello, haciéndolo brillar como hebras de cielo.

Mis ojos recorrieron, sin poder evitarlo, cada detalle de su contorno: la elegancia natural de su postura, la delicadeza con la que sostenía un mechón rebelde detrás de la oreja, la forma en que su perfil parecía tallado a propósito para atrapar la luz.

Había en sus gestos algo que iba más allá de la belleza: una calma que contrastaba con el caos de ayer, una serenidad que me anclaba sin que mediara palabra.

Cada centímetro de su ser parecía estar en completa armonía, desde la penumbra de la cueva donde me encontraba, solo podía observar en silencio, incapaz de romper esa imagen de paz.

Tras unos minutos que se estiraron como si fueran horas, finalmente me levanté.

—¿Cómo te encuentras? —murmuré acercándome a ella arrastrando los pies sobre la piedra sin terminar de despertar.

No giró del todo la cabeza, solo se ladeó lo suficiente para dedicarme una sonrisa leve, como si hubiera estado esperándome allí, paciente, mientras yo luchaba contra la pereza.

El aire fresco de la mañana me despejaba poco a poco, aunque aún me sentía torpe.

Me dedicó una sonrisa jovial acomodando su peso en una pierna, marcando la cadera a un lado. Me alivié ligeramente viendo que había recuperado su actitud habitual.

—Anoche… cruzar el río de esa manera… con el agua hasta el cuello, con un brazo sujetándome y el otro luchando contra la corriente. Jamás había visto a nadie hacer algo así, tienes mucha fuerza, ¿es tu característica especial por el elixir?

Bajé la mirada, incómodo, temiendo que al haber mostrado esa fuerza podía llevar de nuevo a la conversación que ayer intenté evitar.

—No había otra opción —respondí con un encogimiento de hombros—. Si te soltaba, la corriente te habría arrastrado. Y quedarnos allí…sin cruzar…

Ella soltó una risa breve, casi musical y volvió la vista al horizonte.

—Quizá… pero no todos habrían tenido el valor y la fuerza de conseguirlo.

Sentí que mis mejillas se calentaban, aunque el aire fresco debería haberlo evitado. Me limité a carraspear y mirar también hacia el bosque, agradeciendo el silencio que se tendió después.

Ella seguía sonriendo, como si recordara la escena del río con cariño, pero de pronto, sus palabras cambiaron el aire.

—No me extraña que con esa fuerza seas miembro de los Atra Vallis —prosiguió —Resistir solo contra varias cargas de berserkers… —se detuvo.

Sentí cómo el calor me subía por el pecho, apagando de golpe la serenidad que me había dado el amanecer. Me giré hacia ella, los puños cerrados sin darme cuenta.

—¿Como? —mi voz sonó más áspera de lo que pretendía. Ella parpadeó, retrocediendo medio paso.

—No... Yo… no podía…

—¿¡No podías!? —la interrumpí, dando un golpe contra la roca de la entrada de la cueva. El eco retumbó en la piedra, casi tan fuerte como la furia en mi pecho—. Estábamos rodeados, luchando por nuestras vidas, ¿¡y tú estabas mirando desde la oscuridad!?

Bajó la vista, mordiéndose el labio, incapaz de sostener mi mirada.

Me di la vuelta, no podía seguir viéndola.

La imagen de Neik cayendo por el precipicio me ardía en la memoria, mezclada ahora con el pensamiento de que, quizá, todo podría haber sido distinto si ella hubiera intervenido.

—¡Mis ordenes no son proteger a ese ithano bastardo! —gritó detrás de mí.

Me giré hacia ella con la cara descompuesta e incrédulo ante semejante atrocidad que había salido de su garganta.

Se mordió el labio de nuevo, sus ojos brillando con un arrepentimiento inmediato que no necesitaba palabras. Dio un paso hacia mí, despacio. Su mano se alzó, temblorosa, buscando mi brazo.

—Lo siento… —susurró.

Respiré hondo, cerrando los ojos por un instante. La furia hervía en mi interior, pero no quería dejar que me dominara. No quería gritarle… aunque cada parte de mí lo pedía.

Abrí los ojos y, cuando sus dedos estaban a punto de rozarme, aparté el brazo sin brusquedad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

—No —dije intentando que no me temblara la voz—. No intentes suavizarlo.

Bajó la mano, con el dolor del rechazo en su rostro. Sus ojos buscaron los míos, desesperados, pero yo los mantuve fijos en el horizonte, aferrándome al silencio para no soltar la rabia que me devoraba por dentro.

No añadí nada más. El silencio pesaba entre nosotros, denso, casi insoportable.

Me agaché junto al petate y empecé a guardar mis cosas. La ropa seguía ligeramente húmeda mientras me vestía, pero me dio igual. El cuero del cinturón crujió al ajustarlo, el metal de la espada tintineó al encajarse en su funda y el escudo golpeó mi espalda con un sonoro golpe al colgarlo.

Permaneció quieta, observándome, aún desnuda, como si quisiera decir algo más, pero ni una palabra salió de sus labios.

Me enderecé y me colgué el petate al hombro. Sin mirarla, caminé hacia la salida. La brisa de la mañana me golpeó en el rostro al cruzar el umbral, fría y vivificante, y agradecí que se llevara, aunque fuera por un instante, el ardor de la rabia que me consumía por dentro.

A mis espaldas, el silencio de la cueva quedó intacto, como si ella se hubiese quedado atrapada allí, junto a todo lo que no se atrevió a decir. Miré por encima del hombro hacia atrás.

—No se te ocurra seguirme. Vuelve con Nyx. Es una orden. —dije con las palabras escapándose entre mis dientes con dificultad.

Caminé sin rumbo fijo al principio, bajando por la ladera pedregosa, dejando que el sonido de mis pasos sobre la tierra húmeda acallara los ecos de lo que había pasado dentro de aquella cueva.

Me detuve junto a un claro estrecho, tratando de orientarme.

—¿Dónde coño estoy? —escupí.

El bosque era espeso y, aunque el sol ya asomaba por encima de las copas de los árboles, las sombras aún dominaban gran parte del terreno. Inspiré hondo, forzándome a pensar con claridad.

Seguí avanzando, girando sobre mí mismo, buscando puntos de referencia: un tronco caído, una roca que destacara por su forma. Necesitaba ese movimiento. Me ayudaba a calmarme, a dejar que la rabia se fuera enfriando con cada paso.

Me detuve al fin, jadeando suavemente, sintiéndome más desgastado por dentro que por fuera. El aire fresco del bosque me llenó los pulmones y, poco a poco, el calor de la ira comenzó a desvanecerse, como brasas que se apagan a la intemperie.

Miré alrededor. El recuerdo de la emboscada me golpeaba todavía con fuerza: los hombres, la figura encapuchada… y Neik cayendo. Cerré los puños, conteniendo la punzada amarga.

Pero a medida que repasaba lo ocurrido, una verdad se abría paso entre la rabia.

Éramos dos contra decenas. Treinta hombres, los viales que incrementaban su fuerza más allá de lo corriente a cambio de la cordura, magia de por medio, una emboscada trazada con precisión.

¿De verdad podía culparla por no haberse lanzado en medio de aquella tormenta de sangre y acero?

Suspiré, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que el sol tibio me calentara el rostro. La verdad era que no. Quizá, incluso aunque hubiese querido ayudarnos, no habría podido hacer gran cosa. Tal vez podía incluso haber muerto allí…

Me quedé en silencio, sentí que la rabia me abandonaba, dejando en su lugar un cansancio denso, pero más soportable.

Respiré hondo una vez más y me obligué a fijarme de verdad en mi alrededor. Ya no era la rabia la que guiaba mis pasos. El bosque tenía un orden, aunque estuviera oculto bajo la espesura.

A lo lejos, distinguí el murmullo constante del río que habíamos cruzado la noche anterior.

Seguí su cauce y tras unos minutos me detuve, observando la forma irregular de la montaña que se alzaba al norte, detrás del bosque al otro lado del rio.

Sonreí con un gesto cansado. El mapa en mi mente comenzaba a encajar. Sabía dónde estaba.

Estaba a unos kilómetros de donde todo había ocurrido. El recuerdo del combate volvió como un zarpazo, tragué saliva. No podía dejarlo ahí, no sin al menos comprobarlo.

Desde esta altura, el terreno descendía en riscos quebrados que se extendían formando cicatrices en la roca.

Si bordeaba por debajo, siguiendo esas laderas estrechas, acabaría justo al pie del acantilado.

Tal vez allí pudiera ver algo: un rastro, una señal, cualquier pista que me dijera qué había sido de él después de la caída.

El pensamiento me apretaba el pecho entre la esperanza y el miedo. Quizá solo encontraría silencio y agua golpeando las rocas. Quizá… otra cosa.

Ajusté el escudo a la espalda y eché a andar cuesta abajo, decidido. Tenía que verlo con mis propios ojos. Por muy remota que fuera la posibilidad.

La bajada fue una tortura; cada paso sobre las piedras húmedas amenazaba con enviarme rodando ladera abajo. Mis manos se clavaban en rocas y raíces y el corazón me latía con fuerza. Mis pies tocaron un terreno relativamente firme al pie del risco.

Fue entonces cuando miré hacia arriba, para calcular la zona donde Neik podía haber caído y conforme descendí viendo la trayectoria, lo vi: tiras de tela, destrozadas y ensangrentadas, esparcidas sobre las piedras.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Pero lo siguiente me arrancó un suspiro entre dientes.

Grabada en la roca, con un trazo débil y rojizo, había una señal: una versión ligera del símbolo que llevábamos del Atra Vallis, dibujada con sangre. El alivio me golpeó levantando un peso enorme sobre mis hombros.

—Bastardo con suerte… —murmuré para mí mismo, mientras se me escapaba una sonrisa.

Observé de nuevo la señal grabada en la piedra. No podía detenerme allí más tiempo. Ese símbolo tenía un significado: seguimos adelante hermano. Podía imaginar a Neik en mi cabeza «Estoy vivo desgraciado, ¿qué esperabas?».

Continuar hacia el pueblo era la opción más adecuada, seguro que él estaba ya de camino, o estaba ya allí.

Suspiré, ajustando el petate y la espada. Miré hacia arriba, el camino que había tomado para bajar. Maldito cabrón, podía haber dibujado el símbolo arriba. Seguro que esta es su venganza por recordarle la Batalla de los Trece.

Finalmente llegué a la cima, jadeando y cubierto de sudor y polvo. El bosque se extendía a mis pies otra vez. Me detuve un instante, respirando hondo, y entonces solté en un gruñido:

—¡Maldito seas, Neik!

El silencio me respondió. Y aunque estaba enfadado, no podía evitar un destello de alivio mezclado con la ira: estaba vivo, sí… pero aún así, aquel puñetero amigo mío conseguía sacarme de mis casillas hasta en los peores momentos. No pude evitar que una leve risa se me escapara.

Tras un último vistazo al acantilado, me até bien el petate al hombro y me encaminé al pueblo de Nialis.