Luz de estrellas en Sandy Claus Bay (La serie Sandy Claus Bay nº 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Reef

La mañana de Acción de Gracias amaneció despejada y fría, uno de esos días de noviembre que hacían a Reef agradecer el café y un porche con vistas al puerto.

Estaba fuera de la casa de su padre a las seis de la mañana, observando los barcos pesqueros salir más allá del rompeolas mientras el vapor se elevaba de su taza.

El pueblo estaba tranquilo a esa hora: solo el sonido eterno de las olas, las gaviotas y la campana de la boya tañendo su canción solitaria.

Casi dos meses desde que había regresado a Sandy Claus Bay. Seis semanas de reuniones de coordinación, conversaciones cautelosas e intentos de demostrar que su transformación no era teatro.

Y esta noche, cena de Acción de Gracias en casa de su padre. Con Felicity.

Rusty había lanzado la invitación con naturalidad, como si no fuera una maniobra táctica diseñada para forzar la proximidad. —He invitado a los Kelsey a Acción de Gracias. Me parece bien tener a todos juntos.

Todos significaba: Toby, Posey, Waverly. Y Felicity.

Una cena familiar como prueba de si Reef podía existir en su órbita sin incomodar a nadie. De si ella podía existir en la suya sin levantar aún más los muros que había construido.

Sin presión.

—¿Piensas quedarte ahí fuera toda la mañana o vas a ayudarme con este pavo? —La voz de Rusty llegó desde la cocina, afecto áspero envuelto en exigencias prácticas.

Reef apuró el café y entró.

La cocina olía a salvia y mantequilla, evidencia del trabajo de preparación matutino de Rusty.

A sus setenta y cinco años, su padre seguía insistiendo en cocinar él mismo la cena de Acción de Gracias: decía que era tradición, y que su esposa volvería del más allá a perseguirle si servía algo precocinado.

—¿Qué necesitas? —preguntó Reef.

—Cebollas picadas, apio en dados. El relleno no se hace solo.

—Rusty señaló la tabla de cortar con la calma autoritaria de quien había pasado décadas dando órdenes en barcos—.

Y antes de que preguntes: sí, tu hermana va a traer su famoso desastre de boniato.

Sí, Felicity viene. Y no, no quiero oírte darle vueltas al asunto.

Reef se puso a picar cebollas, agradecido por tener algo que hacer. —No le estoy dando vueltas a nada.

—Estás vibrando como una cuerda de guitarra recién pulsada.

Lo noto desde aquí. —Rusty removió el roux con la paciencia de quien sabe que hay cosas que no se pueden apresurar—.

Ha dicho que sí, lo que significa que está dispuesta a estar en la misma habitación que tú toda una noche. Eso es progreso.

—O significa que está siendo educada contigo. No todo gira en torno a mí.

—Hijo, lleváis seis semanas dando vueltas el uno alrededor del otro con tanta tensión que incomodáis a todos los que os rodean; así que sí, todo gira en torno a ti.

—Rusty añadió verduras a la olla y ajustó el fuego—.

Se está ablandando. Hasta el viejo Harry, en The Salty Spoon, lo ha comentado.

Dice que ayer entró, pidió un café y hasta sonrió cuando alguien mencionó tu nombre.

—Los chismes de Harry no son una fuente fiable.

—Harry lleva cuarenta años observando este pueblo. Sus chismes son casi proféticos. —Rusty le señaló con la cuchara de madera—. ¿Quieres saber qué me enseñó tu madre sobre el amor?

—¿Qué?

—Que el amor requiere quedarse. No huir, no evitar, no protegerte del posible dolor.

—Su voz se suavizó con el recuerdo—. Tu madre y yo discutimos.

Tuvimos momentos difíciles, épocas en las que no sabíamos si lo lograríamos.

Pero nos quedamos. Superamos juntos las partes difíciles.

Y porque nos quedamos, tuvimos treinta buenos años antes de que el cáncer se la llevara.

A Reef se le hizo un nudo en la garganta.

—Ella te diría que dejes de ir con tanto cuidado y empieces a ser valiente. Que a veces lo que más temes es exactamente lo que necesitas.

Antes de que Reef pudiera responder, el ruido de un coche en la entrada anunció la llegada de Maggie.

Su hermana irrumpió por la puerta cargada de bolsas de la compra y una energía nerviosa que no tenía nada que ver con cocinar en Acción de Gracias.

—Julian se está alojando en el Starfish la ropa informal la hacía parecer más joven, menos a la defensiva.

Más parecida a la versión de ella que recordaba de hacía seis años, antes de que él le diera razones para blindarse.

—Hola.

Le tembló un poco la voz.

—Tu padre me invitó. Traje tarta. Si esto es raro, puedo…

—No es raro. Pasa.

Reef se apartó, demasiado consciente del espacio entre ellos mientras ella entraba. Olía a vainilla y a algo floral, un perfume que no le conocía.

Detrás de ella, Toby bajaba a Waverly del coche mientras Posey hacía malabares con las fuentes. Waverly vio a Reef y lo saludó con entusiasmo infantil.

—¡Señor Reef! Trajimos la cazuela de judías verdes de papá, ¡y mamá Posey hizo los panecillos de la abuela!

Subió los escalones de un salto.

—El capitán Rusty dijo que íbamos a tener una cena familiar de Acción de Gracias de verdad. ¿Es cierto?

—Eso parece.

—Bien. Las cenas familiares son las mejores.

Entró corriendo y llamó a Rusty con la confianza de quien ya había estado allí.

Toby llegó al porche con Posey; los dos cargaban comida suficiente para el doble de personas. Le hizo un gesto a Reef con la cabeza: cauteloso pero no hostil, protector pero dispuesto.

—Toby. Posey. Gracias por venir.

—Gracias por recibirnos.

La sonrisa de Posey era cálida, genuina.

—Aunque sospecho que quien invitó de verdad fue tu padre.

—Así es. Pero me alegro de que estéis aquí.

Reef lo decía en serio. Esa gente era la familia de Felicity; su aceptación importaba, y se había ganado a pulso que lo examinaran con lupa.

Dentro, la casa de Rusty rebosaba del caos cómodo de demasiada gente en un espacio demasiado pequeño.

Maggie discutía con Waverly sobre si las nubes eran necesarias en el boniato.

Rusty dirigía el tráfico con autoridad de capitán de puerto.

Posey y Felicity se reían juntas junto a la encimera mientras colocaban los aperitivos.

Aquello se sentía como familia. Como hogar. Como si todo lo que Reef había abandonado seis años atrás le estuviera siendo devuelto en forma de segunda oportunidad que probablemente no merecía.

Pero ahí estaba, de todos modos.

La cena fue un caos cálido.

Reef acabó sentado junto a Felicity; si por accidente o a propósito, no habría sabido decirlo. Sus codos se rozaban de vez en cuando al alargar la mano hacia las fuentes, pequeños contactos que resultaban a la vez inevitables y eléctricos.

Al otro lado de la mesa, Toby observaba con la atención alerta de un hermano protector que había dado su aprobación condicional y ahora vigilaba si esa aprobación había estado justificada.

Posey no dejaba de buscar la mirada de Felicity con expresiones que decían claramente: «¿Ves? Esto está bien. Puedes disfrutarlo».

Waverly, ajena a la tensión de los adultos, iba comentándolo todo sin parar.

—Estos panecillos son la receta de la abuela. Mamá Posey aprendió a hacerlos. Algún día yo también aprenderé, para que la tradición continúe. Eso es lo que hace la familia: mantener las tradiciones.

—Eso es muy sabio —dijo Felicity con dulzura.

—Lo sé. Soy muy sabia.

Waverly cogió otro panecillo y se volvió hacia Reef.

—Señor Reef, ¿sabía que la tía Felicity mantiene a salvo todo el puerto? Inspecciona los barcos y se asegura de que nadie se haga daño. Como una superheroína, pero de barcos.

—Lo sé —dijo Reef, muy consciente de que Felicity se había quedado inmóvil a su lado—. Es un trabajo importante. Hace falta habilidad para mantener a la gente a salvo mientras celebra.

—La tía Felicity dice que las mejores normas son las que ayudan a la gente a hacer lo que le gusta sin hacerle daño a nadie. Eso es listo, ¿verdad?

—Muy listo, sí.