Capítulo 2 · 2.2
El primo nunca me miraba a la cara; me miraba la cintura.
EL CURADOR
Álvaro llegó una semana después con su título de curador del vientre en una carpeta de piel y se instaló en la mejor habitación de la casa, la del balcón a la plaza, que había sido de Gonzalo.
Doña Leonor no le dirigió la palabra durante los once días que estuvo.
Yo sí, porque la ley dice que la viuda preñada queda apoderada de los bienes en nombre de la criatura, y yo tenía intención de ejercer.
El curador tiene derecho a revisar las cuentas.
Álvaro ejerció su derecho desde la primera mañana.
Se sentó en el escritorio de Ramiro, en su silla, con los libros de cargo y data abiertos delante y una lente de aumento, y empezó a repasar partida por partida los últimos diez años de la casa, buscando lo que buscan todos los herederos que llegan con deudas: el agujero por donde un mayordomo se ha ido llevando lo que no es suyo.
Bajé al escritorio la segunda mañana. Una viuda en su primer luto no baja al escritorio, pero una viuda apoderada de los bienes de su hijo sí, y yo bajé con la toca bien puesta y el manto hasta los pies, y me senté en el banco de la pared con las manos en el regazo, sin decir nada.
Álvaro se levantó, me hizo una reverencia de corte y me preguntó si me encontraba bien.
Le dije que perfectamente. No volvió a preguntarme por mi salud. Tampoco volvió a mirarme a la cara.
Me miraba la cintura. Todo el rato. Cuando levantaba los ojos de los libros no los subía más arriba de mi cintura, como si allí estuviera escrita la cuenta que de verdad le importaba, y cada vez que lo hacía yo apretaba los dedos en el regazo y respiraba por la nariz.
Ramiro estaba de pie junto a la ventana. Contestaba a lo que le preguntaban y a nada más.
—Esta partida —decía Álvaro, con el dedo en el libro—. Las hierbas del Berrocal. Este año han subido un real por cabeza. ¿Por qué?
—Subieron los pastos, señor.
—¿Solo los de esta casa?
—Solo los que yo arriendo, señor.
Álvaro levantó la vista hasta la cintura de Ramiro, que era lo más alto que miraba a nadie, y volvió a bajarla al libro. Yo me mordí el interior de la mejilla para no reírme.
Estuvo así once días. Once días buscando el agujero, con su lente de aumento, en una casa donde el único que había hecho agujeros era Gonzalo, y todos estaban apuntados con su fecha y su firma, porque Ramiro apuntaba hasta las deudas de juego de su amo con la misma letra limpia con que apuntaba los diezmos.
Al undécimo día Álvaro cerró el último libro, se quitó la lente y dijo, sin mirar a nadie:
—Un mayordomo muy celoso de la casa.
—Es mi obligación, señor.
—Ya veo. —Se levantó—. Siga así. Dentro de unos meses sabremos para quién.
Se fue a Cáceres al día siguiente. Dejó en la posada de la plaza a su criado, el que se sentaba en el poyo de enfrente, y se llevó una copia del libro de la montanera, no sé para qué.
Aquella noche, cuando Ramiro subió con las cuentas del día, le dije lo que llevaba días preparando.
—Ya no hace falta que subas de noche.
Estaba de pie en la puerta, que estaba abierta, con Catalina cosiendo en el rincón. No podía decir nada que Catalina no pudiera oír, y lo sabía, y yo lo había elegido así, porque era una cobarde.
—Como mande la señora.
Eso fue todo. Leyó las partidas del día con la misma voz de siempre, cerró el libro, se inclinó lo justo y se fue. Catalina siguió cosiendo. Yo me quedé mirando la puerta.
Había hecho bien. Lo repetí todos los días de aquel invierno.
El trato era un hijo, y el hijo ya estaba.
Cada noche que él subiera por la escalera de servicio era una noche en que alguien podía oírle, un criado sentado en un poyo podía ver luz, una criada podía despertarse junto al fogón con sed.
Lo que habíamos hecho había tenido un fin, y el fin se había cumplido, y seguir era un pecado sin excusa y un peligro sin necesidad.
Había hecho bien, y no dormía.
Él siguió subiendo de día, con el libro y la puerta abierta.
Me leía las partidas a un palmo de mi hombro, como siempre, y yo le escuchaba como siempre, y los dos hacíamos como si en aquella sala no hubiera pasado nada, y la sala entera, con sus bayetas y su espejo tapado y su estrado, se nos reía en la cara.
Yo le miraba las manos. Él miraba el libro.
Una tarde se le cayó la pluma y se agachó a cogerla junto a mis pies, y por un instante tuve su nuca a un palmo de mi rodilla, y el cuerpo entero se me fue hacia delante como una perra que oye su nombre, y tuve que agarrarme al borde del estrado.
Una noche de mucho frío, a mediados de aquel invierno, alguien entró en la sala enlutada sin llamar, y no era él.
Era doña Leonor. Llevaba una palmatoria en la mano y un chal negro sobre el camisón, y el pelo blanco suelto por la espalda, que yo no le había visto nunca, y parecía mucho más vieja y mucho más peligrosa que de día.
Dejó la palmatoria en el arcón y se sentó en el borde del estrado, sin pedir permiso, a mis pies.
—No duermes —dijo.
—No, señora.
—Yo tampoco dormía. —Miró la palmatoria—. Doce años tardé yo en darle un hijo a mi marido. Doce. Tú te quejas de siete.
No dije nada. Nunca me había hablado de su marido, don Diego, que murió cuando Gonzalo tenía diez años y de quien solo quedaba en la casa un retrato en la escalera, un hombre flaco y amarillo, con cara de haber estado enfermo toda la vida.
—La semana que se fue la chica a Plasencia —siguió—, el pasillo olía a lino quemado. Todas las noches.
El corazón se me paró. Se me paró de verdad; lo noté dejar de latir y volver a empezar con un golpe que me hizo daño en las costillas.
—Madre…
—No me llames madre, que no lo soy.
Se levantó. Recogió la palmatoria. Se ajustó el chal. Desde la puerta volvió a mirarme, y a la luz de la vela tenía la cara llena de sombras, como una talla de iglesia.
—¿Tú crees que eres la primera? —dijo.
Y se fue.