Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Quedé solo con mis pensamientos un instante, mientras el eco de los peldaños me acompañaba al bajar las escaleras del castillo auxiliar. Al llegar al final, me encontré con una puerta de madera reforzada con aleación priur. Llamé dos veces, esperé unos segundos y volví a llamar dos veces más.

La rendija en la parte superior de la puerta, un poco por debajo de la altura de mis ojos, se abrió hacia un lado.

Dos ojos oscuros con un ligero brillo en las pupilas me inspeccionaron brevemente.

Dejé caer la capucha hacia atrás para mostrar mi rostro.

Sus ojos se ensancharon antes de cerrar la rendija; escuché entonces el sonido de varios cerrojos abriéndose con rapidez.

El hombre al otro lado se limitó a abrir la puerta y apartarse con una ligera reverencia. Pasé junto a él, inclinando levemente la cabeza.

Ante mí se extendían las antiguas catacumbas del castillo auxiliar, ahora adaptadas para alojar a la legión Umbrae. Nyx fue bastante persuasivo e insistente con que eran perfectas para ellos. Me encogí de hombros ante ese pensamiento viendo el estado de aquel lugar.

Era un sitio tétrico, oscuro y demacrado por el paso de los años. Las piedras estaban desgastadas, algunas incluso ligeramente sueltas. No entiendo cómo este lugar podía seguir en pie con el «cuidado» que se le ofrecía.

Avancé por varias habitaciones hasta llegar al fondo del pasillo, donde había otra puerta de priur. Esta vez di dos golpes secos con los nudillos. No fue otro sino el mismo Nyx quien respondió.

—Adelante —se escuchó decir al otro lado.

Abrí la puerta y entré. La sala era más de lo mismo: piedra desgastada, apenas iluminada por una chimenea de fuego tenue y un par de antorchas mal distribuidas, sin ningún sentido de la simetría.

Poca decoración, salvo una alfombra en el centro, una mesa amplia de madera vieja y dos sillas detrás de ella.

En la de la derecha, con aspecto joven, sentado como si el mundo le perteneciera y con esa sonrisa torcida que era un desafío constante, estaba Nyx. Sus ojos grises brillaban bajo la luz tenue, cargados de burla. Su cabello, negro y desordenado, le caía sobre la frente de forma descuidada.

Era la mano oculta del Rey: el Dux Umbrae. A su lado, la silla de Siopi, la Dama de los Susurros, se encontraba vacía.

Nyx era un pedante, un delincuente al que el Rey decidió salvar cuando estaba al borde de la ejecución, a sus jóvenes dieciocho años.

Decía que tenía y cito: «gran potencial y un futuro brillante en la Legión Umbrae».

Ciertamente, ascendió a Dux en apenas un año, justo cuando misteriosamente murió Julio, su predecesor.

Se encargaba del espionaje y la infiltración, mientras que Siopi se centraba más en la seducción y el subterfugio.

Frente a él se alzaban varios montones de papeles apilados. A su lado, de pie, estaba Lina, su secretaria, tan inexpresiva como siempre. Nyx levantó la mirada de los documentos hacia mí y sonrió.

—Pero bueno, el señor bastardo nos sorprende con su maravillosa presencia —dijo con voz melódica—. ¿Qué puede hacer por usted este humilde servidor? —añadió con tono burlón.

—Quiero información —dije sin preámbulos. Nyx siempre me sacaba de mis casillas—. Sabes sobre qué.

Me recorrió con la mirada de arriba abajo lentamente… y luego al revés. Se detuvo en mis ojos.

Algo se crispó en los suyos. Cerró los párpados, pareció contener un leve gesto de placer y se recostó hacia atrás, pasándose las manos por el cabello hasta entrelazarlas detrás de la nuca.

Dejó salir un leve suspiro relajado y abrió los ojos para mirarme de nuevo.

—Puede que sepa sobre qué, sin duda. Pero… ¿por qué razón debería dar información al señor bastardo, incapaz siquiera de presentarse a una reunión?

Lina levantó el puño hacia sus labios y carraspeó sutilmente.

Nyx desvió la mirada hacia ella, luego hacia mí. Al ver que yo seguía sin intención de jugar a sus juegos, chasqueó la lengua y añadió:

—No eres divertido —levantó las manos, encogiéndose de hombros, y apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos—.

Está bien, está bien... Entonces, bastardo...

—hizo una mueca de dolor—. ¡Dientes! —gritó de pronto, y prosiguió con naturalidad—.

Te diré lo que sé. Bueno, más bien, Mor te lo mostrará como de costumbre.

—Gracias, Dux Umbrae —me limité a decir. Giré sobre mis talones y me encaminé hacia la puerta para ir a la habitación de Mor.

Un carraspeo de Nyx me hizo mirar hacia atrás por encima del hombro. Él señaló bajo la mesa y sonrió.

—Dame solo un momento, está algo indispuesta —dijo escapándose la última silaba en un jadeo.

Levantó un dedo, pidiendo paciencia. Tras un par de respiraciones agitadas, se tensó, se aferró a los brazos de la silla con las uñas marcando la madera y retuvo un gruñido. Luego se relajó, recostándose con una sonrisa de satisfacción.

Poco después, por debajo de la mesa, asomó una mujer de cabello negro recogido en una coleta alta: Mor. Se pasó el dedo por la comisura de los labios, se relamió y me sonrió.

Me rasqué un leve dolor punzante en la sien y salí de la sala, en dirección a su habitación. Escuché sus pasos resonar alegremente por el pasillo mientras me alcanzaba. Cuando llegó a mi lado, se adelantó ligeramente y se inclinó hacia mí con una gran sonrisa, obligándome a detenerme.

Llevaba el uniforme estándar de los Umbrae: pantalones de cuero negro ceñidos, botas de un marrón oscuro, guanteletes del mismo tono y una camisa de cuero negro ajustada… aunque ella la llevaba insinuantemente abierta a la altura del pecho, dejando poco a la imaginación.

—¡Hola, holita! —dijo, ampliando aún más su sonrisa.

Me rasqué otra vez la sien con una mano. No tenía intención de responder, tampoco sabía qué decir, sinceramente.

Notando mi falta de interés en conversar, dio un par giros sobre sí misma, y después se alejó sin perder la sonrisa hacia su habitación.

Cuando llegué al umbral, la vi recogiendo varios papeles enrollados de distintos rincones, mientras tarareaba para sí misma. Finalmente los dejó sobre una mesita escritorio a la derecha de la entrada.

La habitación estaba más abarrotada de lo que recordaba, llena de cachivaches y artefactos cuya utilidad solo los fundadores podrían entender. Había estado allí muchas veces. Mor era, entre otras cosas, la segunda de Nyx. Por lo que siempre que necesitaba información, era ella quien la gestionaba.

Era una de las pocas estancias, aparte de las de Nyx y Siopi, que contaba con chimenea. Y, como era de esperar, estaba encendida con una absurda e innecesaria cantidad de troncos en ella.

Había una cama amplia de matrimonio. Mor, pese a llevar existiendo más de sesenta años, empezó a tomar el elixir alrededor de los veinticinco. No medía más de metro y medio. La cama tan grande, sin duda, no era solo para ella. Supuse que Nyx pasaba más de una noche allí.

Hizo un ademán con la mano para que me acercara y retiró la silla que había frente a la mesa.

Cuando me senté, me empujó sin apenas esfuerzo. Me sorprendí un poco por su fuerza, pero luego recordé: el elixir.

Miré sus ojos castaños y noté el ligero brillo violeta y azul alrededor de la pupila. Era un detalle muy familiar; al fin y al cabo, yo también lo tenía.

Mor amplió su sonrisa y me guiñó un ojo. Se había dado cuenta de que me había quedado mirándola y divagando, pero definitivamente no estábamos pensando en lo mismo. Suspiré.

Siguió sonriendo señalándome los papeles. Resoplé. Parecía tener la cabeza llena de unicornios y arcoíris. Me pregunté si era su forma de escudarse o si esa actitud era genuina.

Me centré en los papeles frente a mí. Al ver mi gesto de concentración, Mor empezó a improvisar una danza detrás de mí, mientras decía:

—A tu izquierda te he dejado el informe de varios Umbrae que han explorado la zona circundante a la ciudad de Glis.

Miré el informe más cercano. Nada destacable; explicaba lo mismo que Sirl ya me había dicho: las armas eran de nueva manufactura, casi sin mellar, salvo por los daños de la reciente batalla.

—A tu derecha —prosiguió—. Tienes los informes más recientes sobre la Liga de Trizandia.

Eché un vistazo. Solo se mencionaba mucho movimiento en los pueblos de la frontera, con la constante repetición de «más carruajes de lo normal».

También se especificaba que los carruajes habían sido inspeccionados y no se había encontrado nada raro.

Esto significaba que los Umbrae habían explorado cada centímetro de ellos.

Eran de fiar. Los Umbrae son los espías de Nyx, vinculados a él de alguna manera que solo él conoce y según él, obligados a decir la verdad.

Tras un par de vueltas detrás de mí, Mor desplegó otro rollo de papel sobre la mesa: un mapa con un círculo rojo y unos interrogantes junto a un pueblo a unos cincuenta y seis kilómetros de Rayala.

Puso el dedo sobre el mapa.

—Aquí. Es el único sitio del que no hemos recibido informe todavía.

Es la zona de Phyl, un vago que muchas veces entrega los informes tarde, o se le olvida, ya sabes —hizo un gesto como si empinara el codo para beber—.

Nyx ya ha enviado otro Umbrae, que debería estar llegando.

En unos días nos llegara un informe de él.

Miré fijamente el mapa. El tiempo era muy oportunista; que faltara un informe no era un buen augurio. Tracé con mi dedo la distancia desde ese pueblo hasta la ciudad atacada de Glis: siete kilómetros. Muy cerca.

Levanté la vista justo cuando ella se acercaba al escritorio con paso lento.

La mesa apenas le cubría la cintura. Se inclinó sobre ella despacio, formando un ángulo recto con su cuerpo y sus piernas mientras recostaba el pecho sobre el mapa, muy cerca del punto donde mi dedo había trazado la línea hasta Glis.