LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 3 · 3.2
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Capítulo 3 · 3.2

Abrí los postigos a mediodía para que me viera entera.

A PLENA LUZ

Aquella Cuaresma me confesé en San Francisco, con un fraile de paso que no me conocía.

No podía confesarme con don Matías. Don Matías me había casado, había enterrado a mi marido y bautizaría a mi hijo, y aunque el secreto de confesión es sagrado, en Trujillo las cosas sagradas también se notan en la cara.

Así que esperé a que pasara por el convento un franciscano que venía de Guadalupe camino de Sevilla, me tapé bien con la toca y el manto, y me arrodillé en la rejilla con el corazón en la boca.

Le dije pecado de carne. Le dije que era viuda y que había conocido a un hombre en mi luto, y que me arrepentía.

No le dije lo demás. Lo demás no se puede confesar sin devolverlo, y yo me había leído el manual de confesores de mi padre, que lo tenía en el mismo estante que la Partida: una mujer que tiene un hijo que no es de su marido tiene que restituir el daño a los herederos legítimos.

Los herederos legítimos eran Álvaro. Así que callé, y el fraile me absolvió de lo que le dije, y yo salí de San Francisco sabiendo que me llevaba el pecado más grande entero, sin tocar, debajo de la toca.

Cumplí con Pascua sabiendo lo que callaba. No me sentí mejor ni peor que antes. Me sentí igual que cuando quemaba los paños: una mujer que hace lo que tiene que hacer y ya pagará después.

Un día de primavera, a la hora de la siesta, con doña Leonor en la novena de las clarisas y Catalina en el mercado de la plaza y la casa entera dormida bajo el calor, mandé subir a Ramiro. Sin libros. De día.

Cuando entró en la sala, yo estaba de pie junto a la ventana, con la mano en el postigo. Se quedó en la puerta.

—Cierra con el pestillo —le dije.

Cerró. Y entonces abrí los postigos.

La luz entró de golpe, blanca, como agua de un cubo.

Hacía más de medio año que aquella sala no veía el sol, y el sol se echó sobre las bayetas negras, sobre el estrado, sobre el espejo tapado, sobre el polvo que flotaba en el aire, y me cegó a mí también, que estaba acostumbrada a vivir en la penumbra como los topos.

Tardé en ver. Cuando vi, él tenía la mano delante de los ojos.

—Baja la mano —le dije.

La bajó. Me miró. Por primera vez en más de siete años, Ramiro Durán me miró a la cara a plena luz, y yo le sostuve la mirada, y me di cuenta de que tenía los ojos castaños, con motas más claras cerca del centro, como la miel cuando se enturbia, y de que no lo sabía.

Había dormido con aquel hombre, le había besado, había tenido su semilla dentro, y no sabía de qué color tenía los ojos.

Me quité la toca. Luego el manto. Luego la saya, el jubón, la camisa, las medias, todo, despacio, dejando caer cada prenda al suelo, sin prisa, con la luz dándome de lleno.

No me tapé. Tenía el vientre ya redondo, alto, tirante, con una raya oscura que me bajaba desde el ombligo como si alguien me hubiera partido en dos con carboncillo.

Tenía los pechos más grandes y más oscuros, con las venas azules asomando.

Se me habían ensanchado las caderas. Me había mirado así, desnuda, en el espejo de Gonzalo, antes de que lo taparan, cientos de veces, buscando algo que no llegaba.

Ahora había llegado, y quería que me viera él antes que nadie.

—Mírame entera —le dije—. Esto también lo has hecho tú.

Se acercó despacio. Se arrodilló delante de mí, no en el estrado sino en el suelo, en el sol, y me miró desde abajo, y no dijo nada durante tanto tiempo que empecé a tener frío. Luego puso las dos manos en mi vientre, abiertas, con los dedos separados, como las ponía de noche.

—Blanca —dijo.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Nunca, en siete años, le había oído decirlo, ni siquiera hablando de mí con otros; siempre «la señora». Lo dijo muy bajo, con la boca casi pegada a mi piel, y la palabra me entró por el ombligo y me subió por dentro hasta la garganta.

—Otra vez —le dije.

—Blanca.

—Otra.

—Blanca. —Levantó la vista—. ¿Sabes cuántas veces lo he dicho sin decirlo?

Me tuteó. Así, sin darse cuenta, con las manos en mi vientre y los ojos de miel enturbiada levantados hacia mí.

Siete años de «señora», dos lunas de «señora» a oscuras, y ahora un «tú» que se le había escapado como se escapa el agua de un cántaro rajado.

Lo oyó él mismo después de decirlo, y se le puso la cara de un color que no había visto nunca.

—Perdón, señora…

—No. —Le cogí la cara—. Así. Así se queda.

Me tumbó en el estrado, a pleno sol. Le desnudé yo, y le miré yo, por fin, entero.

Era más grande de lo que había creído a oscuras, más ancho de hombros, más velludo, con una raya de piel más clara donde terminaba el cuello de la camisa y empezaba el pecho, y los brazos morenos hasta el codo, de trabajar remangado.

Tenía una cicatriz en la palma izquierda, una línea blanca que la cruzaba de lado a lado.

Se la besé. No le pregunté todavía de dónde era.

Me hizo el amor con los ojos abiertos. Me miraba la cara todo el rato, como si quisiera recuperar todas las noches en que no había podido verla, y yo le miraba a él, y verle la cara mientras entraba en mí fue más de lo que había sentido en todas las noches juntas.

Ahora sabía cómo se le ponían los ojos, y la boca, y las cejas, que se le juntaban como si le doliera.

Lo veía todo. La luz no dejaba nada donde esconderse.

Estaba encima de mí, despacio, con una mano en mi vientre para no apoyarse en él, cuando la criatura se movió.

Era la primera vez. Yo llevaba días notando algo, un aleteo, como un pez pequeño que se da la vuelta en un cubo, y no estaba segura. Aquella vez fue un golpe claro, debajo de su mano, justo debajo, como si alguien llamara a una puerta desde dentro.

Ramiro se detuvo en seco.

Se quedó inmóvil, dentro de mí, con la mano en mi vientre y los ojos muy abiertos, sin respirar. La criatura volvió a moverse, otro golpe, más flojo. Le vi la cara cambiar de una manera que no sé describir; como cuando se quiebra el hielo de una fuente y se ve correr el agua por debajo.

Sin decir nada, alargó la mano hacia el arcón, cogió la toca doblada y me la puso en la cabeza. Con cuidado. Me la echó sobre el pelo y me la ajustó bajo la barbilla, como me la ponía Catalina, y la dejó ahí.

—Póntela —dijo—. Ahora no puedo.

Salió de mí despacio. Se tumbó a mi lado, de costado, con la cara contra mi vientre, y se quedó así, con los ojos cerrados y la oreja pegada a la piel, esperando otro golpe. Le temblaba la espalda. No lloraba. Hacía algo que se parecía más a rezar.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. El sol se movió en el suelo. Las cigüeñas castañetearon en la torre.

Fue entonces cuando me contó lo de la cicatriz.

Se la había hecho a los once años, en el escritorio, con un cortaplumas del viejo Saturio, el mayordomo que le crió, porque se le había metido en la cabeza grabar en la mesa el nombre de su padre y se había dado cuenta, con el cortaplumas ya en la madera, de que no sabía cuál era.

Se le fue la mano de rabia. Saturio le curó y no le preguntó nada.

Aquella noche, con la mano vendada, Ramiro se juró que si alguna vez tenía un hijo, ese hijo sabría de quién era.

—Lo sabrá —le dije—. No por el apellido. Pero lo sabrá.

—No es lo mismo.

—Ya lo sé.

Yo le conté lo mío. Los siete años. La seca. El miedo de que la culpa fuera mía, que no le había dicho a nadie. Él me escuchó sin interrumpir, con la oreja en mi vientre, y cuando terminé dijo, muy serio:

—Pues ya ves que no.

Y me reí, y lloré, y las dos cosas a la vez, a plena luz, con la toca puesta y el resto del cuerpo desnudo.

Antes de irse, ya vestido, con la mano en el pestillo, se volvió.

—La raya está a dos jornadas —dijo—. En Portugal nadie nos buscaría. Tengo ahorrado lo bastante para un par de años.

Lo miré desde el estrado.

—¿Y qué sería él en Portugal?

No contestó.

—Un bastardo en una aldea de la raya —dije yo—. Hijo de una viuda huida y de un mayordomo ladrón, porque eso es lo que diría Álvaro de ti al día siguiente. No. He quemado mi sangre, he mentido a cinco mujeres, a un fraile y a Dios. Voy a terminar lo que empecé.

Se quedó un rato con la mano en el pestillo. Luego asintió, una sola vez, y se fue.

Aquella tarde le enseñé a decir mi nombre. Me costó menos que enseñarle a callar que el niño era suyo.