Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Nos escabullimos entre las sombras. Mor avanzaba con pasos firmes, guiándome hacia la oscuridad, al bosque, más allá del campamento, mirando de reojo cada antorcha. Cada sombra.

Cuando pasamos por una de las tiendas de campaña más grandes del campamento, algo captó mi atención. Tenía estandartes clavados a los lados de la entrada, la lona era más gruesa, de un color oscuro que absorbía la luz de las antorchas. Me detuve un instante, incapaz de apartar la mirada.

—¿Qué pasa? —susurró Mor, tirando de mi brazo para que siguiera.

A través de una rasgadura en la tela pude ver una cama que se veía muy confortable, digna de alguien que mandaba en aquel lugar, un gran escritorio lleno de papeles y una silla ornamentada detrás. Estaba pobremente iluminada y había alfombras repartidas por todos lados.

Podía intuir el ceño fruncido de Mor incluso a través de la máscara cuando inclinó ligeramente la cabeza. Pero yo quería entrar allí. Rodeé un poco la tienda hasta la entrada, con cuidado de que no hubiese nadie cerca.

Escuché a Mor refunfuñar por detrás, la tela de la entrada cedió con un crujido apenas audible y me deslicé dentro conteniendo la respiración.

El interior olía a incienso y cuero, mezclado con algo metálico, parecido al óxido.

La penumbra era más densa aquí, iluminada solo por una lámpara de aceite que proyectaba sombras largas sobre las paredes.

Avancé despacio, atento a cualquier ruido fuera de lugar. Había cofres a medio cerrar, papeles enrollados en el suelo y un par de armaduras descansando sobre perchas de madera.

Tenía que haber algo. Eché un nuevo vistazo, intentando exprimir el atisbo de sensación que siempre había en mi pecho, siguiéndola.

Un pequeño residuo mágico tiro de mi hacia la mesita que había al lado de la cama, sobre ella descansaba un libro encuadernado en piel oscura.

A simple vista parecía corriente, pero el aire vibraba a su alrededor de una forma inquietante.

Lo cogí con cuidado. El tacto era áspero, rugoso, y noté que algunas de sus páginas estaban hinchadas.

Al abrirlo, las letras me golpearon con una lengua desconocida: símbolos y garabatos que no reconocía, pero que parecían vibrar bajo la luz de la lámpara.

Las letras, de una caligrafía hermosa y llamativa, parecían danzar sobre el papel.

—Joder, no entiendo una mierda —susurré.

Aún sostenía el cuaderno entre mis manos cuando de pronto unos dedos ágiles me lo arrebataron con un movimiento tan rápido como inesperado.

—¡Eh! —protesté susurrando, girándome hacia Mor.

Sostenía el cuaderno con una mano contra su pecho, sonriendo como un gato travieso que acaba de robar un trozo de pescado. Su máscara en la otra mano. Su mirada chispeaba, jovial, como si no estuviéramos rodeados de enemigos a pocos pasos de distancia.

—Déjame ver… —murmuró, abriendo las páginas con facilidad.

Yo apenas podía distinguir los garabatos, extraños y vibrantes, pero ella los recorría con la vista como si fueran versos conocidos de memoria.

—¿… lo entiendes? —pregunté, Mor levantó la cabeza con una sonrisa, orgullosa, mientras pasaba otra página.

—Por supuesto. Y créeme, te va a gustar. —Un escalofrío me recorrió la espalda. —Es un diario, está escrito en Darmundi, lo que significa que estos trizanos proceden seguramente de la ciudad estado de Darmund.

Esa ciudad estaba lejos de la frontera con Noczar, completamente al lado opuesto del continente.

—¿Cómo puede ser que procedan de Darmund? —dije. —Hay que cruzar tres ciudades estado de la liga para llegar hasta aquí, y entre ellos se llevan como perros y gatos. —Mor se limitó a encogerse de hombros. —¿Algo más relevante?, prueba a echar algunos días hacia atrás.

Mor vaciló ligeramente, miró alrededor para ver si todo seguía en calma, y enfrascó sus pensamientos de nuevo en las páginas.

—Aquí. Hace seis días, dice que entraron a Noczar a través de un túnel que pasa por debajo de la muralla de priur, que une un pueblo de la ciudad estado de Vernade, con…—sus ojos se ensancharon y susurró —con Nialis, el pueblo del que nos falta el informe.

Eso es. Dos ciudades estado posiblemente colaborando juntas, un túnel por debajo de la muralla, tenemos que salir de aquí. Mor se ergio rápidamente.

El sonido de unas voces se alzó justo fuera de la tienda. Al principio lejanas, luego cada vez más claras. Guardias.

—¡Mierda! —susurré, buscando la salida con la mirada.

Mor me miró ladeando la cara:

—No sabía que eras tan soez fuera de la ciudad —puse los ojos en blanco, ella sonrió y cerró el cuaderno de golpe. Le señalé que lo dejase y ella enarcó una ceja en modo de pregunta.

—Es mejor que no sepan lo que hemos descubierto —me limité a decir mientras le quité el cuaderno y lo dejé tal y como lo encontré, después tiré de ella hacia la entrada. A pesar de lo jovial que siempre era Mor, pude ver cómo tensaba la mandíbula antes de colocarse de nuevo la máscara.

A través de la lona que servía como puerta, se podían ver sombras acercándose, con el tintineo de sus armaduras resonando cada vez más fuerte, Mor inquieta se movió y chocó conmigo cayendo de bruces hacia atrás.

—¡Corre! —grité, tirando de ella y empujándola hacia el otro extremo de la tienda.

No dudó. Con un tajo rápido de su cuchillo abrió la tela opuesta a la entrada, rasgándola con un sonido desgarrador que resonó en la tienda. La luz de las antorchas se coló por la abertura, y el aire frío de la noche nos golpeó al salir disparados hacia fuera.

Mientras corríamos en dirección al bosque, se escuchaban los gritos, el entrechocar del metal, la confusión. Flechas empezaron a silbar desde algún punto del campamento, clavándose en la tierra a nuestro alrededor.

Corrimos entre las sombras, zigzagueando, esquivando tiendas y hogueras, hasta que la oscuridad del bosque nos envolvió de nuevo.

El bosque se abría y cerraba a nuestro alrededor como un laberinto de sombras. Las ramas me arañaban los brazos mientras corríamos. Cada respiración era un hierro candente en mi pecho.

Un silbido distinto se alzó entre los árboles. Una flecha chocó a nuestro lado y estalló contra el tronco, el impacto liberó un chorro de líquido violeta que chisporroteó sobre la corteza.

—¡Mierda, ¿desde cuándo tienen los trizanos alquimistas de priur?! —grité, tirando a Mor del brazo para esquivar una flecha que iba directa a su espalda.

Otras dos flechas se clavaron en el suelo frente a nosotros, reventando en pequeñas explosiones de humo y gotas violáceas que se esparcían.

El rugido de la corriente nos golpeó de pronto, escondido hasta entonces por el murmullo de la persecución y las flechas explosivas. El río de priur apareció frente a nosotros, ancho, bravo, golpeando contra las piedras amenazando con tragarse a cualquiera que osara cruzarlo.

—Espero que recuerdes como nadar —dijo Mor entre jadeos mirando atrás.

Las antorchas ya danzaban entre los árboles y el silbido de otra flecha me tensó.

Explotó a pocos centímetros de nosotros salpicándonos.

Al principio no noté nada, pero conforme el líquido se filtraba entre las ropas comencé a notar una ligera abrasión en la piel.

Miré a Mor que se retorcía de dolor a mi lado.

El líquido purpura brillaba en su piel y ropa.

—Joder, vamos Mor, aguanta. —dije tirando de Mor hacia el rio, ella apenas opuso resistencia debido al dolor.

Me lancé al agua de un salto, rodeando con el brazo su cintura.

El rio, no estaba ni frio ni caliente, como era típico del priur, pero su escozor al contacto con la piel fue como pequeños cristales clavándose.

Noté como le arrancaban el aliento a Mor.

Nadar en un rio de priur era mortal para un humano corriente, Mor siendo Umbrae y tomando el elixir, podía aguantar durante un breve periodo de tiempo.

La corriente nos arrastró en cuanto mis pies perdieron el fondo.

Braceé con furia sintiendo cómo el agua intentaba volcarnos y cada vez que levantaba la cabeza hacia atrás veía las explosiones de las flechas chisporroteando en la superficie cerca de nosotros.

—¡Mor, por todos los fundadores, mueve los pies! —le dije, con la voz ahogada por el rugido del cauce.

Pero ella no reaccionó. No podía. Me obligué a seguir con los músculos en llamas y la garganta ardiendo.

Por fin, las piedras del otro lado golpearon mis rodillas. Escalé a la orilla jadeando, empapado, mientras cargaba con ella.

El bosque seguía allí, oscuro y silencioso. Al otro lado del río seguían disparando flechas, pero por el peso del frasco adherido en la punta, no pasaban más allá de la mitad del rio. Estábamos fuera de su alcance. Al menos por ahora.

Miré a Mor entre mis brazos y cada movimiento de su respiración parecía que le dolía un poco más que el anterior. Noté un hilo de sangre cayendo por debajo de la máscara recorriendo su cuello, le quité la máscara y vi su rostro torcido en una mueca de dolor. Mi corazón se tensó.

—Tranquila… —murmuré, más para mí que para ella.