LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 2 · 2.1
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Capítulo 2 · 2.1

La regla no vino, y por primera vez en siete años me dio miedo que no viniera.

LA FALTA

Durante siete años, cada luna, la regla había llegado a su día como llega el cobrador de los censos: puntual, sin avisar y sin disculparse. Aquella vez no llegó.

Esperé un día. Esperé dos. Al tercero me descubrí levantándome cada poco del estrado para comprobar, como una niña que mira si ha nevado, y me obligué a sentarme y a rezar el rosario entero sin comprobar nada, y a la segunda decena ya me había levantado otra vez.

No quería esperanza. La esperanza era lo que me había hecho tanto daño todos aquellos años, luna tras luna, hasta que aprendí a no tenerla.

Pero la esperanza no pide permiso; se te mete debajo de la toca y te respira en la nuca.

Al sexto día no hubo manera de no tenerla. Y al octavo tuve miedo, un miedo nuevo que no se parecía a ninguno de los anteriores, porque si aquello era lo que parecía, ya no había vuelta atrás.

La matanza de la casa se hizo aquel año con las primeras heladas, cuando volvieron de la montanera los primeros cochinos, gordos como odres.

En casa de los Lobera se mataban ocho, y se mataban en el patio, con las mujeres del servicio y dos o tres vecinas que venían a ayudar a cambio de su parte de morcillas.

La viuda no baja a la matanza; bastante tiene con su luto.

Pero la matanza sube. Sube el chillido del primer cochino, que es un chillido que no se parece a nada y que se te queda en los huesos todo el día.

Sube el humo de las calderas. Y sube el olor de la sangre que se remueve en los barreños, caliente, con cebolla, para las morcillas.

Aquel olor me llegó a la sala enlutada a media mañana, y me levanté del estrado y apenas tuve tiempo de llegar a la jofaina.

Catalina entró en ese momento con el almuerzo.

Me vio doblada sobre la jofaina, con la toca torcida, y se quedó en la puerta con la bandeja en las manos y la boca abierta.

Yo me limpié la boca con el pañuelo, me enderecé la toca y le dije que algo me había sentado mal, y ella dijo «sí, señora», y bajó la escalera, y antes de que llegara a la cocina ya lo sabía la cocinera, y antes de que se colgaran las morcillas lo sabían las tres vecinas, y antes del anochecer lo sabía Trujillo.

Doña Leonor mandó llamar a la Tomasa aquella misma tarde, «por el mal de estómago de la señora».

La Tomasa era la comadre del arrabal. Había traído al mundo a medio Trujillo, a los ricos y a los pobres, y a los de dentro de la muralla y a los de fuera, y tenía la cara curtida y las manos más limpias que he visto nunca, siempre oliendo a jabón de sosa.

Me hizo tumbarme en la cama, echó a Catalina y a doña Leonor del cuarto sin pedirles permiso, y me palpó el vientre, los pechos y lo demás con unas manos que no eran frías como las de la comadre de Plasencia, sino tibias y rápidas y sin ninguna prisa, todo a la vez.

—¿Cuándo le vino la última, señora?

La miré a los ojos.

—Antes de que muriera mi marido.

La Tomasa sostuvo la mirada un rato largo. Tenía los ojos pequeños, negros, de mirar mucho y decir poco. Luego se secó las manos en el delantal.

—Pues si es así, vendrá con la trilla —dijo—. Justito.

No dijo nada más. Recogió sus cosas, salió al pasillo, le dijo a doña Leonor lo que había que decirle y se fue. Yo me quedé mirando la viga del nudo con forma de ojo, que desde la cama se ve muy bien, y la viga me miró a mí, y por primera vez en siete años no me pareció que me mirara con desprecio.

Justito. La Tomasa también sabía contar.

Aquella noche mandé llamar a Ramiro. Hacía casi un mes que no subía; así lo habíamos dejado, sin decirlo, después de la quinta noche de la segunda luna.

Vino por la escalera de servicio, a oscuras, y se quedó en la entrada de la sala, sin arrodillarse, como si no supiera si tenía derecho a su sitio de siempre.

—Ya lo sabes —le dije.

—Lo sabe la villa entera, señora.

—La Tomasa dice que vendrá con la trilla.

Se quedó callado. Le oí dar un paso, y otro, y luego le oí sentarse en el suelo, no en la tarima del estrado sino en el suelo, con la espalda apoyada contra ella, como se sienta un hombre que ha andado mucho.

Estuvimos así un rato largo, yo arriba, en los almohadones, y él abajo, con la cabeza a la altura de mi rodilla, sin tocarnos.

—Cuadra —dijo al fin.

Y a mitad de la palabra se le rompió la voz.

No le vi la cara. Me alegro de no habérsela visto. Lo que le oí en la voz ya fue bastante para no dormir aquella noche.

Al día siguiente hice lo que manda la ley, y lo hice yo, con mi nombre, antes de que nadie tuviera tiempo de hacerlo por mí.

Mandé llamar al escribano y le dicté una carta para el primo Álvaro, a Cáceres, dándole cuenta de que la viuda de su primo se hallaba preñada de su difunto marido, y de que lo notificaba para que constara y para que nadie pudiera decir que se escondía nada.

El escribano escribía sin levantar la vista, pero se le notaba en la oreja, que se le puso colorada, que en su vida había visto a una viuda dictar una cosa así con esa voz.

Doña Leonor estaba presente. Cuando el escribano se fue, se acercó al estrado, me miró un rato largo desde arriba, con las manos cruzadas sobre el rosario, y dijo:

—Es de mi hijo.

No lo dijo como una pregunta. Tampoco como una afirmación. Lo dijo como se dice una orden a un criado que ya sabe lo que tiene que hacer.

—Es de su hijo —contesté.

Álvaro contestó a vuelta de correo, y no a mí, sino al corregidor.

Invocaba la Partida. Pedía que, conforme a derecho, la viuda fuese reconocida por mujeres honestas para certificar su estado, y que se le nombrase a él curador del vientre, como pariente más cercano, para proteger los bienes de la criatura.

El corregidor, que le debía dinero a medio Cáceres y a Álvaro un poco, le concedió las dos cosas.

La ley dice que son cinco mujeres y que no pueden tocar a la viuda sin su consentimiento. Es una ley muy fina. Si una viuda no consiente, está confesando. Consentí.

Vinieron una tarde de viento: dos viudas de Cáceres que mandaba Álvaro, la mujer del escribano, una monja franciscana de la Encarnación que no abrió la boca en todo el rato y la Tomasa, que venía por mi parte.

Me hicieron desnudar en la sala enlutada, con los postigos cerrados y tres velas encendidas, y me palparon por turnos, como se palpa una mula en la feria.

Me miraron los pechos, me apretaron los pezones para ver si daban algo, me midieron el vientre con los dedos abiertos, me hicieron tumbar y me miraron por dentro.

Una de las de Cáceres, una mujer gruesa con un lunar en la barbilla, me preguntó cuándo me había venido la última regla, y yo le dije lo mismo que a la Tomasa, mirándola a los ojos, y ella lo apuntó en un papel con una letra muy gorda.

Mientras me tocaban, yo miraba el espejo tapado.

Detrás del paño negro había un espejo de cuerpo entero que Gonzalo se había traído de Madrid, y yo pensaba que en aquel espejo me había mirado muchas veces el vientre plano, luna tras luna, buscando algo que no llegaba, y que ahora que llegaba no me dejaban verlo porque estaba de luto.

Firmaron las cinco que la viuda de don Gonzalo Lobera se hallaba preñada de dos o tres lunas, poco más o menos. La de Cáceres del lunar quiso poner «dos», y la Tomasa, sin levantar la voz, le hizo añadir «o tres».

Cinco mujeres me tocaron el vientre aquella tarde. Ninguna supo lo que buscaba, y yo tampoco se lo dije.