Epílogo · 1.3
Llevo seis años de luto, y es lo más alegre que me he puesto nunca.
CARGO Y DATA
Doña Leonor murió hace dos inviernos, de un catarro que se le bajó al pecho, en la misma cama en que había dado a luz a Gonzalo.
La última tarde me mandó cerrar la puerta y me pidió que me sentara en el borde de la cama, donde ella se había sentado en mi estrado aquella noche de hielo.
Me dijo que don Diego había sido un buen hombre y un marido enfermo desde la boda.
Me dijo que Gonzalo había nacido doce años después.
Me miró un rato largo, con los ojos ya turbios, y no dijo nada más.
No hacía falta.
Antes de morir, delante de don Matías, de la Tomasa y de todo el que quiso oírla, dijo que el niño tenía sus ojos.
No los tenía. Los de doña Leonor eran grises como la piedra de la villa.
Pero Trujillo la oyó, y Trujillo, que tiene la memoria corta para lo que no le conviene, lo repite desde entonces: que el heredero de los Lobera tiene los ojos de su abuela.
Fue lo último que hizo por la casa. Creo que fue también lo último que hizo por mí.
Álvaro se casó con una viuda rica de Cáceres, dejó de contar ventanas ajenas y ahora cuenta las suyas. Cada invierno nos manda una carta muy correcta, dirigida a su querida prima y a su sobrino, y yo le contesto otra igual de correcta, y los dos sabemos lo que no decimos.
En la taberna del arrabal dicen que el mayordomo de los Lobera manda más en la casa que el dueño.
Dicen que la viuda no se quita el luto por algo.
Dicen que el niño se pasa el día pegado al mayordomo como un perrillo, y que el mayordomo le mira como no se mira a un amo.
Dicen muchas cosas. Nadie puede probar ninguna.
Lo que se dice en Trujillo no se asienta en ningún libro.
Esta mañana bajé al escritorio a buscarlos y me quedé en la puerta sin que me vieran.
Hernando Juan tiene seis años. Estaba sentado en las rodillas de Ramiro, con los pies colgando, delante del libro grande de la casa, el de cargo y data, y tenía la pluma en la mano, cogida como se coge una cuchara, con la lengua fuera por un lado de la boca.
Ramiro le sujetaba la muñeca desde atrás, con la mano izquierda, la de la cicatriz, y le iba guiando la pluma por la columna de las cifras.
—Cargo es lo que entra —le decía, con esa voz de leer partidas que no sube nunca—. Data es lo que sale. Y al final se suma cada columna, y se resta, y lo que queda tiene que ser lo que hay en el arca. Ni un real más ni un real menos.
—¿Y si no es lo que hay en el arca?
—Entonces algo no cuadra, y no se duerme hasta que cuadra.
El niño se quedó pensando, muy serio, mirando la columna. Tiene los ojos de miel enturbiada, con motas claras cerca del centro. Los de su abuela, dice Trujillo.
Sumó. Tardó mucho, con los labios moviéndose y los dedos de la otra mano contando en la mesa, y Ramiro no le ayudó ni una vez, aunque le vi apretar la boca para no hacerlo.
Al final el niño escribió la cifra, torcida, enorme, con un borrón en el siete.
Levantó la cabeza y se volvió hacia él, por encima del hombro, sin bajar la vista.
—¿Cuadra?
Ramiro miró la cifra. Me vio en la puerta por encima de la cabeza del niño. Tardó un momento en contestar, y en ese momento, a seis años de distancia, le vi la cara de la tarde del sol, con la oreja pegada a mi vientre.
—Cuadra —dijo.
Esta noche, después del toque de ánimas, subirá por la escalera de servicio, por el borde de los peldaños, aunque ya no hace falta, porque en esta casa ya no hay nadie a quien esconderle nada que no lo sepa.
Lo hace por costumbre, dice. Yo creo que lo hace por mí.
Llamará a la puerta del cuartito de los braseros, que no tiene llave desde hace seis años, y preguntará lo de siempre, qué se asienta esta noche, señora, con la voz ronca que no tiene de día. Y yo le contestaré lo de siempre.
Me pongo la toca todas las mañanas, con sus nueve alfileres, delante del espejo de Gonzalo, que destapé yo misma la noche que volví del Berrocal y que no he vuelto a tapar.
Me pongo el manto y el negro, y salgo a misa, y Trujillo me ve pasar y se santigua: la viuda de los Lobera, qué mujer, seis años de luto por un marido que no la merecía.
En Trujillo dicen que la viuda de los Lobera no se ha quitado el luto en seis años. Es verdad. Solo me lo quito de noche, y solo me lo quita él.