Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 1
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Luz (Sombras de Nibhor 1)

Luz (Sombras de Nibhor 1)

Por Hades Rivani

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Capítulo 1

«Non omne pulchrum bonum est». Era una frase que resonaba en mi mente cada vez que mi mirada se perdía hacia el horizonte en un día como hoy. Vestigios de un lenguaje antiguo apenas utilizado ya. Aun así, en Noczar, todos conocíamos bien esa frase en concreto. No todo lo bello es bueno.

Miré al cielo nocturno con cierta nostalgia. La luna brillaba blanca, con un perfil rosado, y las pocas estrellas que asomaban entre las nubes lucían sus mejores trajes, emitiendo destellos en el cielo encapotado. Era hermoso para la vista, sin duda.

La lluvia ayudaba a los sentidos a capturar la esencia de la noche, trayendo consigo el dulce aroma de la tierra mojada.

El viento apenas soplaba, dejando que los cristales líquidos de tonos violetas descendieran serenos, el cielo parecía que respiraba en calma mientras teñía la noche.

El suave tacto del priur, diluido en el agua de la lluvia, era un dulce baño mortal: ni frío ni caliente, produciendo un leve cosquilleo en la superficie de mi piel.

Bajé la mirada hacia el horizonte y me incliné sobre la muralla, en el lado oeste de Rayala, la capital de Noczar.

Desde allí se extendían los grandes campos de cereales que la alimentaban, protegidos por una segunda muralla que, a lo lejos, parecía una fila de hormigas brillando con antorchas. Si pudieran sostenerlas, claro.

—Izz, deberías ponerte la paenula —escuché a mi derecha, una voz acostumbrada a regañarme más de una vez. Y esta vez, bueno, como casi siempre, tenía razón.

Había escuchado sus grandes zancadas desde hacía rato; sus dos metros de altura no le permitían pasar desapercibida.

La capucha le cubría casi todo el rostro, las gotas resbalaban por el borde y se perdían en la tela empapada. Apenas podía distinguirle los rasgos, pero no necesitaba verla para reconocerla.

Recordaba cómo el sol encendía su piel cuando entrenábamos en los patios del castillo, el sudor brillando sobre aquel tono oscuro que parecía absorber la luz.

Bajo aquel aguacero, bastaba oírla para sentirme otra vez aquel niño torpe que no lograba seguirle el paso.

—Lo sé, Ruel. Perdón — dije mirando la tela oscura apoyada en la muralla.

La lluvia de priur era un fenómeno caprichoso, imposible de prever.

Caía sobre Noczar sin aviso alguno, tal vez una vez al mes, y desaparecía con la misma repentina ligereza con la que había llegado.

No dañaba los objetos, y apenas afectaba a los animales; parecía reservarse únicamente para los humanos, buscándolos con una obsesión incomprensible.

Aun así, se desaconsejaba dejar que la ropa permaneciera demasiado tiempo empapada. Con el paso de las horas, el agua terminaba por evaporarse, dejando tras de sí restos de cristales puros de priur, corrosivos y peligrosos.

La paenula se había convertido en el único refugio: un escudo tosco pero eficaz reforzado con una ligera capa de éter, capaz de impedir el contacto directo con aquel elemento.

Miré de nuevo al cielo, suspiré y agarré la tela.

La capa parecía hecha de un material pulido, suave como terciopelo, de un gris oscuro que brillaba con destellos azules.

La extendí, comprobé que no tuviera desperfectos y me la puse con un movimiento grácil.

Después levanté la capucha sobre mi rostro, oscureciéndolo.

—No debería tener que preocuparme siempre de que te pongas la maldita paenula, Izz —refunfuñó Ruel. Luego bajó la voz acercándose un poco— o de evitar que ojos indeseados vean cómo el priur te cae sobre la piel sin que te dañe como nos pasa a los demás.

Ruel, gigante, burda y a veces malhumorada, tenía un corazón de oro. Su cabello negro y corto ondeó ligeramente fuera de la capucha cuando giró para apoyar los codos en la muralla, a mi lado.

El priur en estado puro, era un elemento tóxico. En las tierras de Noczar había lagos y ríos impregnados de esa sustancia. No se podía encontrar en ninguna otra parte del continente.

—Me he despistado, lo siento de nuevo, Ruel. ¿Qué tal la reunión? —Si había venido a verme, significaba que ya debía haber terminado.

—Lo sabrías si hubieses asistido. —Se reclinó, alejándose un poco de la muralla, apoyándose solo con las palmas, cubiertas por guantes del mismo tejido que la capa. —Ha ido… bien —dijo a regañadientes.

Sus brazos musculosos se adivinaban incluso bajo la paenula. Era un monstruo de mujer, en el mejor sentido de la palabra. La miré de reojo. Yo no era precisamente bajo, pero aun así ella me sacaba casi una cabeza.

—Sabes que mi presencia disgusta a muchos. Pero eso no evita que sienta responsabilidad. Por favor, resúmemelo —insistí, procurando que mi voz sonara neutral, sin tono imperativo.

—Ha ocurrido algo… diferente. Sin duda problemático.

Noté cómo Ruel dejaba caer un poco los hombros, en un gesto de cansancio, antes de continuar.

—Trizandia parece que ha roto el tratado. Han atacado Glis. Por suerte la séptima legión Aetheria han conseguido contener el ataque —me tensé ligeramente al escuchar ese nombre—. No parece que hayan logrado llevarse nada de éter. Aunque se desconoce siquiera si ese era su objetivo.

Recordé entonces cómo Melly, mi maestra en la alta escuela, nos relataba la historia cuando yo era niño, con voz suave y pausada.

Hace siglos, los fundadores, un pueblo de nómadas errantes en busca de un hogar donde echar raíces, descubrieron en estas tierras un mineral de un azul cristalino al que llamaron éter. Con el paso del tiempo, nuestras ciudades fueron alzándose precisamente sobre aquellos yacimientos.

Nos explicó que el éter poseía una cualidad extraordinaria, actuaba como catalizador.

Al refinarlo junto al priur, eliminaba su toxicidad sin restarle ninguno de sus beneficios.

Además, permitía crear una aleación de propiedades mágicas que pronto se volvió objeto de codicia en todo el mundo conocido.

Años después del descubrimiento, cansado de la avaricia de las demás regiones y de sus constantes intentos de saqueo, el rey de Noczar tomó una decisión drástica, ordenó aislar la península levantando una imponente muralla sobre el estrecho que nos unía al continente.

Tras varios intentos poco exitosos frente a la colosal muralla, que estaba parcialmente hecha de priur, finalmente se firmó el tratado de paz con la liga de Trizandia.

—Entonces, ¿Guerra? —pregunté, bajando de nuevo la mirada del cielo para perderla en el horizonte.

—No lo sé. Es posible. La reunión ha sido… un desastre —respondió, con todo el peso que esas palabras implicaban.

Suspiré brevemente, me di media vuelta, hice un ademán con la mano para despedirme de Ruel y salté por la parte interna de la muralla. La escuché resoplar a lo lejos mientras caía los cinco metros hasta el suelo.

Eché un vistazo rápido a mi alrededor. Nada fuera de lo ordinario. Gente abarrotando el paseo mercantil, una pareja sentada en un banco compartiendo una paenula, un padre con su hija de la mano dando saltos... todos felices. Me pregunté cuánto iba a durar. Suspiré de nuevo.

Me ajusté la capucha y me encaminé hacia el cuartel central de las legiones.

No podía creer la estupidez de los trizanos.

El rey de Noczar no era conocido por su benevolencia, más bien por lo contrario.

La única razón de que no se haya expandido fuera de Noczar es gracias a los conservacionistas del consejo.

El proceso por el que se producía la aleación no era público. Si su objetivo era saquear el éter, no tendría sentido atacar una ciudad y robar unas cajas de un material que para ellos es inútil.

Entré con estruendo, empujando las enormes puertas de madera del cuartel con más fuerza de la necesaria. Los soldados del interior miraron hacia la entrada durante un breve instante antes de volver a sus quehaceres. Una pequeña mueca de frustración se dibujó en mi rostro.

Busqué con la mirada a Sirl y encontré a su segundo al mando. Le hice una seña con la mano para llamar su atención y le pregunté por ella. Me señaló sin mucho entusiasmo hacia la sala de curas. No pude evitar que un ligero nudo se formara en mi estómago. Aceleré el paso instintivamente.

Cuando llegué, abrí la puerta con otro portazo.

El olor fue lo primero que me golpeó al entrar. Una mezcla de hierbas, sudor y sangre. La sala era amplia, pero todo en ella parecía pequeño bajo la penumbra de las antorchas que colgaban de los muros de piedra.

A los lados, hileras de camastros de madera cubiertos con mantas ásperas, manchadas por cicatrices de sangre que ningún lavado había conseguido borrar. Entre los lechos se alzaban biombos de tela raída, apenas suficientes para ofrecer una ilusión de intimidad.

Los gemidos de los heridos se entrelazaban con el murmullo de los medicus. Hombres y mujeres de rostros cansados, que se movían de camastro en camastro con manos teñidas de escarlata.

Escudriñé la habitación hasta que vi a una mujer de rostro familiar, cabello castaño largo, recogido en una trenza. Sirl. Estaba sentada en una camilla, con un medicus inclinado hacia ella. En cuestión de segundos, ya me encontraba a su lado.

—¿Cómo está? —pregunté al medicus.

—Está bien —respondió Sirl antes de que él pudiera hacerlo. El hombre se limitó a mirarme y asintió.

—Puedes atender a otras personas. Ya me encargo yo —le dije.

El medicus inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto y se alejó para cumplir la orden.

—Que hayas estudiado un par de años… —empezó.

Seis para ser exactos .

—No te cualifica para tratar a un Legatus Aetheria.

Sonreí ante la brabucona exposición de su título. En verdad, podría tratar al rey también, si quisiera.

—Supongo que puedo pasarlo por esta vez —añadió.

Me limité a mirarla. Noté su herida a un lado del rostro.

Parecía bastante dolorosa, aunque Sirl siempre había aguantado bien el dolor.

Claramente había sido un corte de espada, demasiado cerca.

Ha tenido que ser una pelea dura. He vencido pocas veces a Sirl en combate y estoy casi seguro de que alguna de ellas me ha dejado ganar. Suspiré.

—Desde luego, eso no era algo que hubiese echado de menos —se rio, burlándose de mi suspiro, pero una mueca de dolor le torció el gesto al forzar la herida de su mejilla.

Karma instantáneo. Se curvó la comisura de mis labios en una ligera sonrisa de satisfacción.

—Supongo que me lo merecía —espetó.

Acerqué la mano a su cara y acaricié con cuidado por debajo de la herida.

Levantó la suya y sujetó la mía con suavidad.

Sus ojos ámbar, con el borde de la pupila delineada por el brillo típico del elixir, me miraban con seriedad.

Retiré la mano y tomé el estuche de parches, saqué uno y lo apliqué con delicadeza sobre la herida.

—Estás sumamente callado hoy —dijo. Luego, suavizando la voz, susurró—. Estoy bien, Izz.

Infundí un poco de magia en el parche.

—¿Cuántos? —pregunté.

Su rostro se volvió algo pálido, era grave. La noté tensarse. La conocía bien. Estaba debatiéndose entre decirme la verdad o mentirme.

—La verdad, Sirl.

—Treinta y siete —dijo finalmente.

Me paralicé por un segundo. Lo notó.

—¿Heridos incluidos? —pregunté.

Se volvió a tensar. La palabra muertos resonó en mi cabeza.

Las legiones Aetheria, estaban encargadas de proteger las ciudades y las minas de éter bajo ellas. Armadas con aleación priur, lo que ofrecía cierta protección incluso frente a la magia.

—¿Cómo? —quise saber.

—Llevaban armas priur de corte militar. Pocas, algunas espadas y lanzas, suficientes para hacernos daño. Tal vez solo una tercera parte de su ejército las portaba —dijo mientras se removía sobre la camilla para ponerse más cómoda.

Lo que quiere decir que es mucho más grave de lo que pensaba. Alguien de Noczar los ha ayudado… incluso puede ser el propio culpable del ataque.

Alcé la mirada hacia el techo y me quedé contemplando las figuras esculpidas. Allí estaba Dast, al frente de su antigua legión, la Aegis Vitae, representado en diversas escenas de aquella primera guerra en la que participaron.

Recordé entonces la voz firme de Ruel, mientras me enseñaba a luchar en el patio trasero de la casa de mi madre. Me contaba aquella historia con detalle porque su propio padre había presenciado la primera intervención de la legión.

Dast fue un exiliado de Palamia, una tierra donde el poder mágico corría en abundancia por las venas de su gente.

Estudió durante años el éter y el priur, y entre otras cosas, inventó lo que hoy conocemos como parches: piezas alquímicas que, aplicadas sobre quienes han tomado el elixir, aceleran la curación de un modo casi milagroso.

Sabía que yo podía usarlos precisamente porque mi madre también provenía de Palamia y algún residuo de magia vagaba perezoso por mi sangre. Al recordarla, el gesto se me torció en una ligera mueca amarga.

—¿Izz? —dijo Sirl, sacándome de mis pensamientos—. Te noto dentro de tu cabeza, divagando. Las armas han tenido que salir de aquí, y sabes cómo está todo eso controlado. La mesa lo piensa también. Se han enviado emisarios a revisar cada herrería y no falta nada. Las armas eran de nueva manufactura.

Suspiré.

—He terminado. ¿Cómo te encuentras? ¿Te tira mucho? —pregunté mientras palpaba el parche en su mejilla.

Sujetó mi mano con delicadeza y me miró a los ojos.

—No hagas ninguna locura, Izz. Las cosas están muy tensas y no has asistido a la reunión —resoplé y me alejé de ella dándole la espalda—. Sé que es complicado, pero deberías asistir incluso siendo...

Un bastardo.

—Mi presencia en la mesa puede ser un detonante —dije, interrumpiéndola—. Ya sabes que el Rey rara vez soporta tenerme cerca. Podría haber levantado todas las legiones y erradicado del mapa la Liga de Trizandia entera.

Sirl se incorporó ligeramente para alcanzarme con su mano y sujetarme el brazo, tirando de mí con suavidad. La miré por encima del hombro.

—Izz, Noczar te necesita. Tu padre... —hice una mueca de disgusto ante su mención—, puede no soportarte, pero tienes voz y voto, y más de una vez has calmado su fervor.

Todos lo sabemos. Sin ti hoy ha sido muy difícil mantener la calma, y el resultado es inconcluso.

Seguramente se convoque la mesa de nuevo. Pronto.

Sirl me agarró de la mejilla. Vi en sus ojos la súplica. Me retiré lo más calmado que pude y salí de la sala.

Hablar del rey siempre me revolvía el estómago.