Capítulo 3 #2
—¿Por qué no te llevas algunos Umbrae entonces, o dejas que te acompañe? —preguntó.
Precisamente eso era lo que no quería: ponerla en peligro.
—Ruel, necesito pasar desapercibido. Llevar a la legión conmigo, o a una mujer de dos metros que además no toma el elixir, no es lo idóneo.
Lo sabes. —Ruel se resignó finalmente y cruzó los brazos sobre su musculoso pecho.
Mor rió sutilmente detrás de mí. La miré de reojo por encima del hombro y le chisté—. ¿Tú qué haces aquí?
—Nyx, en toda su sabiduría y esplendor — puse los ojos en blanco; palabras de él, cien por cien —. Ha deducido que eres un culo inquieto y quiere que te acompañe.
O sea: quiere que me espíes para ser exactos.
—Así que aquí estoy. Lista para el viaje —dijo, señalando una mochila apoyada junto al marco de la puerta de mi habitación.
—No —me limité a responder—. Ninguna de vosotras viene. Apenas me expongo públicamente; nadie me va a reconocer fuera de aquí. Punto.
Abrí la puerta de la habitación y entré. Me giré hacia ellas.
—Cuando salga de esta habitación, espero que os hayáis ido. Ambas —dije, mirando en concreto a Mor—. Dile a Nyx que, si quiere espiarme, que venga él mismo.
Cerré la puerta de un portazo.
Me acerqué al aseo, apoyé las palmas sobre el lavabo y miré fijamente al espejo.
Cansado, definitivamente . Fue lo primero que me vino a la cabeza al ver esa imagen.
El cabello oscuro caía largo y desordenado hasta el pecho; la barba de varias semanas dibujaba una sombra irregular, y las ojeras confirmaban que el sueño me había abandonado hacía tiempo. Tenía ligeras arrugas en las comisuras de fruncir el ceño, aunque la barba las disimulaba.
Los ojos, verdes, fijos como acero bajo la sombra del cansancio, mostraban el filo distinguido del elixir: ese sutil brillo azul y violeta que formaba un círculo perfecto separando el iris de la pupila.
El elixir era un destilado que descubrió Dast, utilizando priur, éter y otros ingredientes. Lo llamó Yher: un líquido parecido a la plata, con brillos azules y destellos violetas.
Las personas de alto rango, soldados y algunos elegidos deben ingerirlo mensualmente para mantener su efecto. Otorga ciertas habilidades que varían según el consumidor, pero todas comparten una peculiaridad en común: pausar el envejecimiento.
Ruel dejó de tomarlo, solo los fundadores sabrán por qué, y por eso ahora empieza a aparentar los cincuenta. Yo… soy un caso aparte: no consumo el elixir, pero esos ojos siguen ahí.
En el espejo también vi el sello de la casa real en el centro del tabardo que llevaba. Me lo quité con desgana. Debajo, tenía la coraza metálica.
Me acerqué al pequeño trastero al lado de la entrada y saqué los pertrechos que había a la derecha, dejándolos encima de la cama.
Me quité las ropas que usaba dentro de la ciudad: las prendas de noble, negras, con decorados y líneas doradas; la coraza, los guanteletes y, por último, las rodilleras metálicas.
Comencé a vestirme para el viaje. Primero los pantalones: más robustos y resistentes, ligeramente sueltos, pero también negros. Luego las botas altas de cuero, del mismo color, y por último una camiseta ceñida, suave, también negra.
Agarré la coraza compuesta de piezas metálicas y cuero a partes iguales, entremezclando el color marrón con el plateado, lucía bastante desgastada por el uso. Hice una mueca pensativa. Tal vez debería comprar una nueva pronto , pensé, y me encogí de hombros antes de ponérmela.
Encima me coloqué un tabardo negro con el filo plateado, marcado con la insignia del Atra Vallis: una silueta de montañas plateadas bordadas contra el fondo negro de la propia tela.
En el centro, hundido entre ellas, se abría un valle tan oscuro que parecía tragarse la luz.
Sobre él flotaba una luna creciente, de plata apagada, solitaria.
Y en aquel cielo, alrededor de la luna, la constelación de Orión.
Era una insignia sobria, sin adornos ni colores vivos, pero bastaba para helar la sangre. Mercenarios nacidos de la oscuridad, y jurados a ella.
Me puse los guanteletes de cuero negro, reforzados con detalles metálicos plateados, y ajusté una sola hombrera en el hombro izquierdo, con el esculpido ondulante característico del oleaje que llevaban los mercenarios del Atra Vallis.
Pasé los dedos por mi cabello negro, largo y desordenado, hasta recoger los mechones de los laterales y atarlos en lo alto de la cabeza.
El resto lo dejé suelto, cayendo por la espalda como una cortina oscura.
Era un peinado práctico, más propio de un guerrero que de alguien que buscara verse bien frente al espejo.
Me puse la espada larga al cinto con su funda. Lux, me había dicho Neik que se llamaba. Fue un regalo suyo hace muchos años. Dijo que había pertenecido a un gran Waltzer que falleció hace mucho. Luego le añadí un barniz de priur.
Por último, coloqué el escudo enganchado a la espalda. También tenía la insignia del Atra Vallis, con la constelación de Orión grabada en él.
Eché un último vistazo al espejo. Haber sido mercenario durante años me había ayudado a crear un alter ego para cada vez que salía de la capital. O tal vez el alter ego era el que usaba dentro de ella. Suspiré.
Lo que me devolvía la mirada en el espejo no era la cara de un héroe, pero era la única que tenía, y estaba al servicio de mi pueblo.
Agarré el petate lleno de comida, ropa y una manta mullida con un refuerzo cosido de un colchón fino, para dormitar por las noches y salí de la habitación.
No había nadie en el pasillo. Bajé a la planta baja y me acerqué a la posadera. Deposité diez monedas de oro encima de la barra.
—Me voy de viaje, Sally. Considera pagada la habitación por una semana. Si no vuelvo, puedes quedarte con mis pertenencias o venderlas —dije.
Miró las monedas y luego me miró a mí. Torció el gesto con ligera sorpresa por mi despedida y, finalmente, esbozó una sonrisa.
—Ten mucho cuidado, cariño. Guardaré tu habitación todo el tiempo que haga falta hasta que vuelvas —dijo, mientras seguía secando unos platos con un trapo.
Le devolví una sonrisa agradecida.
Neik estaba dentro de la posada, apoyado en el marco de la puerta.
Vestía un kimono de mangas cortas, gris. Un hakama negro que se abultaba a la altura de la rodilla cuando entraba en unas botas altas negras.
Encima llevaba un jinbaori negro con el filo plateado y con la insignia del Atra Vallis y la constelación de Draco.
Llevaba dos hombreras en lugar de una, lo que reflejaba su rango por encima del mío dentro de la organización.
Todo en él hablaba de eficacia por encima de ostentación: un guerrero que sabía que la función valía más que la apariencia.
Esbozó una sonrisa prepotente al verme dándose cuenta de que había leído mis intenciones. El muy bastardo me conocía, he de admitirlo.
—Draco —le dije, devolviéndole la sonrisa con igual prepotencia.
—Orión —respondió, dándose la vuelta y abriendo la puerta.