Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Su pelo cayó por delante de ella; el roce al inclinarse sobre el escritorio dispersó mi atención entre los papeles y sus mechones.

Me encontré observando el movimiento en silencio, cada línea de su figura marcada con precisión, desafiando mi concentración.

Notó mi mirada y esbozó una sonrisa pícara.

—¿Por qué no le ha dicho Nyx nada de esto al Rey? —dije, volviendo a centrar mi concentración en el mapa.

Ella resopló y apoyó las mejillas en sus manos, agrandando los ojos, frunciendo los labios e hinchando los mofletes. Después se levantó y volvió a esbozar su sonrisa habitual.

Me sostuvo la mirada hasta tenderse sobre la cama, donde empezó a juguetear con un mechón de su cabello.

—No has asistido a la reunión, Izzy —dijo con voz melosa. Hice una mueca ante ese mote—. El Rey está informado.

No debería haber supuesto nada. Asentí y me levanté de la silla. Ella dejó de jugar con el pelo y me miró. Por un breve instante su sonrisa desapareció, pero la recuperó enseguida. Se levantó y dio una reverenciada floritura:

—Mi señor —se inclinó, dando a entender que sabía que me había levantado para irme.

—Gracias, Morgana —dije, haciendo una pequeña inclinación con la cabeza.

Salí de la habitación y me detuve un instante al ver a Nyx apoyado en la pared del pasillo.

Hacía girar una botella de licor entre los dedos, con una mirada caprichosa, una que conocía bien y le gustaba mostrar cuando quería jugar.

Rodé los ojos y seguí caminando hacia la salida sin dedicarle más atención.

—Deberías hacer caso cuando un espía quiere invitarte a una copa —dijo entonces, con tono ligero—. A lo mejor tiene información de utilidad.

Me detuve a medio paso y giré la cabeza lo justo para mirarlo.

—O a lo mejor quiere obtener información —respondí, sin ocultar la desconfianza.

Nyx sonrió y exageró la expresión, entristeciendo el rostro con descaro. Luego abrió de forma teatral la puerta que tenía a su lado y, con una reverencia amplia, indicó el interior con la mano.

—Después de ti.

Suspiré, sabiendo que aquello iba a traer más problemas que respuestas. Aun así, di media vuelta y me encaminé hacia la puerta abierta, aceptando la invitación con más resignación que curiosidad.

Crucé el umbral y entré en la habitación con la misma cautela con la que uno pisa un terreno que no es suyo.

El lugar era… muy Nyx. Demasiado, incluso.

Cortinas oscuras caían con dramatismo sobre las ventanas, adornadas con bordados elaborados con exageración.

Había cojines de colores intensos desperdigados por el suelo, una alfombra gruesa que olía a incienso, claramente del caro y, sobre una mesa baja, varias botellas de licor de precios desorbitados alineadas y expuestas como trofeos.

En una esquina descansaba una silla con el respaldo alto, pareciendo un trono improvisado, y sobre las paredes colgaban mapas, dagas ornamentales y algún que otro objeto claramente colocado para impresionar.

—Ponte cómodo —dijo Nyx, entrando detrás de mí—. No muerde… casi nada de lo que hay aquí.

Sirvió dos copas sin preguntarme y me tendió una. Me senté en una de las sillas, cruzando los brazos un segundo antes de aceptar el vaso. El licor era fuerte, áspero al principio, pero dejaba un calor agradable al bajar por la garganta.

Nyx se dejó caer en su asiento con teatralidad, alzando la copa.

—Por las noches tranquilas, los secretos bien guardados y los encuentros inesperados.

—Qué poético —murmuré, dando un sorbo corto.

Empezó a hablar de tonterías casi de inmediato: de lo insoportables que eran los oficiales del ala este, de lo mal que servían el vino en el castillo y de lo fácil que era manipular a la gente cuando se creían más lista de lo que eran.

Yo asentía de vez en cuando, bebiendo despacio, dejando que el silencio hiciera la mayor parte del trabajo.

Tras un par de frases más, dejé la copa sobre la mesa con un golpe suave.

—Bien —dije, mirándolo de frente—. ¿Qué es lo que querías, Nyx? No tengo todo el tiempo del mundo.

Él sonrió, sin perder la calma, y alzó de nuevo su vaso.

—Vaya, definitivamente no eres divertido, aunque he de admitir que eso tiene su atractivo.

Giró la copa entre los dedos, observando cómo el licor atrapaba la luz antes de llevárselo a los labios. Bebió con calma, recreándose en el gesto, y luego me miró por encima del borde del vaso con esa sonrisa de suficiencia con la que parecía haber nacido.

—El rey me ha ordenado que me encargue de esto —dijo, como quien comenta el tiempo—. Y antes de que preguntes… sí, te incluye a ti.

Me encogí de hombros, fingiendo desinterés mientras daba otro sorbo.

—No sé de qué me hablas.

Nyx soltó una risa suave, cargada de condescendencia.

—Claro que no —se inclinó un poco hacia delante—. Pero te conozco. Cuando fuiste detrás de Mor tenías esa mirada. Esa que pones justo antes de hacer alguna locura que luego me toca a mi arreglar.

Apoyé la espalda en la silla, sin borrar la expresión neutral.

—Te estás imaginando cosas.

—Tranquilo —continuó, alzando una mano como si calmara a un niño inquieto—.

De esto me encargo yo. En unos días llegará una misiva de uno de mis mejores umbrae.

Información limpia y bien presentada —alzó una ceja—.

Y como bien te habrá dicho Sirl, se volverá a convocar una reunión. Intenta no faltar esta vez.

Le sostuve la mirada, entrecerrando los ojos.

—El rey es volátil —continuó Nyx, encogiéndose de hombros—. Hoy gruñe, mañana sonríe, pasado mañana le prende fuego a todo. Más vale que haya voces sensatas cuando vuelva a sentarse en su trono.

Di otro trago, dejé la copa sobre la mesa y lo miré de frente.

—¿Voces sensatas? Juraría que acabas de decir que hago locuras. Pero te reconozco una cosa que me gusta de ti… o más bien de tu legión.

Nyx ladeó la cabeza, divertido, con una sonrisa ladeada.

—¿Solo una?

—Sabéis siempre más de lo que deberíais —dije con franqueza—. Para bien o para mal.

La sonrisa de Nyx se afiló con satisfacción.

—Ese es nuestro trabajo —respondió, alzando la copa una vez más—. Y si me dejas hacer mi trabajo…, puede ser lo único que evite una guerra.