LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Epílogo · 1.1
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Epílogo · 1.1

Cuarenta días después salí a misa de parida, y de la iglesia me fui a buscarlo.

MISA DE PARIDA

La misa de parida es la primera vez que una mujer pisa la calle después del parto.

Se va a la puerta de la iglesia con la criatura en brazos, el cura sale a recibirte, te echa la bendición en el umbral y te deja entrar, y desde ese momento ya eres otra vez de este mundo.

En Trujillo van las madrinas, las vecinas, las criadas; la que ha parido va delante, despacio, como quien estrena unos zapatos.

Yo fui delante, con Hernando Juan en brazos y la toca bien prendida, y detrás doña Leonor, Catalina y media calle de mujeres que no me habían querido nunca y que aquella mañana me sonreían, porque una viuda que ha dado un heredero a su casa es otra cosa que una seca.

Don Matías me esperaba en el pórtico de Santa María con la estola puesta.

Me bendijo. Me dejó entrar. Recé delante del retrato del Fundador, que me miró como me miraba siempre, como un hombre que ha contado mucho dinero de noche, y le devolví la mirada pensando que su mayorazgo de varón en varón acababa de pasar a un nieto de la Durana, y que no se había enterado nadie más que él y yo.

Al salir, en lugar de subir a casa, me fui derecha a la calesa.

La había mandado preparar la víspera, sin decírselo a nadie más que al cochero, que era mudo de nacimiento y por eso le había elegido.

Estaba esperando en la esquina de la plaza, con la capota echada contra el sol.

Catalina me siguió con la canastilla sin preguntar; había aprendido a no preguntar, y a mí me daba pena que lo hubiera aprendido conmigo.

Doña Leonor se quedó en las gradas de la iglesia, con el rosario en la mano, y me vio subir, y no dijo nada, y cuando la calesa arrancó levantó un poco la barbilla, como quien da permiso.

Media villa me vio salir por la puerta de Coria camino de la dehesa.

La viuda de los Lobera, con su criatura de cuarenta días, en calesa, sola, el día de su misa de parida.

Me imaginé lo que dirían en las casas aquella tarde.

Me imaginé lo que diría el criado de Álvaro, si seguía en la posada.

No me importó. Hacía cuarenta días que había decidido que no me iba a importar.

El Berrocal es la dehesa más lejana de la casa.

Está a legua y media de la villa, por un camino de carro que baja entre paredes de piedra seca y encinas, y luego se abre a un campo de peñascos de granito grandes como casas, redondos, amontonados unos encima de otros como si un gigante hubiera estado jugando a las tabas y se hubiera ido a mitad de la partida.

Allí pastan los merinos de los serranos en invierno.

En verano, con los rastrojos amarillos y las chicharras gritando en las encinas, no hay nadie.

Solo la casa de labor, baja, encalada, con un corral de piedra y un pozo con cigüeñal.

Su caballo estaba atado a la sombra del corral. Lo vi desde lejos y tuve que apretar la canastilla.

Salió a la puerta al oír la calesa. Estaba en mangas de camisa, sin afeitar, más flaco.

Se quedó en el umbral, con una mano en la jamba, mirando cómo el cochero mudo me ayudaba a bajar, y no se movió hasta que tuve los pies en el suelo, y entonces vino deprisa, casi corriendo, y se paró a dos pasos de mí sin saber qué hacer con las manos.

Detrás de él, junto a la puerta, había un hato. Un hato de viaje, bien atado, con un nudo de arriero. Tenía polvo encima. Un polvo de muchos días.

—Cuarenta días llevas con eso en la puerta —dije.

Miró el hato. Me miró a mí.

—No he sabido irme.

Le di la canastilla a Catalina y le dije que llevara al niño a la sombra de las encinas, que corría brisa, y que no volviera hasta que la llamara. Catalina se fue sin preguntar. El cochero mudo se sentó en el pescante y se caló el sombrero sobre los ojos.

—Te traigo una cuenta —le dije—. Repásamela.

—Blanca…

—Escucha. No me voy a casar contigo. Ni contigo ni con nadie.

Si me caso, el niño es de Álvaro. Así que voy a ser viuda el resto de mi vida.

Me voy a poner la toca todas las mañanas, y el manto, y el negro, y Trujillo va a ver a la viuda más fiel de Extremadura, a una mujer que no se quitó el luto en su vida por un marido que no la miraba.

Que lo vean. —Tomé aire—. Y cada noche me lo vas a quitar tú.

No dijo nada. Le temblaba un músculo junto a la boca.

—Vas a volver a la casa —seguí—. Vas a ser el mayordomo de tu hijo.

Le vas a enseñar a leer un libro de cargo y data con esa voz tuya de leer partidas.

Le vas a enseñar a montar, y a cuadrar, y a subir las hierbas un real cuando algún serrano se ría de su madre.

No vas a bajar la vista delante de él. Él la bajará delante de ti cuando le riñas por una suma mal hecha, como la bajan todos los hijos.

No llevará tu apellido. Pero sabrá de quién es hijo: se lo diré yo misma cuando tenga edad de guardar un secreto.

Te lo prometí la tarde del sol, cuando abrí los postigos, y lo cumplo.

—¿Y tú? —dijo él, con la voz rota—. ¿Toda la vida de negro? ¿Por mí?

—Por mí. —Le miré a los ojos, de miel enturbiada, que tanto me había costado ver—. Es lo primero que elijo en mi vida, Ramiro. Me casaron, me palparon, me contaron las lunas, me mandaron comadres y cintas de la Virgen y aguas de Montánchez. Esto lo elijo yo. Déjame tenerlo.

Se quedó mucho rato callado. Las chicharras gritaban. A lo lejos, bajo las encinas, oí a Catalina cantarle algo al niño.

—Hazme tú la cuenta —dije—. ¿Cuadra?

Me miró. Luego miró el hato de la puerta, con su polvo de cuarenta días. Luego volvió a mirarme a mí.

—No —dijo—. No cuadra por ningún lado.

Y dio los dos pasos que le faltaban.

—Pero me quedo.