Capítulo 3 · 3.1
Volvieron las cigüeñas a la torre, y lo mandé llamar sin libros.
CIGÜEÑAS
Las oí antes de verlas. Una mañana de finales de invierno, con la escarcha todavía en los tejados, me despertó en el estrado un ruido seco, de madera contra madera, como si alguien tocara unas tabletas de San Lázaro en lo alto de la torre.
Abrí la rendija del postigo. En el nido de la torre de Santa María, que llevaba vacío desde el verano, había dos cigüeñas que se saludaban echando la cabeza hacia atrás y castañeteando el pico contra el cielo.
En Trujillo, cuando vuelven las cigüeñas, se dice que el invierno ha perdido.
Yo me quedé mirándolas un rato largo, con la manta sobre los hombros y la mano, sin darme cuenta, sobre el vientre, que ya no era del todo el mío.
Había empezado a redondearse por abajo, poco, lo justo para que la saya me tirara al sentarme y para que yo lo notara cada vez que me agachaba.
Nadie más lo notaba todavía. Nadie más que él, que no me miraba.
Desde la noche de la palabra no había vuelto a subir por la escalera de servicio.
Subía de día, con el libro y la puerta abierta, como siempre, y leía las partidas a un palmo de mi hombro, como siempre, y se iba.
Era perfecto. Era tan perfecto que me daban ganas de tirarle el tintero.
No había en su voz ni rencor, ni reproche, ni súplica; había exactamente lo que había habido durante siete años antes del novenario, y eso era lo peor, porque ahora yo sabía lo que había debajo, y sabía que lo estaba tapando para mí, como se tapa un espejo.
Me había puesto la toca y él la había respetado. Había hecho exactamente lo que yo le había pedido. Y yo llevaba desde entonces con un frío dentro que no se quitaba con el brasero.
Aquella noche, después del toque de ánimas, llamé a Catalina, que ya se había acostado junto al fogón, y le dije:
—Dile al mayordomo que suba.
Catalina se quedó en la puerta, en camisa, con los ojos hinchados de sueño.
—¿Con los libros, señora?
—Sin libros.
Lo dije así, delante de ella, y ella bajó la escalera sin decir nada, y yo supe que acababa de poner mi vida en manos de una muchacha de dieciocho años que no sabía guardar un secreto ni debajo de la lengua.
No me importó. Esa es la verdad. Aquella noche no me importaba nada más que oír los peldaños.
Los oí. Por el centro, esta vez; subía deprisa y no le importaba que crujieran. Entró en la sala a oscuras y se quedó de pie, sin arrodillarse, y yo desde el estrado le oí respirar como respira un hombre que ha subido una escalera corriendo y que no quiere que se note.
—¿Qué se asienta esta noche, señora?
—Nada.
Se quedó callado.
—Entonces, ¿para qué me llama?
No contesté. Me levanté del estrado, sin la toca, que me había quitado antes de que subiera y había dejado sobre el arcón, doblada, con los nueve alfileres clavados en fila.
Crucé la sala a oscuras como la cruzaba él, sin tropezar, porque había aprendido yo también.
Le encontré el pecho con las manos. Subí por el pecho hasta el cuello, hasta la cara, que tenía caliente y sin afeitar, y la sujeté con las dos manos como se sujeta un cántaro que no se quiere dejar caer.
—Para esto —dije.
Y le besé.
No sé cómo explicar aquel beso sin quedarme corta.
Llevaba dos lunas acostándome con aquel hombre, conocía el peso de su cuerpo encima del mío y el ruido que hacía al terminar, sabía cómo se le ponía la respiración cuando le clavaba las uñas y cómo se le quedaba después, y no le conocía la boca.
La boca era lo único que me había guardado.
Y cuando por fin la tuve, fue como abrir una puerta de la casa que llevaba siete años cerrada y encontrarme dentro una habitación que no sabía que existía, con la cama hecha.
Se quedó inmóvil un instante, con mis manos en la cara, sin respirar. Luego me devolvió el beso, y el beso de él no se parecía a nada. No preguntó. Fue la única vez en toda nuestra historia que hizo algo sin preguntar, y no me importó, porque la pregunta estaba en el beso mismo, y yo la contesté.
Me besó como si llevara siete años aprendiéndoselo de memoria. Supongo que es lo que había hecho.
Me llevó al estrado sin dejar de besarme, a oscuras, sin tropezar.
Me desnudó sin dejar de besarme, y yo le desnudé a él, por primera vez del todo, porque hasta entonces nunca se había quitado la camisa y aquella noche se la arranqué yo por la cabeza y la tiré no sé dónde.
Le besé el pecho, que tenía velludo y ancho, y el cuello, y la boca otra vez, siempre la boca, como quien vuelve a beber de una fuente para asegurarse de que sigue ahí.
Entró en mí besándome. Se movió dentro de mí besándome, despacio, con una lentitud que me hacía gemir contra su boca, y él se bebía el gemido para que no lo oyera la casa, y yo le mordí el labio de abajo cuando me corrí, y él me lo dejó morder, y luego se corrió él con la boca abierta contra la mía, y el ruido que hizo se me quedó dentro, en la garganta, como si me lo hubiera tragado.
Después nos quedamos tumbados en los almohadones, sin hablar, con las frentes juntas. Fuera, en la torre, las cigüeñas castañeteaban el pico en sueños.
—¿Y la regla de los besos, señora? —dijo al final, muy bajo.
—La he derogado.
Le oí reírse. Era la primera vez que le oía reírse, y se reía sin ruido, con el pecho, un temblor que noté en mis pechos antes que en mis oídos.
—¿Se pueden derogar las reglas?
—Las mías sí. Las hice yo.
—¿Y las otras?
—Las otras, de una en una. —Le pasé el dedo por la boca, que ahora ya sabía de memoria—. Y cuando yo diga.
—Cuando usted diga.
Se fue antes del primer gallo, como siempre. Yo me quedé despierta hasta que clareó, tocándome los labios, que me ardían, y el vientre, que empezaba a ser otra persona.
Me había acostado con él dos lunas enteras y no le había besado nunca. Aquel beso fue lo primero que hice con él que no le servía a nadie más que a mí.