LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 2 · 2.3
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Capítulo 2 · 2.3

Dijo una sola palabra, y yo me puse la toca.

MÍO

Aquel invierno heló como no se recordaba.

Las fuentes de la plaza amanecían con una costra de hielo que los muchachos rompían a pedradas, las cigüeñas se habían ido hacía tiempo, y en la sala enlutada el brasero no bastaba, y yo dormía en el estrado vestida, con dos mantas y la toca puesta, porque me daba vergüenza desnudarme sola en aquella habitación.

La frase de doña Leonor no me dejaba dormir. La daba vueltas como se da vueltas a una moneda para ver si es falsa. ¿La primera en qué? ¿En quemar paños? ¿En esperar? ¿En mentir? ¿En haber tardado doce años? No me atreví a buscarle el fondo. Tenía miedo de que no lo tuviera y más miedo de que sí.

Una de aquellas noches, después del toque de ánimas, oí crujir el primer peldaño de la escalera de servicio.

Crujió porque alguien había apoyado todo el peso de golpe y luego lo había retirado, como quien se arrepiente a medio paso. Después, nada, un rato largo. Después, los peldaños por el borde, uno detrás de otro, despacio, y la puerta del cuartito de los braseros, y nada.

No le había llamado. Era la primera vez que subía sin que yo le llamara, y lo había hecho a sabiendas de que yo le había dicho que no. Me quedé sentada en el estrado, con las mantas hasta la barbilla y el corazón en la garganta, oyéndole respirar al otro lado de la cortina. No entraba. Esperaba.

Podía haberle dicho que se fuera. Habría bastado una palabra, y se habría ido; lo sabía tan bien como sé mi nombre. Él empujaba, pero el timón lo llevaba yo.

—Pasa —dije.

Entró. Se arrodilló en su sitio, a oscuras.

—Esto no entra en la cuenta —le dije, y la voz me salió más dura de lo que quería, porque me estaba temblando todo por dentro—. Que lo sepas. Esto no sirve para nada.

—Lo sé, señora.

—Entonces, ¿a qué subes?

No contestó. Pero le oí respirar, y en esa respiración estaba la contestación, y era la misma que la mía.

Me quité los alfileres. Nueve. Los dejé en el almohadón, y a cada uno le oí respirar distinto, igual que la primera noche.

No fue como las otras veces. En las otras veces había habido una cuenta, un plazo, una cosa que teníamos que hacer y que hacíamos, y el placer venía detrás, como el polvo detrás de la carreta.

Aquella noche no había nada delante. Solo nosotros, a oscuras, en la sala de una viuda, sin excusa.

Él me desnudó despacio, preguntando cada prenda, y cuando me tuvo desnuda se quedó un rato largo solo tocándome, con las palmas abiertas, como quien reconoce una tierra después de un invierno, y yo supe que me estaba buscando los cambios.

Los pechos más llenos y más doloridos. La cintura, que todavía no había cambiado nada pero que él tocaba como si lo hubiera hecho.

Me tumbó de lado, con cuidado, con un cuidado nuevo, y entró en mí por detrás, muy despacio, preguntando, con una mano en mi cadera y la otra extendida sobre mi vientre, como si lo protegiera del frío.

Me corrí así, de lado, con su mano en mi vientre y su aliento en la nuca, mordiendo la manta para que no se me oyera, y fue más fuerte que nunca porque no servía para nada.

Él tardó más. Se quedó dentro de mí mucho rato después, sin moverse, con la frente en mi hombro y la mano en mi vientre, y yo empezaba a dormirme contra él cuando le oí decir, muy bajo, contra mi espalda:

—Mío.

No fue más que eso. Una palabra. La dijo como se dice una cosa que se ha pensado mucho tiempo y se ha callado más, y la dijo con la mano abierta sobre mi vientre, y la mano apretó un poco al decirla.

Me incorporé. Busqué a tientas la toca sobre el almohadón, la encontré, me la puse. No me la prendí; me la eché por la cabeza sin más y la sujeté bajo la barbilla con las dos manos.

Él se detuvo en el acto. Sacó la mano de mi vientre como si se hubiera quemado. Salió de mí sin una palabra, se levantó, le oí vestirse en la oscuridad, rápido, sin torpeza, y le oí detenerse al pie del estrado.

—Con permiso, señora.

Y se fue. Sin tropezar. Sin pedir nada. Sin preguntar por qué.

Me quedé sentada en el estrado con la toca sujeta bajo la barbilla, desnuda de cuello para abajo, temblando de frío y de otra cosa. Tardé mucho en soltar la toca. Cuando la solté me di cuenta de que tenía las manos entumecidas de tanto apretar.

No podía decir aquella palabra. Esa palabra era la única que podía matarnos a los tres.

Si la decía una noche, la diría otra, y la diría un día en la taberna del arrabal con un vaso de más, o en sueños, o en la cara del niño cuando naciera, y el criado del poyo la oiría, y Álvaro la oiría, y la Partida le daría la razón.

Por eso me puse la toca. Me lo dije muchas veces aquella noche, y era verdad.

Pero no era toda la verdad. La otra parte me la había contado la Tomasa, sin que se la pidiera, el día que vino a reconocerme, mientras se secaba las manos en el delantal y miraba por la rendija del postigo al patio, donde Ramiro daba órdenes a los porqueros.

—A ese lo traje yo al mundo —había dicho—. Su madre, la Juana, no quiso decir nunca de quién era. Ni a mí, ni al cura, ni a él. Se lo llevó a la tumba. Y el chico se crió preguntándoles a todas las caras de la villa.

Mío. Un hombre que no sabe de quién es hijo, poniendo la mano sobre un hijo que nunca podrá decir que es suyo.

Eso era lo que había oído en su voz, y eso era lo que me había hecho coger la toca, más que la Partida y más que el criado sentado en el poyo de enfrente. Porque en aquella palabra no cabía yo.

El freno funcionaba. Lo había probado yo misma, y había funcionado como él había prometido, a la primera, sin una queja. Lo que no sabía, aquella noche, era cuánto me iba a doler que funcionara tan bien.