Capítulo 4 · 4.3
Lo miró una vez, como había pedido, y después cogió el camino.
EL CRIADO
No quise ama de cría. Las señoras de Trujillo no crían a sus hijos; los mandan a una aldea con una moza de pechos grandes y los recogen cuando ya andan.
Doña Leonor me buscó una, de Herguijuela, que tenía leche para dos, y yo le di dos reales por las molestias y la mandé a su casa.
Mi padre me había vendido a mí, y yo no iba a entregar a nadie.
Era lo único que tenía que fuera mío sin trampa, aquel niño colorado y furioso que se me colgaba del pecho como un ternero y berreaba cuando se soltaba, y no pensaba prestárselo a ninguna moza de Herguijuela.
La cuarentena se pasa en la cama. Es la ley de las comadres, más dura que la de las Partidas.
Cuarenta días sin salir de casa, sin pisar la iglesia, sin que ningún hombre te toque.
Yo tampoco habría podido salir; me había quedado tan poca sangre que me mareaba al incorporarme, y la Tomasa venía cada mañana a mirarme el color de las uñas y los párpados por dentro, y se iba sin decir nada, que era su manera de decir que iba bien.
Álvaro subió a ver al niño el tercer día.
Doña Leonor le dejó entrar porque había que dejarle; era el pariente.
Se quedó de pie junto a la cuna mucho rato, con el sombrero en la mano, mirándole la cara.
Buscaba a otro hombre en aquella cara, lo sabía yo y lo sabía él.
Encontró a un recién nacido, que se parecen todos, y que en aquel momento dormía con los puños cerrados junto a las orejas, como si estuviera muy enfadado con algo.
—Enhorabuena, prima —dijo al fin.
—Gracias, primo.
Se fue a Cáceres aquella misma tarde, con su criado y su sombrero de paja.
Las de Cáceres se fueron con él, con sus baúles, y doña Gregoria me dejó la llave del cuartito de los braseros encima del arcón, sin decir nada, al lado de los alfileres de la toca.
Aquella noche no se encendieron las tres lumbres.
Por primera vez en un mes, la sala volvió a estar a oscuras. Ya no me hacía falta.
Lo bautizaron en Santa María al cuarto día, en la pila de los Lobera, debajo del retrato del Fundador.
Yo no fui, que las recién paridas no van a los bautizos.
Lo llevó doña Leonor, sin que se le moviera un músculo de la cara, y el niño iba envuelto en el faldón de encaje con el que habían bautizado a Gonzalo.
El nombre lo elegí yo. Hernando, por el Fundador, que era lo que tocaba en aquella casa y lo que Trujillo esperaba oír.
Y Juan de segundo, que no esperaba nadie.
Don Matías preguntó por qué Juan. Doña Leonor le dijo que por San Juan, que había caído cerca. No había caído cerca. Doña Leonor lo sabía.
Él subió la noche del bautizo. Por la escalera de servicio, que ya no tenía llave, por el borde de los peldaños. Doña Leonor, que dormía al otro lado del pasillo y lo oía todo, no se movió de su cuarto.
Entró en la sala sin preguntar y se quedó en la puerta. Yo había encendido el candil. Era la primera luz que encendía para él.
—Ahí está —le dije—. Míralo. No te lo prohíbo.
Se acercó a la cuna despacio y se arrodilló. Miró al niño a la luz del candil durante mucho tiempo, sin tocarlo, con las manos en las rodillas, y yo le miré mirarlo, y aquello era lo único que me había pedido a cambio de todo, y me pareció tan poco y tan inmenso que tuve que apretar los dientes.
El niño se despertó. No lloró. Abrió los ojos, que todavía no eran de ningún color, y agitó los puños en el aire. Ramiro le acercó la mano izquierda, la de la cicatriz, muy despacio. El niño le agarró un dedo y lo apretó.
—Se llama Hernando Juan —dije.
Ramiro levantó la cabeza.
—Juan —repetí—. Se lo he puesto por tu madre.
No dijo nada. Se quedó con el dedo atrapado en aquel puño diminuto y la cabeza baja, y los hombros le empezaron a temblar, y siguió sin decir nada durante tanto tiempo que la llama del candil se quedó en un hilo.
Cuando habló, habló sin levantar la vista.
—Me voy, Blanca.
—Ya te fuiste una vez.
—Esta vez es de verdad. —Soltó el dedo del niño, muy despacio, abriéndole la mano con cuidado—.
No puedo ser el criado de mi hijo. Me pasaría la vida diciéndole «señorito» y bajando la vista cuando pasara.
Llevo toda la vida bajando la vista. Delante de su padre, delante de su abuela, delante de ti. Delante de él no puedo.
—Quédate.
—¿De qué? —Me miró por fin—. ¿De mayordomo? ¿De hombre que sube por la escalera de servicio a deshoras hasta que alguien lo vea? ¿De qué me quedo, Blanca? Tú misma lo dijiste. Esto no entra en ninguna cuenta.
No supe qué contestar. Esa es la verdad.
Estaba en la cama, sin fuerzas para levantarme, con la sangre todavía derramándose a ratos, y no tenía nada que ofrecerle que no fuera una escalera de servicio y una vida de rodillas.
Él lo sabía. Lo había cuadrado antes de subir.
Había subido a mirar a su hijo, como habíamos quedado, y luego a despedirse.
Se levantó. Se quedó un momento al pie de la cama, mirándome, y luego se inclinó y me besó en la frente, sobre la toca, como se besa a una difunta.
—Cuadra —dijo, muy bajo.
Era lo que decía al cerrar un libro. El trato estaba cumplido: yo tenía mi heredero y él había visto a su hijo, que era lo único que había pedido.
Y se fue. Por la escalera de servicio, por el borde de los peldaños. Oí la puerta del cuartito. Oí el patio. Oí, mucho rato después, un caballo en la calzada que baja a la dehesa, alejándose hasta que dejó de oírse.
Aquella noche fue la peor de mi vida, y he tenido noches malas.
Peor que la de la sangre en el brasero, peor que la del parto, peor que cualquiera de las lunas de aquellos siete años.
Me la pasé despierta, con el niño dormido en el hueco de mi brazo y el candil apagado, mirando la oscuridad de aquella sala que había sido nuestra, y por primera vez desde que Gonzalo entró cruzado en el caballo lloré.
Lloré todo lo que no había llorado en el entierro, y lo que no había llorado en siete años, y lo que tenía guardado de antes.
Lloré sin ruido, para no despertar a Hernando Juan, que dormía con la boca abierta y un puño cerrado junto a la oreja.
Cuando se me acabaron las lágrimas, hice la cuenta.
Si me casaba, perdía la tutela. El testamento de Gonzalo se la daba a Álvaro, y Álvaro se llevaría al niño a Cáceres y lo criaría como se cría a un estorbo, esperando a ver si se moría. No me iba a casar. Ni con Ramiro ni con nadie. Nunca.
Si no me casaba, era viuda. Toda la vida. La viuda de los Lobera, con su toca y su manto y su luto, la mujer que no se quitó el negro, la que fue fiel a un marido que no la miraba. Trujillo lo vería así. Trujillo podía ver lo que le diera la gana.
Y debajo del luto podía hacer lo que me diera la gana a mí.
La cuenta cuadraba. Tardé toda la noche en verlo, pero cuadraba.
Aquella noche decidí que iba a llevar luto el resto de mi vida. Y que en cuanto pudiera tenerme en pie, iba a ir a buscarlo.