Epílogo · 1.2
Esta vez me quitó él la toca, y yo le dejé decir la palabra.
AQUÍ, SÍ
Volvió aquella misma noche. No por la puerta de la calle, que habría sido volver de mayordomo, sino por la escalera de servicio, que era volver de otra cosa.
Le esperé en la sala del estrado. Mandé a Catalina a dormir junto al fogón, como en los días del luto, y dejé a Hernando Juan dormido en la cuna de mi cuarto, al otro lado de la pared, con la puerta entornada para oírle respirar.
Las bayetas seguían clavadas en las paredes.
Iban a seguir allí el resto de mi vida, y aquella noche, por primera vez, me pareció bien.
Pero abrí los postigos. Era luna creciente, la luna de las visitas de Gonzalo, la que su madre había elegido durante siete años para que yo mirara el nudo de la viga, y entró en la sala fría y blanca y se tendió sobre el estrado como si fuera suya.
La dejé entrar. Después me acerqué al espejo que Gonzalo se había traído de Madrid y le quité el paño negro.
Hacía casi un año que no me veía entera.
El espejo me devolvió a una mujer de negro con la cara metida en un marco blanco, más flaca de cara y más ancha de caderas, con los ojos hundidos de las noches del niño.
Me quedé mirándola. En aquel mismo cristal me había buscado el vientre luna tras luna, siete años, y nunca me había devuelto nada que fuera mío.
Aquella noche me devolvía a una viuda. Tampoco era mía.
Esa me la iba a poner cada mañana para los demás.
Oí los peldaños. Por el borde, aunque ya no hacía falta. Luego la puerta del cuartito de los braseros, y luego nada, y luego su respiración al otro lado de la cortina, igual que la primera noche.
—Pasa —dije.
Entró. Vio los postigos abiertos, vio el espejo destapado, me vio a mí de pie junto al estrado, a la luz, y se paró en su sitio de siempre, al pie de la tarima. Empezó a doblar la rodilla.
—De rodillas no —le dije—. Sube.
Subió. Puso el pie en la tarima como se pisa por primera vez una iglesia ajena.
Siete años había visto yo a los hombres de aquella casa hablar desde las sillas de abajo, y a él lo había tenido tantas noches arrodillado al pie, pidiendo permiso para cada cosa.
Aquella noche se quedó de pie a mi lado, a mi altura, en el estrado de la señora, y el espejo nos cogió a los dos.
—¿Qué se asienta esta noche? —preguntó.
No dijo «señora». Me di cuenta después.
—Esta noche asientas tú.
Me miró como se mira una cosa que no se entiende. Creo que en su vida le habían dejado elegir nada. Levantó las manos hacia mi cabeza muy despacio, dándome tiempo, como si todavía pudiera arrepentirme, y me buscó el primer alfiler de la toca.
—Quítamela tú —le dije.
Me los fue sacando uno a uno, en el orden en que me los ponía Catalina, sin equivocarse, que para eso los había contado a oscuras tantas noches.
Los fue dejando en fila sobre el arcón. Nueve.
Cuando me quitó la toca se me cayó el pelo por la espalda, y él lo recogió con las dos manos, hundió la cara en él y respiró.
—La primera noche también me respiraste así —le dije—. Y nadie lo había hecho nunca.
—Lo sé. Te oí.
Me desnudó delante del espejo y no me dejó volverme.
El manto, la saya, el jubón, la camisa. A cada prenda que caía, yo veía en el cristal a la viuda irse deshaciendo y a otra mujer salir de debajo, una que no conocía: el cuerpo de después del parto, los pechos pesados, el vientre blando, cruzado todavía por la raya oscura, y en las caderas unas marcas finas que la luna volvía de plata. Hice ademán de taparme.
Me cogió las muñecas, sin fuerza, y me bajó las manos.
—Mírate —dijo—. Esto también lo he hecho yo.
Era mi frase. Se la había dicho yo la tarde del sol, desnuda y preñada, y ahora me la devolvía desde detrás, con la boca en mi hombro.
Se arrodilló otra vez, pero esta vez porque quiso y no porque le tocara, y me besó las marcas de las caderas una por una, despacio, como se repasa una cuenta que se sabe de memoria y que aun así se repasa, por gusto.
Me tumbó en los almohadones del estrado, de cara al espejo.
Le pedí que no apartara los ojos de mí, y no los apartó.
Entró muy despacio, preguntando, y al principio me dolió, un dolor distinto, de herida que se está cerrando.
Se lo dije. Se detuvo y esperó dentro de mí, sin moverse, con la frente en la mía, hasta que el dolor se fue y en su sitio vino otra cosa, lenta y honda como el agua que sube en un pozo. Entonces se movió.
Nunca me había visto. En siete años de matrimonio y en todas nuestras noches a oscuras, nunca.
Aquella noche me vi en el espejo de mi marido: la viuda de los Lobera con el pelo suelto sobre la bayeta negra, las piernas abiertas en el estrado de la señora y el mayordomo de la casa dentro de ella, a la luz de la luna de Gonzalo.
No sentí vergüenza. Sentí que por fin alguien había quitado el paño.
Me besaba todo el rato. Me decía mi nombre todo el rato, bajo, contra la boca, «Blanca», como si quisiera gastarlo. Me tuteaba sin darse cuenta y sin pedirme perdón. La toca estaba en el arcón, junto a los alfileres, a un brazo de distancia. No alargué el brazo.
Estábamos los dos al borde cuando se detuvo.
Se quedó inmóvil sobre mí, dentro de mí, mirándome de muy cerca, y le vi en los ojos la palabra antes de que la dijera.
La vi subir como sube el agua y pararse en la boca, contenida, igual que se había parado un beso a un dedo de la mía la noche de las catorce respiraciones.
—¿Puedo decirlo? —preguntó.
Nada sin asiento. Hasta para eso.
Le puse la mano en la nuca y le bajé la cara hasta tener su boca pegada a mi oreja.
—Aquí, sí.
—Mío —dijo, muy bajo—. Mi hijo.
Y luego, más bajo aún, como quien asienta la partida que faltaba:
—Mía.
Yo no le había dado nunca nada que fuera suyo. Aquella noche le di lo único que me quedaba.
—Tuya —le dije—. Aquí, tuya.
Me corrí mirándonos en el espejo, agarrada a su espalda, con la boca abierta y sin ruido, porque al otro lado de la pared dormía nuestro hijo. Él se vino después, conmigo todavía temblando, diciéndolo contra mi cuello, «mía», una y otra vez, hasta que se le acabó el aliento.
Nos quedamos tumbados en el estrado, con la luna subiéndonos por las piernas. Al rato, al otro lado de la pared, Hernando Juan se despertó y empezó a llorar.
Me fui a levantar. Ramiro me puso la mano en el hombro.
—Deja.
Se echó la camisa por encima y fue a buscarlo.
Le oí cruzar mi cuarto sin tropezar, le oí hablarle en voz baja, con esa voz de leer partidas, y el llanto se fue apagando.
Volvió con el niño contra el pecho y se quedó de pie junto a la ventana, a la luz, meciéndolo sin prisa.
No bajaba la vista. Miraba a su hijo de frente, como la vida no le había dejado mirar nunca a nadie.
—Aquí, sí —dijo sin volverse, como quien lee una ley en voz alta para aprendérsela.
—Aquí, sí. En esta sala, con la puerta cerrada. En la escalera de servicio. En ningún sitio más.
—En ningún sitio más.
Desde el estrado los miré en el espejo. Estábamos los tres. En siete años, aquel espejo no me había devuelto nunca nada que fuera mío.