Capítulo 4 · 4.1
Si mi hijo tocaba un solo día del undécimo mes, la ley diría que era de otro, y tendría razón.
EL ONCENO
La Tomasa había hecho la cuenta con los dedos, sentada en el borde de mi cama, la primera tarde de las guardas: si todo iba como tenía que ir, la criatura nacería con la luna llena de la trilla.
Si se retrasaba, tenía de margen hasta la luna nueva siguiente, que era cuando se cumplían los diez meses de la muerte de Gonzalo. Ni un día más.
La luna llena de la trilla llegó, redonda y amarilla, sobre las eras del arrabal, donde los trilladores trabajaban de noche para huir del calor.
Yo la vi salir por la rendija del postigo, con el vientre bajo y tirante como un odre a punto de reventar, y esperé.
No pasó nada. La luna empezó a menguar. Tampoco.
Doña Gregoria llevaba la cuenta con su rosario.
Lo supe el tercer día, al verla por la rendija de la cortina: cada mañana, después del desayuno, pasaba una cuenta de un lado a otro del hilo, sin rezar, solo mirándola, y luego me miraba el vientre.
Una cuenta por día. Cuando las cuentas llegaran a un nudo que yo no veía, habría ganado.
Álvaro se instaló en la posada de la plaza.
No subía. No hacía falta. Se sentaba en el poyo de enfrente, junto a su criado, con un sombrero de paja para el sol, y miraba nuestra puerta como se mira una madriguera.
Toda la villa le veía allí sentado y toda la villa sabía por qué.
En las casas de Trujillo, aquella semana, se contaban los días con él.
Yo no podía dormir. No me dejaba el calor, ni el vientre, ni la criatura, que se movía de noche como si también estuviera contando, ni la luz del velón que se colaba por debajo de la cortina.
Me pasaba las noches de lado en el estrado, con un almohadón entre las rodillas, mirando la raya amarilla del suelo y pensando en un hombre que se había ido sin cuadrar las cuentas.
Y pensaba en otra cosa, que no me atrevía a decir.
El mayorazgo era de varón en varón. Si lo que llevaba dentro era una niña, nada de aquello habría servido.
Una niña póstuma sería hija legítima de Gonzalo, con su apellido y su parte de los bienes libres, que eran pocos, pero la casa, las dehesas y el retrato del Fundador pasarían a Álvaro igual que si yo hubiera parido una piedra.
Llevaba meses sin permitirme pensarlo. Lo pensé aquellas noches, mirando la luz por debajo de la cortina, y me di cuenta, con un susto que me hizo sentarme en el estrado de golpe, de que me daba igual.
No me daba igual la casa. Me daba igual lo otro.
Si era niña, la iba a querer exactamente lo mismo.
Iba a querer a una niña que lo había arruinado todo y que llevaba en la cara, quizá, los ojos de miel enturbiada de un mayordomo sin apellido, y la iba a querer más que a la casa, y más que a mí misma.
Lo supe de golpe, con la misma certeza con que se sabe que ha empezado a llover.
—Si es niña, la quiero igual —le dije a la Tomasa a la mañana siguiente, cuando vino a reconocerme—. Que lo sepas.
La Tomasa me miró con sus ojos pequeños.
—Eso no se le dice a una comadre, señora. Se le dice a la criatura.
Se lo dije a la criatura. Aquella noche, con las manos en el vientre y la boca pegada a la toca para que no me oyeran las guardas.
La luna menguó hasta ser una uña. Faltaban tres días para la luna nueva. Luego dos.
La mañana del penúltimo día mandé llamar a la Tomasa y le pedí que echara a las guardas de la sala, que tenía que reconocerme a solas, y doña Gregoria protestó y la Tomasa la miró de una manera que la hizo salir con el rosario por delante. Cuando nos quedamos solas se lo dije.
—Quiero lo de las comadres viejas.
Se quedó inmóvil, con las manos limpias colgando a los lados, oliendo a jabón de sosa.
—No sé de qué me habla.
—Sí lo sabes. La ruda y la sabina. Lo que se da cuando la criatura no quiere salir y hay prisa.
—Eso lo dan las que no saben, señora. —Tenía la voz muy baja—. Eso mata a más madres que criaturas. Y a veces a las dos.
—Si no nace antes de la luna nueva, a él lo matan igual. En vida. Nace bastardo, y es bastardo hasta que se muera, y lo sabe él y lo sabe su hijo y lo sabe el hijo de su hijo. Yo sé lo que es eso. Tú también lo sabes. Tú trajiste al mundo a uno.
La Tomasa apretó la boca.
—¿Y a usted?
—A mí me da igual.
—A mí no.
Se abrió la puerta. Era doña Leonor. No sé cuánto tiempo llevaba al otro lado de la cortina; con ella nunca se sabía. Entró, cerró, y se quedó de pie junto al arcón con el rosario en la mano.
—Dáselo, Tomasa —dijo.
La Tomasa se volvió despacio.
—¿Usted también, señora?
—Es su vientre —dijo doña Leonor—. No el tuyo ni el mío. En esta casa ya ha habido bastantes hombres decidiendo lo que entra y sale de los vientres de las mujeres. Dáselo.
La Tomasa estuvo un rato largo sin moverse. Luego se secó las manos en el delantal, aunque no las tenía mojadas, y salió.
Volvió al anochecer con un jarrillo de barro tapado con un trapo.
Olía a monte y a botica y a algo amargo que no se parecía a nada.
Me lo dio sin mirarme a los ojos, y me dijo lo que tenía que decirme: que no era cosa de un momento, que podía tardar una noche entera o no servir de nada, que si empezaba a sangrar antes de tiempo la llamara, y que si me moría no me iba a perdonar nunca, ni muerta.
Me lo bebí de un trago, como quien firma. Mi marido me había enseñado a firmar así.