LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 4 · 4.2
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Capítulo 4 · 4.2

Parí delante de un escribano, dos enemigas y mi suegra, y el único hombre que quería estaba en la calle.

CARTA DE PARTO

Los dolores empezaron antes del toque de ánimas, y no se parecían a nada de lo que me habían contado.

Me habían hablado de olas. Las mujeres de Trujillo, las que tienen hijos, hablan de olas que vienen y van, cada vez más seguidas, y de una que al final se lleva a la criatura.

Lo que me dio el jarrillo de la Tomasa no eran olas.

Era un puño que se me cerraba en el vientre y no se abría, y cuando se abría era solo para cerrarse otra vez más fuerte, sin dejarme respirar entre medias.

La ley también tiene su manera de parir.

Lo aprendí aquella noche. Cuando la viuda está de parto, no puede haber en la casa ningún hombre: ni criados, ni mozos, ni curas, ni parientes.

Pueden estar hasta diez mujeres honestas, las criadas que hagan falta con tal de que ninguna esté preñada, y dos comadres.

La casa se vació de hombres en un rato; los mozos se fueron a dormir al pajar de las cuadras, fuera de la casa, y el cocinero a la posada.

El escribano, un tal Pedrosa, se sentó con su escribanía de mano en el umbral de la puerta de la calle, con la puerta abierta de par en par y los pies fuera, porque dentro no podía estar y la ley quería que estuviera cerca.

Las tres lumbres ardían. La puerta de la escalera de servicio seguía cerrada con llave, y la llave seguía en la cintura de doña Gregoria.

En mi cuarto estaban la Tomasa y una muchacha que le ayudaba, doña Gregoria y su sobrina, doña Leonor y Catalina con los cubos de agua.

Hacía un calor que no se podía respirar, y doña Leonor mandó abrir la ventana de par en par, aunque los libros de las comadres dicen que la parturienta no ha de coger aire. La ventana daba a la plaza.

Conté. Qué otra cosa iba a hacer. Conté los dolores y el hueco entre los dolores, y cuando el hueco desapareció conté las campanadas de las clarisas, que tocan a maitines en lo más hondo de la noche, y conté los golpes del puño en mi vientre, y conté las cuentas del rosario de doña Gregoria, que la vi pasar una a una desde la cama, a la luz de las velas, con los labios apretados.

No sé cuántas horas. En un parto no hay horas.

Hubo un momento, ya muy entrada la noche, en que me fui.

No sé decirlo de otra manera. Me fui a un sitio donde no dolía, un sitio blanco como la toca, y desde allí oía a la Tomasa decir cosas con una voz que no le conocía, y a la muchacha llorar, y a doña Leonor rezar en voz alta.

La criatura no bajaba. Se había quedado encajada, y el puño seguía cerrándose sobre ella sin conseguir nada, y yo me estaba quedando sin fuerzas para empujar y sin ganas de volver del sitio blanco.

Fue entonces cuando doña Leonor se levantó, fue a la ventana, llamó en voz baja a un muchacho de la cuadra que dormía en el portal de enfrente y le dijo algo que yo oí desde muy lejos:

—Al Berrocal. Que venga el mayordomo. Que se quede en la plaza.

No dijo «el padre». Dijo «el mayordomo», delante de las de Cáceres, que no entendieron nada. Yo sí entendí. Entendí que sabía dónde estaba. Que lo había sabido siempre.

No sé cuánto tiempo pasó. En el sitio blanco no se cuenta. Lo que sé es que en algún momento, entre dos cierres del puño, me llegó por la ventana abierta el ruido de un caballo al galope sobre el empedrado de la plaza, las herraduras resbalando en las losas, y luego nada. Y luego unas botas.

Unas botas en las losas de la plaza. Pasos largos, pesados, que iban hasta la fuente y volvían. Hasta la fuente y volvían. Sin prisa y sin parar, como quien repasa una suma que no le sale.

Los habría reconocido entre mil. Los había oído subir mil veces por el borde de los peldaños para que no crujieran.

Doña Leonor se inclinó sobre mí. Me apartó de la cara el pelo empapado, que se me había salido de la toca hacía horas, y me puso la boca junto a la oreja.

—Ya está abajo —dijo—. Empuja. Te está oyendo.

Volví del sitio blanco. No sé de dónde saqué las fuerzas.

Las saqué de las botas, supongo; de aquel ir y venir hasta la fuente, que no paraba, que no pararía en toda la noche aunque yo me muriera.

Empujé con los dientes apretados sobre un paño que me puso la Tomasa en la boca, y conté los pasos de la plaza en lugar de los dolores, y cuando ya no podía más empujé otra vez, y la Tomasa metió las manos donde había que meterlas y dijo una palabra que no se dice delante de una señora, y algo se rompió dentro de mí y algo salió.

Hubo un silencio que duró un siglo.

Luego, un llanto. Pequeño, rabioso, furioso de frío y de luz.

—Varón —dijo la Tomasa, con la voz rota—. Y de ley.

Las de Cáceres se acercaron a mirarlo. Doña Gregoria lo miró por todas partes, le contó los dedos, le levantó el trapo, y luego me miró a mí, entre las piernas, con la vela en la mano, para comprobar que la sangre era mía y la criatura había salido de donde tenía que salir.

Tuvo la decencia de ponerse colorada. Firmó después.

Llamaron al escribano. Pedrosa subió la escalera corriendo, con la escribanía, y entró en el cuarto con los ojos bajos y la pluma en la mano, y vio a la criatura en brazos de la Tomasa todavía unida a mí por el cordón, como manda la costumbre, para que no quepa duda de que es esa y no otra.

Escribió de pie, apoyando el papel en la pared.

Le oí leer en voz alta la fórmula mientras escribía: que en tal casa, a tal hora de la noche, doña Blanca Carrasco, viuda de don Gonzalo Lobera, había parido un hijo varón, vivo y sano, y que los presentes le vieron y reconocieron.

La Tomasa miró por la ventana, donde empezaba a clarear.

—La luna nueva es mañana —dijo.

Un día de margen. Un día.

Luego vino la sangre. Mucha. Sentí que se me iba la vida por abajo, caliente, como se va el agua de un cántaro roto, y oí a la Tomasa pedir paños y más paños, y a doña Leonor rezar otra vez, y a la muchacha de la Tomasa correr escaleras abajo.

Me pusieron al niño en el pecho para que se me cerrara el vientre, que eso hacían las comadres antiguas, y él se agarró a mí con una fuerza que no sé de dónde había sacado en tan poco tiempo de vida.

La Tomasa trabajó con las manos dentro de mí hasta que salió el sol. No sé qué hizo. Lo hizo.

Cuando la sangre paró, ya era de día. Las cigüeñas castañeteaban en la torre. Por la ventana abierta entraba el olor de las eras y un ruido de carros camino de la trilla.

Las botas de la plaza habían dejado de oírse.

—Se ha ido cuando ha oído llorar a la criatura —dijo doña Leonor, que estaba otra vez junto a la ventana—. Se ha quedado parado debajo del balcón, con el sombrero en la mano, y luego se ha ido andando, con el caballo de la brida.

El escribano escribió que le vieron y reconocieron. A su padre no le vio nadie: estaba abajo, en la plaza, contando conmigo.