Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Apenas tomaron el líquido, sus cuerpos lo rechazaron como si hubieran tragado veneno.

Una onda invisible los sacudió, arqueándolos hacia atrás; las sombras que proyectaban parecían quebrarse a la luz temblorosa del fuego.

Cada espasmo era un latigazo que los arrancaba de sí mismos.

Los músculos se les tensaron, vibraban como si el líquido les desgarrara desde dentro.

De pronto, el silencio. Se quedaron quietos.

Cuando levantaron la cabeza, sus ojos ya no eran humanos: lucían un brillo antinatural, un violeta incandescente con destellos azules que parecían respirar por sí solos.

Desenfundaron las espadas y avanzaron de golpe, con la fiereza de lobos que huelen sangre.

El primero entró en rango. Me adelanté para cubrir a Neik. El impacto contra mi escudo fue tan brutal que sentí cómo el metal me crujía en el brazo. Giré el peso del cuerpo y lo rechacé, devolviendo la embestida con un tajo de Lux que silbó en el aire.

La hoja encontró carne, luego resistencia; un olor metálico me golpeó en la nariz, y algo pesado cayó al suelo. Supe, sin pensarlo, que ya no volvería a levantarse. Uno menos.

A mi lado, Neik ya estaba en movimiento. La hoja curva de su espada describía un arco brillante, y su cuerpo giraba con la cadencia de un ritual realizado mil veces.

El aire respondió a su danza: el viento se arremolinó alrededor de su filo, y cada giro hizo que destellos eléctricos recorrieran el acero como serpientes diminutas.

El golpe final fue un trueno. Un estallido que partió la noche. Un relámpago se elevó hacia el cielo, cegando por un instante, y tres cuerpos se desplomaron con el eco aún resonando entre los árboles.

Me lancé contra el último con un grito, el escudo por delante, la espada lista para el golpe. Cuando llegué a él, me recibió con un ataque desbocado. El choque me sacudió el brazo hasta el hombro, y la hoja del enemigo terminó clavándose en el escudo.

El tajo que había abierto en el metal me hizo abrir los ojos de sorpresa: mi escudo era de priur.

Por suerte, la herida en la aleación se cerró sobre su espada, atrapándola a medio camino, como si el propio escudo hubiera decidido no soltarla.

Aproveché el instante. Embestí con el escudo y rematé con un tajo limpio al cuello. Su cabeza rodó por el suelo, alejándose unos metros del cuerpo, que cayó de rodillas antes de desplomarse.

Levanté la vista hacia Neik. Estaba sereno, su respiración controlada, el filo de su espada aún centellando con energía. Me miró de reojo y asintió.

También se había dado cuenta: los enemigos portaban armas de priur. Todavía quedaban casi una treintena rodeándonos.

En ese instante, en mitad de aquel claro, con el fuego crepitando a nuestro lado y la figura observando desde la oscuridad, supe que nada de esto era casualidad. Habían encontrado lo que estaban buscando.

El silencio duró apenas un parpadeo, roto por un murmullo entre los hombres que nos cercaban. No se atrevían a lanzarse todos a la vez. Pero no era miedo lo que los detenía, sino la espera.

La figura encapuchada seguía inmóvil, su presencia más pesada que cualquier espada alzada, y comprendí que estaban aguardando una sola cosa: su orden.

Tras unos segundos que parecieron una eternidad levanto la mano ligeramente y volvió a chasquear los dedos. Otros cinco hombres avanzaron y se tomaron sus respectivos viales.

—Esto no me gusta, joder. —murmuré entre dientes, alzando el escudo.

—Maldito bastardo, llevabas tiempo sin salir de tu preciosa ciudad de pusilánimes —respondió Neik, con la sonrisa torcida.

Comenzó a girar lentamente sobre sí mismo, la espada describiendo un baile, casi como una danza ceremonial. El aire reaccionó de inmediato: primero una brisa, luego un remolino perezoso que levantó hojas y brasas del fuego de la hoguera.

Los primeros tres me atacaron de frente. Mi escudo crujió bajo el golpe de una maza, desvié la hoja de otro y hundí la espada en el costado del tercero. La sangre me salpicó el antebrazo, caliente, tóxica. Noté como me quemó la piel cuando el líquido atravesó la tela.

A mi derecha, Neik ya había cargado la tormenta en su hoja curva. Con un giro violento, la liberó: un relámpago azul estalló en medio de los enemigos, arrancando un grito ahogado de los otros dos que fueron a por él, que cayeron al suelo temblando como si mil cuchillas invisibles los atravesaran.

El viento se arremolinaba en torno a nosotros, mezclándose con el humo de la hoguera. Era como luchar dentro de una tormenta en miniatura.

Aun así, lo que más me inquietaba seguía siendo esa figura misteriosa al fondo. Inmóvil, observándonos.

El aire se volvió denso cuando levantó la mano de nuevo.

Esta vez chasqueo dos veces los dedos. No pronunció palabra, pero sentí cómo algo invisible me apresaba las muñecas y los tobillos.

Cadenas de humo oscuro se cerraron en torno a mi cuerpo, inmovilizándome.

Apreté los dientes, intentando resistir, mientras tres hombres se lanzaban sobre mí con las armas en alto.

Alcé el escudo a duras penas, forzando cada fibra de mis músculos contra aquella prisión mágica. El primer golpe rebotó con un estruendo sonoro. El segundo me rozó la pierna, arrancándome una mueca de dolor. El tercero me embistió de frente y el peso me hizo hincar una rodilla al suelo.

—¡Draco! —alcancé a gritar hacia Neik entre el esfuerzo y la furia.

Lo vi rodeado por siete enemigos que no le daban respiro. Su espada curva brillaba en cada giro, el viento lo envolvía como un remolino, rayos azules que parecía serpientes reptaban por el filo. Uno tras otro los mantenía a raya, su danza de acero era tan hermosa como letal. Pero eran demasiados.

Una lanza lo obligó a girar más de la cuenta, y en ese hueco, una hoja enemiga se hundió en su costado. Vi cómo la sangre manchaba su ropa mientras soltaba un jadeo ahogado.

—¡No! —grité mientras intentaba luchar contra esa fuerza que me mantenía atado.

Otro de los soldados aprovechó el momento y le propinó una patada en el pecho. El cuerpo de Neik voló hacia atrás, perdiéndose entre las sombras del precipicio que bordeaba el claro. El sonido de las piedras desprendiéndose se mezcló con el rugido del viento.

Mi garganta se cerró. Quise correr, lanzarme tras él, pero las cadenas me atenazaban con más fuerza a cada segundo que pasaba. Miré a la figura, en el fragmento de rostro que escapaba a la sombra de la capucha, brillaba una sonrisa, como si todo hubiera sucedido según lo planeado.

Uno de los soldados me golpeó en la cabeza. Lo poco que pude sentir mientras iba y venía del estupor, fue como me arrastraron a la fuerza, con los brazos aún atados por aquella magia oscura.

No recuerdo cuánto tiempo pasó solo escuché el sonido de botas sobre la tierra y el murmullo de órdenes a mi alrededor y poco a poco fui sintiendo la oscuridad tragándome más y más.