LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 3 · 3.3
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Capítulo 3 · 3.3

Treinta días antes del parto, la ley encendió tres luces en mi casa.

LAS TRES LUMbrES

El calor llegó de golpe, como llega a Extremadura, sin primavera que lo anuncie del todo.

Una semana había escarcha en los charcos y a la siguiente las piedras de la plaza quemaban a mediodía.

En los campos empezó la siega. Yo tenía un vientre que ya no me dejaba verme los pies, y me pasaba las tardes en el estrado, en camisa bajo el manto, abanicándome con un abanico negro de luto y sudando por debajo de la toca.

La ley dice que treinta días antes del parto la viuda debe avisar a los parientes, y que los parientes pueden volver a mandar mujeres a reconocerla y poner guardas hasta que dé a luz. La ley lo dice así, con esas palabras. Álvaro las conocía de memoria.

Llegaron un martes: la de Cáceres del lunar en la barbilla, que se llamaba doña Gregoria, y otra más joven y más callada, una sobrina suya que no sé si tenía nombre.

Traían un papel del corregidor y un baúl cada una.

Me reconocieron otra vez, en la sala, con las tres velas, y firmaron que la viuda se hallaba en los meses mayores. Después se instalaron.

La ley dice también que hasta el parto deben arder en la casa tres lumbres toda la noche, para que no se pueda hacer engaño a oscuras.

Doña Gregoria las mandó encender aquella misma tarde: un farol en el zaguán, un velón en el rellano de la escalera principal y otro en la antesala de mi sala, al otro lado de la cortina.

Y dice que si la casa tiene una segunda puerta, se cierre.

La casa tenía la escalera de servicio. Doña Gregoria se hizo llevar a la puerta del cuartito de los braseros, la cerró con llave por fuera y se colgó la llave de la cintura, junto a su rosario.

Aquella noche me acosté en el estrado y miré la cortina de la antesala.

Por debajo se colaba una raya amarilla, la luz del velón.

Hasta aquella noche no me había dado cuenta de cuánto dependíamos de la oscuridad.

A oscuras habíamos hecho el trato, a oscuras nos habíamos aprendido los cuerpos y a oscuras subía él por la escalera de servicio sin que nadie lo viera.

«Sin luz», había sido mi primera regla. Y ahora, como si la ley me hubiera oído y quisiera burlarse de mí, me obligaba a tener tres lumbres encendidas toda la noche.

Las guardianas dormían en la antesala, en dos catres, por turnos.

Oía a doña Gregoria roncar y a la sobrina rezar.

Durante el día no me dejaban sola más que para las necesidades, y ni siquiera siempre.

Ramiro subía con el libro por la escalera principal, a la luz, y leía las partidas en la puerta con doña Gregoria sentada a dos pasos, y ahora sí que no me miraba, y ahora sí que yo no podía mirarle.

Las guardas preguntaban. Era su oficio. Preguntaban a la cocinera, a los mozos, al aguador, a Catalina. Quién entraba y quién salía. Si la señora recibía visitas. Si alguna vez, en el luto, había subido alguien a deshoras.

Catalina aguantó una semana. Doña Gregoria la tuvo una tarde entera en la cocina, pelando habas con ella, hablándole de su pueblo, de su madre, de un novio que Catalina tenía en Santa Cruz y que no sabía nadie, y al final de la tarde Catalina, que tenía dieciocho años y no sabía guardar un secreto ni debajo de la lengua, dijo que en el invierno el mayordomo subía a veces de noche.

Con las cuentas, dijo. A deshoras. Luego se echó a llorar sin saber por qué.

Me lo contó ella misma aquella noche, de rodillas junto al estrado, llorando, pidiéndome perdón. Le acaricié la cabeza. No podía reñirle. La había mandado a buscarle sin libros, delante de ella, una noche de cigüeñas.

Álvaro llegó a los dos días.

No subió a verme. Bajó al escritorio y mandó llamar a Ramiro, y yo lo supe porque el escritorio tiene una ventana al patio, y mi sala también, y en verano, con los postigos entornados por el calor, lo que se habla en el uno se oye en la otra si una se pega a la rendija y aguanta la respiración.

Me pegué a la rendija. Aguanté la respiración.

—Siéntate —dijo Álvaro.

Ramiro no se sentó. Lo supe porque Álvaro lo repitió, y luego lo dejó estar.

—Te voy a hacer una oferta, y solo te la voy a hacer una vez.

Declara ante el escribano que la viuda de mi primo ha tenido trato con un hombre en su luto.

No hace falta que digas con quién. Con eso me basta para meter a esa criatura en un pleito del que no saldrá en su vida, y para que la Chancillería de Granada se pregunte qué parió esa mujer y de quién.

A cambio, sigues de mayordomo. Conmigo. Con el doble de salario.

Porque esta casa va a ser mía antes o después, Durán, y a mí me gustan los hombres que llevan bien los libros.

Hubo un silencio. En el patio, el pozo goteaba.

—¿Y si no?

—Si no, el hombre eres tú. Tengo a la criada.

Tengo al criado de la posada, que ha visto luz en el cuartito de los braseros más de una noche.

Y tengo diez años de cuentas tuyas en las que algo encontraré, porque en diez años siempre se encuentra algo.

Te pongo un pleito por ladrón que te deja en la cárcel real hasta que te salgan canas. —Una pausa—. Piénsatelo hasta mañana.

—No hace falta, señor.

—¿No?

—Las cuentas de esta casa están cuadradas —dijo Ramiro—. Todas.

Oí la silla de Álvaro arrastrarse. Oí sus pasos hasta la puerta del escritorio. Oí que se detenía.

—Mañana —dijo—. Hasta mañana.

Aquella noche no pude dormir. No podía hablar con él; las guardas estaban al otro lado de la cortina, con su velón, y la puerta del cuartito tenía la llave en la cintura de doña Gregoria.

Me pasé la noche despierta, con las manos en el vientre, que no paraba de moverse, como si la criatura también estuviera nerviosa, pensando en cómo hacerle llegar un recado.

Qué recado. Aguanta. Espera. No hagas nada.

No hizo falta. Por la mañana, cuando Catalina me subió el agua, tenía los ojos redondos.

—El mayordomo se ha ido, señora.

Se había ido antes del alba. Había dejado las llaves de la casa en la mesa del escritorio, colgadas de su clavo, y los libros cerrados, y una carta para doña Leonor diciendo que dejaba su empleo por motivos que no hacía falta explicar y que se ponía a disposición de la justicia para lo que la justicia quisiera preguntarle.

Se había llevado su caballo, su ropa y nada más. Nadie sabía adónde había ido.

Me levanté del estrado sin ayuda, con el vientre por delante, y me fui derecha a la puerta de la sala, y doña Gregoria se levantó del catre y me cerró el paso con su cuerpo gordo y su rosario, y me dijo que la señora no podía bajar, que la ley decía que la señora no salía de sus habitaciones sin compañía, y yo le dije cosas que no voy a repetir y que no había dicho nunca, y ella no se movió.

Doña Leonor subió al rato. Echó a las guardas de la antesala con una sola mirada y se sentó en el borde del estrado, donde se había sentado aquella noche de invierno.

—Se ha ido para que no haya de quién hablar —dijo—. Si no está, el primo no tiene a quién poner delante del escribano. Es lo más listo que ha hecho un hombre en esta casa en cuarenta años.

—No me lo ha preguntado.

—No. —Me miró—. Los hombres listos no preguntan cuando saben la respuesta.

Me quedé sola con la rabia. Una rabia que no sabía dónde poner, porque tenía razón él, y tenía razón ella, y la que no tenía razón era yo.

Pero había decidido por mí. Después de todo, después de las reglas y las preguntas y el nada sin asiento, había cogido la decisión más grande de las nuestras y la había tomado solo, de noche, sin subir a pedirme permiso.

Era la primera vez. Y lo había hecho para protegerme, y eso era lo que más rabia me daba.

Por la tarde mandé que me bajaran los libros del escritorio. Doña Gregoria me los subió ella misma, para ver qué hacía. Los abrí en el estrado, sobre el vientre, y busqué la última página escrita.

Estaban las partidas del último día, apuntadas con su letra limpia, una debajo de otra: la cebada de las mulas, la soldada del porquero, un real para el aguador. Debajo, donde tenía que ir la suma, no había nada.

Se fue sin cuadrar las cuentas. En diez años no lo había hecho nunca.