Capítulo 6
Cargué con Mor entre la maleza y las piedras resbaladizas, mis pies golpeando raíces y rocas mientras esquivaba ramas que amenazaban con clavarse. Cada sonido a nuestro alrededor me mantenía en alerta; no podíamos permitirnos detenernos hasta estar lo suficiente lejos de los trizanos.
Tras unos minutos que parecieron una eternidad, vi una pequeña hendidura en la ladera de la montaña, casi imperceptible entre las rocas y la sombra de los árboles.
Me acerqué con cuidado y deslicé a Mor dentro, la cueva era ancha en su interior, más que suficiente para resguardarnos del viento y de cualquier mirada curiosa.
La dejé sobre el suelo frío y húmedo, revisando su torso con manos temblorosas.
No podía ver nada, el priur no dañaba la ropa, pero al estar disuelto en agua se filtraba con facilidad.
Seguramente esté abrasándole la piel, estaba sangrando y sus labios que apenas se movían, vacilaban entre la sonrisa y la mueca de dolor, jadeando por todo el esfuerzo.
Me miró con esos ojos del color de la miel, todavía chispeantes pese al dolor y me dedicó una sonrisa débil pero confiada.
Saqué la manta gruesa del petate, mojada de priur por fuera, pero gracias a que estaba echa un ovillo dentro, la parte interna mullida todavía estaba seca.
Con el cuchillo de Mor y fuerza bruta, separé la parte gruesa que parecía un colchón fino, de la parte mullida interna que hacía que fuese cómoda y la extendí sobre el suelo irregular de la cueva, tratando de crear un espacio algo más cómodo para ella.
La ayudé a recostarse con cuidado, apoyando su cabeza sobre un pequeño bulto de tela que arremoliné de la propia manta.
—Mor… —dije, notando cómo cada respiración le dolía—. Necesito revisar las heridas, necesito verlas para poder ayudarte, necesito quitarte esta ropa llena de priur—. Sin perder la débil sonrisa se limitó a asentir.
Con delicadeza, fui quitando la ropa del torso.
Primero las piezas de cuero grueso de armadura, luego el chaleco y finalmente la camisa, con cuidado de no empeorar sus heridas, dejándola sin nada más que la excepción de una venda que daba vueltas sobre sus pechos.
La piel estaba erosionada y sangrante, con sarpullidos y alguna que otra quemadura leve.
Palpé ligeramente con cuidado por un lado la venda del pecho, también estaba húmeda y sentí el escozor del priur. Chasqueé la lengua, ella me agarró la mano, me miró con una mueca de dolor, una súplica en sus ojos y asintió.
Le removí con cuidado la venda del pecho dejando sus senos desnudos.
Con suavidad la giré ligeramente para ver que tal tenía la espalda, por suerte estaba bien.
La capa que usan los Umbrae con su traje es una versión mejorada de la Paenula , con el exterior de cuero negro, en vez de con el estilo clásico de tela sedosa.
Con mi agarre en su cintura, seguramente le habrá aislado la espalda durante los segundos que hemos tardado en cruzar el rio, protegiéndola ahí, suspiré ligeramente aliviado.
Saqué del petate el estuche de medicina, lo abrí y busqué en él los rollos de parches.
Estiré el rollo por encima de cada herida, sarpullido y quemadura para tomar medidas.
Luego corté por ahí. Los empecé a aplicar poco a poco con suavidad sobre su piel.
Sus músculos se tensaban con cada toque y pude notar cómo se mordía el labio para no quejarse.
Después deje fluir un poco de magia para activar cada parche y el gesto en su rostro se fue suavizando. Cuando terminé con todas las zonas no sensibles, miré los senos, que tenían ligeros sarpullidos, tomé la medida, preparé el parche y lo acerqué por encima.
—Casi… casi está, lo siento —susurré.
—¿Por qué? —dijo ella, mientras jadeaba todavía resentida por el dolor. Tenía sus ojos cerrados. Cuando notó el tacto del parche sobre su seno, soltó un leve gemido. —Ah, por eso. —susurró.
Me miró con ojos agradecidos y confiados pese al dolor, había en su expresión humor y tranquilidad, me dedicó de nuevo una sonrisa. Lo más urgente parecía estar tratado… pero aún…
Bajé la mano a los pantalones, palpé a la altura del muslo y suspiré, luego la miré, ella estaba mirándome.
—Se supone… que llevo… protección —dijo entre jadeos —pero no creo que cuente bañarme en un río de priur... —puso su mano sobre la mía—. Hazlo, ya me has visto desnuda.
—Una vez Mor y fue hace muchos años, en una taberna, a las tantas de la madrugada, cuando estábamos perdidos y tu no estabas aun con los Umbrae, con Nyx. —su sonrisa se torció ligeramente.
Suspiré y acerqué mis manos a los pantalones, se los quité con cuidado, despacio. Algunos pequeños sarpullidos se iban asomando, ninguna quemadura. Comencé a aplicar los parches, paquete estaba casi vacío.
Cuando terminé, palpé ligeramente la tela de su ropa interior por el costado, estaban secas. La miré. Tenía sus ojos fijos en mí, ya no jadeaba, y su mueca de dolor se había reducido a un pequeño gesto.
Pero noté como el frío la calaba hasta los huesos. Sus dientes empezaron a repiquetear y podía ver cómo su respiración se nublaba frente a mí. Tenía que encender algo de fuego antes de limpiarle el pelo.
—Enseguida vuelvo —le dije a Mor levantándome, ella me agarró de la mano. —Tranquila, no te voy a dejar sola. Necesito encender un fuego, estás helada. —me soltó despacio, a regañadientes y asintió.
Me asomé fuera, la luna aún seguía alta, miré alrededor de la entrada de la cueva, las ramas que fui encontrando todavía estaban empapadas por la lluvia del día anterior.
Suspiré y empecé a buscar astillas más finas, corteza seca de los árboles cercanos, ramitas partidas en pedazos diminutos que prometían prender más fácil. Con un poco de paciencia y la chispa de pedernal que llevaba en el petate conseguí encender un pequeño haz de yesca y hojas secas.
Al principio apenas chisporroteaba, pero con cuidado fui agregando ramitas un poco más gruesas. El humo se alzó y pronto una llama pequeña empezó a danzar, proyectando luz y calor sobre las paredes de la cueva.
—Mucho mejor —susurré, sintiendo cómo la brisa fría de la noche retrocedía poco a poco—. Esto te va a calentar —dije mirando a Mor que tiritaba alarmantemente.
Tiré de la manta donde estaba Mor para acercarla prudentemente al fuego, cuidando de no dejarla demasiado cerca como para que fuera peligroso. Ella cerró los ojos, haciéndose un ovillo de espaldas a la hoguera y dejando que la tibieza se filtrara entre su piel y el frío de la noche.
Un poco más en el interior de la cueva había estado escuchando el sonido de un goteo. Entre las piedras del suelo, en una depresión natural de la roca, se había formado un pequeño deposito natural de líquido. Caía en finas gotas desde el techo, filtrado a través de la montaña, cristalino.
Me arrodillé junto al borde y pasé la mano por la superficie esperando el escozor del priur, pero el resultado fue un mordisco helado. Era agua.
Brillaba en la penumbra con un resplandor puro, parecía que la cueva la hubiera reservado para nosotros. Suspiré aliviado.
Llené el cuenco que tenía en el petate para comer con algo de agua y me acerqué a la hoguera, lo dejé templar un poco para que no estuviera helada.
Después, me senté en silencio por detrás de Mor, a la altura de su pelo.
El cansancio reflejado en su rostro y en los mechones negros de cabello que le sobresalían de su trenza era palpable.
Con cuidado, le deshice la trenza y vertí el agua lentamente sobre su cabeza.
Mor susurró un pequeño gemido al notar el contacto del agua templada.
Los restos del río comenzaron a desprenderse, resbalando en hilos violetas.
Hundí los dedos entre su melena, separando los nudos, dejando que el agua hiciera su trabajo. Ella cerró los ojos y suspiró, como si aquel gesto sencillo fuera un lujo.
—Mejor —murmuré al ver cómo los mechones volvían a recuperar su brillo natural bajo la humedad cristalina—. Ya casi está. —dije terminando. Mor se relajó.
Me aparté un poco de ella, notando cómo la tela de mi ropa, aún empapada por el priur, se pegaba incómoda a la piel. El escozor no tardaría en convertirse en picor asfixiante si seguía así.
Me di la vuelta, dándole la espalda, y empecé a desatar los broches y cinturones. La tela húmeda cayó con un sonido pesado contra la piedra. El aire de la cueva me rozó la piel, helado pero liberador.
Escuché un leve carraspeo detrás de mí, seguido de un silencio demasiado intencionado. Sonreí por lo bajo.
—No deberías mirar —dije, sin girarme.
—¿Y quién ha dicho que estoy mirando? —respondió ella, con un tono inocente que no engañaba a nadie.
Podía sentir su sonrisa pícara clavándose en mi cuerpo desnudo incluso sin verla. Negué con la cabeza, conteniendo una risa cansada.
El goteo de la cueva se mezcló con el ambiente ligero que había quedado entre nosotros. Aunque aún pesaba el cansancio, por un instante, la tensión se rompió en algo más humano.
Al mirarme sin ropa vi que apenas tenía algún que otro ligero sarpullido. Me lavé con un poco de agua directamente del depósito natural. Estremeciéndome por el contacto.
Comprobé cuanta agua conservábamos en los odres, me alegré al saber que estaban llenos y podía utilizar la que había en la cueva para lo que de verdad necesitábamos.
Agarré toda nuestra ropa, la hice un ovillo, la sujeté con una cuerda que tenía en mi petate y até el extremo suelto a una roca.
Lancé la ropa al agua y la removí de un lado a otro para que se disolviese bien el priur.
Cuando vi que dejaba de salir un tenue brillo violeta, paré y la dejé allí, en remojo.
Me acerqué al fuego, que estaba tenue. Le costaba arrancar una buena llama debido a la humedad de los troncos. Saqué de mi petate un estuche negro con bordados y mis iniciales grabadas en plata.
—Que estuche tan bonito —dijo Mor, que se había girado hacia el fuego.
—Fue un regalo —lo abrí y saqué una botellita de aceite. Rocié un poco en el fuego—. Guardo ingredientes básicos para cocinar.
—Se me olvidaba que eras un maestro de la cocina —dijo en risa burlona mientras el fuego iba acomodándose.
Me levanté mirando a Mor con los ojos entrecerrados. Ella echó un último vistazo bien intencionado a mi cuerpo desnudo y se dio la vuelta dándome la espalda mientras ponía sus ojos en blanco.
Después saqué la ropa del agua y la extendí pieza a pieza al lado del fuego.
Cuando terminé me senté en el suelo al lado de ella. Agarré el petate y saqué mi Paenula , tenía alguna que otra gota que resbalaba con facilidad, lo extendí pasándole la mano para intentar secarla lo mejor posible. Cuando no vi restos, miré hacia Mor.
Ya no repiqueteaba como antes, pero aún quedaba un pequeño sonido, que seguía preocupándome. Me incliné un poco sobre ella para mirarla mejor.
—¿No se te termina de pasar? —pregunté, tratando de medir si podía hacer algo más. Su cuerpo hecho un ovillo tiritaba casi imperceptible.
Negó con suavidad, apenas un gesto con la cabeza. El frío que todavía la envolvía se hacía evidente en la forma en que encogía los hombros.
—Aún… tengo algo de frío —dijo, su voz apenas un susurro—. ¿Te importaría… darme un poco de calor?
El simple hecho de que me lo pidiera hizo que mi mente se tensara, consciente de la vulnerabilidad.
Me levanté, hice varios movimientos fuertes con la Paenula en el aire para intentar quitar hasta la última gota de priur, y después me senté a su espalda, con el primer contacto de su piel, mi cuerpo se tensó por el frio.
Después puse la Paenula sobre nosotros y me tumbé mirando a la hoguera, dejando nuestras espaldas en contacto.
Procurando que el calor del cuerpo y la hoguera se combinara, mientras ella se relajaba y dejaba que la tibieza la envolviera lentamente.
Dejó salir un largo suspiro. Y el repiqueteo de sus dientes se fue calmando hasta cesar por completo.
—¿Izzy? —dijo tras unos largos minutos.
—¿Hm? —respondí, medio adormilado por el cansancio y el calor.
—¿Por qué… —su voz casi arrastrada, sonó extrañamente cuidadosa, como si midiera cada palabra antes de dejarla salir —el priur apenas te afecta?
Mi sangre se heló. Mis ojos se abrieron de par en par, el pulso se me detuvo un instante, y un escalofrío me recorrió cada fibra. Al estar en contacto físico, seguramente notó mi tensión. Tras tragar saliva y recuperarme ligeramente, respondí:
—No puedo contarte nada Mor.
—¿No confías en mí? —dijo con dolor en las palabras.
—Confío Mor, pero eres una Umbrae, estas vinculada a Nyx, tienes que contarle la verdad. —Me sentí incomodo. Intenté incorporarme, pero Mor me detuvo, dándose la vuelta, y abrazándome por detrás, noté sus senos en mi espalda, aún fríos.
—Lo sé, pero no es lo mismo estar obligados a decir la verdad, que estar obligados a no mentir.
—se apretó más contra mí, su voz, un susurro acogedor y cálido cerca de mi oreja.
—El trato es decir la verdad, siempre que se diga algo.
No estamos obligados a hablar. Aunque… a Nyx no le hace gracia y tiene sus formas de sacar esa información.
—se tensó levemente, luego se relajó, y terminó —Pero no usaría eso en mi jamás. Ya no.
—Lo siento Mor, después de decirme eso, creo aún más, que sería cruel si te dejo caer semejante peso sobre tus hombros.
Noté como Mor se abrazó más fuerte a mí.
Estábamos recostados de lado, el cuerpo ligeramente encorvado intentando envolvernos entre nosotros y en la pequeña Paenula que nos cubría.
Las piernas dobladas suavemente formaban un ángulo cómodo y los brazos descansaban cerca del torso.
Mor parecía flotar entre el sueño y la vigilia, acurrucada con esa mezcla de delicadeza y seguridad que solo encuentra alguien cuando está en casa.
La respiración era lenta, regular y cada inhalación levantaba apenas sus pechos, haciéndome cosquillas en la espalda con la punta de sus senos.
Cada exhalación dejaba que el cuerpo se hundiera un poco más en el abrigo del cansancio.
Y luchando en contra de su sueño, me susurró melódicamente antes de caer rendida.
—Gracias por salvarme.
—Solo te he devuelto el favor — respondí, antes de caer en el sueño yo también.