Capítulo 3
¿Cuánto tiempo había pasado allí abajo? Cuando salí a la calle principal, ya era bien entrada la madrugada. Miré al cielo despejado; posiblemente serían las cuatro de la mañana. Mierda.
¿Debería confiar en Nyx? ¿En su legión Umbrae? ¿Ir yo mismo al pueblo? No creo que pueda aguantar unos días a esperar la misiva de su espía. Tengo que ir a por mis pertrechos.
Desde que dejé de ser un crio, y gané mi primer jornal, tenía alquilada una pequeña habitación en la posada «El encanto de tía Sally».
Obviamente contaba con aposentos en el castillo, muy a regañadientes del Rey, claro, pero los fundadores que quedaban y el resto del consejo insistían en que debía ser así por alguna tontería burocrática. La usé una vez. Creo.
Cuando llegué a la entrada de la posada, vi una figura familiar apoyada en el marco de la puerta. Tenía la tez relajada y tranquila, los ojos cerrados, los musculosos brazos cruzados sobre el pecho, y rumiaba la parte inferior de una larga espiga de cebada.
Su cabello negro, corto, estaba recogido en un pequeño moño alto por detrás, casi rapado a los lados, dejando relucir unas orejas ligeramente puntiagudas.
En su cinto colgaba una espada que conocía muy bien.
Tenía la elegancia de una media luna: curva, letal y silenciosa, hecha para deslizarse con precisión más que para golpear con fuerza bruta.
Miré a sus pies. Allí estaba un saco que solía utilizar en sus viajes. Suspiré.
—Izzarian Lucero —se limitó a decir sin moverse, abriendo ligeramente un ojo azulado hacia mí. Nombre completo, ¿eh? Muy bien.
—Neik-Itah —respondí apoyándome de costado en uno de los postes del rellano de la posada y cruzando los brazos sobre el pecho, frente a él.
—¿Serás cabrón? —reprochó con un bufido.
Me miró con simulada ira y escupió la espiga a un lado. Se separó del marco de la puerta con un empujón de hombros y levantó los puños.
—¿Quieres que te tumbe otra vez? —insinuó, amenazante.
—No tengo recolección alguna sobre que haya ocurrido eso alguna vez —dije, poniéndome una mano en el mentón y enarcando una ceja—.
Pero creo recordar que la última vez que nos vimos, me tocó cargar contigo durante dos largas horas para llevarte de vuelta al catre de mala muerte que llamas hogar.
De hecho, recuerdo que me debes unas botas, porque las de ese día me las llenaste de vómito.
Me encogí de hombros con una mueca aburrida.
—Sí, quieres que te haga daño —lanzó un par de puñetazos al aire frente a mí y después bajó las manos y abrió los brazos esbozando una sonrisa—. Ven aquí, bastardo de mala muerte.
Lo ignoré y avancé hacia la entrada.
—Oh, vamos, Izz, no seas así con tu pobre amigo —pidió.
Suspiré.
—¿No estabas en Ithania, perfilando lo que tú mismo llamaste «la última esencia suprema del arte de la espada»? —lo miré de reojo desde el umbral. Él sonrió.
—Maldito bastardo. ¿Vas a dejar a tu pobre amigo colgado en un abrazo? —algo sombrío cruzó rápidamente por su rostro. Sabía sobre el ataque a Glis, sin duda.
Me acerqué y le di el abrazo.
—Así me gusta; los desgraciados se tienen que dar amor —me dijo mientras me apretaba con fuerza. Después, bajó la mano derecha y me apretó la nalga. Me limité a resignarme.
Cuando se separó, vio mi rostro y replicó:
—No pongas esa cara, sabes que te gusta.
Suspiré de nuevo.
—Aún no sé si voy a ir a ningún lado, Neik.
—Mentiroso desgraciado. Mira esa cara de cabrón que tienes, mintiéndole a tu compañero en armas sin ningún ápice de remordimiento.
Te tendría que apañar esa cara, pero seguramente media ciudad me cortaría los huevos por estropear la cara más bonita que hay por aquí, después de la mía, claro está —me miró de reojo—.
¿Cuánto has mojado desde que me fui? ¿eh?
—se acercó y me clavó el codo en el costado—.
¿Eh? ¿Te has lanzado por fin con Sirl? ¿O voy a tener que hacerlo yo para que te hierva un poco la sangre?
—se puso las manos en la cabeza, moviendo la cintura en círculos.
Me rasqué la sien con las manos.
—Acabas de volver y ya me estás dando dolor de cabeza —hice una breve pausa y me senté en un banco en el porche de la posada, al otro lado de la mochila de Neik—. Supongo que ya habrás escuchado lo de la mina.
Asintió, sentándose en el banco a mi lado. Cruzó un tobillo sobre su rodilla y se retrepó hacia atrás hasta que la nuca le dio en el respaldo.
—No vas a venir conmigo —dije. Me miró con el ceño fruncido—. Ya te has puesto muchas veces en peligro por mí. Y esto seguramente sea peligroso. Es la primera vez que alguien ataca tan expuestamente una de nuestras ciudades. No es normal.
Su cara se tensó ligeramente. Luego se relajó de nuevo y se encogió de hombros.
—Me da igual. Ya te lo he dicho antes, te lo he dicho miles de veces: los bastardos como nosotros tienen que cuidarse unos a otros.
Miré a Neik: sus orejas picudas, la espada curvada en el cinto.
Neik era un ithano, la primera raza que piso el continente.
Los humanos, por otra parte, llegaron más tarde, avariciosos.
La gente de Ithania tenía una longevidad deseada por los humanos, y eso fue su perdición.
Fueron perseguidos y casi erradicados por ello.
Los humanos solo dejaron de masacrarlos y cazarlos, cuando vieron que no había forma de robarles esa longevidad, tras miles de intentos de generar mestizos, se llegó a la conclusión de que la unión entre un humano y un ithano era sin duda peculiar.
La madre era la que regía el completo control sobre la descendencia, si la madre era humana el hijo era completamente humano, si la madre era ithana, el hijo era ithano.
La raza no parecía querer mezclarse. Y aunque se pudiera engendrar descendencia entre ambas, no había una unión real.
Al final, los pocos ithanos que quedaron se encerraron en la Tierra Velada, a la que solo ellos sabían cómo llegar.
Neik es un bastardo, tal como él mismo ha mencionado miles de veces: fruto de un acto desagradable entre un rey humano ya fallecido por la edad, perteneciente a un reino que ya no existe, y una madre Ithana que murió tras el parto.
Los ithanos no eran inmortales, eso nadie lo había logrado aún; simplemente envejecían a un ritmo asquerosamente lento. Aunque Neik aparentase tener la misma edad física que yo, de aproximadamente veintiséis años, en realidad llevaba existiendo doscientos siete. Casi el doble que yo.
—No me jodas, Izz, otra vez estás divagando en esa cabeza fría de cojones que tienes —dijo, dándome un palmetazo en la espalda y sacándome de mis pensamientos—.
Voy a ir contigo, y punto. Ya lo sabes. ¿Qué podrías hacer sin tu Tempest Waltzer?
—sonrió ampliamente ante la exposición de su título, siempre un enorgullecido guerrero.
Era cierto: no había visto guerrero más ducho en la escaramuza.
Tampoco le había visto perder un duelo jamás; siempre he sido yo quien ha mordido el polvo al enfrentarme a él.
Los Waltzers eran la élite de los guerreros de Ithania y los únicos que podían abandonar la seguridad de su casa, enfrentándose a rigurosas pruebas para asegurarse de la supervivencia de ellos mismos fuera de su frontera.
Cada uno portaba una espada mágica que, mediante un ritual, se enlazaba con la propia magia del portador, convirtiéndose en una extensión de la misma.
Pero Neik era un vacilón, y acababa teniendo que enfrentarse en más de una ocasión a más personas de las que podía manejar.
—Voy a subir a por mis cosas —dije finalmente—. Dame unos minutos.
—Si intentas escaquearte, te buscaré y te mataré yo mismo; después te traeré de vuelta y te volveré a matar. Y quizá te vuelva a traer otra vez para empujarte escaleras abajo en el Castillo Celestial.
Más de tres mil peldaños empinados que sin duda, tropezar en cualquiera de ellos, te harían rodar el resto hasta el final. Me encogí de hombros y le hice un gesto obsceno con el dedo mientras entraba en la posada.
Silbó desde el banco y, acto seguido, soltó una larga carcajada.
Saludé con una sonrisa a Sally cuando me vio cruzar el umbral. Me respondió con una cálida sonrisa maternal, y me encaminé hacia las escaleras.
Cuando llegué al final del tramo que subía al piso de las habitaciones, escuché dos voces femeninas discutiendo. No entendí mucho de lo que decían, ni me importó demasiado. Doblé la esquina hacia mi habitación y me detuve en seco.
Miré hacia la derecha, donde las dos mujeres seguían discutiendo. Estaban justo frente a la puerta de mi habitación. Giré la cabeza hacia Ruel y Mor. Bajé la mirada al suelo con un leve suspiro.
—¿No te presentas a la reunión y ahora te vas a ir? —espetó Ruel, hecha una furia. Su voz tronó con eco en el pasillo.
Mor, a su lado, sonreía. La miró, le sacó la lengua y, dando un par de saltos, se colocó detrás de mí. Se asomó por un costado y volvió a sacarle la lengua. Ruel resopló.
—No me puedo creer que hayas acudido a los umbrae —dijo, con un destello de ira en los ojos—. Cuando te apetece tirar de rango para cosas banales no tienes problema, pero cuando la responsabilidad te necesita…
Mi expresión se crispó levemente. Ella calló al instante.
—No tengo por qué excusar mis acciones, Ruel. Sabes que te estoy muy agradecido por todo lo que has hecho y haces por mí, pero recuerda siempre a quién le hablas.
Lo siento por Ruel; si no la aparto ahora, insistirá en acompañarme. Ya le pediré perdón cuando vuelva. Mor soltó una leve risa detrás de mí.
—Deja que al menos te acompañe la Séptima, con Sirl —dijo Ruel, ligeramente avergonzada.
Negué con la cabeza. Ruel había sido una legatus en el ejército privado del Rey; mandaba la legión más condecorada de todas, la primera Legión, la llamada Legión Aeterna. Pero un día simplemente se cansó del elixir, dejo de tomarlo y se retiró.
Durante muchos años, mientras dirigía la legión, fue mi mentora y la de Sirl. Ahora era una consejera muy estimada por todos sus méritos pasados y alternaba sus obligaciones con pasar los días tranquilos junto a su marido y su hija.