Capítulo 4
El empedrado se estiraba bajo nuestros pies, flanqueado por hierbas altas que se mecían con el viento. Avanzábamos sin prisa, hablando a ratos y callando en otros, disfrutando de la compañía y del rumor lejano de algún pájaro que aún no había buscado refugio.
Al cabo de unas horas, a un lado del camino, un bosque denso comenzó a levantarse a nuestra izquierda, terminando por formar un denso muro verdoso. Me detuve, observando cómo las copas se entrelazaban entre sí hasta un pequeño sendero que se abría invitándonos a entrar.
—¿Te acuerdas de este bosque? —dije, mirando a Neik y señalando la arboleda—. Si no me falla la memoria, creo que fue donde tuvimos «la Batalla de los Trece».
Neik asintió sin pensarlo demasiado.
—Cierto. Maldigo ese día, joder. Faltó nada para irnos al infierno —dijo, pasándose una mano por el costado del pelo y temblando un poco con el recuerdo.
—Quizá encontremos dónde descansar un poco. Tal vez cerca del acantilado de la costa. Creo recordar que había un claro allí.
Neik se limitó a asentir y se dirigió hacia la arboleda. Juntos cruzamos el límite de troncos.
Una vez dentro, el aire era distinto: fresco, con un aroma húmedo a tierra y resina. El ruido del mundo se apagó poco a poco mientras nos adentrábamos en el bosque, hasta quedar solo el crujido de nuestras botas sobre las ramas.
Tras caminar un trecho, la espesura cedió y, frente a nosotros, apareció una llanura lo bastante amplia como para montar un pequeño campamento. A unos metros más allá, el acantilado se abría al horizonte.
Neik dejó su hoja curva recostada contra un tronco y se sacudió el polvo de las manos. Me dio un suave toque en el hombro y soltó su petate a mi lado.
—Voy a por leña —dijo, y sin esperar respuesta, se internó en la espesura con pasos ligeros.
Lo vi perderse entre los árboles hasta que solo quedó el murmullo de las ramas al apartarse a su paso. Habíamos acampado muchas veces durante nuestra estancia con los Atra Vallis; fue prácticamente el pan de cada día.
Extendí las paenulae sobre el suelo para evitar el contacto con la tierra húmeda por la lluvia de priur del día anterior.
Luego coloqué las mantas gruesas sobre ellas, procurando que quedaran lo bastante juntas para que el frío no se colara.
Improvisé un asiento con la mochila y el petate para Neik, y para mí apoyé el escudo al revés, por la parte acolchada, contra una rama gruesa de árbol.
Mientras acomodaba todo, el silencio del bosque me envolvió durante un buen rato, pesado y tranquilo, hasta que escuché el sonido de unos pasos, anunciando su vuelta y, en cuestión de minutos, encendió una pequeña hoguera.
Me recosté sobre la manta, apoyando la espalda en el escudo. El fuego chisporroteaba suavemente. Un ligero escalofrío recorrió mi espina dorsal al recordarme, de nuevo, la batalla que había mencionado con Neik antes de entrar al bosque.
—Me resulta curioso —dije, rompiendo el silencio— lo tranquilo que se está hoy… y sin embargo no dejo de recordar lo duro que fue aquel día.
Neik, que estaba afilando su hoja curva con movimientos lentos, alzó una ceja. La luz del fuego se reflejaba en el filo cada vez que la piedra lo rozaba.
—¿La de los trece, otra vez? —masculló, con un deje de fastidio, como si ya supiera adónde llevaba mi mente.
—Los gritos de aquellos niños se quedaron conmigo durante meses. —Un escalofrío me recorrió.
El olor a barro y sangre parecía envolverme como aquel día. Neik sonrió con una mueca sarcástica.
—Lo recuerdo. Se podía oler el puñetero miedo en el aire.
Nunca olvidaré cómo los ojos de los niños se iluminaron cuando nos vieron salir del bosque.
Llovía a mares, ¡su puta madre!, como si la tormenta estuviera del lado de esos desgraciados.
Entre los truenos apenas podíamos seguirles el rastro o entendernos entre nosotros.
—Perdimos a algunos, por desgracia… —susurré, viendo en mi mente un destello azul en la hoja de Neik, igual que aquella noche en que el cielo se quebraba con cada rayo.
Él guardó silencio un instante, y tras un rato continué con recuerdos:
—Lacerta se lanzó la primera en cuanto vio a los niños. Entró en el campamento de los bandidos gritando como si fuese una furia. La vi atravesar a dos de ellos con la lanza antes de que siquiera pudieran reaccionar.
—Caelum cubriéndola desde atrás. —añadió Neik con una risa seca, casi nostálgica—.
Con esas jabalinas que tanto le encanta lanzar, enardeciendo siempre de sus fuertes musculitos…
los fue tumbando uno por uno mientras maldecía porque alguna jabalina se le resbalase de las manos, con el destino errático y la excusa de que se habían mojado con la tormenta.
Asentí.
—Carina casi muere esa noche. La rodearon entre cinco, si no fuera por Norma metiéndose en medio… —cerré los ojos un momento—. Todavía puedo oír cómo gritaba, empapada, hundiéndole hasta la empuñadura de la daga a uno de ellos.
Neik apretó la mandíbula y pasó la piedra con más fuerza de la necesaria, como si afilara también su rabia.
—Eran demasiados. Demasiados cabrones armados que pensaban que raptar críos era negocio.
Secuestrarlos, romperles la infancia y usarlos como soldados en sus filas.
—Escupió a un lado—. Los más pequeños chillaban asustados, los más mayores nos miraban con la cara vacía de emociones, sin saber que hacer, ya casi estaban convencidos de que esa era su nueva vida.
Y que nosotros, éramos los malos de aquella historia.
Me llevé una mano a la cara, frotando mis ojos como si quisiera borrar la imagen.
—Fue una carnicería. Nosotros éramos trece, ellos…sin contar a los niños eran más de una centena. Se escondían en las chozas, entre las hogueras, atacando como ratas. Tuvimos que matarlos a todos, uno tras otro.
—Y menos mal. —bufó Neik—. De haberlos dejado vivos, esos críos no habrían tenido oportunidad de nada.
Guardamos silencio un rato. El crepitar de la hoguera fue lo único que llenó el ambiente, hasta que Neik, con su tono burlón de siempre, intentó aligerar el peso:
—Eres un idiota. ¿A qué viene que menciones esto ahora? Te odio por cortarme amargarme recordando esas mierdas. ¿No podías haberte acordado de las termas de Martila? —Me hizo un gesto obsceno con la mano y se dejó caer contra el «cojín» que le había preparado.
Suspiré. Sabía que en el fondo él cargaba con la misma memoria y sufrimiento que yo, solo que su escudo era la irreverencia. Esto me lo hará pagar caro , pensé.
Trece contra una tormenta, contra bandidos y contra la desesperación.
El fuego crepitó, me quedé mirando las llamas, pensativo, siguiendo con la vista el baile naranja sobre la madera.
—¿Crees que seguirán vivos? —pregunté finalmente, sin apartar la mirada del fuego. —Han pasado muchos años. No todos tienen nuestra longevidad.
Neik se encogió de hombros, como si la respuesta lo incomodara, pero no quisiera darle demasiada importancia.
—Lacerta y Caelum, seguro —respondió con calma—. Son como tú, de Noczar, y toman el elixir. Dudo que algo los haya tumbado todavía. —Acarició el filo de su espada con un gesto distraído, mientras la luz del fuego se reflejaba en sus ojos azulados.
—De Norma sé que su hija heredó el título. Los demás… —hizo una pausa, frunciendo el ceño como quien rebusca entre recuerdos —. Del resto no tengo ni idea. Demasiado tiempo, demasiadas guerras. Demasiada distancia.
Asentí despacio, dejando que la leña estallara en pequeñas chispas antes de hablar.
—Corvus tomó un aprendiz —dije, recordando fugazmente la última vez que lo vi—. Quizás ese muchacho heredó su título… si es que no murió durante el entrenamiento.
Neik soltó una risa breve.
—Sí, suena a él. Habrá hecho sudar al pobre infeliz hasta dejarle los huesos secos.
Sonreí también, y por un momento el peso de los años se volvió ligeramente más liviano.
El viento sopló entre los árboles, haciendo bailar las sombras. Las brasas tintineaban como luciérnagas cansadas.
—A veces me pregunto si no somos los últimos idiotas que recuerdan todo eso —murmuré.
Neik soltó un resoplido, sin apartar la vista del fuego.
—Corrección. El único idiota que lo recuerda eres tú. Yo no me acordaba de ello.
Le hice un gesto obsceno con el dedo y me acerqué hacia la hoguera que brillaba con menos fuerza. Y añadió:
—Los niños seguro que lo recordaran.
No respondí, pero podía sentir por dentro como mi alma suspiraba en calma, pensando que aquello había merecido la pena. Me agaché para avivar las brasas de la hoguera.
Un tintineo metálico que provenía del borde del claro, en la oscuridad, me interrumpió.
Alzamos la vista casi al mismo tiempo. El ambiente se tensó en un segundo. Nos concentramos en los sonidos alrededor y entonces lo oímos: pasos. Muchos. Avanzando entre los árboles a nuestro alrededor.
Levanté la cabeza y, en la penumbra, vi las siluetas emerger de la espesura. Uno, dos… diez… una treintena, cerrando un semicírculo en torno al claro.
Detrás de ellos, se alzaba una figura encapuchada. El fuego apenas alcanzaba a rozarle el rostro, pero había algo en su postura, en la forma en que los hombres parecían orbitar a su alrededor, que la hacía inquietante.
Neik ya estaba de pie, la hoja curva en guardia a su costado derecho, listo. Me lanzó una mirada rápida, una invitación sin palabras.
Rápidamente agarré el escudo, desenvainé la espada y me coloqué a su izquierda, ligeramente agachado.
La figura encapuchada chasqueó los dedos.
Los cinco soldados más cercanos a nosotros sacaron de sus bolsitas colgadas en el cinto, unos pequeños frascos con un líquido violeta brillante.
—Mierda —murmuré.
—No me jodas… ¿berserkers? —remarcó Neik, y su cuerpo se tensó como un arco a punto de soltar la cuerda.