Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Desperté rodeado de antorchas, encadenado de manos y pies, en una jaula de barrotes de hierro, apenas un metro de ancho y dos de largo, con otros dos metros de alto. El campamento hervía de actividad, guerreros moviéndose entre tiendas improvisadas y hogueras que teñían el aire de humo y brasas.

A ambos lados de la puerta de la jaula, había dos soldados a los que intente llamar la atención, pero ni siquiera reaccionaron.

Conforme fueron pasando las horas, el campamento quedó finalmente en silencio al caer la noche, salvo por el murmullo lejano de las hogueras y los pasos de los guardias.

Nadie se había acercado a mí, solo los dos guardias con lanzas que empecé a dudar si siquiera estaban vivos.

Sin que nadie me explicara nada, el cansancio empezaba a entumecer mis músculos.

Entonces vi aparecer a una mujer. Caminaba con cuidado entre dos tiendas mientras portaba un cuenco humeante entre las manos.

Sus ojos claros destacaban en la oscuridad brillando con curiosidad y amabilidad.

una sonrisa suave apareció en su rostro cuando nuestras miradas se cruzaron por un breve instante.

Los guardias, cruzaron sus lanzas y la detuvieron al borde de la jaula, hablando entre ellos en un idioma que recordaba haber oído alguna vez, pero no entendía.

Los miró con paciencia, esperando su permiso.

Por un instante dudé si aceptarían, pero finalmente, intercambiaron un gesto rápido y se apartaron, dejándola avanzar.

—Veo que estás despierto —dijo con voz suave, cálida—. Soy Ilya, sé que es una pregunta estúpida, pero ¿Cómo te encuentras?

Colocó el cuenco frente a mí, aunque yo no tenía hambre. Se inclinó ligeramente, con una simpatía que le salía con naturalidad y de su cinto descolgó una cantimplora que encajó entre los barrotes, ofreciéndomela.

Suspiré, la garganta seca y rasgada pedía agua a gritos, pero la miré fijamente a los ojos, y después aparté la mirada perezosamente hacia un lado en rechazo.

Su sonrisa se desvaneció ligeramente, pero la mantuvo. Depositó la cantimplora al lado del cuenco y luego retrocedió.

Se dio media vuelta para marcharse, pero la necesidad de respuestas me hizo forzarme a hablar:

—Cansado. —me limité a decir.

Ella se giró hacia mí de nuevo con una sonrisa. Su pelo largo cobrizo ondeo mientras giraba y olí ligeramente un perfume a lilas y jazmín.

Se acercó y se inclinó un poco hacia mí, con los hombros relajados y la cabeza ligeramente ladeada. Sus ojos azules, no dejaban de mirarme con atención y tal vez un atisbo de curiosidad. Sus gestos y su sonrisa hacían difícil cree que me encontraba rodeado de la gente que nos había emboscado.

—Lo puedo ver —dijo con suavidad, inclinando la cabeza con un gesto delicado.

Empujó el cuenco unos centímetros hacia mí, asegurándose de no pasar los barrotes con sus manos.

El roce de sus dedos en el cuenco parecía un cuidado acto entre miedo y ternura.

Luego pasó una mano por su cabello, apartando un mechón que caía sobre su frente, un movimiento que parecía tan espontáneo como natural y su rostro quedó bañado bajo la luz anaranjada de las antorchas.

—¿Me tienes miedo? —añadí con calma mientras levantaba las muñecas esposadas.

Negó con la cabeza.

—No. No a ti, es la costumbre, perdona.

Ladeé la cabeza, no a mi … y la pregunta salió de mis labios inconscientemente:

—¿Entonces a quién?

Por un momento me olvidé de la jaula, del campamento, incluso del cansancio que me pesaba en los hombros.

Antes de que ella pudiera responder, uno de los guardias escupió junto a sus pies, con un sonido gutural y despectivo.

El otro dio un paso adelante, levantando la lanza de manera amenazante y gritando con brusquedad.

Sus palabras eran cortantes, y aunque no entendía nada, el tono era inequívocamente agresivo.

Ella se tensó, pero no retrocedió. Me miró y se inclinó ligeramente hacia mí en un gesto que era muy conocido en Trizandia y una de las razones por las que odiaba aquella región: la cabeza baja mirando al suelo y las manos juntas frente a su cuerpo.

Sus ojos, cuando se atrevieron a encontrarse de nuevo con los míos, transmitían confianza y respeto, pero también algo que no necesitaba palabras.

Su posición aquí no era suya, era una esclava.

—¡Basta! —gritó finalmente uno de los guardias, escupiendo de nuevo, esta vez más cerca—. ¡No más hablar! —eso iba para los dos, ya que era en mi idioma.

El miedo y la tensión se filtraron en mi pecho, pero lo que más me impactó fue cómo ella intentó aparentar serenidad a pesar de que sus manos temblaron ligeramente y aún así, sus ojos seguían transmitiendo amabilidad, mientras los hombres rugían a su alrededor.

—Pronto vendrá alguien a hablar contigo, aprovecha para comer y beber algo de agua —dijo, antes de darse la vuelta y perderse finalmente entre las sombras del campamento.

Seguí a la mujer con la mirada, preocupado de que los guardias pudieran seguirla y escarmentarla.

Cuando desapareció entre las tiendas del campamento mi atención volvió a mi cuerpo y pude notar algo de escozor en el antebrazo, levanté ligeramente la manga de la camisa, tenía un pequeño sarpullido.

Por suerte, mi cuerpo estaba regenerándose con rapidez, curando las heridas provocadas por el altercado hacía ya algunas horas.

Miré la comida y el agua, simplemente bebí un par de sorbos de la cantimplora, después me acurruqué en una esquina e intenté descansar.

El calor y el movimiento del fuego en una antorcha cercana me terminó ganando la partida, y en algún momento, entre la espera y el silencio, me quedé vencido al aburrimiento.

Las sombras se mezclaban con recuerdos recientes: el estrépito de las espadas, los gritos ahogados de hombres cayendo, y la figura encapuchada que avanzaba entre la multitud como un espectro.

Veía a Neik una y otra vez, retrocediendo hacia el acantilado, la sangre tiñendo su costado, la caída interminable…

y yo atrapado, incapaz de moverme, sujeto por unas cadenas que no podía percibir, anclándome en el sitio.

Intenté gritar su nombre, pero mi voz no salía. La tierra bajo mis pies se resquebrajaba y me tragaba, me tragaba y me tragaba, hasta que desaparecí bajo ella en la oscuridad.

Un silbido agudo me despertó cuando cortó el aire, abrí los ojos rápidamente y giré la cabeza mirando hacia donde había escuchado el sonido, aún con el sudor en la frente por la pesadilla.

El guardia de la izquierda se quedó rígido, con los ojos abiertos de sorpresa. Una flecha le atravesaba el cuello, la punta asomando por detrás, y apenas logró soltar un gorgoteo antes de desplomarse de rodillas.

El segundo giró instintivamente hacia él, confuso, pero no tuvo oportunidad de reaccionar.

Otro silbido y una flecha se le hundió en el pecho.

El golpe lo hizo retroceder hasta chocar contra los barrotes de mi jaula, resbalando lentamente hacia el suelo con la lanza aún en la mano.

Intentó gritar, pero rápidamente lo agarré y le tapé la boca, hasta que dio su último aliento.

El silencio tras los disparos hizo que me tensara con la expectativa de ver si alguien había escuchado lo ocurrido.

Los dos guardias yacían muertos en el suelo. Una sombra se deslizó desde lo alto de una tienda cercana. Vi unas manos aferrarse al borde de la jaula y, en un movimiento ágil, se encaramó sobre el techo trepando con la naturalidad de un gato.

Entrecerré los ojos para ver mejor la figura encima de la jaula.

Portaba una armadura de cuero negro, reforzada en marrón.

Un Umbrae. Llevaba una capa con la capucha puesta, de la que sobresalían dos bultos cosidos a los lados, lo que le hacía parecer que tenía orejas, muy parecidas a las de un gato.

Desde su cinto por detrás caía una cuerda negra larga, simulando una cola, miré a su cara.

La máscara que llevaba no tenía ojos, solo una sonrisa pintada en negro con trazo grueso: la mitad curvada hacia arriba, riendo, la otra torcida hacia abajo, triste. Un gesto imposible, dividido entre burla y pena. Cómo los Umbrae veían a través de aquellas mascaras aun escapaba a mi conocimiento.

Las usaban para ocultar el resplandor de sus ojos, característico del elixir: ese brillo que los delataba incluso en la penumbra más densa.

Aquella sonrisa rota… no me era ajena. Era la máscara de Mor.

Sus botas hicieron un leve ruido metálico al acomodarse sobre la estructura, y por un instante se quedó allí arriba.

—¡Hola, holita! ¿Pensabas que te iba a dejar pasar aquí la noche? —susurró. La imaginaba con una sonrisa de oreja a oreja muy suya, detrás de la máscara. Dejó caer una llave en mis manos desde allí arriba.

Su voz, aunque baja, me atravesó con un escalofrió por la espina dorsal: alivio, envuelto en la tensión de saber que en cualquier momento podían descubrirla. Empecé a soltar los grilletes de manos y pies con la llave que me había lanzado.

Se dejó caer desde lo alto con la ligereza de un felino.

Aterrizó frente a los barrotes, agachándose de inmediato para no atraer miradas indeseadas del campamento.

Sacó de su cinturón un pequeño estuche, con varios utensilios brillantes bajo la luz de las antorchas y deslizó dos de ellos entre las cerraduras oxidadas de la puerta.

El chirrido del metal me puso los nervios de punta. Cada segundo me parecía eterno, convencido de que en cualquier momento alguien haría saltar la alarma.

—Vamos, vamos… —murmuró mientras forzaba la cerradura.

Un chasquido seco rompió el silencio. La puerta de la jaula se abrió apenas un palmo, lo suficiente para que pudiera empujarla desde dentro.

Mor dejó caer a mis pies mi petate y señaló hacia donde colgaba mi espada y escudo.

Agarré el petate, me lo colgué a la espalda, me puse el cinto con la espada y cogí el escudo.

—Date prisa —susurró melódicamente, mientras se ponía detrás de un carro y se asomaba para ver nuestra vía de escape. —No querrás que me vaya sin ti.